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Rocinante (cuyo nombre, como es bien sabido, se debe a que fue un gran Rocín antes) llevaba una vida muy tranquila en los establos de la pequeña hacienda del señor Quijana. Era un viejo caballo, alto pero un tanto flaco y descuidado. Vecino suyo, solamente separado por una pequeña cerca de madera, comía y dormía un pequeño pero obeso asno, perteneciente a un humilde campesino llamado Sancho Panza. Los dos equinos rara vez cruzaban palabra entre ellos, pues Rocinante era algo racista y para nada le simpatizaba la idea de hablar con una especie menor, que tenía las orejas del doble del tamaño propio para unas orejas elegantes, y un cuerpo muy rechoncho sostenido por unas patas débiles y cortas. Por su parte, al asno le parecía que aquél caballo vecino era de esos “aparentones” que prefieren morirse de hambre haciendo creer que lo tienen todo y que nunca se van a bajar de cierto escalafón de distinción del que alguna vez gozaron e hicieron gala.

Pero un buen día el desconcierto fue el mismo para los dos equinos. A Rocinante lo despertaron mucho más temprano que de costumbre, lo aperaron como hacía meses no lo hacían, pues su trabajo se limitaba a pasear de vez en cuando a la sobrina del señor Quijana y a las visitas, puesto que el señor Quijana dejó de usarlo para salir a cazar desde que se enfrascó en la lectura de libros de caballería; le pusieron una serie de atuendos sumamente extraños, muchos de ellos metálicos, lo cual lo hacían parecer como uno de esos caballos de rejoneo, y posteriormente lo montó el mismo señor Quijana. Esto casi no es posible, pues en el momento en que su amo se disponía a montar, Rocinante (cuyo nombre fue puesto en ese preciso momento y no antes) casi no puede sostenerse en pié al verlo aparecer con la vestimenta y la indumentaria más ridícula que hasta ese momento el había apreciado en humano alguno. Llevaba su amo un yelmo, una lanza hecha con un palo de escoba, una pechera metálica, un machete que hacía las veces de espada, espuelas, y una celada fabricada por él mismo con cartón y barras metálicas. El caballo se imaginó que su amo planeaba participar en alguna comparsa del pueblo o algo así y no tardó mucho en reponerse del ataque de risa que le produjo la visión sin precedentes, pues lo montaron con gran energía y le picaron con las espuelas como nunca lo habían hecho.

En cuanto a su vecino asno, las cosas se tornaron similares: aperada de emergencia, a la misma hora de siempre, pero no con las enjalmas de cargar pasto, caña y demás, sino con una modesta silla sobre la cual se montó su amo, para luego encontrarse, todavía antes del alba, con su vecino humano, que ahora se hacía llamar “Don Quijote de la Mancha” e iba extrañamente ataviado, al igual que su caballo “Rocinante”.

A partir de aquel día la vida dio un giro inesperado para los dos equinos, y no hablar para sus respectivos amos. Rocinante era un caballo muy soñador, pero sus fantasías no llegaban lejos comparadas con las locuras de Don Quijote. Por su parte el asno era muy realista, tanto como su dueño, pero solía escapar de la realidad de tarde en tarde mascando una hierba que supuestamente los animales no debían mascar, pero que él había descubierto, y que lo sumergía en los mundos más irreales y en los más profundos pensamientos, además de ayudarle a soportar el duro trabajo al que era sometido.

A pesar de sus diferencias, los dos animales, que la mayoría del tiempo estaban viajando con sus amos en lomos y mientras éstos discutían sobre cuestiones caballerescas; comenzaron a hablarse en el lenguaje equino (movimientos de orejas, relinchos, rebuznos, movimiento de labios…). Este hecho, sumado a que juntos (sobre todo Rocinante) se vieron obligados a cometer cuantas locuras atravesaran por las cabezas de sus amos, que iban desde mandarse de trompa a todo galope contra unos molinos de viento hasta aguantar toda noche con los aperos encima, pasando por apaleadas, caídas, ayunos, largas jornadas laborales con horas extras y demás; hicieron que entre las dos bestias se formara y creciera una gran amistad.

Fue así como el asno le contó a Rocinante que su nombre era “Burro”, que le gustaba mascar hierba ilegal o prohibida y que nunca imaginó ser vecino de un caballo tan interesante y tan ameno al charlar. También descubrió Rocinante que aquel adjetivo de “burro” con que los humanos denotaban a sus compañeros poco inteligentes, estaba definitivamente mal usado, pues su nuevo amigo era todo menos bruto; y fue así como se sintió honrado de conocer a Burro, un burro bien “burro”, pero definitivamente nada burro.

A Burro le pareció muy agradable haber conocido a Rocinante, y confirmó que no se debe juzgar a nadie por la primera impresión que éste da, pues Rocinante resultó ser todo un caballo caballero, más humilde de espíritu de lo que aparentaba.

Los días se hicieron mucho más llevaderos. Los dos amigos mitigaban sus amarguras con la dulzura de su amistad, con sus largas charlas, con la hierba de Burro y con lo divertido de algunas de las desvariaciones y ridiculeces de sus amos, pues no sabían cuál de los dos estaba peor, si “Don Quijote” con sus fantasías, o si Sancho Panza con el hecho de haber seguido a Don Quijote en sus fantasías. Tanto discutieron, tanto hablaron, con tanto tiempo contaron y tanto llegaron a conocer a sus amos, que se propusieron juntos (un caballo y un burro), así como alguna vez José Manuel Marroquín (un humano), se propuso narrar la historia de “El moro” (un caballo); narrar la historia del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza (dos humanos).

Fue de esta forma como luego de la muerte del señor Quijana, o mejor, don Quijote de la Mancha; los dos amigos, ahora libres, empezaron a narrar las grandes aventuras de sus amos en honor a ellos y a transmitirlas oralmente entre cuanto caballo, mula o jumento se encontraban. Dicen que la historia llegó incluso a oídos de sus familiares más lejanos: las cebras, los pony, Pegaso y los unicornios, y que los célebres equinos eran conocedores de ésta. Entre ellos se pueden contar a caballos famosos en la literatura, como Babieca; caballos históricos como Palomo y Bucéfalo; caballos artistas como Plata, Tiro Loco, Spirit, Burro (el de “Shrek”) o el Pequeño Pony.

En el desconocido mundo de los equinos la historia del Quijote de la Mancha se tornó más famosa aún que entre los humanos, pues todos los equinos del mundo hablan el mismo idioma, lo que no sucede con los hombres. Incluso hoy por hoy, y gracias a la tradición oral equina; en cada potrero, en cada establo, en cada cabalgata y en cada pradera donde haya algún tipo de equino, estos seres especiales siguen comentando la historia divulgada inicialmente por Burro y Rocinante. No solo se divulga “oralmente”, sino además se registra por escrito; pues nosotros, los humanos, aún no hemos podido descifrar los jeroglíficos grabados con cascos en el barro, en la arena de las playas, en los desiertos y el aserrín de las caballerizas; incluso cada vez que se monta, un caballo le narra a su jinete la historia más famosa entre los equinos con los movimientos de sus orejas. Una historia contada por un caballo Rocín que cargaba en sus lomos la vital fantasía, y un burro que sobre los suyos soportaba el gran peso de la realidad.








Texto agregado el 12-04-2011, y leído por 140 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
12-04-2011 Sabes, creo que en el párrafo final está todo. Es decir, yo borraba todo menos ese último párrafo y ahí tengo el cuento completito. Aristidemo
 
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