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MILA




(Autoras: Jessica Luz y Elizabeth Rubí Gonzáles Galván)























A LOS LECTORES

Esta novela está escrita, para reflexionar, para que los adultos pensemos en el daño que hacemos consciente o inconscientemente a los niños de este mundo, los vicios que enredan a los hombres y mujeres, arrastran un sinfín de maldades, feroces actitudes que marcan la vida de los niños, los hacen seres sin alma, sin sueños, anhelan venganzas, anidan odios, y la humanidad se degrada generación, tras generación, esta historia es una de tantas que han de haber, Mila, una niña como cualquier otra, que recorre sufrimientos dejando de ser niña, para comprender bruscamente lo que significa un mundo de violencia, ausencias, desamparo, envejeciendo de pronto, muriendo en vida. Guillermo, padre de Mila, que aunque tenía buenas intenciones de dejar el alcoholismo, no lo logra, haciendo que la desgracia y la miseria sea parte del día a día de su hija, ella huérfana de madre, se deja llevar por la vida, encuentra en su camino luces de esperanza, no olvida el amor por su padre, un día sus caminos se separan, un día el destino o Dios se apiada de ella, le vuelven a armar el corazón que lo tenía roto, se dibuja una sonrisa en su rostro, volvió su alma, la abrazó y volaron en sueños ya no dibujados, ya no esfumables, sino reales.

Quisiéramos tocar los corazones de aquellos humanos que viven falsamente endulzados por el alcohol y otros vicios, si ellos no pudiesen leer estas líneas, que alguien se los lea, un día cuando la lucidez los visite, ojalá comprendan que niños como Mila sufren injustamente a causa de las irresponsabilidades y desidias de los adultos, si traemos hijos al mundo, que sea para bien, que sea para que crezcan con valores, cambien la historia con ideas de superación, no hagamos que las enfermedades psíquicas los hagan seres desgraciados que al final desgracien a otros, en una cadena vengativa, es hora de deshacernos de esos vicios que envenenan, que traen violencia y subdesarrollo a los pueblos.

Somos mujeres, que quisiéramos morir un día, cuando las penas de los niños se hagan minúsculas, cuando las noticias de violaciones, crímenes, maltratos y demás que ocurren cada día contra los niños ya no sean la conmoción natural de una población acostumbrada a esos sucesos, entonces habré existido para un fin, para restarle un poco de sufrimiento aunque sea a un sólo niño, entonces, estas mujeres, ¡moriremos felices!, por eso quisiéramos que esta novela llegue a cuantas manos posibles, y estamos seguras que alguien recogerá el mensaje que tratamos de transmitir, lo hacemos por ti niño, niña, por todos los ángeles valientes que existen, que serán el futuro de nuestra nación, deseamos inmensamente que lleven una vida digna, eso depende de los adultos de estos tiempos, que tomemos conciencia de nuestros actos, depende de las autoridades, de las leyes, depende de la justicia, que no se quede ella en el cielo como dice una canción, sino aquí en la tierra. Que nuestra más grande ambición sea dibujar sonrisas en los rostros de los niños, que perduren en sus almas, que los hagan crecer motivados con autoestima; esperamos no estar soñando que esto se haga realidad, queremos creer que así será.




“Cuando un niño sonríe, amanece la esperanza de un mundo mejor”.

Jessica Luz y Elizabeth Rubí Gonzáles Galván.










INTRODUCCION


Somos seres emocionalmente imperfectos, estamos viviendo épocas cada vez más violentas, y generalmente las víctimas son los niños, las enfermedades mentales estadísticamente han aumentado en los últimos años, encontramos que los vicios se proliferan con más facilidad desde edades muy tempranas de los seres humanos, el avance de la tecnología como el Internet, más que favorecer al conocimiento del hombre ha hecho que aparezcan desquiciados hombres y mujeres (pedófilos), al asecho de los niños, para satisfacer instintos bajos, crueles, vengativos. En tal sentido, creemos que es importante la sensibilización a favor de aquellos seres indefensos, inocentes, que los padres adquieran mayor conciencia de su labor de padres, que protejan a sus niños, que no los exploten, que no los expongan a la cruda realidad de esta sociedad, es necesario que adquiramos información acerca de la forma y modo de conducir la vida de nuestros hijos, asimismo, las autoridades benéficas estatales que se encargan de custodiar a los niños abandonados por diversos motivos, más que darles albergue deben ver la manera de brindarles afecto, hacerles sentir que son importantes para la sociedad, que las circunstancias que les tocó vivir son superables, que no se derrumben ni abandonen emocionalmente: aunque no es tan fácil manejar esa situación, pero hagamos es esfuerzo desde cualquier rol que estemos cumpliendo como adultos para que la violencia, insanias y crueldades contra los niños, menoren, ojalá desaparezcan, no se pierde nada con intentarlo.











DEDICATORIA:


A nuestro padre, porque fue el más grande regalo que inmerecidamente recibimos de Dios.





















MILA

I CAPITULO : ANGEL VALIENTE


Somnolienta obligó su despertar, como queriendo que no amanezca, pero tiene un impulso casi cruel, que la hace renunciar a seguir soñando, tiene 7 años, abandona la cama de pellejos y cuan niña adulta, conversa con su muñeca:

- ¡Ya nena, es hora de comenzar este día!, ¡anda no seas perezosa bebe!, ¡acompáñame a prender el primus!.

Carga su muñeca la envuelve en unos cuantos trapos y se la lleva a la espalda, son casi las 5 de la mañana, bosteza una vez más, y avanza hacia un costado del cuarto, busca a tientas la vela y el fósforo para darse luz, coge la tetera oscura como la noche que todavía no se va, la llena de agua y se acomoda en una banquita, para poder encender el primus, le dice a su muñeca:

- Tú rezarás mientras yo prendo esta cosa, no sea que me chamusqué el pelo como el otro día ¿recuerdas?; y sonríe.

Tan diestra se ha vuelto en estos avatares que logra darle llama a la cocinilla de una sola hormilla, coloca la tetera en ella, y se retira a hacer otros menesteres, lo primero dice:

- El aseo, de eso no debo olvidarme.

Así que saca un tazón de agua del depósito que guarda en su casa-habitación, se lava la cara y manos, hace lo mismo con su muñeca, y se estira una vez mas, abre la ventanita diminuta, saca la cabeza, es un segundo piso, mira hacia abajo y las luces de la calle siguen encendidas, entonces se promete algo, “un día tendré luz que salga de un foco”, estaba todavía divagando en sus sueños, mientras tarareaba una canción, no parecía afectarle tanta miseria, cuando la voz estruendosa de su padre la hizo correr a su llamado:

- ¡Mila quiero mi café!.

Presurosa apareció al lado del lecho mal oliente de su padre, emanaba un hedor a alcohol, ese acostumbrado olor que no le extrañaba, con su sonrisa de dientes incompletos contestó:

- ¡Si papi ahorita te sirvo tu café!.

El hombre no respondió, las primeras luces matinales traslucían por el tejado agujerado de su cuarto, eso la contentaba, y le cosquilleaba el corazón, no entendía el motivo de esa emoción. Antes de servir la taza de café que le pidió su padre, se armó de su implemento de seguridad, un pedazo grueso de trapo que le serviría de agarrador para no quemarse la manita al coger la tetera, dejó sobre su cama a su muñeca-bebe, para que no sufriera ningún percance ante un inusitado accidente, sirvió calmadamente la taza de café que exactamente a las 5:30 de la mañana solía beber su padre, con un par de galletas, mientras él absorbía grotescamente el agua, le dijo a Mila:

- Toma tu café, para que no te duermas en clase, y hoy puedes comerte tres galletas.

Mila asintió con la cabeza y se situó lejos de su padre, mejor cerca de la ventanita, allí podía percibir un olor ameno, un poco a vida, y mientras el silencio era todo lo que les acompañaba, el hombre se incorporó para irse como todos los días antes de las 6 de la mañana, a la calle, diciendo :

- “Voy a trabajar”.
- Te vas a la escuela y aquí te dejo un sol para que almuerces por allí....ha y cuidado con no hacer las tareas, ya sabes la tunda que te puedo dar si desobedeces.

Ella lo miró casi asustada y respondió:

- No te preocupes papi, yo voy hacer todo lo que dices.

Entonces el hombre replicó:

- ¡No te olvides limpiar esta pocilga, pueda ser que un día de estos nos caiga
la asistenta socia!.

Tras decir eso, tiró la puerta y sus pasos se alejaron. “la asistenta social”, pensó Mila, la que dibujó su padre como aquel ogro que pretendía alejarla de su hogar, de aquel cuartito que por mas empeño que ponía en arreglarlo y limpiarlo, seguía igual de indeseable.

Mila sacó debajo de su cama, una caja vieja donde guardaba su uniforme de la escuela, raído, desgastado, y lo miró como todos los días, lo conocía tan bien, había hecho sinfín de remiendas en él, con hilos de colores que le habían obsequiado, y le dio un poco de risa, -parezco avelino- se dijo, (personaje típico que representa un baile de harapientos), y sonrió, resignada se puso a vestir mientras su estómago chillaba, las galletas y el café sin azúcar no la habían satisfecho, peor si la noche anterior no había cenado, pero dejó que el estómago siga chillando, y sin hacerle caso, mojo sus cabellos, trato de hacerse un peinado parecido a dos trenzas que colgaban a cada lado de sus delgados hombros, se acercó al pedazo de espejo roto que tenía su padre, lo guarda dice para afeitar su barba (que por cierto nunca hace); en fin, Mila se vio linda, se reconoció, saco de dentro de sus más grandes riquezas escondidas en otra cajita, la foto de mamá, comparó sus ojos con los suyos, su pequeña nariz idéntica a la de su madre y se sintió orgullosa.

