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"Severance, los pájaros que migran nos invitan a ir con ellos, y aún así aquí estamos, envueltos en nuestro miedo a volar..."




La gente del pueblo nunca pronunciaba su nombre. Muchos de ellos nunca habían llegado a saber como se llamaba . La llamaban simplemente "la bicha".
En los cuentos de las madres a sus hijos, la bicha era una critaura fantástica, toda blanca como si estuviese hecha de luz, con los ojos multicolores y una insolencia primigenia en sus rasgos. Los niños boquiabiertos imaginaban a la bicha caminando desnuda por las calles durante las noches, tomando baños de luz lunar con la espalda arqueada sobre la barandilla del puente y el cabello largo e insolentemente rojo colgando hacia la corriente del agua. Durante el día sin embargo,contaba la leyenda, la bicha no era más que una muchacha normal, extremadamente pálida y de no más de 15 años.
Había llegado al pueblo el mismo día del fatídico terremoto del año 85. La gente lo recordaba muy bien pues por la mañana habían visto pasar la caravana con las pertenencias de la recién llegada familia y a ellos mismos montados en un carretón de usanza campestre y antigua, el padre, la madre, un par de niños morenos y en los brazos de la mujer una pequeña y delgada niña pelirroja y de mejillas llenas como manzanitas.
Ese mismo atardecer ocurrió el desastre y nadie pudo quedar indiferente a la coincidencia.
Durante días los bomberos del lugar buscaron a los desaparecidos del pueblo. El terremoto les había encontrado sentados a la mesa comiendo, o peregrinando en masa hacia el viejo cementerio, o simplemente rezando arrodillados en el duro suelo de piedra de la iglesia rodeados por el olor de los cirios.
Cientos de cuerpos se amontonaban a las orillas de las calles pobremente cubiertos por sucias sábanas blancas manchadas de tierra y de sangre seca. El zumbido de los bichos contrastaba incesantemente con el monotono llanto de los deudos que se arremolinaban como una oleada de agua negruzca en las calles tratando de ver los rostros de los cadáveres para reconocer en ellos a hermanos, padres, hijos.
La bicha tenía por entonces solo 4 años. Su madre, la dejaba correr libremente por entre los peligrosos fierros y escombros que el desastre había dejado. La bicha corría ágil como una gatita por sobre los escarpados obstáculos, con sus certeros piececitos se equilibraba sobre las rocas con una concentración fantasmagórica en los rasgos pequeños. Ella era la única que se atrevía a tocar a los muertos. Corría entre ellos saltándoles por encima como si se tratase de un juego. Les destapaba el rostro y se quedaba largo rato mirándoles, asombrada del color de las sienes rotas, de los sesos sanguinolientos, de las mandibulas desencajadas. Muchas veces los bomberos tuvieron que quitarla del lado de algún anónimo cadáver,pues se recostaba al lado de ellos y acercaba su pequeña y roja boquita a los oídos de los muertos y les hablaba en un lenguaje absolutamente adulto y solemne, pronunciado cada palabra deliciosamente con su voz aguda y tintineante como una campanita. Y mientras se los cargaba en una camioneta, amontonados como inútiles bolsas de carne, ella permanecía sentada en el suelo abrazada a sus rodillas, absolutamente seria, increíblemente silenciosa, con la chispa de una inteligencia primigenia revoloteando en el brillo de sus ojitos parduzcos.
Fue la primera vez que la gente se dió cuenta de que la niña era "rara".
Se le veía jugándo sola en los predios de la escuelita, encaramada como un monito sobre un árbol, profundamente dormida abrazada a las ramas, inconsiente del peligro que supondría caer, o echada sobre el pasto durante horas mirándo el cielo. Les sorprendía a menudo con la agudeza de su inteligencia y la profundidad de sus palabras. Hablaba de la magia, y de las voces de los muertos que venían a golpearle la ventana por las noches cuando llovía o hacía mucho viento. Y la gente se quedaba atónita del temblor que les producía en las entrañas el sonido monótono y agudo de la voz de la niña.
