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Ciego


-¿Que si fue ayer?, no me acuerdo bien, estuve tan borracho que en la memoria se me hace olvido, de verdad le digo ¿que día es hoy?.
-Lunes- respondió severamente el capataz de la obra.
-Ha entonces me caí el domingo en la madrugada, porque el sábado estuve de cumpleaños- resolvió seguro.
-Ya lo vamos a sacar de ahí ¿tiene hambre? - siguió el capataz.
-Sed, tengo la boca seca.- e intentó con sus labios partidos esbozar una dolorosa sonrisa.

Si bien el hoyo en que se encontraba Valentino era bastante profundo, había logrado amortiguar la caída con sus brazos y piernas. Los gritos que alzó durante toda la mañana no fueron escuchados y al rato ya estaba rendido, acurrucado en el fondo húmedo y frío le cayó la tarde y luego, la noche se le vino encima, hasta que lo encontró el capataz de la obra a primeras horas del otro día.

Eran como las siete de la mañana del día domingo, cuando luego de una extensa celebración se retiró del bar en que se encontraba festejando su cumpleaños. Sus amigos ya se habían ido y quedó solo abrazado de la única botella que quedaba en la mesa, las otras yacían huérfanas en el suelo arrumbadas en un rincón junto a bazos bigoteados y fétidas colillas de cigarro. El dueño del bar le pidió que se fuera para cerrar, le abrió la puerta y el sol saliente le rasguñó los ojos que de poco le servían estando tan borracho, de inmediato sintió algo así como desesperanza, un frío intenso emanó de su piel seguido de fuertes tiritones esporádicos, angustia, ganas terribles de vomitar llanto, de estar acostado al instante junto a su mujer luego de una tranquila velada, pues no era así, estaba en la calle solo y perdido en su inconsciencia. Tomando una fuerte bocanada de aire caminó unos cien pasos y ya estaba completamente desorientado, afirmado de un poste sintió que habían pasado horas desde que su injusta y triste vida lo botase en la espesura de la inmensa ciudad y por culpa de esto; su mujer lo abandonaría, y perdería el trabajo, y lo odiarían sus hijos, y perdería la casa, y hasta el perro le dejaría de mover la cola y todo este sentimiento afloró por sus ojos como catarata de desesperanza infantil, hasta que lo distrajo un golpeteo que se acercaba y alzando la vista, divisó borrosa una silueta humana caminando hacia él.

-Señor, por favor ayúdeme que estoy perdido y no puedo llegar a mi casa- balbuceo el borracho y Manuel, sorprendido que alguien le solicitase orientación, escuchó atento y ansioso las consultas que Valentino le hacía.

-En esa dirección- apunto sin vacilar con su dedo índice directo al profundo hoyo - tengo un radar en mi cabeza señor, siga mi indicación con toda confianza - agregó Manuel en extremo orgulloso de su muy pulida y trabajada orientación y tomando nuevamente su bastón por el mango, continuó su golpeteo oscilante escudriñando ciegamente su camino.


Texto agregado el 20-03-2011, y leído por 139 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
16-02-2012 Es original tener como compañeros a un borracho y a un ciego. ¿Te los imaginas leyendo este cuento?. inkaswork
11-06-2011 Me gustó, creo que contaste la historia muy bien. Saludos. kary-rv
20-03-2011 Uno borracho y el otro ciego, no podia terminar de otra forma. Saludos. Azel
 
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