Ya no recuerda desde cuando no siente miedo, podría quedarse sola en casa sin probar bocado por mas de tres días, esperando que su padre regrese.... regrese sí... como siempre con bolsas llenas de basura, borracho, haciendo alarde que fue de compras y trae provisiones para varias semanas, es tan buen actor que hasta los vecinos se lo creen, después de su actuación entra a casa, se le acaba la sonrisa fingida y rompe en llanto, cuando inicialmente suscitaban esas escenas Mila temblaba un poco, hasta lloraba y se escondía donde pudiera, pero la habitualidad de esos acontecimientos la hicieron amoldarse, acostumbrarse y acercarse a su padre para consolarlo, pero no todo en las bolsas era basura, su padre siempre se agenciaba de una gran lata de café, galletas, a veces dulces, a veces azúcar; en sus bolsillos guardaba algún sencillo que reservaba “responsablemente” para el almuerzo de su hija para cuando salga de la escuela. Con esto, Mila encontró cierto tipo de felicidad, más feliz fue el día que dentro de las bolsas de basura, precisamente la noche de Navidad, halló a Priscila, que así llamó desde ese día a la muñeca que estaba intacta con todo y zapatos dentro de una de las bolsas que papá trajo a casa:

-¡Es nueva! ¡gracias papi, gracias papi!. Saltaba alrededor de su padre tendido en el piso extasiado de beber, sin conciencia de esa noche especial, pero Mila, Priscila y la Navidad hicieron su agasajo.

CAPITULO II TRATANDO DE ENTENDER

Todos los niños tienen sueños, algunos de ellos se hacen pesadillas, y una noche de aquellas, cuando Mila cumplió 7 años, sin pastel ni un abrazo, se rindió de cansancio, se echó a dormir... como siempre el padre ausente, vivo, pero ausente, no como mamá, muerta pero presente, entró profundamente en un hoyo oscuro, se veía abrazada a Priscila, caían ambas a un vacío sin fin, y en esa desesperación de querer despertar sin poder hacerlo, de sobrevivir a esa pesadilla, despertó sobresaltada, lloró desconsolada, galopando su pena en el pecho, dejando escapar sus lágrimas furiosas, lloró, lloró, la última imagen de su madre le estrujó más el corazón, la rememoró tendida en su lecho de dolor, pálida y bella, la acariciaba con su mirada, no la dejaban acercarse, y entre pausa y pausa de su llanto ¡mamita, mamita! exclamaba; en ese momento sintió endurecer su alma, envejecer de pronto, trato de entender, sin entender, porque mamita la dejó, tan chiquita, tan indefensa, necesitaba que la abrazara, que la besara como solía hacerlo en el poco tiempo que la conoció, pero un repentino mal cerró sus ojos para siempre, la metieron en un sepulcro, le dijeron adiós, lloraron los familiares, sus amigos, su pareja y ella, su única hija.

Trataba de entender porque su padre le dedicaba más tiempo a beber, que a ella; en la escuela sentía que en verdad la apreciaban, la solidaridad de una escuela de pueblo chico es tan inmenso:

- He Mila, toma esto.
- Mila te regalo aquello.

A toda benevolencia dirigida hacia la diminuta y rosadita Mila, respondía con una sonrisa y agachaba la mirada.

Pensando todo esto, ya finalizado el día de su cumpleaños, esa madrugada se volvió a recostar sobre su cama, en su habitación oscura, se puso a retomar los sucesos de su corta vida y siguió pensando media dormida y casi despierta, cómo llego a Huancayo. Su padre, Guillermo Montes de Oca, la trajo a vivir a esa ciudad, a una habitación que cuando joven había adquirido, recién egresado de la Facultad de Contabilidad de la Universidad del Centro del Perú (UNCP), cuando trabajaba en un banco, cuyo sueldo no era nada despreciable, pero por dedicarse a beber y presentar muchos actos de irresponsabilidad e incumplimiento de deberes en su trabajo, lo perdió.

Guillermo, al quedarse sin empleo, emigró hacia la capital (Lima), siendo huérfano y de familia desconocida, no le quedó más que laborar desde estibador, hasta asistente de contabilidad, lo que en realidad le ayudaba era lo apuesto y distinguido que a veces se veía, excepto aquellas veces en que se abandonaba por beber y beber.

Fue así, la vida antes que naciera Mila. Hubo una historia tormentosa; Guillermo conoció a Milagros, una joven casi adolescente, de la urbe limeña, hija de empresarios y más que bella, guardaba mucho talento para el canto, y por esos misterios de la vida, se enamoraron. A hurtadillas de los padres de Milagros, Guillermo la cortejaba, ella se dejó seducir y de ese romance nació Mila, Milagros Lizet Montes de Oca Revilla, un nombre ostentoso, hasta aristocrático pareciera, al menos eso les dijo a son de broma la registradora de la Municipalidad de Lima. Los padres de Milagros acogieron a su nieta, pero no al padre, Guillermo sufrió mucha discriminación, incluso no le permitían ver a su pequeña. Persistió entonces en su vicio, enterrándose días enteros a beber, lo que fuera, con tal que lo sacara de su realidad, para olvidar su degradado existir, pese a ello la madre de su hija lo amaba, lo buscaba y trataba de brindarle apoyo, lo visitaba en el parque donde siempre él solía encontrarse con sus amigos, hermanos del vicio, ella llevaba a Mila aún bebe, a quien le decía:

- Mira hijita, él es papá, él siempre te amará, a su modo pero lo hará, ámalo tú también.

Mila lo miraba y sentía cariño por su ese hombre desgastado, corroído, aún no podrido, pero era su padre y su instinto hacía que no olvide sus ojos, su color, su cabello casi rubio, sin brillo, pero muy bonito cabello. Mientras Guillermo recibía la visita de su pareja y su hija trataba de aparentar una personalidad intachable, Mila tenía dos años, y él se dirigía a ella como si fuese una niña mayor:

- Hija, estoy en estos días lejos de ustedes por motivos de trabajo, pronto nos iremos a vivir a otro sitio, para eso estoy ahorrando, y quiero que seas una niña buena, obedece a mamá y cuídala mucho, ¿entendido?.

Mila increíblemente parecía entenderlo, y sonreía, con cada gracia que él hacia, disfrutaba tanto de su padre, le hacía muecas, la cargaba, la besaba y finalmente llegaba la hora del adiós, ese momento era doloroso para Milagros, ella preguntaba:

- ¿Hasta cuando Guillermo?

El no respondía, solo atinaba a decir:

- Chao, chao, ya es tarde, ha y gracias por los panecillos y todas estas cosas, hasta pronto hija, la abrazaba. Milagros divisaba las lágrimas que brotaban de los ojos de Guillermo, aunque él trataba de disimularlas, entonces ella guardaba la esperanza que algún día cambiaría, que dejaría el alcohol....ojalá hubiera sido así.

Este destino incomprensible, pareciera que se ensaña con los que más sufren, un día Milagros, se enteró de una terrible enfermedad que la consumió muy rápido y acabó con su vida, leucemia, cuando apenas la nena tenía tres años. Mila, todavía recuerda el día del sepelio, a la distancia divisó a su padre, lejos de la multitud de personas encopetadas, había uno avejentado ebrio, lloraba desconsoladamente, era Guillermo, nadie lo reconoció, excepto Mila, el llamado de su sangre le hizo girar la cabecita, tocar con sus ojos las pupilas de su padre, y avanzó hacia él, lo tomó de la mano, y sin siquiera darse cuenta, ambos caminaron a las afueras del cementerio, iban a su destino, quien sabe que días a partir de aquel les tocaría vivir. Cuando los familiares de Mila se percataron que la niña había desaparecido, era demasiado tarde, y lo inexplicable era que ni siquiera sospecharon que por la ley natural de Dios o del hombre, ella estaba con su padre, viajando camuflados en la bodega de un ómnibus hacia Huancayo, ella dormía apaciblemente, su padre la observaba, se prometía cambiar de actitud, por su hija, dejar de ser un alcohólico, y hacía planes de retomar una vida digna por ese pequeño ser que llevaba gustoso a cuestas.

CAPITULO III COMENZANDO DE NUEVO, VOLVIENDO A LO MISMO

Guillermo, al llegar a Huancayo, salió tan pronto como pudo de la bodega del ómnibus, abrigó con su saco sucio a su pequeña hija y se dirigió a su cuarto abandonado por mas de diez años, en un segundo piso de una quinta (casa donde habitan varias familias), temblaba un poco, le cosquilleaba el estómago por alcohol, pero hizo el esfuerzo por no mendigar una copa de aguardiente, la fortaleza que conseguía, era del rostro angelical de la niña que llevaba en brazos, dormida todavía. Subió los escalones polvorientos de la quinta, la puerta de su cuarto la abrió de una certero puntapié en la cerradura, fue entonces cuando la nena despertó y le dijo a su padre:

- Hola papi, ¿sabes? mamá dijo que cuidara de ti.

Esas palabras hicieron brotar lágrimas amargas al hombre, volviendo a persistir en su promesa de "cambiar". Y fue así, un año duró su abstinencia, tiempo en el cual trabajó incansablemente de todo oficio, no importaba el quehacer que se le encomendaba, con tanta suerte encontró una guardería donde dejaba a su hija mientras trabajaba, pudo comprar dos camitas, una pequeña radio, un primus, algunos trastes de cocina, alimento y ropa para su hija, se le veía un padre ejemplar, dedicado únicamente al trabajo y a su niña, a darle cariño, a recordarle a su madre y ser su amigo incondicional.