Las únicas veces en que la bicha parecía remotamente normal era cuando corría por el campo en compañía de su mejor amigo, un niño de cabellos dorados e intensos ojos verdes. Con el tiempo fueron creciendo juntos y la bicha llegó a ser una hermosa jovencita de cabello de sirena, pálidisima piel, cuerpo delicado y hermosa voz. El muchacho continuó a su lado y la seguía incansablemente donde quiera que ella fuese. Juntos eran la imagen de la felicidad, compartiendo un mundo de idiomas secretos que nadie podía comprender, que nadie se travería a interrumpir. Con solo mirar la cara del muchacho se podía ver que el amor que sentía por aquella extraña criaturita no era perteneciente a este mundo, y que haría por ella lo que fuera, incluso acompañarla en sus tórridas fascinaciones.
Fue por esos tiempos que empezó la fascinación d e la bicha con el cementerio del lugar. Se quedaba parada frente a la puerta de entrada que el terremoto había resquebrajado pero que no había alcanzado a derribar. Sobre la cúpula de adobe, agrietado y sucio se alzaba la figura de un ángel que sostenía en una mano una espada, y apuntaba su dedo hacia el cielo, pero su cabeza se había perdido en la catástrofe.
Empezaron a correr los rumores entre la gente de una figura de mujer que por las noches se trepaba por las paredes del campo santo. Luego una mujer dijo que la había visto retozar con su amante sobre las flores de una tumba, tomándo el sol sobre su piel marmórea como una gata perezosa.
Durante el día se la podía ver p sentada sobre su tumba predilecta, con el cabello de fuego desparramado por la loza, riendo a mandibula batiente por las bromas de su eterno enamorado, que hacía acrobacias sobre las manos solo para hacerla reír.
Los cuidadores del cementerio trataban de increparla para que se saliera cuando llegaba la hora de cerrar, pero ella los miraba muy seria como si simplemente le estuvieran hablando en otro idioma y no pudiese entenderles.
Un día de lluvia el cuidador del cerro la vio encaramada sobre la mata de zarzamora, empapada hasta los huesos, subida sobre la pandereta que separaba las tumbas del monte. La vio alzar los ojos al cielo, sosteniendo un bulto en sus manos . El hombre dijo que en aquel momento la bicha abrió mucho los ojos, alzó el paquete por sobre su cabeza, y comenzó a reir frenéticamente. Luego, dijo algo pero el sonido de la lluvia impidió que el hombre la oyera y arrojó el bulto lejos de si. Cuando ella se marchó el hombre se acercó al paquete para descubrir con repugnancia un trozo de carne agusanado y a medio descomponer, sobre la fotografía de una mujer. Todo el pueblo sabía de lo ocurrido al día siguiente y si tuvieron que exagerar al contarlo no dudaron en hacerlo. Los rumores de que la bicha hacia "males de ojo" en contra de la gente poniendo carne podrida sobre las tumbas de los cementerios se esparció como una plaga, la miraban con desprecio por las calles, se presignaban a su paso, aunque ella aún les ignoraba con la misma fría suficiencia.
No dejó de visitar el cementerio, por mas que intentaran impedírselo. Sobretodo acudía por las noches. Una inquetud desesperante la sacaba de su sueño en mitad de la noche y medio dormida caminaba descalza hacia el camposanto a cerrar las tarjetitas de navidad musicales que la gente dejaba abiertas entre las flores de los nichos. Se podía ver su delgada silueta afirmada de la cintura por su novio, cerrando las infernales tarjetitas y acallando los estertoreos y disonantes sonidos que según ella "perturbaban a los dormidos".
Un día de invierno la hija de la cocinera de la escuelita, la pequeña Daniela, cruzó en su bicicleta un sembrado de maíz recién fumigado. A las 5 de la tarde yacía con fiebre y vómitos, amoratada y fría sobre la cama. A las 9 de esa misma noche estaba muerta. Las mujeres del barrio ayudaron a la madre de Daniela a bañarla y a vestirla entre los horrendos gritos de dolor de la mujer. Para consolarla le dijeron que nunca debería haber ido a la casa de la bicha a trabajar. Que la maldición de las brujas era mas cruel incluso con los niños.
