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''Inevitable, Verona Lives Inside Of You'' - Silverstein (Banda), Your Sword Vs. My Dagger

Oh, si es otro día en la mortal ciudad de Verona. Hoy es otro martirio para doncellas enamoradas, un circo para los elegantes caballeros de las relucientes castas adineradas y se prepara la cena para las ratas de los suburbios, que hambrientas, esperan la oportunidad de alcanzar quizás una gota de sangre para su inmundo paladar.
Ya en las calles parece comenzar el día. He aquí, dos caballeros, dos jóvenes, dos cadáveres dispuestos a dar todo, ¡incluso la vida!, por amor, dispuestos a matar, para convencer a un noble a su hija entregar.
Las miradas relampagueantes se cruzan, fijamente sus ojos observan al enemigo. El viento mueve las capas de seda fina.
- ¿Qué ocurre? – pregunta el mercader al panadero.
- Es solo un duelo inevitable entre unos jóvenes. Ya sabe usted, por una doncella, mi querido amigo, pero imagínese… - abre los ojos para recalcar la importancia de lo siguiente – es por la doncella más bella, la más bella de la ciudad.
Cuento viejo es la miseria del suelo, que cada día bebe sangre nueva, cada invierno recibe el sacrificio de los muchachos más elegantes, de los apellidos más reconocidos del viejo mundo, de la pequeña gran Verona.
- ¿Estás aquí…? – Pregunta Uno - Estás aquí por lo mismo que yo… ¿no es así?
- Me imagino, querido señor – Responde Elotro con sarcástica reverencia.
No hay misericordia en sus espadas, aún envainadas, ni piedad en sus ojos chispeantes a la luz de un amanecer nuevo. Hay fuego en sus corazones apasionados y juveniles, pero el fuego amenaza sus vidas, están prontos al castigo del mismo infierno… pero nada les importa.
El resto del pueblo se ha reunido ya, la noticia se ha difundido. Sus amigos llegan a observar el duelo inminente, buscan acción, quieren ver a su amigo caer, a su hermano morir bajo la espada del destino.
- Hermano mío – Dice Elotro – Hermano mío, retírate ahora, y no lo consideraré cobardía o deshonor – Se ríe – Hermano mío, no quiero estacar tu corazón.
- Sabes, mi querido, que tus mentiras, oh, son más hirientes que la espada en un corazón. – Responde Uno – ¡Y tu, sin duda, amarías más matarme, que obtener la mano de mi amor!

La gente observa, el pueblo sediento de violencia, los niños se amontonan tras sus madres. ‘‘¡Mátalo!’’, es la orden que se aprecia en sus ojos.
- ¿Qué ocurre, amigo?, ¿por qué el alboroto? – El herrero pregunta al juglar que pasa a su lado.
- Lo de siempre, compañero, lo de siempre – dice, mientras afina su mandolín viejo, lleno de canciones antiguas sobre valientes amantes que disputaron el amor de doncellas relucientes e infelices.

Los celestes ojos de la fría doncella, blanca como las nubes, ahora fijos en sus pretendientes, entremedio del pueblo acumulado a orillas de las calles de miseria romántica, observan la danza previa al espectáculo de la muerte. Sus manos frías como la escarcha, sostienen un pañuelo de seda rosa, como sus mejillas. Está acompañada de su nodriza y sus amigas de la infancia, rencorosas, llenas de envidias por la belleza sobrenatural de la que ha sido provista por Dios.

- Mi querido hermano – grita Elotro – se te conoce por la valentía – lo mira – valentía por defender lo que amas y lo que crees. ¡Te conocen por tu pasión! – Mira al pueblo – Deja que esta gente siga disfrutando de ti… - se ríe – No tienes por qué morir aquí.
- Espero – dice Uno – espero que pelees tanto como hablas. Espero que tu espada tenga más filo que tu lengua… - ¡Boca venenosa!

La seriedad marca sus rostros con fría determinación. Se pasean en círculos, con la mano derecha en la empuñadura y la izquierda en la vaina.

El amanecer radiante se ve opacado rápidamente por las nubes que amenazan con lluvias.
Un acólito se prepara para cumplir su labor en el campanario de la catedral. El fraile gordo y corpulento bebe de su néctar oculto en sus aposentos. Un cuervo descansa en el crucifijo.
Los escoltas, sedientos de poder, retiran sus capas, ya el combate está decidido, los poetas se alistan para su siguiente epopeya, el juglar busca la entonación para su nuevo canto lastimoso y encantador sobre el perdedor y el vencedor.
Unos pasos adelante, luego retroceden. Parece una danza, pues es la danza de la muerte que tantas veces vio la ciudad de Verona.