Pero un mal día, se encontró con aquellos amigos de antaño, el reencuentro fue motivo para festejo, él tenía en sus bolsillos la paga de una semana, tenía que recoger a su hija de la guardería, pero como disponía de algunos minutos, acompañó a sus “honorables” amigos a compartir unas copas, los minutos pasaron, las horas también, y al amanecer después de dos días, se encontraba en el parque cuan mendigo envuelto en cartones, le costó trabajo recordar lo que dejó pendiente... y cuando pudo conciliar sus ideas, sólo atinó a correr, correr lo mas aprisa posible, ¡tenía que recoger a su hija!.


CAPITULO IV RECUPERANDO A MILA

Mila, sin saberlo, sin entender, se encontraba en un albergue, junto a muchos otros niños, la habían llevado luego que su padre no pasara a recogerla a la guardería, lo extrañaba tanto, en esos dos días no probó bocado, solo reclamaba a su papi, cansada de llorar se puso a mirar la ventana, los minutos pasaban pareciendo horas, de pronto sus ojos se iluminaron al ver en el portón de rejas que vinculaba a un gran jardín a manera de ingreso al albergue, a su padre, suplicaba lo dejaran pasar, pues había recibido la noticia que habían internado a su hija en ese lugar, pero el personal de seguridad tenía que solicitar autorización previa a la directora del albergue y lo dejó esperando entre tanto fuera del portón; cuando instintivamente alzó la vista y vio a Mila que le hacía señas desde una ventanal lejano, los estragos del alcohol que todavía circulaba por sus venas lo puso en demasía sensible, se arrodilló y lloró inconsolablemente, entonces Mila quiso salir a su encuentro, pero el personal encargado de la custodia de los niños, no se lo permitió, también ella lloraba, también necesitaba encontrarse de nuevo con su padre.

Tan prolongado se hizo el trámite para poder recuperar a su hija, tuvo que sincerarse con la asistenta social del albergue, le pidieron la partida de nacimiento de la niña que por cierto la tenía, le hicieron una visita domiciliaria, firmó un compromiso de no volver a recaer en el alcoholismo, lo obligaron a asistir a terapias psicológicas y demostrar por un tiempo que podía permanecer abstemio, y claro que le permitían cada domingo visitar a su niña.

Mila ansiaba tanto los domingos, ¡papá vendría!. Él logró superar los retos impuestos para recuperar a su hija, ese día que se la entregaron tuvo que presentar la matrícula en una escuela de educación inicial estatal, el uniforme y los útiles; y por fin, ¡libre!.

La emoción que embargaba a padre e hija era indescriptible, ese amor filial que entrelaza irremediablemente a los seres humanos es a veces maravilloso, como en esta ocasión, ojalá ese amor no sufriera transformaciones, se mantenga así, pero muchas veces no lo es, se vuelca de pronto en odios y desamores, en venganzas y mucho más. En ese momento Mila era feliz, salieron por el portón amplio del albergue, pasando por el jardín inmenso, asientos de concreto dispersados, por aquí, por allí, donde muchas veces se sentó con su padre pasando el domingo de visita, ella miraba cada rinconcito de aquella casona, y sintió cierta nostalgia, pero encantada de renunciar a las comodidades que allí había encontrado, regresaba, de la mano de papá a aquel cuartito, algo chiquito, pero es algo mío se dijo entre sí, no como todo esto que sólo es prestado, pensaba.

CAPITULO V NUEVA VIDA

Se acercaba ya el primer día de clases en la escuela, faltaban algunos meses para que cumpliera cinco años, por eso debía cursar el año de estudios que correspondía 4 años; tanta emoción sentía Mila, su padre le había comprado con anticipación los útiles, el uniforme, los zapatos; Guillermo había escarmentado y no debía ni una gota de alcohol, llegaba puntualmente a la guardería a recoger a su nena, le brindaba todo lo que podía para que la niña no pase necesidades, era demasiado maravilloso para ser cierto, se decía el mismo, tanto amor le prodigaba a Mila, que parecía un santo, sería la bendición que desde el cielo les derramaba Milagros, sería un estado mental, emocional tan positivo que hace de los sentimientos verdaderos sentimientos, un trocito de cielo, con todo y estrellas era la vida para Guillermo y su hija.

Un domingo Mila le pidió a su padre que la lleve a conocer su futura escuela:

- ¡Aunque sea de afuerita papi!.

Él le concedió el deseo, era una niña inteligente, sus ojos vivaces, pícaros, no necesitaba sonreír mostrando los dientes, sus ojos reían de por sí, le sonreía a la vida, a cada calle, a cada edificio, a las mariposas, hasta a las moscas, fueron caminando hacia la escuela, en el trayecto, Mila preguntaba tantas cosas, dialogaban padre e hija, una familia chiquita pero qué armoniosa, Guillermo sintió que esa nena era la razón de su existir, su fin y meta en esta vida, se prometió no fallarle nunca y hacer todo lo posible por entregarle una vida digna. Al llegar frente a la escuelita, Guillermo estiró la mano e indicó:

- Aquí es bebe.
- ¡yo sabía, yo sabía!, ¡es igualita a como la había imaginado papi!. Respondió Mila.
De pronto, su rostro de opaco, se puso sombrío, su padre se agachó y preguntó el motivo de su cambio.

- Es que extraño a mamá, hubiera querido que tú, ella y yo, estemos siempre juntos- dijo Mila; él abrazó fuertemente a su hija y ambos lloraron un instante, Mila, limpió las lágrimas de su padre con sus manos chiquitas y lo consoló, ese acto, hizo sentir a Guillermo que era un niño, y estuviese desamparado si le faltara Mila:

- Te quiero hija, no sabes cuanto te quiero.

- ¡Yo también, papi, te quiero hasta el cielo, hasta donde está mamá!.

Replicó Mila, con tanta sinceridad que la pureza de su inocencia se lo permitía.

La noche previa al primer día de clases Mila casi no durmió, tenía todo arreglado, listo para que amanezca y partieran a la escuela:

- Papi, papi, vamos, vamos, levántate ya amaneció, tenemos que alistarnos para salir a la escuela.

Entonces Guillermo haciendo un esfuerzo pese a que se encontraba cansado, se alimentaba muy poco para el trabajo que realizaba, era albañil de construcción, y se encontraba preocupado, porque no estaban cumpliendo sus empleadores con el pago puntual que él necesitaba, pero esas cosas no perturbarían el primer día de clases de su hija, así que se puso en pié, prendió una vela para iluminar el cuartito (no habían instalado luz y agua en su habitación por falta de presupuesto), pero el prometía cada día que eso mejoraría:

- Ven bebe, mira así se prende el primus, con mucho cuidado. Adiestraba a su hija, quien mostraba bastante atención a las explicaciones de su padre.
- Esto es peligroso. Seguía diciéndole, por eso debes tener cuidado si algún día lo enciendes tú sola.
- Si papi respondió Mila, ahora iré asearme ¿verdad?,
- Si hija, saca un poco de agua en la tina, lávate la carita y las manos, luego vienes para que te peine, mientras tanto voy hacer avena para desayunar.
- ¡Entendido papi!.

Presurosa, se lavó las manos, el rostro y mojó su cabello, tomó su cepillo y fue al encuentro de su padre, quien muy amorosamente le hizo dos preciosas trenzas. Se puso el uniforme nuevo, los zapatos, llevaba su mochila repleta de cuadernos y libros, aparte una caja llena de útiles escolares accesorios, con todo ello partieron a la escuela. Para ella fue tan fácil adaptarse, mientras otros niños lloriqueaban sin querer despedirse de sus padres, ella ya había agarrado confianza en los juegos de jardín, nunca había tenido para toda su disposición unos columpios, subebaja, pasamano, un laberinto de fierros, etc.; estaba maravillada, hacia rato que le dijo adiós a papá, confiaba sin lugar a dudas que él estaría a la hora de salida, y en efecto, así sucedía cada día, por mucho, mucho tiempo.

Pero, por esas cuestiones de la vida, incomprensibles, que vienen empaquetadas junto a las fortalezas humanas, un gran puñado de debilidades, entre ellas, las carnales, entre ir y venir a la escuela había una mujer, madre soltera, que hizo amistad con Guillermo, tenía ella un cuerpo exuberante, ojos negros, cabello azabache, demasiado maquillaje para su calidad de madre de familia, ella buscaba algo, y Guillermo mas listo y presto había resultado, comenzó arreglarse más para llevar a la nena a la escuela, hasta camisa nueva había adquirido, un perfume y la barba muy bien afeitada; eso le agrado a Mila, le decía:

- Papi que guapo se te ve.
- Gracias hija- respondía tímidamente.


CAPITULO VI SALOME

Vaya exactamente el nombre que merecía la doña, con el debido respeto que se les debe a las dignas Salome’s, pero nada de digno tenía esta nueva protagonista de la novela que trato de escribir. Un día a la salida de la escuela, ella inició conversación con Guillermo:

- Hola amigo, que linda es tu hija, su madre debe ser muy bella, claro sin quitar los méritos al padre.

Le dijo, contorneándose cuan salmón que se asfixia fuera del agua, casi tartamudeando y con el rostro sonrojado, Guillermo respondió:

- Mi hija es huérfana, pero sí la madre era demasiado bella, demasiado para mí.

La mujer lo palmeó en el hombro, casi infantilmente:

- ¡Hay hombre no sea modesto que usted esta demasiado simpático!, mire lo invito a una pollada que se organiza este sábado en mi barrio, le obsequio dos tarjetas.

Apenas reaccionó Guillermo, estaba atontado, tomó las tarjetas y digo:

- Esta bien, estaré allí.