Irónicamente hacía un día maravilloso y soleado cuando fueron a enterrar a la pequeña inocente. Depositaron su cuerpecito en el "patio de los niños" donde una multitud de pequeñas tumbitas miraban al cielo, roídas por los años, sombreadas por un enorme árbol de tronco descomunal. Las raíces del árbol habían levantado algunas de las tumbas y yacían solitarias y ladeadas. Allí estaba el séquito de campesinas llorosas. Sus lamentos parecían mezclarse con la música de las guitarras y la dolorosa voz de los cantores entonando el rin del angelito. Y de pronto cuando la madre de la niña difunta levantó los enrojecidos ojos hinchados de su pañuelo, se encontró frente a frente con la cara de la bicha, inusualmente mas blanca que de costumbre y con los labios muy rojos, sentada como una india sobre una tumba con las rodillas flectadas y la melena de leona cayendo sobre sus hombros y brazos como el velo solferino de una virgen de yeso. La bicha le miraba con curiosidad. Fue mas de lo que la mujer pudo soportar, humillada y enloquecida, avanzó entre los deudos, pisando las flores y los animalitos de felpa que le habían llevado a su niña muerta, con un grito desgarrandole la garganta se acercó a bicha como una pregerina se acercaría a la imagen de la virgen. La miró con odio y escupió el suelo.
"Tú" le dijo, "Has traído la desgracia" La bicha abrió los brazos y esbozó una inocente sonrisa. "Bruja, asquerosa, Puta satánica, Culebra, serpiente, BICHA!" le gritó la mujer mientras seguía escupiendo flemas verdes sobre el suelo. La bicha la miró a la cara con indolencia, luego miró mas allá de ella, hacia los deudos.
¿"Ves ese árbol de allí?" le dijo con su felina voz de cascabeles, mientras con un dedo blanco señalaba el enorme tronco del árbol. "Las raíces de aquel árbol penetrarán el ataúd de tu hija y día tras día se alimentarán de su cuerpo" dijo la muchacha. Se irguió de pronto y se quedó muy quieta. Su pelo de fuego pareció hincharse con el viento de la tarde, y serpenteó alrededor de la cara blanca y exánime mientras arqueaba las cejas. "Y se alimentará tambien de su alma.. Y ¿sabes? En las noches cuando el viento sople en esas ramas sólo yo oiré a tu hija reír, para siempre acunada por las raíces de este árbol. Yo la oíre reir y tu no, porque la dejaste sola, la dejaste morir"
La mujer se retorció como si la hubiese picado con un veneno mortal, cayó de rodillas sobre el suelo y la gente corrió hacia ella para auxiliarla. "Bicha" gritaban, "serpiente", y la muchacha de pie sobre la tumba y elevada sobre ellos con sus delgados bracitos abiertos los miraba y sonreía.
Una furia popular cayó sobre la familia de la bicha entonces.La madre de la niña difunta y las mujeres del pueblo buscaron entonces a una "meica", la llevaron al cementerio y le mostraron los bultos de carne podrida arrojadas entre la zarzamora y los largos mechones de pelo cobrizo que ululaban entre las manos de las estatuas y entre las flores. La "meica" confirmó lo que temían, la bicha era una hija de satán, una proscrita de Dios y debía ser atacada con la misma malevolencia que ella les profesaba. Uno por uno recolectaron los mechones de pelo colorado del cementerio. Y una tarde mientras ella y su novio se besaban sobre una tumba, la fotógrafa del pueblo les retrató a escondidas con su vieja cámara. A los dos, eso había dicho explícitamente la meica. Se dedicaron a mezclar la imagen de la bicha y su amado con amasijos hediondos de carne y excremento propio. Maldiciendo metían dentro de los paquetes infernales los largos mechones de pelo cobrizo. Entonces como sacerdotes infames enterraban las maldiciones en el suelo del cementerio.
