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Fue el mismo día, la noche en que llegaron los cuatro camiones llenos de soldados, fue la misma fecha en que murió Lotito. El pueblo tenía diecisiete casas desparramadas sobre algunas calles de tierra y el monte que perduraba infiltrado en el medio con sus árboles, y arbustos, y yuyos, y enredaderas, víboras, zorros, sapos, y otros bichos con los que convivíamos. Debíamos de ser doscientos pobladores. La mayoría chicos, por familia éramos por lo menos seis hermanos, y a veces hasta once. No había calefón en aquella época. De cualquier manera había que lavar platos, y bañarse, y tomar mate, por lo que en todas las casas solían tenerse unos troncos encendidos sobre los que se ponía un fuentón de chapa donde el agua hervía. Para continuar con la historia tengo que trasladarme un poco más atrás, a enero del cincuenta y cinco. Por aquella época Coca Cola todavía no había inventado a Papá Noel ni nada por el estilo. Los regalos llegaban para reyes, los reyes que había sido guiados por la estrella de Belén hasta el pesebre donde había nacido el niño Dios. Mis hermanos me contarían que hasta que aparecieron Perón y Evita en nuestras vidas los regalos brillaban por su ausencia, o bien pasaban cosas extrañas con lo que traían los reyes. Mi hermano mayor, el Ruso, me contó que para reyes mis viejos le daban un autito de madera y lo dejaban jugar tres o cuatro días, y que después el autito desaparecía y los reyes volvían a traerlo al año siguiente, y así varios años los reyes trajeron y se llevaron el mismo regalo. Pero cuando Pero y Evita la cosa cambió. Para el Niño de Dios llegaban pan dulces, y budines, yo recuerdo a mis viejos, con unos cupones que les daban, yendo a retirarlos y volviendo a casas felices para contagiarnos a nosotros también la felicidad y llenarnos el estómago y el alma de ilusiones. Nosotros que éramos un pueblo, que para nosotros era el único lugar en el mundo, en el medio del monte, a mi que si me decían que más allá del monte el mundo se terminaba y había un precipicio con dragones y elefantes, yo lo hubiera creído. Y que ese hombre, ese general Perón y esa santa, la santa Evita, nos mandaran pan dulce, que para colmo era riquísimo, y nos regalaran camioncitos, muñecos, jueguitos de té para las nenas, y trompos, y triciclos. Un triciclo le había regalado a Lotito. Era un changuito de unos tres años. Moreno como el carbón, de cabeza redonda y pelo ralo, y solía llorisquear por todo. No se le podía hacer ni decir nada porque se le brotaban unas lágrimas gordas de los ojos. Estábamos en la casa de la abuela Patrocinia, no era abuela de nadie, o de alguno habrá sido, pero nosotros todos le decíamos así con cariño. Jugábamos en el patio. Estaba el fuentón con el agua hirviendo a borbotones sobre los leños. Me acuerdo que Cáscara de queso y yo nos habíamos conseguido una navaja. Estábamos convencidos y empecinados que con esa navaja íbamos a poder cortar un árbol que había ahí. El tronco debía de tener cuarenta centímetros de diámetro. Cáscara y yo nos turnábamos y le dábamos al filo contra la madera, y a veces de tanto frotar, hasta el mango se calentaba, y teníamos que parar. En eso estábamos cuando escuchamos el grito.
Ayyyyyyyyyy, y el chapuzón, el ruido del agua y algo que había caído adentro del fuentón. Vimos las patitas de Lotito, sobresaliendo, sacudiéndose, dando unos cuantos espasmos y ya sin vida detenerse.
Salió la abuela Patrocinia, a los chancletazos de adentro de la casa, y lo levantó de las pantorrillas, y lo sacudía, y le daba palmadas en la espalda, y el pibito ni mu. Muertito. Muertito. Un revuelo en el pueblo. Nunca voy a olvidar ese día, porque nunca volví a ver llorar a una mujer tan desde las entrañas, como si llorara con las tripas. La madre de Lotito. Alguno se atrevió a decir que cuando el hospital estuviera en marcha nadie moriría de ese modo. Y fue esa noche que llegaron los cuatro camiones, con los soldados.