Ella replicó:

- Ya “tu” pones las chelas (cervezas en la jerga peruana), bueno me voy le dijo.

Le dio un beso, casi, casi allí en el ángulo que une los labios, el sintió estremecerse, hace tiempo había olvidado la sensación de las caricias de una mujer, no pensaba volverlas a sentir. Llevaba a su niña todo el camino callado, entre tanto Mila, parloteaba cosas del colegio, sus travesuras, y le contaba sobre sus veintes:

- Hoy tuve 4 veintes papi, papi, ¿he papi? me oyes?.
- Si, si perdón hija, que ¿decías?- nada- dijo Mila.

Al día siguiente, luego de dejar a Mila en la escuela, “circunstancialmente” se encontró con Salomé, mientras trataba de llegar temprano a su centro de labores, ¡Hola Memo!, “Memo”, penso él, hace tiempo que nadie me llama así, ¿te molesta si te llamo Memo?, interrogó Salomé, el dijo no, no te preocupes, ¿a dónde vas consultó Salomé?, a mi trabajo, dijo a secas, -a que bien, justo voy por esta vía, ¿vamos conversando de paso?,- claro- replicó Guillermo, y ella comenzó a investigar la vida de Guillermo, que en qué laboraba, donde vivía, etc.; él se quedó pensativo un momento, (si le digo que soy obrero tal vez esta flaca me chotee, pensaba), bueno respondió, soy, ...soy ingeniero, los ojos de Salomé se iluminaron, ¡ha que bien!, ¿y vas a alguna de tus obras?, -sí dijo Guillermo, -Oye ¿siempre eres tan breve?, tan resumido? dijo Salomé, -no lo que pasa es que llevo prisa-, entonces Salomé tomó la mano de Guillermo, y suavemente le puso un papel, donde indicaba su dirección y un teléfono, le dijo –búscame para lo que quieras, ¿entiendes?-, claro respondió Guillermo, estaba demasiado nervioso, y a la vuelta de una esquina ella se volvió a despedir como lo hizo la primera vez, pero sólo que esta ocasión, rozó sus labios con los de Guillermo más atrevidamente, y comenzó a caminar contorneándose, con su pantalón jean apretado, un topcito que dejaba ver lo quebrado de su cadera; y él inmóvil, sin poder decir nada, la vio alejarse, se encontraba totalmente excitado por aquella mujer muy extrovertida, casi, creo estoy enamorado, se dijo entre sí.

El ansiaba llegar a la escuela no sabía si para recoger a su hija, o para volver a ver a la mujer que lo traía trastornado, vaya que Salomé era inteligente, por dos días no se hizo ver, se hizo extrañar, sabía que Guillermo estaba atraído por ella, y no iba a recoger a su hijo, que estaba en el quinto grado de primaria, no era necesario que nadie lo recogiera, la verdad era que vivía a unos dos cuadras de la escuela. Guillermo, al no ver a su obsesión por esos dos días que le pareció tan prolongado, cambió de carácter y se hizo irascible, sonreía poco y hasta por momentos contestaba mal a su pequeña Mila, solo esperaba ansioso el día de la pollada (reunión donde se negocia platos cocidos de pollo al horno o parrilla y se expende cervezas, con música y concurrencia de todo tipo de gente), para volver a ver a Salomé, cuando llegó ese fin de semana, encargó a Mila donde una vecina, para que la cuidara mientras le dijo que iba hacer horas extras para poder instalarse luz y agua (comenzó a mentir), muy puntual Guillermo llegó a la pollada, la música enloquecedora lo ponía más nervioso, pidió una agua mineral y estaba esperando a su anfitriona, cuando de pronto, vio entrar al recinto a Salomé, vestía una minifalda, tacones, pulseras guachafas y aretes de colores, maquillaje amasado en sus ojos, piel, y los labios, huy esos labios que relamía como tic nervioso mientras caminaba al encuentro de Guillermo, a él le pareció que iba a paralizársele el corazón, llegó ante él, lo besó suavemente, esta tercera vez que lo besó fue directamente en los labios, el quiso tomarla de los cabellos abrazarla y estrujarla a su boca, dejando que se confunda todo los elementos que participan en un beso apasionado, pero se contuvo, necesitaba en ese momento algo de hielo, no se para que parte de su cuerpo, pero algo le quemaba, y comenzó a beber su agua mineral.

Mira Guillermo, él es mi hijo, ella es mi madre, él es mi hermano, y etc. etc, todo el barrio eran sus conocidos, el forastero era él,... el Ingeniero Montes de Oca, por el mismo mérito de su profesión, de su calidad, que honraba a la reunión fue atendido con beneplácito, el agua mineral le calmaba la sed hasta que ese líquido sin darse cuenta fue reemplazado por cerveza, vino y otros menjunjes que le hicieron olvidarse de todo, y de todos, perseguido por su instinto animal de poseer a esa mujer de nombre Salomé que también le facilitaba las cosas, no fue nada complicado conseguirlo, de pronto se vio en una habitación, sobre sábanas, él estaba embelesado con el cuerpo desnudo de ella, Salomé jamás había conocido hombre más apasionado, estaba fascinada, amanecieron al domingo abrazados, semiborrachos, cuando él se percató de la hora, buscó su ropa para volver a casa, ella lo detuvo a besos le dio dos o tres sorbos de vino y otra vez, se quedó con la conciencia ensombrecida más que por ella, por el alcohol que se reconocía en sus células, que corría alegremente por sus venas, transformándolo, dejando de pronto de ser el padre abnegado, dejando pisoteadas todas las promesas que hizo a su Mila. ¿Qué habrá sido de Mila durante todo ese día y noche?, pasó lo siguiente.


CAPITULO VII ¿POR QUÉ CAMBIASTE PAPA?

La vecina muy aprovechada, con la cual dejó cuidando Guillermo a Mila, pensó que si el padre no vuelve mejor, esta niña me serviría para criada se decía, para comenzar, desde el instante que la dejó en aquella casa, era de mañana, de un día sábado, el cual fue para Mila un suplicio, oye niña barre aquí, hey niña anda a comprar esto, aquello, ¿a ver si sabes tender las camas?, y a la hora de almuerzo no le invitó ni un plato de lentejas, solo le arrimó un plato descartable con atún grated y una cuchara de palo, pero dentro de su inocencia, agradeció a la mujer, y le sonrió, le dijo ¿dónde me siento?, la vecina contestó que allí afuera, al lado de las gallinas, ha ya, replicó Mila, comenzó a comer sentada en un montón de ladrillos que guardaban en su patio, sí al lado de las gallinas, mejor allí, estaba sola y necesitaba pensar a donde había ido papá, estaba preocupada porque seguro estaba trabajando mucho, pero le ilusionaba el hecho de que le instalen pronto agua y luz en su cuartito, diocito, dale fuerzas a mi papi, que no se canse mucho, para que pueda jugar conmigo, gracias diocito por haberme dado un papi tan bueno, oraba en silencio. Pasaron las horas, llegó la noche, y el sueño la vencía, pero hacía el esfuerzo por permanecer despierta, ante la indiferencia de la vecina y sus hijos, está aún al lado de las gallinas, cuando pasó por allí la dueña de casa y le dijo ¿cómo tú sigues aquí?, si señora, es que mi papi no vuelve
- si ya me di cuenta,
- por favor ¿puede prestarme su baño?, y la mujer le indicó,- anda al fondo hay un silo, usa ese baño-.
- gracias dijo la niña, y volviendo le dijo a la señora que la llevara a su cuarto,
- por favor, quiero irme a casa, tengo la llave de mi cuarto, seguro mi padre vendrá pronto. La mujer contestó:
- ¿cómo crees niña insensata?, que voy hacer eso, y si te pasa algo sola?, no no, mejor esperaremos aquí a tu padre,
- pero ya es tarde señora, y tengo sueño.
Entonces la mujer jaló un pedazo de colchón de esponja, estaba sucio y maloliente, pero poco le importó a la mujer, y lo tiró al piso, le dijo

- acomódate allí.

La tapó con un costal de yute, allí Mila atemorizada, seguía esperando, pero se quedó dormida muy pronto, amaneció y todavía su padre no llegaba, tenía atascado un nudo en la garganta y unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, en silencio lloraba, presa en esa casona, donde todavía nadie se despertaba, excepto las gallinas, y se fue a reunir con ellas, temblaba un poco de frío y también de miedo, pensaba que algo muy grave le ha de haber sucedido a papá para que no vuelva por ella, ¡ayúdame diocito!, imploraba en silencio.

La mujer, su vecina, una gorda desaseada, esparcía caspa a donde iba, se acercó a Mila, le dijo,
- bueno niña parece que se han olvidado de ti, vamos a tu casa a ver si hay alguien,
- gracias dijo al niña, salió casi corriendo dejando pasos atrás a su obesa acompañante, subió las gradas lo más rápido que pudo, abrió la puerta, ¿papi?, ¿papi?, y nada, no hubo respuesta, la alcanzó su vecina, y le dijo
- ves? No hay nadie, ahora solo nos queda regresar, esperaremos un poco más sino avisaremos a la comisaría para que busquen a tu padre ¿comisaría?, penso la niña,
- no, no señora, papá vendrá yo lo espero aquí,
Entonces la mujer la jaló del brazo y le dijo
- claro que no, vamos para que me ayudes, así te voy a dar de desayunar, que tal lisura, habías sido una malcriada le dijo.

Mila sólo agachó la cabeza, se decía dentro de sí tengo cinco año, tengo cinco años, ¿soy niña?, ¿qué o quien soy?, y a rastras fue conducida de vuelta a la casa que por lo pronto la cobijaba.

