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Inicio / Cuenteros Locales / huallaga / PARAISO DE ILUSIONES (fragmento)

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NUEVAMENTE MI MADRE vuelve a gritarnos como la primera vez. Su grito de angustia nos llena los oídos y no sabemos por cuanto tiempo estará en lo mismo, como buscando ahogarnos en su penumbra, entre el silencio de sus sueños perdidos en algún punto lejano.
Ahora estamos oyendo sus lamentos. Ella está frente al río, acurrucada debajo de los árboles, agitando sus manos con un vaivén desordenado, tejiendo sus sombreros que rematará a cualquier viajero que pase por el pueblo, atenta a cualquier ruido de motor, lamentando su suerte de mujer nacida en un pueblo, lejos de la mirada de Dios, como tantas veces lo repitió el abuelo antes de caer en el estado en que se encuentra.
Ha empezado a llover y mamá no se moverá de su sitio. Tengo que llevarle una manta para que pueda cubrirse. Aunque sé que no me hará caso. Terminará arropándose con hojas de plátano, dejando que las gotas de lluvia se deslicen por su cuerpo y ella apenas tenga tiempo de limpiarse el rostro de hojas secas y quebradas.
Mamá nos contempla por un momento y luego, a través de señas, nos indica el regreso a casa. Ella lo haría en cualquier momento. De lejos, nos quedamos viéndola sufrir, observando el río con una dedicación que hace enojar a mi hermana menor. Y entonces ella sonríe, con esa sonrisa con la cual debe haber conquistado a cuanto joven se le acercara; y pienso en su juventud y sus correrías por el pueblo de Paraíso.
Mamá no extraña a mi padre. Hace tiempo que se ha olvidado de él. Extraña más bien a ese muchacho que partió hacia Iquitos a servir a su patria, cuando ella era apenas una muchacha de dieciséis años y él un aprendiz de enamorado. Entonces no pensaba conocer a papá...
Eran otras épocas, de cuando la gente armaba un loquerío con la llegada de gente foránea. De cuando los jóvenes no hacían más que pensar en fiestas los fines de semana y los enamorados buscaran un remanso donde confidenciar y contemplar el golpear de las olas sobre sus pies y sentir el tibio placer de la tarde muriendo en sus ojos.
Los animales pastaban cerca a la casa y el campo los albergaba escogiendo el mejor lugar para pasar la noche.
Después de la cena, los hombres se tendían sobre la esterilla, con el dorso desnudo, contando sus aventuras en la montaña, persiguiendo a los animales, huyendo de la shushupe, engañando a los duendes y aparecidos.
Paraíso era el lugar ideal para vivir. Desde la cumbre se observaba al río Huallaga, serpentear caprichosamente entre las islas, llevando palos y balseros que iban a pueblos cercanos o hasta Iquitos, transportando maíz, plátano, animales, algodón o cualquier otro producto para su comercialización. A la mano derecha de la casa que había construído el abuelo, desembocaba la quebrada, donde habitaban cangrejos, «yucras» y «shitaris». Los observábamos cada tarde que estirábamos el anzuelo y nos divertíamos viéndolos esconderse entre las piedras.
Cerca había una plantación de caña, y casi colindante con el cerco se ubicaba un trapiche para sacar jugo y hacer miel. Nos divertíamos poniendo la caña, azuzando al caballo para ayudarnos con el trabajo, viendo a la abuela atizar el fuego para calentar el perol donde se vertía el jugo y sacar la cachaza. En el descanso nos escapábamos para buscar «taperiba», caimito, coco, papaya o cualquier otra fruta que mitigara nuestra sed.
Por la tarde, al morir el sol y verlo esconderse entre los cerros, dibujaba una sombra que se proyectaba entre los troncos de naranjos y mandarinas plantados a lo largo del camino que llegaba hasta el río.
Eran pocas las casas que nos acompañaban. A pesar que nos separaban un kilómetro de distancia, sabíamos de sus actividades porque el bosque nos traía el sonido de un animal sacrificado, la algarabía por haber efectuado una buena pesca, o el toquido lastimero de un clarinete acompañado del bombo y tambor, cuando se presentaba un velorio.
