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el soldadito de plomo (parte 1)

En la quietud, como siempre, estaba el soldadito de plomo de pie sobre su única pierna. Su vida era un equilibrio estático, inmóvil, sólo perturbado por sus pensamientos, porque tampoco podía hablar, tal gesto mandibular era contrario a la física de su cuerpo, completamente de plomo. Sin embargo, un día, el soldadito habló, y el milagro le alcanzó para escuchar una insignificante voz, que no debió escuchar. Y escuchó.

— ¡Eres un maldito infeliz! — dijo una voz diminuta y aguda.

— ¿Será mi conciencia? —Se preguntó a si mismo el soldadito.

— ¡Por fin! Por fin me escuchas mal nacido. Por supuesto que no soy tu conciencia, las conciencias no hablan, imbécil. Soy tu piojo.

— ¿Me estaré volviendo loco? Tan solo estoy que conversó conmigo mismo. Además, los piojos tampoco hablan.

— Pero me escuchaste, y eso es lo único que importa —dijo el piojo con gran satisfacción.

— ¿Y cómo es posible que un piojo viva en mi cabeza de plomo?

— Es una larga historia. —Contestó el piojo, antes de acomodarse y darle a su voz un tono más solemne—. Mi gran tragedia comienza un desafortunado día, que debió ser especial.

Estaba de aniversario con mi pareja, mi pioja, y habiendo deliberado mis ideas, decidí regalarle una fotografía, pero más que nosotros posando súper felices, tenía que ser algo que ella no pudiera ver todos los días, y la vez, demostrará, cómo un gran sentimiento podía vivir dentro de nuestra microscópica existencia; la única imagen posible para contener, igual que nosotros, la inmensidad en tal minúsculo rectángulo, fue fotografiar una fracción del universo.
Recorrí varias hectáreas capilares y pantanos sebáceos buscando aquel cabello grueso, de punta fuerte y sin friss, para escalar y superar la estratosfera del peinado. Desde la punta misma de un pelo, en el espacio más allá, contemplé varios planetas, los había de frondosos hábitat selvático y de áridas llanuras calvas. Mi odisea era casi un éxito cuando la tierra tembló, bruscamente, y el profundo folículo piloso hizo la tracción suficiente para que saliera disparado con punta de pelo y todo. Del billón de cabellos, elegí una punta partida. Que fatalidad. Cómo podía prever que habría de aterrizar aquí, atrapado en este planeta de solido plomo y tan denso que su gravedad apenas me deja arrastrarme como un gusano. Con la practica ahora puedo levantar una pata a la vez, pero nunca las 2 al mismo tiempo como en los demas planetas, donde podía dar saltos de super piojo de un metro de distancía. Todos los días me ejercito y ahora puedo dar una vuelta al mundo en 80 minutos, pero todavía no consigo el brinco para escapar de esta absoluta soledad. Pero sabes lo jodidamente desesperado que estoy por volver con mi pioja, que incluso yo, un incrédulo parasito, rezo y pido a Dios que nuestro planeta colisione con mi hogar. Lo sé, es jodidamente ridículo, pero ni la racionalidad me queda, ahora soy puro sentimiento, y lo único que siento, es mi deseo por volver con ella. Por eso, Dios, te odie como nadie puede odiarte. Sé que no es necesario que te lo diga, porque eres omnipresente y sabes todo, incluso lo que pienso, pero deja darme el gusto de repetirlo y creer que lo que te digo para ti es algo nuevo. Te odio no por ignorarme todo este tiempo, tras rezar, caminar de rodillas, bailar y seguir el manual del buen creyente al pie de la letra, lo que te hace el más altísimo descriteriado, es que te hayas dignado a responderme, precisamente, cuando he perdido la esperanza y maldecido de verdad.

Ahora, imagino que sí dejaste tu pasividad, por lo menos, es para cumplir mi deseo y no para ilusionarme y no hacer nada. Entonces, sin más preámbulos, muévete.

— Lo siento. Me gustaría ayudarte, pero yo no soy Dios, soy un soldadito de plomo.

— Lo sabía, siempre lo supe, también eres un jodido comediante, y tu dialogo, supongo, es sólo el remate del gran chiste que decidiste que me tocaba vivir. Era demasiado para mí ¿mucha felicidad concentrada para un miserable piojo, no?

— Te digo la verdad, soy un soldadito de plomo y no puedo moverme por más que quiera.

— De acuerdo, digamos que tu no eres Dios y yo no soy un piojo, te seguiré el juego, sé que te encantan esas preguntas trampas y pruebas de fe. Entonces, si tú dices ser un soldado de plomo, yo seré… Seré tu instinto, tu microlatido, la manifestación de lo que pareces no tener, tú sentimiento vivo.

— Veo que no tiene caso discutir contigo, pero por favor espero que me creas cuando te digo que nunca he podido moverme ni un centímetro.

— Esperaba un acertijo más difícil. Acaso crees que no me he dado cuenta como la tierra vibra cuando la bailarina de allá orbita delante de tus ojos. Claro que no puedes seguirla con la mirada, todavía, pero eso es porque te falta determinación. Ella actualmente es sólo una obsesión, una bella bailarina sin más, y no puedes esperar que una simple atracción saque un planeta de su eje, de su rutina, y lo mueva a través de una galaxia. Necesitas más que eso, debes querer conocerla, debes desear enamorarte de ella, deber creer que ella es tu constante y que pese a las infinitas posibilidades y sus múltiples consecuencias que cada segundo de tu vida eliminas al escoger una acción, igualmente al final llegarás a ella, y no porque estés destinado, sino porque la convicción de que ella es tu constante te impulsa a corregir tu vida en cada paso. Y si fuera tú… ¡Mira! La hora de tu eclipse llegó, la veraz muy pronto.

Entonces el soldadito de plomo y su piojo, sintieron, primero, una leve vibración seguido de un gran remezón. La voluntad del soldadito de plomo nunca consideró el consolidado equilibrio natural y su pierna faltante, y al primer paso se estrelló directamente contra el suelo, cayó como plomo remeciendo el escritorio. Todos los juguetes dejaron sus labores y quedaron boquiabiertos por tan inédito suceso. Fue como presenciar la caída de la torre pisa.

continuará...

Texto agregado el 07-05-2011, y leído por 157 visitantes. (0 votos)


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