Entre tanto la mañana tenía ya el sol reluciente, pero papá no volvía, le habían ofrecido a Mila una taza de quaker pero no bebió ni un sorbo, estaba inapetente, junto a las gallinas que la observaban, una muy atrevida, le picoteó la uña del dedo gordo del pié que se escapaba por su zapato roto, Mila sonrió, shus, shus, le dijo a la gallina, había mas afinidad entre las gallinas y ella, se sentía mas cómoda, entre tanto el bullicio dentro la casa, de risas, palabrotas, música, y en medio de todo la mujer obesa (hay obesas agradables, armoniosas, humanas, pero ésta nó, lamentablemente), cantaba dejando salir su voz agresiva para los oídos y Mila recordaba a su madre, la comparaba, se sintió afortunada de haber tenido una madre que cantaba como un ángel, seguro que ahora ha de estar cantándole a diocito, decía, me ves mamita?, yo si te veo, pensaba, haz que papá vuelva pronto, cuídalo mucho, conversaba con su madre......... En eso la mujer calló la voz, Mila sintió sus pasos dirigirse al gallinero, entonces corrió al silo, echo el quaker y volvió a su silla de ladrillos, justo a tiempo en el que la mujer llegaba allí, para decirle que pase a la cocina,

-oye niña, como te llamas?, siempre olvido tu nombre, rápidamente la niña contestó:
-soy Milagros Lizeth Montes de Oca Revilla,
-oye tu nombre parece trabalenguas le dijo la mujer, en cambio yo me llamo Clotilde Yanarumy Cóndor, y nada más, ese es un nombre, no como el tuyo parece noticia. La niña no entendía la reacción de Clotilde Yanarumy,
-bueno pero me dicen Mila,
-ha ya mejor así, Mila vamos a la cocina, vas a aprender a lavar platos y algunas ollas, yo te enseñaré, anda, anda, no seas perezosa,
-si señora dijo tristemente Mila, y ¿no sabe nada de mi padre? preguntó,
-no. y punto, fue breve, un no que se queda sellado en la impotencia, se sintió caperucita, llevada del brazo por el mismísimo lobo. Clotilde había colocado frente al lavadero escalones de ladrillos, subió a la niña, abrió el caño y le hizo tomar una esponja, mira con esto se saca la suciedad de los platos y ollas, metes uno a uno cada traste al lavadero, etc,etc, catedrática de la cocina y la limpieza bla, bla, bla, bla, bla, bla, eso oía Mila, pero para lo obvio de la explicación, simplemente quería aquella mujer que Mila lave y deje limpio todo lo que ante su vista había colocado, ollas, tazas, platos, cucharas, tazones, y más; y fue tedioso, fue cruel sus manitos fueron tornándose desde un color amarillo, rosa palo, rojo, y finalmente todas moradas, del frío, del detergente, del esfuerzo que hacía, entre reprimenda y reprimenda de la mujer que le mandaba rectificar el trabajo, estaba de supervisora, cuando, tocaron la puerta, casi a las 12 del día, Mila tenía mojado todo el vestido, el pecho, y le chorreaba agua hasta los zapatos. Entonces vino hacia la cocina uno de los hijos de la mujer, algo le musitó al oído, mientras la nena seguía trabajando, peleando con los trastes, con los ojos a punto de llorar, bailaban las lágrimas por sus ojos, queriendo saltar a juntarse con el chorro del caño, pero se hizo la fuerte, temblaba como siempre, era normal, ella temblaba de todo y por todos. Entonces la mujer le dijo
- “Milicita” linda, gracias niñita por haberme ayudado, sabes? Soy una mujer enferma, estoy muy grave, por eso te pedí me ayudes, pero te voy a suplicar que no le digas de esto a tu papá, él esta afuera esperándote. El corazón de Mila palpitaba fuertemente, ¿puedo irme? ¿puedo irme?, por favor, y finalmente lloró, la mujer le dijo mira a ti te gusta que te traten mal, (la samaqueó) no me hagas caprichos aún no hemos terminado esta conversación, casi le gritó, Mila trató de calmarse y la mujer le advirtió, si le dices a tu padre que te he hecho trabajar, iré un día tu escuela y te llevaré muy lejos, y nunca volverás a ver a tu padre ¿entendido?, Mila no respondió, ¿entendido?, le grito, si, si señora, gracias ¿puedo irme?, gracias de qué?, ha si del desayuno, de la cama, del almuerzo de ayer, ha si tienes razón, me debes mucho, anda, anda, allí te esperan, Mila partió la carrera hacia la calle, llegó donde su padre, parado en el poste frente a la casa de Clotilde, se tambaleaba, y Mila lo abrazó de las piernas, ¡papi, papi, por que tardaste tanto!, ¡papi, papi, no te vuelvas a ir!, el hombre no contestaba tenía adormecida la lengua, y tratando de reponerse le dijo a su hija que un amigo suyo tuvo un accidente y estuvo toda la noche en el hospital, ¿me perdonas?, le dijo, ¡si papi!, ¡si, papi!, su alegría era inmensa, no le importaba el hambre de ese momento, ni el frío de la ropa mojada, ni el dolor de sus manitas moradas, nada, solo quería a su papi y se fueron juntos a casa. -Tengo sueño hija le dijo, voy a descansar un rato,
-si papi, no te preocupes, yo tengo unas tareas que hacer,
-hija, volvió a decir el hombre -come esto-, sacó de su bolsillo una bolsa donde guardaba una pollada del día anterior, -come esto, disculpa que este frío-, y se tiró en su cama, la niña, cogió aprisa la bolsa, se comió hasta el último huesito, se cambió de ropa, puso en el cesto la ropa sucia de ella, de su padre que recién advirtió había mucha y se preguntaba a que hora iría a despertar su padre, ya que todos los domingos bajaban al río a lavar la ropa, pero siguió la vida, siguió ese día con muchas interrogantes para Mila, hizo su tarea como pudo, muy empeñosa, y ya casi por la noche, encendió la vela, despertó a su padre, papi, papi, el hombre despertó nervioso, abrazó a su hija, y le preguntó atontado ¿dónde estabas bebe?, yo aquí, cuidándote, estabas durmiendo, no recuerdas que eras mi hijito, yo jugué contigo, solo que no me respondías, le dijo Mila, hay hija discúlpame por favor, discúlpame por todo, ella lo acarició y lo miró observándolo cariñosamente, él le dijo -no me mires así, me haces recordar a tu madre, ¿sabias que tus ojos casi son celestes?- le dijo, -un poco parecido al verde en el día, un poco plomizo en las tardes-, y se echaron a reír, -chistoso eres papi-, él se levantó, la alzó en brazos y le volvió hacer sinfín de promesas, cuanta ilusión le hacía guardar en el cofre de su corazón a Mila, tal vez no era necesario tantas promesas que se hagan imposibles de cumplir, promesas que al final hagan daño.

Era lunes, por la mañana, los ajetreos de alistarse para la escuela, para el trabajo, habituados a sus costumbres salieron padre e hija, dejando su cuarto boca arriba, casi a media cuadra de la escuela el hombre se detuvo, le dijo -hija ve de aquí sola, te veré desde aquí,- la niña solo obedeció, -si papi, note olvides recogerme,- -no hija- respondió, le dio un beso en la frente y la vio llegar al colegio, a quien también vio a lo lejos es a Salomé, estaba esperándolo, pero por distraída ni se dio cuenta cuando la hija de Guillermo ingresó a la escuela. “Salomé”, pensó Guillermo, mejor no, se dijo, mejor dejarlo todo así, es bella pero debo dedicarme a mi hija, es el diablo en persona esa mujer, pensaba mientras caminaba hacia el trabajo. Las intenciones son grandes pero del “dicho al hecho hay mucho trecho como dice el dicho”, y fue así ,mas que un dicho una maldición, Salomé lo fue envolviendo en sus redes poco, a poco, lentamente como crece la víbora desde el tamaño de insecto a semejante anaconda, ella se había obsesionado y a decir verdad Guillermo era muy agraciado, y si se arreglaba lo era más, cuando las cosas estaban demasiado avanzadas se dio cuenta Guillermo que dejaba abandonada a su niña en casa por noches, días, y volvía a casa, sin interesarse si la niña había comido, o si había ido al colegio, borracho, tenía el mismo vicio que Salomé, tal para cual como se diría. Mila dejó de asistir regularmente a la escuela, casi llega al medio año de clases con unas notas increíblemente buenas, dos meses después, se las arreglaba sola para ir a la escuela, decaída, se desmayaba en las formaciones, le hicieron reiteradas citaciones al padre de Mila, pero él no asistía; la primera citación que Mila le alcanzó, fue echa añicos por un enfurecido borracho, ¡seguro no hiciste las tareas, niña estúpida!, y el látigo de su mano cruzó la carita de Mila, su hija de cinco años, estaba tendida en el piso, sin siquiera poder llorar, ella no conocía a ese hombre, él volteó, caminó tambaleándose hacia fuera, azotó la puerta y se fue a seguir bebiendo, a seguir muriendo y matando a Mila.

Comenzó entonces a traer a Salomé a casa, no le importaba que estuviese presente su hija, para dar rienda suelta a sus bajos instintos, se borró la fantasía de la mente de Mila, tan chiquita y la inocencia fue cruelmente arrancada de su ser, veía movimientos raros entre Salomé y su padre, lo entendió, lloró en silencio, se escondía debajo su cama, abría su libro y se tapaba la cabecita, -no es cierto, no es cierto, él no es papá, él no es papá, entiéndelo Mila él no es papá-. Entre esos dos alcohólicos había risas, golpes, y escándalos. Un día Mila, se armó de valor, esperó que su padre despertara junto a su mujer, casi al medio día de un domingo y cuando lo hizo, Mila le dijo: Padre ¿puedo hacerte una pregunta?, pregunta lo que quieras mocosa malcriada: ¿POR QUE CAMBIASTE PAPA?. La única respuesta que consiguió fue otra bofetada, allí, acabó todo, allí se rompió el alma de Mila, volaron los pedazos en miles de pedacitos imposible de reconciliarse entre sí, se convirtió en un ser humano con el alma rota, brotaba en ella eso que llaman odio, desprecio y se esparcieron sus sueños por lugares inhóspitos, temía ella no volverlos a recuperar.




