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INSEMINACIÓN ARTESANAL


Más que esta noche sin luna, la oscuridad de la habitación es perfecta; y sería óptima si cesara por un rato la fuerza gravitacional.
Tibia madrugada de un sábado oloroso a ese húmedo recoveco del erotismo. La cama deshecha, como sartén donde se juegan la suerte voluptuosa un par de locos. Las almohadas deben estar por ahí, junto a la puerta entrecerrada, con la digna vigilancia de una zapatilla de goma, tibia aún por el trajín del día; que recibe apenas, en un extremo de la cinta, la luz colándose por un viso de la solemne, larga cortina.
El ventanal abierto refresca esa apasionada excentricidad de la alcoba, que en minutos se convertirá en laboratorio clandestino, desde el punto de vista legal y religioso; sin que lo que intentarán llegue a ser delito o pecado –para el caso les da lo mismo-. Digamos, otro simple secreto de pareja.
Un gato grita su maúllo aterrado, escapa sin dudarlo por el techo, provocando que se deslice de su lugar alguna teja suelta; pero ella no tiene tiempo de ponerse más nerviosa, ahora que ha iniciado el maquiavélico plan; se limita a excederse en su sensibilidad, a prolongar lo no permitido junto a su hombre; quien de pronto siente un leve golpe en la nuca, donde se supone debía estar la cabecera que nunca han comprado.
No es posible aguantarse la tensión. Están a punto de poner en entredicho a la ciencia; o para decirlo más propiamente, el desafío será dirigido a ese humor superfluo, decorado inútil con que los científicos suelen maquillar su trabajo. –Bien decía Nietzsche que los médicos siempre han sido sobrevalorados.
Ya era tiempo de que llegara el fin de semana, otorgándoles el permiso de volverse a su libertad, sin despertador inoportuno ni cotidiana obligación de sobrevivencia; que hasta el almuerzo sabe más rico al improvisarlo el domingo, poco antes del mediodía. Más cuando se entiende que el aliño es a la comida, lo que la inteligencia y el sentido común provocan en las costumbres de un hogar sui géneris:
-¡Uf, uf! ¡Dale, dale! ¡Pero no termines, weón! ¡Recuérdalo!
-¡Ya! ¡Estoy listo! –resopla él, empapado en sudor. Bufa su ahogo, rodándose sobre el colchón hasta que la muralla lo detiene- ¡Apúrate!
Prendida su intimidad ella brinca del lecho. Sus pies desnudos atinan hasta alcanzar el interruptor, con sus dedos de uñas cortas, sin barniz.
Se hace la luz de cien watts; emocionada a más no querer –que sí puede y quiere- por lo que se les viene. Estornuda, contenida.
-Toma en cuenta que me vas a dejar ganosa, desgraciado. Algo tendrás que hacer al respecto –se lo ha dicho con cariño.
-¡Aaaaah! ¡No te preocupes! –de rodillas él sobre la cama- Lo que importa es que… ¡uf-uf-uf!... no te vayas a lastimar, ¿eh?... ¡Apúrate, por Dios!
-Bah –su pelvis está congestionada, le duele hasta el muslo; pero se aguanta-, ahí han entrado cosas más grandes que una simple jeringa. Mejor deberías ocuparte de no fumar tanto –sigue tratando de abrir esa bolsita de plástico, esterilizada, que tomó hace catorce segundos y medio del mueble, al lado de un libro de Ricardo Garibay y la Brut de él.
Agrega, jocosa:
-¿Te fijas? –un mechón de cabello sobre su cara. Los dedos le tiemblan. Descubre que todo él también lo hace- nunca vamos a poder decirle a la niña que fue el resultado de un gran polvo. ¡Ja!
Él no puede responderle. La luz eléctrica le sigue molestando la vista; además no le es fácil concentrarse para evitar el error.
¡Maldita bolsa! ¡Cómo se abre!
Transformándose en lo más parecido a una cirujana, desnuda, rupestre, su propia sonrisa la ayuda a ponerse en trance; de pronto el pulso seguro de sí; seguida a todo momento por la angustiada mirada de él; cuando por fin se escucha el “clic”.

En internet bien claro lo explicaban: había que esperar a que eso se licuara; claro, no sin antes desembolsar dos mil dólares en la clínica, que a la mancuerna de osados bastante falta le harán –si los tuviesen- cuando nazca el crío.
Total, era cuestión de optimizar la asepsia; si bien sacuden su cuarto, entre algún escobazo por ahí, cada semana santa.
La semilla está salvada, pura, completa, dentro de la jeringa.
La idea fue de ella, porque desea tener un hijo de él; como él lo necesita sólo de esta mujer. Y es que resulta tan diferente conversar, un viernes por la noche, con quien no encuentra la palabra apropiada, en la exquisita charla, a hacerlo con alguien que, de plano, ni siquiera sabe darle el uso ni el tono a ellas.
Distinto resulta tener un mutuo bajo perfil, por simple naturaleza individual, parte de la personalidad; que apegándose a la decisión del inconsciente, o hasta tristes caprichos de la genética.
Eso de “quererse igual” prefieren dejárselo a los tórtolos, o a un farsante.
-Sabes –desparramado en la orilla de la cama-, el mejor piropo que te han dicho en la vida, me lo dijeron a mí.
La chica se ruboriza, sonríe entre esa ligera tos que desde ayer la persigue; a la vez que prepara la jeringa, en posición vertical, como preciosa brujita revolviendo su caldero. Al fin responde, por pura curiosidad:
-¿Cuál?
-El viejo aquél de Rondizzoni, ¿recuerdas? El que lava el auto afuera del parque. Me dijo el otro día; claro, después de pedirme el Marlboro de cada semana: “El zángano comiéndose la flor más bella. ¡Mira nomás!”
“Sólo a ti se te podía haber ocurrido todo esto; y no es que me las dé de nada, ni mucho menos, pero sólo tú podías ser mi mujer”.
Ella se encanta con lo que ha escuchado; mas no pierde oportunidad para desdoblarse en su gran sarcasmo:
-¿Y por qué no has dicho “sólo yo podía ser tu hombre”? El tipo ese de Rondizzoni me da la razón, cariño.
Las breves, delicadas burbujitas, que por un instante son racimo en la boca de la jeringa, explotan su incredulidad una tras otra. Al verlas deshacerse en el aire, él imagina a millones de aspirantes flotando, con ligereza, su júbilo en delicado placer, para después morir -¿de asfixia quizás?-, atraídos por la fuerza de gravedad.
-¡Despacio, despacio!