Beltrán era el sereno del hospital. El edificio ocupaba una manzana. Ya estaba instalado. Lleno de camas, aparatos, jeringas, y esas cosas que usan los médicos y enfermeras. Sólo faltaba que vinieran a cortar la cinta, a decir que la cosa tenía que arrancar. Mientras tanto Beltrán cuidaba del lugar noche y día, imaginate, era un tesoro para nosotros, un hospital de esa magnitud en nuestro remoto e ignoto pueblo en medio del monte. Al primer mate Beltrán le daba unas chupadas y después escupía el agua en un balde, y se pasaba un trapo por la boca y los bigotes. En eso estaba cuando escuchó el murmullo de los camiones. Lo escuchó a lo lejos, y si bien eran tiempos de cambio, por el golpe de Aramburu, y las reformas, nunca pensó que algo así sucedería. Cuando el ruido de los motores fue una certeza, ensordecedor, Beltrán dejó el mate sobre la mesita y se asomó por la ventana. Ahí estaban los cuatro camiones. Llenos de soldados. ¿Qué mierda está pasando? Saltó Beltrán de la silla, se puso los zapatos que se había sacado porque le dolían los juanetes, y manoteó las llaves. Salió al patio, caminó esos catorce o quince pasos hasta el portón, y abrió, se asomó apenitas, y se vino el que parecía ser el que mandaba la batuta, un sargento.
El tipo se paró frente al pedazo de cara asomada de Beltrán y le dijo, con tono marcial, venimos a desmantelar el hospital. Ábranos el portón. Beltrán tragó saliva, ya va, dijo con una seña de la mano. Cerró el portón, dos vueltas de llave, y ahí nomás salió corriendo a través del patio, hasta la otra puerta que daba a la calle lindera. Y corrió Beltrán, corrió, corrió, había que escuchar esos pasos agitados, como si el corazón fuera a salírsele de la boca, porque encima el tipo fumaba, y eso no podía pasarle al hospital, nunca, por Perón, y Evita, y la puta madre que lo parió. Corrió y fue casa tras casa, por las diecisiete que desparramadas entre las calles y el monte hacían de aquel caserío un pueblo. ¡Que van a desmantelar el hospital! ¡Que no los podemos dejar! ¡Cuatro camiones llenos de soldados!
Me acuerdo que mi viejo se levantó alborotado y habló con Beltrán, en la puerta. Nosotros desde la cama escuchábamos. Y mi viejo que gritó, como una orden, que había que ir ya para el hospital, ya, ya, que no se podía perder un minuto. Y cuando salimos, nosotros éramos siete hermanos, y mis viejos, en la calle, como en una procesión los vecinos salían de las casas e íbamos todos con el mismo destino, como los reyes magos, guiados por las estrellas; la estrella de Beltrán. El sereno. Que ya de vuelta en el hospital, en la casilla, tomaba coraje para decirle al sargento ese que acá no se desmantelaba una mierda carajo.
Cuando el sargento empezó a golpear el portón y se escuchaban las botas de los soldados arremolinándose, ya el patio estaba lleno. Beltrán abrió el portón. El sargento retrocedió unos pasos cuando nos vio a todos. Doscientos debíamos de ser. Todo el pueblo. Menos la madre de Lotito que desgarrada de tristeza no dejaba de llorar a su hijo, cuyo cuerpo ya se habían llevado para el cementerio. Beltrán se plantó frente a los soldados, y era tímido el señor, más bien de pocas palabras, pero gritó, de algún lado sacó la garra para gritar: ¡si quieren desmantelar el hospital, primero nos matan a todos! Los soldados se quedaron en silencio y el pueblo también. Todos en un silencio abismal. No volaba ni una mosca. Uno de los soldados, un cabo, trotó hasta el sargento y tapándose la boca con la mano le murmuró algo al oído.
¡Hijo!, una mujer gritó desde entre la multitud.
El cabo se dio vuelta, una cara de vergüenza que le chorreaba hasta el piso.
¿Quién es esa?, le preguntó el sargento.
Mi madre, señor. Yo… soy de acá… nací en este pueblo.
La mujer salió desde entre la gente y lo abrazó al cabo, que le devolvió el gesto, con vergüenza pero con sentimiento.
Deciles que nos se lleven el hospital, dijo la madre.
El cabo la besó, le dijo algo al oído, y le dio un empujoncito para que volviera al patio.
Una estrella fugaz cruzó el cielo.
A ver usted, arrímese, dijo el sargento señalando a Beltrán. Y el hombre se acercó, y también se desprendieron del gentío el comisario, y Gutierrez, que era el que ponía la cara por lo asuntos del pueblo en todos lados, y que vivía en la casucha que podía haber sido la comuna.
Estaban los cinco parados bajo la luz de la luna. El monte de fondo. Los cuatro camiones. Los soldados dispersos pero atentos, en silencio, la gente del pueblo apiñada en el patio del hospital a través del portón abierto.
Tenemos orden de desmantelar el hospital, dijo el sargento.
Gutierrez dio un paso adelante y tomando la voz dijo: Mire Sargento, con el respeto que usted se merece. Déjeme que le cuente algo. Hoy murió un changuito acá. Acá nomás a unos cien metros. El changuito se cayo en una palangana de agua hirviendo. ¿Sabe una cosa, sargento? Si teníamos el hospital andando, el changuito ese, ese mismo cuya madre ahora está muerta de tristeza llorando en la casa, porque fíjese que todo el pueblo está acá, solo esa madre, esa pobre madre falta esta noche. Bueno, fíjese que si teníamos este hospital andando el changuito ese se salvaba.