Uno recuerda… recuerda los tiempos ya idos de su niñez, cuando corría por el palacio de su familia, y cuando ella, su amada doncella, pequeña, un poco más que el corría junto a sus amigas, en juegos que ni el ni sus hermanos podrían explicar. Esos tiempos de distancia, donde los niños y las niñas no hablaban, pero eran destinados a matrimonios que nunca podrían soportar. Pero esos años ya se fueron, y Uno lo sabe, es por eso que ahora está ahí, dispuesto a todo por el amor al que fue destinado.
Y Elotro no está exento de los recuerdos previos a este clásico hecho. Su infancia lejana de esta tierra, vivida tanto en París como en Parma, y su llegada a la bella y triste Verona. Verona, ciudad de las tantas doncellas que conquistó y amó, hasta que a ella conoció, Ninguna de sus hermanas pudo igualar la belleza de la virgen más hermosa de la ciudad. Por esto ahora debe luchar, por ganar el corazón frío de su musa encantadora.
- Hermano mío – Elotro lo observa nuevamente – insisto – riendo – ¡No insistas!
- Créeme – por fin sonríe – yo soy quién más desea la paz – vuelve a su seriedad – pero prefiero estar en guerra con el mundo entero – desenvaina su espada - ¡Que sin ella estar!
- Entonces permíteme que te conceda tu anhelada guerra. ¡Tendrás guerra contra mi espada! – Refleja la cólera provocada por su hermano en su voz iracunda – Hoy tu corazón dejará de latir – desenvaina su espada.
- Mi estimado caballero – sonríe Uno – Le recuerdo que mi corazón latirá siempre que ella viva.

El inminente duelo ya está decidido. El pueblo, comienza a dispersarse y el público sanguinario se retira de la escena. Ya conocen la rutina; uno mata a otro, la doncella se queda con el vencedor, el muerto es llorado por su familia y olvidado por la ciudad ya descorazonada.
- ¿Qué está pasando? – Pregunta la costurera.
- Es… bueno, es otro día en Verona – Responde el Médico.

Las espadas desenvainadas, relucientes y de acero fino se muestran a la luz gris del día maldito por la muerte vagante entre el pueblo ya acostumbrado a las tragedias diarias. Una reverencia inicia el combate formidable de formidables caballeros de sangre azul que se aprontan a derramar sangre. Una estocada por la izquierda, otra por la derecha. La mejilla de Uno herida por el filo de Elotro, y el hombro de Elotro exhibe una nueva herida tras un golpe de Uno.
- Reconozco que tu manejo de la espada es maravilloso – Halaga Elotro
- El tuyo no es tan malo… - Sonríe Uno
- ¿Sabías que he matado antes por amor a otras doncellas? – pregunta Elotro
- ¿Sabías que he matado antes, pero solo por ella? – Responde con una pregunta el astuto Uno.

Suenan las espadas tras el choque de los filos, creando el ritmo que marca el paso de la muerte que danza a través de los caballeros en combate.
Con majestad y elegancia los jóvenes disputan por la mano de su amada. Caballeros sin igual, con el coraje de un león, blanden las espadas para sacar de su camino a su hermano y lograr su efímera felicidad.
- ¿Un duelo? – Pregunta el artesano
- ¿Qué otra cosa podría ser?, viejo amigo – Responde el Leñador

He allí la doncella frente a ellos, callada, sumida en su alma fría ante la matanza que está por presenciar. Dulce y amarga ante el halago de un suicidio por su causa, y la maldición de ser la pregonera de la muerte entre tanto joven que su vida dio por amor.

- ¡Toccato! – Exclamó Elotro
- ¡Pues veo ahora que estás ciego! – Sonríe Uno, mostrando el error de Elotro
- Ciego estaba mi abuelo, que Dios y la Virgen le tengan en su presencia. – Se persigna Elotro.

Las campanas suenan en la vieja catedral y los cuervos huyen. El fraile guarda su licor oculto y se dirige al portal, donde encuentra a un familiar.
- ¿Qué ocurre en la ciudad hijo mío? – Pregunta el regordete ministro.
- Una pelea, un duelo, su santidad, un duelo de caballeros sin igual.