CAPITULO VIII ADIOS PAPITO

Mila era un ser tan pequeño, habían pasado casi tres años, desde que por primera vez piso la escuela, con ayuda de ajenos, obligando su propia voluntad, salió a flote, lograba aprobar de año, estaba en segundo grado, con el mismo uniforme que ingresó a educación inicial, tenía zapatos rotos, (se los habían regalado), cuadernos reciclados, y un corazón sumido en el dolor, fue corta la felicidad que encontró al lado de su padre, casi dos Navidades, si solo hubiera huido cuando pudo de Salomé, mi padre fuera otro se decía así misma. Pero esto no podía seguir, amoralmente Mila no podía existir, y le vinieron ideas para salir de ese pueblo, para buscar otros caminos mejores, que la hagan reencontrarse con su niñez, aunque no lo razonaba así por su edad, claramente sentía que era su derecho llevar un poco de alegría dentro de su ser, para existir como aquellos otros niños, como los cuales no soy, decía. Un día una mujer la encontró deambulando por una panadería, estaba mirando desde la vitrina unos panes sabrosos, ella pensaba: -sólo un pancito quisiera, solo un pancito,- sin saberlo había hablado en voz alta, la mujer la oyó y le dijo:

-¿Niña estas sola?.
-Si. Respondió Mila.
-Bueno te compraré unos cuantos panes, debes tener hambre.
-Si señora. Respondió la niña.

Tras comprarle los panes, la mujer trató de hacer amistad con Mila, me llamo Teresa le dijo, y vivo en Lima, la verdad que estas bien descuidada niña, y tus padres?.

-Solo tengo a papá, pero él está borracho allí en el parque con su nueva esposa, y yo tenía mucha hambre, por eso salí.

-Eso es demasiado cruel, sería mejor que te fueras conmigo a Lima, allí te puedo hacer estudiar y tener como mi hija.

-De verdad, señora?, de verdad me querría como su hija?. Y la ilusión se apoderaba más y más de Mila, sus ojos se llenaron de lágrimas hasta que explotó en un llanto tan triste, tan reprimido, que la mujer de nombre Teresa se conmovió, al menos de eso dio impresión.

Entonces, planearon encontrarse al día siguiente, en el mismo lugar, para viajar a Lima, pero de eso no debía enterarse nadie, así le instruyó Teresa a Mila, sería un secreto, por que si alguien se entera le dijo, “nos fregamos las dos Mila”, esa frase estaba grabada en la mente de la niña. Llegando a casa no había nadie, solo Priscila, la abrazó con mucha alegría y le dijo:

-Nos iremos Priscila, tú y yo, para siempre de este lugar, encontré una nueva mamá.

Había cierta felicidad en el corazón de Mila, observó su habitación, el pequeño baño, iba paso a paso tomando una vela, mirando cada espacio de ese cuarto que no quería olvidar, y sin darse cuenta una lágrima apagó la vela, y así se quedó a oscuras, no necesitaba mas luz, cerró los ojos y llorando recordó esos días en los que tenían una radio a pilas, (la cual vendieron Salomé y su padre para conseguir licor), pero Mila quería llevarse la imagen intacta del día más feliz en ese cuarto, veía a su padre cocinando alguna sopa en el primus, guardando las ropas en las cajas de cartón, barriendo, jugando con ella, por esos días todavía no tenía a su única muñeca, ahora era Priscila todo lo que tenía y apretándola a su pecho siguió llorando. Esta realidad nuestra en la que los niños tienen que llevar un sufrimiento inmensamente cruel para su tierna existencia, es tan latente, que no lo podemos negar, sin embargo nada hacemos por erradicar la insania humana contra los niños, miles de Milas han de haber por cada rincón de esta patria nuestra, y muchas más en el mundo, pero seguimos indolentes ante aquello.

Mila esperó que llegara papá, aunque sea para verlo por última vez, estaba decidida a partir junto a esa mujer de nombre Teresa a Lima, pensaba que cambiaría todo, que sería diferente, guardaba ilusiones, soñaba como solo los niños lo saben hacer, con esa inocencia que a veces las lleva a las mas terribles decepciones, siguió esperando, pero en vano, Guillermo no llegó a casa. Acostumbrada a esa tristeza que llevaba cargando todos los días, Mila tomó a su muñeca, y fue al encuentro de Teresa, dejando una nota encima de su cama donde decía “adiós papito”. Cerró la puerta, dejó la llave dentro, y serenamente siguió su andar, bajaba los escalones pensando “total, ya no quiero a mi papi tampoco, él me quiere a mí, que se quede con Salomé”. Pero se mentía a sí misma, amaba a su padre, y en realidad no quería irse, pero tenía que hacerlo, ese domingo, le provocó de pronto ser una niña feliz, realmente feliz, y guardaba la esperanza que Teresa sería como una madre para ella, siguió la vida, dieron las 5 de la tarde, una mujer esperaba en la puerta de una panadería a una niña indefensa, a un ángel aunque valiente, inocente, inocente....

CAPITULO IX : SE APAGA LA VOZ

Corrían los días de febrero de un año sin número, cuando Mila llegó a Lima, Teresa le había colocado un vestido nuevo, le cortó el cabello, y le dijo:

-Desde hoy me harás caso en todo entiendes?, la verdad que no soy muy cariñosa, pero te quiero mucho, y seré como tu madre, te daré de comer, vestidos, juguetes y muchas cosas más, solo a cambio que hagas algunas cosas para mi, esta bien? O tienes algo que decir?

-No, dijo Mila. Hubo un temor irreconocible para ella, había tenido muchos temores, pero éste era distinto, abrazó a Priscila, (nunca la dejaba) y sintió un escalofrío, otro tipo de maldad la asechaba.

La casa a donde la llevó Teresa, era para Mila muy rara, había un gato gordo, una señora viejita, no veía, estaba sentada en una silla de ruedas, era una casa oscura, no por que no hubiera luz, sino porque se respiraba mucho misterio, las cortinas siempre cerradas, un silencio irreparablemente temeroso, muchas habitaciones, todas cerradas, dos pisos, escalones de madera, humareda de incienso y una pulcritud intachable, había una empleada que también hacía de enfermera, le aplicaba una serie de inyecciones a la anciana, Mila se decía –al parecer mi nueva madre es importante, sale temprano a trabajar, regresa muy tarde, pero siempre deja dinero para todos los gastos de la casa, hasta para mí-. Pasaron dos semanas en las que Mila se sentía ignorada totalmente, por la empleada, por la anciana, por Teresa, excepto por el gato con quien agarro confianza y se arrullaba en su cama, casi siempre amanecía con ella. En verdad no tenía de que quejarse, comía tres veces al día, tenía su propia habitación, una cama, ropa y a Priscila, esa muñeca que le recordaba triste, amarga, feliz y desesperadamente nostálgica a su padre, pero el cuerpo y la mente recibe todo cambio, permite mutaciones de sentimientos y sensaciones, por ello, Mila pensaba que si cuajaba sus lágrimas, convirtiéndolas después en hielo, éstas no brotarían más, los ojos de cristal los quiero tener, como los de Priscila, no quiero agua en mis ojos, se decía en silencio. Se elevaba con su fantasía horas y horas, viendo televisión en la sala, o jugando en su cuarto con el gato, Priscila y sus sueños, muy imaginativa como todos los niños a su edad, bastante inteligente y linda, cada día más bella.

Teresa conversaba tan poco con ella, por eso al cabo de un tiempo le extrañó que le dijera que saldrían juntas al día siguiente: -te alistarás a las 7 de la mañana, vamos a la playa y está distante de aquí, por eso te duermes hoy temprano, entendiste Mila?.
-Si, contestó, y que haremos?, yo no se nadar.
-No seas tonta, ni siquiera te meterás al agua, tú solo obedece y ve a dormir.
-Si, dijo Mila nuevamente.

Intrigada en su habitación, no podía dormir, se preguntaba para que ir a la playa si no voy a meterme al agua, pero así son las cosas, que se va hacer y se quedó dormida.

Teresa estaba involucrada con el narcotráfico, su status en ese mundo le daba las ganancias suficientes para cubrir los gastos de mantener a su anciana madre, de tener una casa con empleada, autos, entre otros beneficios que consiguió por su actividad ilícita, se encargaba de la distribución al por mayor en las zonas más exclusivas de Lima, tenía contactos en el extranjero, y en fin, Mila estaba bajo la protección de una persona llena de malas intenciones, pero como era niña, no sospechaba que estaba en peligro, que le asechaba la peor de las maldades.

Entre tanto, Guillermo acababa de darse cuenta que algo le faltaba ¿qué será?, se decía, en su torpe mente de alcohólico, se dibujaba una imagen, una niña, le parecía tan difícil el acertijo, hasta que un día Salomé le dijo ¿dónde esta la mugrosa de tu hija?, ¿mi hija?, ¡mi hija!, comenzó a gritar, ¡Mila, Mila!, lloraba desesperadamente, fungiendo de padre abnegado, ¡ayúdenme!, mi hija ha desaparecido, corría gritando por las cuadras de su vecindario, la gente murmuraba ¿recién te haz dado cuenta que tu hija ya no está?, ¡mejor que haya desaparecido!, otros le contestaban, pero el hombre seguía dramatizando tardíamente la pérdida de su hija. Y allí quedo Guillermo, Salomé y su infierno, perdidos en el tiempo, ya no sabe él si soñó ser un padre, o fue real, pronto no sabrá ni siquiera quien es él mismo, pronto se llenará de oscuridad, sin embargo existirá en el corazón de una niña, pero él no lo sabe, entonces que quede allí, desmarcándose hasta volverse transparencia.