En una de esas tardes, mamá, seguramente se enamoraría del pequeño Henry. Era hijo de un mediano ganadero que tenía su hacienda cruzando la quebrada. Bueno «hacienda» es un decir: había unas cuantas cabezas de ganado, algunos caballos, muchos perros, gallinas, pavos, y puercos. Pero el inmenso campo que los rodeaba, cercado con palmeras silvestres como shapaba y huicungo, plantas de naranja, limones, mandarinas y zapotes, hacía que al llegar al lugar se respirara el aire cargado de néctar de frutas, porque, en algún lugar, cerca a los troncos de guayabo, unas abejas estarían haciendo su panal.
Subiendo la cuesta, desde donde se divisaba a los pescadores escondidos entre los remansos de la desembocadura de la quebrada, tratando de arrojar la atarraya, crecían las plantas de caña. Ahí vivía el pequeño Henry. Por las tardes no hacía más que coger su potrillo y enrumbar hacia el pueblo, cruzar la quebrada y pasar repetidas veces por casa de mamá.
Y se enamoraron como se enamoran los jóvenes en un pueblo: a escondidas, encontrándose en el puerto, por algún huerto frutal, o en el viejo camino que nadie frecuentaba.
Entonces mamá era una jovencita de largas trenzas, que la abuela peinaba acomodándola entre su falda, cada tarde que regresaba del puerto, después del baño.
El pequeño Henry se aparecía montado sobre su caballo y, sin importarle el enojo de los padres de la muchacha, la invitaba a darse un paseo por los alrededores, pretextando el recojo de frutas o la visita al trapiche de don Arturo para traer miel, y se perdían hasta entrada la noche, para regresar oliendo a paja y hierba fresca y el abuelo no hiciera otra cosa que renegar contra la muchacha por no saber conducirse como una señorita y la abuela torciera sus labios y llevara a mamá hacia la cocina para llenarle de consejos que Henry seguía escuchando hasta perderse por el camino.
Se acostumbraron a tantas cosas que Elizabeth no cansaba de repetir a su hermana que si la buena suerte le seguía acompañando, Henry sería el padre de sus hijos.
Hasta que el pequeño Henry comunicó a mamá su partida hacia Iquitos por una decisión familiar y su obligación de servir a su patria. Ella le escuchó apoyando su cabeza sobre su hombro. Y como si el anuncio fuera de poca importancia, estiró las piernas, cogió un par de piedras y los arrojó al río. Luego cerró los ojos. En la otra orilla un pescador con una atarraya les hizo señas.
No acudió ni quiso saber nada de la fiesta que organizaron los pobladores por la despedida de los muchachos.
Durante toda la semana estuvo lloviendo. Se introdujo a su cuarto y no salió a despedirse ni siquiera de tío Filomeno. Los muchachos partieron haciendo bulla, callando a los perros y molestando a los viejos que descansaban en la vereda. Regresarían en un par de años.
Henry, en vano, buscó con la mirada a Elizabeth. Filomeno abrazaba y besaba a la abuela mientras Olinda, su hermana menor, no cesaba de aconsejarla. Y a pesar que el bote había arrancado y buscaba perderse en la primera curva, Henry, parado en la proa, esperaba que Elízabeth se apareciera por el puerto y levantara su mano. Hasta que su figura se opacó, convirtiéndose en un punto lejano.
La mañana estaba garuando y amenazaba seguir así todo el día.
Elízabeth no salió de su cuarto. Cogió un molde y empezó a tejer sombreros. Nadie le dijo nada. Olinda le alcanzó un poco de té de yerba luisa y unos panes. Ella no quiso comer. Probó el té y dejó la taza a medio tomar. A partir de ahí empezó a contar los días con una obsesión que hacía enojar a su hermana menor. Hasta que la tristeza se volvió un simple recuerdo plagado de nostalgia que de vez en cuando le arrancaba un suspiro...

Texto agregado el 23-08-2011, y leído por 123 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
23-08-2011 Un triste final para tan gran obra, me gustó leerla jess_k_29
 
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