La tregua, aunque inquieta, se agradece.
El gato es incógnito. El ventanal les murmura la pausa nocturna.
Ella bocabajo, tal y como se lo ha recomendado el ginecólogo; que dicha sea la verdad, es un buen hombre. Lástima que se quedó con ganas de llenar de billetes su bolsillo; habitación incluida en la cuenta.
Están a mitad de un túnel sin entradas. La salida sigilosa es de él, al dejarla sola por un rato, para ir a fumarse el último puchito, el tercero del día, a fuerza de voluntad.
Para variar se lastima un pie con el cable de la tele, que por cierto nunca ven; enredado con el de la video, que se prende sólo cuando en ese rincón, mal iluminado, encuentran algo digno.
Antes de cerrar la puerta del baño escucha la sentencia de ella, bien quietecita, con su perfil hundido en el colchón:
-Si finalmente nos resulta –estornuda de nuevo-, podríamos subir nuestro descubrimiento a internet, ¿no crees? ¿Lo habrá alguien intentado antes que nosotros?
Él piensa únicamente en el vaso de cocacola que le llevará a su negra en cuanto se levante del escusado. Debe también acordarse del té con dos limones exprimidos, sin azúcar; y la toalla húmeda, para evitarle, durante el resto de la madrugada, la resequedad de su garganta. Todo por culpa de ese inverosímil resfriado veraniego.

-¿Estás bien?
Sabe que así es. La luz de la calle le obsequia, en profunda penumbra, además de la silueta, la amplia cadera que deja de recorrer con la vista cuando escucha el siseo de sus labios, revelándole la palabra esperada. –La cocacola hará lo propio, hasta que el gas se le acabe.
Al rato ella verá el vaso, intacto, sobre la cajonera, al levantarse antes que él al baño; junto al té, que se tomará tibio, a eso de las once.
Coloca la toalla húmeda en el respaldo de una silla, de frente a su compañera –secreto de abuelas-. La cobija con la sábana que él no soporta en la estación cálida. Ya mañana botará a la basura la jeringa, la bolsita; con el permiso, claro, del vecino de al lado, quien, según rumores, no sólo es célibe, además asceta, un tanto ermitaño. Aunque hay veces en que éste sí recibe visitas, sobre todo por la tarde; peculiares invitados en eterna congoja.
Sin duda es un personaje de bajo perfil, porque nunca nadie lo ve, siquiera, en el umbral de su pequeño, fastuoso hogar, contrastante en extremo con el resto de las casas.
Por ahí dicen también que trabaja de fakir; es más, que no le gusta sacarse los clavos ni las espinas cuando duerme.
No obstante que son colindantes, los locos lo respetan, les da por pensar que igualmente ha de ser un buen hombre.

-¡Puta que un día nuestra hija va a tener que saberlo todo! –murmura él en grito contenido- Enero, febrero… ¡vaya! Si todo sale bien, sería Libra, como yo.
-¡No, por favor! –balbucea, dándose la vuelta amodorrada- ¡Otro Libra en la casa no!
Su abrazo es la propuesta:
-Quiero terminar…

Texto agregado el 27-03-2011, y leído por 401 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
25-07-2011 Que buen texto. 5* AngelaV
30-04-2011 Quien se libra de un Libra ??? Ja, ja. No es talla. Campeador
29-03-2011 "Sabadín,sabadete, camisa limpia y polvete", aunque en tu (excelente, como siempre) historia, el polvete haya sido "asépticamente aséptico". Es que los seres humanos somos bipolares. Ingerimos pastillas para dormir y pastillas para despertar, inyecciones para procrear e inyecciones para no procrear, pero al final, siempre triunfa el bien, como en las viejas películas. Y el bien, aunque ello signifique escandalizar a las almas pudorosas, es darle gusto al cuerpo porque en efecto, como muy acertadamente dices en tu relato, Eso de “quererse igual” es cosa de los tórtolos, o de un farsante. Genial Alipuso, como siempre!+++++ crazymouse
28-03-2011 Excelente!!, una historia que atrapa desde el ppio, hermoso poner en común... me encantaron los protagonistas, tan cómplices, tan perseverantes, tan aperra'os. aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay... Compadre!!! nikova
27-03-2011 Un relato genial, que aparte de entretener aporta ideas jajaja. ***** perseida33
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