Teresa, llevaba a Mila todas las mañanas hacia las inmediaciones de una playa muy concurrida por turistas y gente de alto nivel económico, otros días iban por casas residenciales.

-¿Señora Teresa le puedo hacer una pregunta?
-No.

Entonces las dudas, las preguntas sin respuestas se llenaban en la cabecita de Mila, sus ojos vivaces resaltaban en su bello rostro, iba en el asiento trasero del auto que manejaba Teresa, contaba los semáforos, esas calles inmensas, la bulla, la gente, los autos, y de rato en rato acariciaba a Priscila, la que llevaba cargando a todos lados. Se estacionaron, Teresa le colocó la mochila de siempre en su frágil espalda, le indicó que buscase en la Calle Valencia, la casa de número 640, debería quedarse parada frente la puerta hasta que alguien salga a su encuentro, la haga pasar, le cambien de mochila idéntica, sólo que menos pesada y al cabo de 10 minutos, debería volver al encuentro de Teresa, como siempre, como todas las mañanas, entre ir y venir de casa en casa, ponerse una mochila, que se la cambien, y esa rutina sería por mucho tiempo. De regreso a la casa, el silencio,... pareciera que no existo se decía, la señora Teresa es buena conmigo, me compra ropa, tengo muchos vestidos, hasta para Priscila le ha comprado ropitas, que buena es, seguro que tiene problemas por eso habla poco.

-Anda báñate.
-Si señora.

-Anda come.
-Si señora.

-Ve a dormir.
-Si señora.

-Me voy de viaje, dos semanas.
-Si señora, que le vaya bien.

-Señora tengo tos,
-Toma esto.
-Si señora.

Pasaron los meses, iba a iniciarse otro año escolar, Mila anhelaba estudiar, pensaba que seguramente Teresa la habría matriculado en algún colegio, pero que equivocada estaba. Aunque se había repuesto en su estado de salud, no tenía porque quejarse de los cuidados que le daban en esa casa, pareciera que todos se habían puesto en complot en contra de ella, para no dirigirle la palabra, excepto de lo necesario, incluso la empleada cuando la peinaba no le preguntaba ni siquiera por su nombre, pero Mila, mas cotorra como siempre, ¡me llamo Mila! Y usted?, señora le estoy hablando, y..... el silencio, no entiendo pensaba, ¿qué pasa?.

Pasaba que Teresa tenía prohibido a las empleada dirigirse a la niña, preguntarle ni responder sus preguntas, por nada, pero eso sí, no debían descuidarse de su apariencia, sus comidas, sus juguetes. ¿Será así la vida?, se preguntaba Mila, quisiera salir, conocer a niñas de mi edad, ir al colegio; y se apenaba cada vez más. Teresa había encontrado en Mila la ayudante perfecta insospechable para negociar su mercancía, ¿quién pensaría que aquella niña, de contextura fina, piel blanca, ojos verdes, muy bien vestida, estaría siendo la portadora de letales insumos a moribundos adictos?, pues nadie, en verdad pasó desapercibida. Aquella mujer que la protegía se tardaba mas de lo que decía en volver de sus viajes, un día Mila se propuso preguntarle si el próximo año estudiaría:

-Señora Teresa, este año cumpliré nueve años sabe?
-y?
-Yo quisiera estudiar señora.
-Yo también quisiera muchas cosas, pero a veces es imposible niña.
-Nunca estudiaré?
-Nunca se debe decir nunca, ¡y no me fastidies con tus preguntas impertinentes!.
-Disculpe señora.

Mila agachó la cabeza, se dio vuelta y quiso correr, llegar a esa puerta siempre cerrada para ser libre, pero comenzó a caminar despacio, cuando Teresa la llamó:

-Espera, tienes razón que tonta soy, claro que estudiarás, el próximo año.

Mila la abrazó emocionada.

-¡Gracias señora, yo sabía que era buena!.
-Ya, ya no seas pegajosa, ve a tu cuarto.
-Sí, si señora.

Partió la carrera hacia su cuarto, encontró a Priscila encima de su cama, la abrazó y se sintió feliz, esa promesa de Teresa la había hecho volver a soñar con ser una niña normal; y nuevamente recordó a su padre, quiso llorar, pero no lo hizo, se guardó sus lágrimas, ahora era más fácil poder dominar su llanto, y buscó un lápiz, pidió que le trajeran un cuaderno, y comenzó a escribir, jugando a la escuelita, hacía de alumna, de maestra, con sus únicas compañías, su muñeca, el gato, y otros juguetes, pasaron los días, los meses, llegó el día de su cumpleaños, al amanecer le trajeron una torta, le cantaron el feliz cumpleaños mas apresurado de la historia, y la dejaron sola en su cuarto, Mila no se cansaba de mirar su pastel, estaba emocionada, nunca tuvo un festejo de cumpleaños, éste le pareció inolvidable, tomó su torta, la llevó a la cocina y pidió a la empleada que le partiera un pedazo, el sabor era indescriptible para Mila, creyó entonces que momentos gratos le aguardarían. Se acostumbró a hacer los encargos con más destreza de lo que esperaba Teresa, lo cual complacía a la mujer, ahora ya se mostraba mas afectuosa con Mila, a veces le sonreía, de vez en cuando charlaban de cosas triviales por un buen rato.

De alguna manera Mila encontró en Teresa a una “madre”, guardando respeto y cariño por esa desconocida, llegó otra Navidad, otro verano, Teresa se veía preocupada, muy irritable, su madre había empeorado, estaba internada en una clínica, ahora Mila estaba cada vez mas sola. Una noche sofocante, Mila no podía dormir, necesitaba conversar con Teresa, necesitaba abrazarla, decirte que la quiere mucho, pero ¿cómo hacerlo?, esperaré hasta mañana pensó, cuando el silencio de la noche fue roto por dos fuertes estruendos, nunca Mila había escuchado ese tipo de sonido, pero la asustó y se cubrió con su cobija, abrazó a Priscila, e instintivamente comenzó a rezar, oraba el Padre Nuestro, el Ave María, repetidas veces, comenzaron a caminar por la casa, pasos fuertes, se cerraban y abrían las puertas, un grito desgarrador la asustó más y otros dos estruendos, las luces de los vecinos se encendieron, comenzó a haber bullicio fuera de la casa, y ella rezaba incesantemente, Mila sin darse cuenta estaba llorando, temblaba como antes, decidió entonces salir a ver que pasaba, fue corriendo a la habitación de Teresa, la puerta estaba abierta, encendió la luz y lo que vio jamás se borraría de su mente, estaba Teresa tendida en su cama, con dos orificios en la frente, bañada en sangre, Mila quiso gritar, pero no brotó ningún sonido de su boca, se abrazó del cuerpo inerte de Teresa y sus lágrimas se confundieron con la sangre que empapaba todo el lecho, el horror la hizo desprenderse de Teresa, se alejó temerosa, lloraba, quiso decir algo, pero no pudo. La conmoción había dejado muda a Mila, regresó corriendo por Priscila, y se quedó sentada en el pasillo, recostada en sus rodillas, pasaron muchos minutos para que pudiera reaccionar, y fue en busca de la empleada, entró a su cuarto y también la halló muerta, sólo atinó a correr hacia la puerta de ingreso, se dio cuenta que estaba abierta, cuando se aprestaba a salir, vinieron a su encuentro policías, uno de ellos, la cargó y trató de calmar, la llevaron al patrullero en medio de vecinos curiosos, pero para Mila todos eran sombras, una pesadilla.

Fue así el final de Teresa, un ajuste de cuentas, una madre abandonada en una clínica, sacrificada una empleada y una niña a su suerte. Las ambiciones llevan a algunos seres humanos a buscar los caminos más fáciles para lograr sus pretensiones, tal vez Teresa fue víctima, victimaria cumpliendo el ciclo mundano del destino que eligió.


CAPITULO X : FAMILIA

Una enfermera trató de quitarle del brazo a Priscila, creyendo que Mila dormía, pero inmediatamente la sujeto a su pecho, -cálmate pequeña- le dijo aquella mujer de blanco, no sabía Mila dónde estaba, la tenían recostada en una camilla, tal vez se desmayó, tal vez todavía duerme y despertará, tiene tantas cosas en la cabeza y suspira cansada de llorar, nuevamente trata de decir algo, pero no puede no brota ningún sonido de su boca, eso la desespera, la enfermera vuelve a su lado, y la encuentra temblando, con un torrente de lágrimas que se deslizan por su rostro sin gemido alguno, entonces llama al médico, le indica algo a la enfermera y Mila siente que le aplican una inyección, en instantes recordó las vacunas, esas agujas que tanto temía, pero imposible ya darse cuenta de más, se queda dormida.