El duelo continuaba con ferocidad de lobos. Cada golpe con intensidad acercaba a la hambrienta muerte que danzaba al ritmo del acero agitado por el vigor de la juventud apasionada.
- Si tanto anhelas la muerte, hermano mío… si tanto deseas partir, tengo un veneno muy bueno para ti – sugirió Elotro
- ¡El mejor veneno es mi espada, y no lo conoceré si tu no lo conoces primero!
Tras un rápido golpe, la vida de Elotro casi es arrebatada, pero este logra esquivar el golpe tras un hábil salto.
- ¡Es verdad lo que dicen!, tus golpes son mortales, rápidos y certeros. – Se burló Elotro – Pero has una pausa, mi hermano, y observe a su alrededor. Cuantas doncellas hay aquí, expectantes, que desearían descansar en sus brazos. ¡Te aman!, todas te quieren a ti, ¿por qué insistes en arrebatarme a mi amor?
- ¿Amor? – Se detuvo Uno - ¿Hablas tu de amor?, solo velas por el momento, ladrón y picaron, para robar la inocencia de cualquier doncella.
- ¡Oh no!, pero ahora es diferente MON AMI – se defendía Elotro – Ahora Cupido me flechó de verdad.
- ¿Flechado?, ¡yo te estacaré entonces para combatir el veneno amargo de ese maldito Cupido!

La batalla estallaba nuevamente, con el furor de las espadas agitadas entre los caballeros. El destello del choque metálico, y la muerte danzando al ritmo del duelo. Golpe tras golpe, con agilidad sin igual, su maestría era alabada por los caballeros mayores que espectaban el combate feroz, y las rosas carmesí caían de manos de las doncellas por la belleza de la pelea.
De un momento a otro, con velocidad de relámpago gris, las hojas frías como la piel de la amada doncella, así como nadie pudiera imaginarlo, en medio del frenesí del combate, Uno atravesó a Elotro… Elotro atravesó a Uno.
La doncella, de rostro impasible, con sus ojos azules como el cielo oculto tras las nubes, observa sin gesticular expresión alguna, con el corazón duro y ártico como el hielo de los crudos inviernos.
- Her… hermano mío… - se le iba la voz a Uno
- Oh… habla, por favor… - ahora quiero oír tu voz respondió Elotro
- ¿Por qué me has deshonrado?
- ¿Deshonrarte?, antes muerto… - Respondía, mientras se arrodillaba por el dolor, junto a su hermano Uno.
- Tu primo… mi primo… nuestro primo me dijo… el me aseguró y juró por la memoria de nuestros antepasados, que habías deshonrado a la familia.
- ¡Maldito sea por esa blasfemia! – Elotro escupía sangre – Si me ganaba el favor de ella, sería llevándote a la muerte en un duelo justo como ahora… ¡nunca en deshonra, primo!

Los pocos testigos que quedaban se dispersan poco a poco. La doncella y su sequito están allí, inmóviles, fríos como el mármol, viendo como la muerte hace su trabajo. Ella, callada, impasible, con sus manos frías y blancas, sosteniendo su pañuelo de fina seda, rosa, como sus mejillas… y a su lado… el primo, autor intelectual de este suicidio colectivo, sin imaginar que ambos terminarían por morir en el mismo duelo. Aparece, sonriente y feliz por su inesperada victoria, junto a ella, su meta final… de la cual no habrá oposición para cumplir con su ambicioso plan.

- Nos engañaron, hermano… caímos – se ríe Uno
- Así es… - Afirma, ahora callado Elotro.

Ambos retiran las espadas ensangrentadas de sus entrañas, y expiran en el suelo bañado de sangre, el suelo que los vio combatir.
El malévolo primo celebra en secreto y con alegría su victoria, pero no recuerda que en Verona las tragedias traen más tragedias, y la venganza… es pagada con venganza. El amor no descansa ni tiene paz, y el dolor es la bebida de cada día.
La doncella observa los cadáveres de sus amantes, y en su corazón solo se halla la receta de los venenos que le traerán una fortuna triple…
El pueblo sigue su vida como si nada, es solo otro día en Verona, no hay nada que mirar, nada nuevo… solo las ratas y los cuervos salen a cenar…

Texto agregado el 28-03-2011, y leído por 145 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
28-03-2011 ¡Muy buen texto!****** silvimar-
28-03-2011 Sí, es un buen trabajo y logra acaparar la atención del lector. Mis respetos. Pielfria
28-03-2011 Sorprendentemente bien escrito de tener en cuenta la edad señalada en la bio. De una redacción muy sólida y fluida. Particularmente se me antoja excesivamente romanticón y edulcorado, y por otro lado la trama a veces pesada entre tanta floritura, pero el texto es de una gran calidad. Egon
 
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