No pasó mucho antes que la bicha sintiera como una nube se cernía sobre ella y tratando de huir de la maldad de la gente se fue una noche del pueblo a escondidas de su madre. Metió toda su ropa en la maletera del auto azul de su novio y juntos se marcharon junto a la lluvia. Pero la malevolencia infectó las mismas gotas de esa lluvia, y la lluvia infectó entonces la tierra y el barro, y como si hubiesen sido vengadores oscuros, se levantaron contra la bicha, volcaron el auto y le desbarrancaron por la ladera del cerro. Su amado novio murió tratando de salvarla, pero a ella no pudieron matarla. Se quedó inmóvil la niña, herida dentro del cohe, ahuyentando a la muerte con la fuerza de su miedo, se quedó inmóvil y cada latido de su corazón llenó de odio su sangre. Se prometió vivir y lo hizo. Aunque por semanas vagó inconciente en el limbo entre la vida y la muerte, desesperada buscando la fuerza de sus ancestros.
La pobre niña se despertó al horror de la soledad y la muerte. Le había sido arrancado lo mas preciado y su corazón sufría y como consecuencia la naturaleza a su alrededor sufría con ella. Una sequía espantosa mató a los animales, infectó las aguas y secó los sembrados. Todo el pueblo tuvo hambre, tuvo sed. Todo el pueblo pagó el precio de su venganza.
La bicha no podía alejarse ya del cementerio donde finalmente habían puesto a su amado, se pasaba las tardes echada sobre su tumba, llorando, y cada lágrima suya hacía crecer flores sobre la tierra.
Empezó a enfermarse y a dejar de comer, su pelo de medusa serpenteaba con furia alrededor de su cara cadavérica mientras cada tarde dirigía sus pasos hacia el reposo de su amado.
Entonces una noche mientras caminaba por el camposanto, sintió el viento de Septiembre en la cara y una suave risa infantil, proveniente del "patio de los niños". Sobrecogida corrió hacia allí. Sin pensar lo que hacía se abrazó al árbol y dentro del tronco, junto a su pecho percibió un tamborileo, como si cientos de corazones pequeñitos latieran junto a la madera. Llorando alzó el rostro y cerró sus ojitos, el viento arrancaba risas de niños a las ramas del árbol centenario. Una idea cruzó entonces el enloquecido juicio de la bicha y corrió hacia la tumba vacía donde guardaban las herramientas, cogió una pala y un azadón y cuando estuvo frente a la tumba de su amado, hirió la tierra con la pala y se dedicó a cavar, destruyendo las flores a su paso. Sacaría el cuerpo de su amado de esa tumba hinóspita, sí, arrastraría su cuerpo precioso hasta el pie del árbol de los niños y finalmente le enterraría allí. Las raíces se alimentarían de su cuerpo y de su alma y el viento le devolvería a través del viento la voz de su amado, podría abrazarse al tronco y sentiría junto a su pecho el latir del corazon de su amado. Llorando cavó, la tierra estaba dura por la sequía y la pala le lastimaba las manos, pronto tenía ampollas que sangraban y con la cara y la ropa llena de tierra, llorando, parecía un ángel caído en desgracia. De pronto sus dedos dieron con algo mojado y sólido y sacó de la tierra lo que parecía ser un paquete. Al abrirlo una sombra de mosquitos se elevó hacia su cara al tiempo que un olor nauseabundo le revolvía el estómago, lanzando arcadas y escalofríos desde su columna hasta su garganta. Era uno de esos infernales paquetes que ella siempre se encontraba, uno de esos paquetes que aparecían misteriosamente colgados en las manillas de los mausoleos, los "males de ojo" como les llamaban. ¿Cuantos de esos no había destruido ella? ¿Cuantas veces no elevó esos paquetes al cielo, mostrándoselos a los dioses para que libraran a la víctima de la envidia y de la maldad?
Y había una foto entre los gusanos, una imagen tan dulce y tan querida, su amado, su amado besándola, y sintió un dolor tan dulce de verle que por algunos momentos no pudo comprender lo que aquello significaba, hasta que el entendimiento la golpeó y se dobló sobre su estómago, vomitando.