Cuando despierta encuentra su alrededor a muchas personas de blanco, como enfermeras y médicos, busca a Priscila, afortunadamente la tiene a lado, eso le da calma, una señorita muy amable se dirige hacia ella diciéndole: -Que linda eres niña, no te preocupes pequeña, aquí todos somos amigos- su voz le dio confianza, y la señorita siguió conversándole, ¿puedes decir tu nombre?, Mila solo atina a mover la cabeza en señal de negatividad. Bueno esta bien, le dice aquella mujer, ¿tienes hambre?, y Mila mueve la cabeza aduciendo que “no”, y ¿sed?, le vuelve a interrogar, la niña precisa que “si”, moviendo la cabeza, entonces, le traen un vaso de agua tibia, la que se la tomó incansablemente, de principio a fin. La mujer le siguió hablando, me llamo Ana le dice, le ofrece un lapicero y un papel, y le pide que escriba su nombre, Mila escribe su identidad : Milagros Lizet Montes de Oca Revilla, ¡muy bien!, le dice Ana, estamos progresando. Te pido por favor que no tengas miedo, por favor pequeña, ahora, le dice, ¿puedes escribir la fecha de tu nacimiento y en que lugar?, Mila escribe la siguiente frase: “tengo 9 años, me dicen Mila, nací en Lima, mi cumpleaños es el 20 de junio”, suficientes datos para que inmediatamente buscaran la identidad de los padres de la niña, la policía tenía interés por saber de que familia provenía la niña, para poder investigar las vinculaciones con Teresa y el narcotráfico, en menos de dos horas tenían los datos precisos de la madre, el padre y dirección de la familia de Mila en Lima.

En tanto, trasladaron a Mila a un albergue, ya nada le importaba a ella, tenía cargando un sufrimiento intenso por haber perdido la voz, fue tratada por la psicóloga del albergue, por los médicos pero no lograban que Mila pudiera hablar nuevamente, volvió a ser la niña triste de hace tiempo, deambulaba aprisionando su muñeca por los pasillos del albergue, por los patios, comía poco, quería estar sola, pero no se lo permitían, querían de alguna forma hacerla reaccionar, hacerla sonreír, pero vanos fueron los esfuerzos del personal del albergue y al cabo de dos semanas se resignaron a tenerla como ella quería estar.

La policía contactó con los abuelos de parte de madre de Mila, estaban ellos totalmente confundidos, no entendían porque los interrogaban acerca de una tal Teresa y la nieta de ambos, al contrario, expresaron que ellos buscan hace mas de 6 años a su nieta Milagros Lizeth Montes de Oca Revilla, mostraron documentos sobre la denuncia e investigaciones que ellos plantearon ante las autoridades, pero todo quedó en nada, también mostraron fotos de la niña cuando era bebe, junto a su madre antes que muriese; ante las pruebas los policías se disculparon y les comunicaron que su nieta estaba en un albergue luego que la hallasen en la casa de una narcotraficante, a la que encontraron muerta. La abuela de la niña rompió en llanto, se emocionó mucho, y se arrodillo agradeciendo a Dios por haber oído sus súplicas, el abuelo permanecía incrédulo, serenamente pidió que les entregaran a la niña, pero para eso tenían que proseguir con un trámite judicial para solicitar la patria potestad de la niña, sin embargo, eso no impedía que la pudieran ver. Fueron citados al día siguiente, hora 9:00 a.m, en las instalaciones del albergue, Mila no sabía del suceso que acontecería, y comenzó su día como cualquier otro, somnolienta, caminaba por el jardín del albergue, llevando a su eterna acompañante, miraba el cielo celeste, ese mundo que desconocía, no comprendía por qué sufría tanto, en eso, la llamaron por detrás, ¡Mila!, ella se volvió sobresaltada -no te asustes le dijo la psicóloga-, venía con dos personas más a quienes Mila no conocía, por eso retrocedió unos pasos, entonces la doctora la alcanzó, para decirle que se calme, -sabes Mila?, quiero presentarte a dos personas que te quieren mucho-, la niña movía la cabeza en señal de no querer conocer a nadie, entonces la mujer cambió de tono de voz y le dijo, -¡tienes que ser fuerte Milagros, esas personas que están allí, son tus abuelos, y quieren lo mejor para ti!-, entonces Mila los observó, se dio cuenta que la señora mayor tenía los ojos llorosos, le sonreía inmediatamente recordó la imagen de su madre, la reconoció en su abuela, también el señor que esperaba traslucía una sinceridad que Mila pudo percibir, comenzó a caminar lentamente hacia ellos, y se dejó abrazar, los abuelos lloraron como dos niños, abrazaban y besaban a su nieta, luego vendrían las explicaciones.

A partir de aquel día aprendieron a comunicarse con Mila, ella escribía días enteros todos los acontecimientos que le tocó vivir, al lado de su padre, al lado de Teresa, los abuelos amaban intensamente a su nieta, tenían otros nietos, pero Mila era especial, era idéntica a Milagros, su hija adorada, por eso, le hicieron muchos tratamientos para que volviera hablar, la llevaron al Brasil, pero no lograban nada. Un día Mila les pidió que la llevasen a buscar a su padre, le concedieron el deseo, los abuelos y tíos de Mila visitaron Huancayo, buscaron el lugar que Mila les indicó, llegaron una noche de lluvia, el frío estremecedor carcomía hasta los huesos, pero Mila permanecía sofocada, muy nerviosa, presurosa los llevó por una callecita, donde ya no podía ingresar ningún auto, caminaron ante la mirada de vagos, era raro ver a personas tan bien vestidas por esos lares, pero siguieron su andar guiados por Mila, ella, se detuvo frente a la quinta, que permanecía igual, suspendida en el tiempo, los mismos escalones polvorientos, parece que no hubiesen pasado más de dos años, Mila indicó la habitación donde no pensó volver, tocaron la puerta pero nadie les abrió, ante tanta insistencia una vecina salió y les dijo que allí no vive nadie ¿a quién buscan?, al señor Guillermo contestó la abuela de Mila,- ha ya respondió la mujer- ¿para qué buscan a ese alcohólico?, él está siempre en el parque a no ser que esté detenido- entonces Mila avanzó hacia la calle, los parientes la siguieron, la niña caminaba presurosa, parecía que conocía ese parque, apretando a Priscila llegó hasta el lugar, cuando debajo de un árbol la silueta de un hombre, que jamás olvidaría, se hizo realidad, a unos metros de él, se quedó parada, y sus familiares detrás de ella, pasaban los segundos, bailaba en su pecho su corazoncito, tratando de que las partes rotas de encuentren, coincidan nuevamente para hallar el inmenso amor que pensó ya no existía, sin embargo, bastó verlo una vez más, para que brote de su boca un grito desgarrador de desesperado lamento mezclado con felicidad -¡papi, papito!, ¡papi te amo tanto!-, y corriendo lo abrazó, besó sus mejillas, su frente; el hombre atontado despertó semiborracho -¿bebe?, ¿eres mi Mila?-, ¡si, si!, respondió ella, abrazándolo más y más, esa escena conmovedora, hizo comprender a los abuelos de Mila, que lo que ella necesitaba era a su padre, por él volvió hablar, por él su rostro se encendió con la luz de un ángel; y se hicieron la promesa de ayudar a regenerar a ese hombre, en honor a su hija Milagros.

Ya Guillermo no recuerda a nadie excepto a su hija, lo tienen internado en una clínica para alcohólicos, pasan dos, tres años, aún no puede salir de su enfermedad, pero al cabo de cinco años, está totalmente renovado, recibió tanto apoyo de sus suegros y familiares, pero mucho más lo ayudó el inmenso amor que le prodigaba Mila, ella estaba emocionada, iba cumplir 15 años y estaban preparándole la fiesta acostumbrada, ¡bailaría con su padre ese vals añorado de las quinceañeras!, y así fue, hubo fiesta, hubo vals, hubo un padre y una hija, reencontrados para siempre, irremediablemente inseparables, la bella Mila, lucía un vestido sin igual, un galán encopetado aguardaba su turno para danzar con ella, los ojos de él, buscaban mágicamente los de ella, es así, es la ley de la vida, pronto las hijas vuelan a su propio nido, pero para eso faltaría mucho, en el caso de Milagros Lizet, una jovencita que llevaba enmochilada hasta la mitad de su carrera en la Universidad a Priscila, hasta que un día decidió dejarla en casa, encargada al cuidado de su abuela, que se convirtió en su compañía en sus días de soledad que la senectud suele traer consigo, regalándole un poco de niña a la anciana, llevándose Mila un poco de la anciana para seguir siendo completa, niña, mujer y anciana, con inocencia, prudencia, experiencia e inteligencia.

Guillermo alcanzó un día una profesión, Ingeniero Civil, iba a coincidir el día de su graduación con el nacimiento de su primer nieto, Mila llegó a tener seis hijos, casada con un médico, ella psicóloga, gozó muchos años del cariño de sus abuelos, ahora sin ellos, pero con nueva familia encontraba marcado el camino que pensó no era posible para ella, que en un momento se le fue negado, pero ya dio vuelta la página, tomó un pedazo de perdón, lo convirtió en amor, ahora brinda lo mejor de sí a quienes pueda ayudar.

Ha...tuvo nietos nuestra querida Mila, escribió su historia y uno de ellos le preguntó si era feliz, ella contestó: hoy soy mas feliz que ayer y menos que mañana, hoy aprendo de ti mi niño, aunque vieja llevo de ti tu alegría, gracias por existir mi niño, abrázame mi niño, deja que te proteja en mis brazos y vive con prudencia, mañana aunque yo ya no esté sigue siendo un ser de bien, recibe el rigor de tus padres con amor, se humilde y valiente....le dio un beso a su querido nieto, cerró los ojos, y se quedó durmiendo, y sigue allí ahora, en ese sueño eterno, siendo un ángel, uno tan fuerte al que se le dio la gracia de ser Angel de la Guarda, esa dulce compañía, que no desampara de noche ni de día.......


FIN.

Texto agregado el 07-04-2011, y leído por 217 visitantes. (2 votos)


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