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BELLEZA INTERIOR
Se desparramó en su sillón y con la lentitud habitual de la siesta, se dispuso a ver televisión. Todos los sábados era rito detener el mundo, desparramarse en su sillón y ver televisión. Si era fútbol mejor. No importaba si era de Italia o Inglaterra o España, ya hacía mucho que había abandonado el hábito de ir a la cancha, y verlo por la tele era una forma de revancha.

A los cuarenta años, después de varios intentos de parejas (fracasados por cierto), su vida transcurría en una ordenada rutina que llenaba con prolijidad los espacios. Que nada quede vacío, que nada salga de control.

Ya no se reprochaba la facultad no terminada (parecía un exitoso proyecto de médico). Lo cierto es que el día que victorioso se dijo “esto no es para mí” y nunca mas piso un claustro, ese mismo día nació en su interior la voz de su conciencia (como el gustaba llamarla), que le recriminaba su falta de voluntad, su poco coraje para sostener lo que su vocación dictaba.

Siempre al acecho, su conciencia descubría un espacio vacío, un silencio, para acorralarlo contra rincones psicológicos y torturarlo por el abandono a lo único que importaba en la vida: ser alguien. Y para eso es necesario un título, obviamente. Y que mejor título para adornar una pared que el de DOCTOR EN MEDICINA.

Su voz interior observaba como se llenaban todos los vacíos con la apacible rutina.

Ya no se cuestionaba la falta de amor, ni el progreso económico, ni la mediocridad.
Sentado solo, en la oscuridad de su pieza, había analizado la posibilidad del suicidio y no le había disgustado la idea. Para nada. Algo rápido y sencillo que calle a esa voz que lo humillaba frente a cada amigo con título, frente a cada comerciante exitoso, frente a cada hombre feliz.

Pero algo lo rescataba una y otra vez. Un sentimiento de aceptación, de reconocimiento.

Era un fracasado, un pobre tipo y eso estaba bien. “Una vez en el fondo no se desciende mas”, y eso era bueno. Y mirando alrededor, descubrió a muchos como él. Y eso estaba bien. Sería uno más.

Comenzó a ordenar su vida de acuerdo a estos conceptos y trazó una precisa red de actividades cotidianas que ocuparan todos los espacios.

La rutina iba ganando terreno y le quitaba oportunidades de protestar a esa conciencia ahora acorralada, estratégicamente ignorada.

Desde ese bunker asomaba apenas cabeza, manos y piernas, para abrir todos los días el negocio, atender a los clientes, barrer la vereda, limpiar las mil cajitas, contar la plata y comentar cuantas veces pudiera, “Qué duro que está todo” y “hay que seguir luchando”, “qué se le va a hacer” y cuanta frase se cruzara que sirviera para identificarlo con la legión de perdedores, de los que intentaron y solo obtuvieron un cachetazo por insolentes y atrevidos.

A pesar de todos los recaudos para no diferenciarse del resto, cada tanto ocurría un encuentro de miradas. Alguna clienta, alguna amiga ocasional, detenía sus ojos sobre los de él y creía adivinar ese antiguo fulgor, esa fuerza dormida.

Por un instante se encendía y sus comentarios eran inteligentes y sus respuestas llenas de sabiduría (esa que se acumula de fracaso en fracaso). Sentía como se erguía sobre sus palabras y su cabeza ya iba rozando el techo y su mandíbula era italiana y poderosa. En algún momento se sorprendía sonriendo hacia un solo lado y levantando la ceja opuesta, ridículamente acodado sobre el mostrador.

Y esa danza de gestos seductores, de hormonas alteradas, de energías tántricas chispeantes, solían terminar con un “bueno, dame esa cajita de $ 1.50” y “chau”. Un “chau” con sabor a nada, ninguna promesa de reencuentro. Con imagen de espalda que se aleja, con cara de nuca.

Y se descubría en una postura grotesca, de payaso sin niños. Y sus movimientos exagerados y su comentario sagaz, le duraban unos minutos mas, como por inercia. Poco a poco su figura retornaba a las dimensiones habituales a pocos centímetros del piso, sus gestos se desdibujaban hasta ser cara común, fracasado tipo, indiferenciado, tranquilo.

Treinta y siete días atrás, en una reunión de amigos superficiales (podrían formar una asociación de amigos superficiales), la magia volvió a ocurrir. En el fondo del bullicio de muchas charlas estúpidas, ni siquiera graciosas y mucho menos interesantes, otra persona guardaba un silencio discreto, impresente, que acompañaba un gesto sonriente que aprobaba la charla y los asistentes. Un par de ojos muy oscuros que penetraban los cuerpos hasta tocar el alma pura, allí donde todos somos bellos y buenos.

Y así en un oscuro navajazo, sus ojos se cruzaron con sus ojos. Ella no hizo mas que acrecentar su sonrisa en un milímetro y el solo pudo reaccionar abriendo su boca.

A medida que esos ojos negros atravesaban su carne, algo se rendía poco a poco en él. Y con la precisión de un quirúrgico asesino intercalaba miradas con sonrisas, con miradas. Y la máquina de “rutinar” que llenaba todos los vacíos, que transformaba todos los momentos en uniformes grises, crujía y estallaba sus engranajes.

Esta vez no hizo falta de falsas posturas y exagerados ademanes. Ella había corrido con delicadeza el velo que ocultaba sus delicados gestos que lo distinguían del resto, los que lo hacían único.

Así, descubierto, hermosamente desnudo, se fue agigantando su imagen, pero esta vez no sobre sus palabras sino sobre la belleza de su interior.

Triunfador se fue acercando y la femenina mirada se teñía de rubor, admiración y tal vez de amor.

Todos vieron como sin disimulo se alejaron juntos esa noche.

Con el paso de los días ella supo descubrir un alma adormecida, llena de espiritualidad, que había vivido mucho, sufrido y por esa razón, aprendido.

El se reencontró con fuerzas. Se atrevió a soñar de nuevo, a descubrir que cada día que pasaba no era un día mas, sino otra victoria acumulada. Estaba allí, de pie, vivo.

Como ocurre habitualmente, cuando se mezcla intimidad con admiración, lo que se obtiene es algo muy parecido al amor.

Rebalsada de sus sueños, enamorada de este nuevo ser despierto, le confesó su sentimiento, esperando la bendición sus labios, el abrazo donde entregar su pequeño cuerpo, las manos que desnudaran su intimidad y arrebataran el tesoro para ellas reservado.

El, cuassi Dios reencarnado, la miró, besó sus manos y le dijo:
“Disculpame, busco otro tipo de mujer.”





Texto agregado el 20-07-2004, y leído por 671 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
06-07-2009 Jajaa! Gran final. Me fue atrapando y llevando hacia el "final feliz" que se esfumó violentamente. Mucho humor, del bueno. Felicitaciones. Tarambana
04-05-2009 Excelente, por donde se lea, bien llevado, bastante cuidado, un final a toda orquesta, me gustó muchísimo, te felicito. Saludos. Jeve. Jeve_et_Ruma
23-07-2004 Muy bueno!!!! Me encantó. Un final sorprendente y lamentablemente real, de còmo pasamos desde el fondo de nuestra autoestima a creernos seres superiores sòlo porque nos sentimos minimamente deseados. La frase: "Como ocurre habitualmente, cuando se mezcla intimidad con admiración, lo que se obtiene es algo muy parecido al amor." Es una joya. Felicitaciones. el-parricida-huerfano
 
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