¿Quien podría haber hecho algo así? Había estado tan ocupada molestándo a los ridículos e ignorantes habitantes del pueblo, tan estúpidos y medievales en sus ridículas creencias de maldiciones y conjuros. Nunca habían entendido su necesidad de paz, nunca comprendieron su relación con los dioses o con los ancestros.
La mañana la pilló echada sobre la tumba, con la espalda apoyada sobre el nombre de su amado. El polvo había formado surcos con sus lágrimas en su cara blanquita. Parecía una niña mendiga azotada y doliente.
Los rayos del sol iluminaron el suelo, y luego suavemente avanzaron por sus piernas y sus brazos hasta su cara. Las flores que había arrancado mientras cavaba no habían muerto y yacían tiradas a su alrededor como una guirnalda colorida. En su mano, yacía la fotografía en la que su amado la besaba. Poco a poco abandonó la idea de desenterrar el cuerpo de su amor. En vez de eso, metió la fotografía en lo más profundo de la tumba y cuando el sol ya estaba alto terminó por fin de poner la tierray las florecitas de vuelta en su lugar.
Era ya media mañana cuando salió del cementerio. Los cuidadores se quedaron boquiabiertos al verla pasar con la ropa hecha jirones y el cabello, los brazos y la cara llenos de tierra. Parecía una amazona, una aborigen de la selva. Caminó por las calles adormiladas de su pueblo con la prestancia de una reina, con la frente en alto mantuvo la mirada de los que se quedaban estupidizados por su presencia, de los que se persignaban con la boca abierta, de los que la maldecían en voz baja.
Al llegar a su casa en la escuelita, se aproximó al dormitorio de su madre, se arrimó a ella en la cama y le besó las mejillas. Muy despacio le dio a entender que se marcharía, que cogería el dinero que su amor le habían dado y que se marcharía. Y aunque su madre lloraba le dio gracias al cielo.
En otro país aprendería a vivir de incógnito, aunque fuese lo que era. La bicha. En el pueblo decían que el día que ella llegó trajo con ella la desgracia, y quizás era cierto, por eso ahora marcharía, pero la desgracia que había traído no se iba con ella. No, la desgracia esta vez se la había dejado al pueblito maldito y a todos sus enemigos.
El pueblo nunca más vió una lluvia, la tierra se resquebrajó y los canales antes caudalosos y benéficos solo eran charcos de asquerosas aguas estancadas donde el barro se podría. Todos los árboles perdían sus hojas nada mas llegar la primavera, todos excepto el árbol de los niños que permanecía intacto y fantasmal, parado sobre las tumbas como un gigante cantarín.
Nadie supo cuando la bicha se marchó realmente, nadie recuerda la fecha exacta, incluso hay quienes aseguran que ella nunca estuvo realmente allí, que fué solo un espejismo colorado que el atardecer le arrancó al reflejo cristalino del río. Su prescencia fue desvaneciéndose poco a poco, hasta que de la realidad solo quedaron las leyendas que las madres contaban a sus hijos cuando estos no querían comer la comida o cometían travesuras.De la bicha solo quedó la leyenda. Eso y una tumba sin nombre en donde misteriosamente, aunque nadie se ocupara de ella, la tierra siempre estaba húmeda y siempre, siempre, había flores...



http://www.youtube.com/watch?v=UJE9Ks3BBMM

Texto agregado el 19-04-2011, y leído por 252 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
02-02-2012 Me encantó!!! amo como escribes. shaz
04-06-2011 Tal vez la vuelta de la bicha me devuelva la inspiración, y la sequía cese. Muy bien! caronte600
08-05-2011 Excelente cuento. Muy bueno firpo
19-04-2011 Es como una historia de Lovecraft o un episodio de los cuentos de la cripta o de la dimensión desconocida... Tetricamente bello, sombríamente dulce. Oscuro, maldito y condenado ... Puedo sentir el frío de los cadáveres y de las tumbas ... athelstane
19-04-2011 volviste; bienvenida. rimes
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