El sargento lo miraba atentamente, con ojos de compasión, como si lo entendiera a Gutierrez.
¿Entiende, sargento? Y ahora usted nos quiere desmantelar la única esperanza de vivir en un lugar mejor que teníamos.
El sargento, refregó la bota como si aplastara un pucho, carraspeó, se irguió y sin mucha convicción dijo: es que órdenes son órdenes.
De qué estamos hablando, sargento, Gutierrez nunca dijo esas palabras pero se las hizo saber con un gesto de la cara, un sonrisa contenida y forzada.
El comisario, que hasta ahora no había dicho nada, como por obligación acotó: ¿Le parece a usted, sargento? Nosotros que gracias a Perón íbamos a tener este flor de hospital. ¿Le parece desmantelarlo? Este pueblito en medio del monte a donde nadie llega, del que nadie se va. Qué puede cambiar este hospital al resto del mundo. A ese que le dio la orden, qué puede importarle este hospital.
El sargento se quitó el casco, se rascó encima de la oreja, se dio vuelta para mirar a los soldados. Los cuatrocientos ojos del pueblo encima de esos cinco hombres. Todos en silencio.
El cabo, discúlpenos, dijo, y se lo llevó del brazo al sargento unos metros más allá.
Mire, sargento, yo nací acá. Mire lo que es este pueblo. ¿Ve? Miré más allá, por esas calles. No se sabe donde termina el pueblo donde empieza el monte. Esto es un caserío. Y al general se le ocurre construir este pedazo de hospital en este lugar. ¿Usted se imagina lo que esto es para nosotros? ¿Se da una idea? Es como un regalo del cielo, del Señor, le digo más, mi madre le prendía velas a Evita.
El sargento que escrutaba el piso levantó los ojos para mirarlo al cabo.
El comisario tiene razón, sargento. A quién más le puede importar este hospital sino a esta gente que ahora, a estas horas de la noche, se reúne para salvar lo que le dieron de buena fe. ¿Y vio lo que dijeron? Que antes los matemos a todos. ¿Se da cuenta? ¿No es como quitarle un juguete a un niño?
El sargento le puso una mano en el hombro al cabo, acercó su oído a la boca del otro.
Mire, sargento, nos vamos a la mierda. Cuando llegamos al cuartel reportamos que el laburo se hizo. Que se desmanteló el hospital de punta a punta, que ni una venda dejamos, que lo prendimos fuego. ¿Usted cree que alguien va a venir a revisar? ¿Usted cree que a alguien le importa un huevo este hospital? ¿Este caserío en medio del monte? Cumplimos órdenes, sargento, pero no comemos vidrio.
El sargento se pasó la lengua por el labio. Le dio dos palmaditas en la cara al cabo. ¡Soldados! Y ordenó que formaran fila, y los fue guiando hasta que se subieron a los cuatro camiones. El cabo llamó a la madre y se abrazaron y él le dijo algo así como que volvería pronto. Los cuatro camiones se fueron ronroneando como habían venido, por el mismo sendero que los devolvería a esa otra parte del mundo que nosotros ignorábamos siquiera existía.
Nunca me voy a olvidar de ese día, porque en esa fecha murió Lotito, y a la noche pasó lo que pasó, y porque cuando el pueblo, victorioso, volvía a sus casas; mientras Beltrán en la casilla, sereno del hospital, volvía a prepararse el mate; yo caminaba por aquella calle, junto a mis hermanos, junto a mis viejos que iban más atrás, y todos mirábamos el cielo, porque había tantas estrellas, y tan brillantes, y todas las estrellas del universo parecían haberse reunido ahí arriba, justo sobre nuestro pueblo.















Texto agregado el 01-08-2011, y leído por 185 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
08-08-2011 Gracias a Beltrán que tiene alma de caudillo, digo por su poder de convocatoria, pudo recuperar el pueblo lo que es suyo. Muy buena narración. Felicitaciones. azucenami
08-08-2011 He llegado hasta acá por recomendación de Sofiama. Y considero que no he perdido el tiempo. Muy interesante relato y sumamente bien narrado. Felicitaciones. 5* Catman
08-08-2011 Me has hecho llorar, pero a la vez disfruté con este relato excelente. Gracias y felicitaciones glori
08-08-2011 Lo que has escrito tiene sabor a pueblo y a pueblo sufrido. Pintas de maravillas, la fe de las gentes en figuras sensibles y dibujas la crueldad opuesta. Te felicito. peco
07-08-2011 es el relato mas hermoso que he leido en estos tiempos...no tiene magia ni encantos; pero si tiene una historia que te pone la piel de gallina. fabiandemaza
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