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Finalmente llegué a la playa a las diez y media de la noche. A esa hora es hermosa. Imposible resistir el deseo de quitarse los zapatos y la medias, y recoger lo más alto posible las botas del pantalón. Caminé durante un largo rato por la orilla, con los pies dentro del agua, siempre en dirección Oriente-Occidente. A lado y lado el panorama era emocionante. A la izquierda los jóvenes estudiantes disfrutaban la excursión de su colegio; alegres y excitados, integrados, seguramente disfrutando la libertad que otorga el estar lejos de casa. Más adelante las parejas danzaban al ritmo del animado grupo vallenato, y quienes no lo hacían, tomaban ron y charlaban tranquilos, sin presiones. Junto al grupo, y siempre vigilado por los protectores y agudos ojos de su padre, el único bañista, de no más de cinco años, se negaba a salir del agua. Un poco más alejadas, las parejas que buscaban algo de soledad escribían sus nombres en la arena, en un ambiente cómplice y mágico. Y más al fondo, los dos equipos combatían raudos por el balón que habría de penetrar entres los dos maderos que conformaban una improvisada portería, y que de vez en cuando, entre la algarabía, rodaba hasta el agua. Lo último que aprecié al Occidente fue el descanso de las pequeñas embarcaciones, luego de su ardua jornada de pesca.

A la derecha el panorama era opuesto. Un océano en calma, el agua clara y transparente, sólo enturbiada por el contacto suave con la arena, favorecido por las pequeñas olas. Una cálida y acariciadora brisa proveniente del Norte, que producía un sonido característico al ser retada por las palmeras. Una luna llena perfecta para regalar. A todos los hombres nos pertenece únicamente un segundo antes de regalarla. Ahora es tuya. Unos pequeños y alargados peces que se escabullían veloces entre mis manos que inútil y ágilmente trataban de al menos tocarlos. Unos yates anclados a unas decenas de metros. Y más hacia el fondo, las islas y el misterioso horizonte. Todo danzaba al ritmo de la suave cadencia del viento. Todo murmuraba. Todo se mezclaba para proporcionar esa atmósfera de paz.

Deshice al camino. Ahora, en sentido Occidente-Oriente, el bullicio se ubicaba a la derecha y la calma a la izquierda. Y yo en el límite. En la línea exacta que divide los dos Universos. Los disfruté ambos. Me sentí vinculado, tanto al espíritu de cada uno de los cientos de individuos como al infinito espíritu de la naturaleza. Pero paradójicamente caminaba solo. Aunque no me sentía así. De hecho no lo estaba. Nunca lo estuve. Estuviste conmigo todo el tiempo.

Texto agregado el 01-05-2011, y leído por 70 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
01-05-2011 Mira, me gusta mucho el principio, la descripción me sumerge claramente el el paisaje y sus detalles. Lo que si te recomendaría (mi modesta opinión de lector y no de crítico) es que tal vez le faltó un giro, un clímax que pudiese darle más acción al cuento. Y más aún, aprovechando que atrapas al lector al principio con ese ritmo de calma y equilibrio. Saludos. Alghyrak
01-05-2011 Es como nadar entre dos corrientes pertenecer justo a una tercera la del centro. siemprearena
 
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