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Hacía un par de años había escuchado tanto acerca de Facebook, que decidió hacerse una cuenta; el mundo de sus amigos, de los no tanto, y de los desconocidos, estaba ahí, a su alcance. Había tanto que decir y no mucho que ocultar. Uno de sus contactos estaba enfermo, mejor dicho enfermito en cama, no puedo moverme, me duele todo. Al parecer el daño le dejaba indemnes las manos para poder teclear a gusto. O tal vez era un cáncer terminal, pero el mundo debía enterarse de sus dolencias y miserias, es de tan mal gusto ser discreto, se decía a menudo, mientras escribía en su muro: mañana voy al médico, tengo examen rectal. La esquina, la plaza del barrio, el almacén, la junta de vecinos y hasta el consultorio estaban reunidos en Facebook; cada acción e incluso reacción de sus contactos eran reveladas en la página. Ni hablar del amor, nacía, crecía y moría en la vitrina virtual, en donde todos podían observar, opinar y hasta juzgar. Esta canción me la dedicaron, rescátame de aquí, vean el video en yutub, que amoroso tu novio, que tierno él, ah que envidia. Dos días después se anunciaba a los cuatro vientos virtuales la ruptura; él se lo pierde, gritaba el muro, decepcionada, mal hombre, pico chico, amiga esto es secreto, luego te cuento con detalles por mensaje, tú sabes que soy celosa de mi privacidad.
Gustavio amaba su Facebook, pero carecía de la capacidad para escribir más de cuatro frases con sentido, por eso su muro siempre tenía palabras sueltas y sin orden, lo reconocía, no sabía si atribuirlo a su antiguo profesor de castellano que lo odiaba, a su inexistente hábito de la lectura o simplemente culpar a sus neuronas que siempre estaban concentradas catalogando los perpetuos e imperecederos campeonatos de fútbol. Así es que cuando supo de la página twitter y de sus ciento cuarenta caracteres, en donde podía expresarse libremente, decidió registrarse. Usó todo su entendimiento, conocimientos y poder de síntesis para engendrar su primer mensaje: tomando un rico cafecito. Se sintió conforme. El siguiente fue mejor; tomándome otro cafecito, pero acompañado. Los otros definitivamente superiores, acostadito ya, levantándome para vivir otro día, apurado a una reunión, esperando una llamada ,entrando al cine, paseando en Tilcoco, llegando a Champa, saliendo de Chorombo abajo. Sus actividades cobraban relevancia cardinal, todos sus seguidores debían saber qué hacía, qué comía, cómo fornicaba y hasta cómo defecaba; me duele la guatita por culpa de la comida añeja. Los tweets de sus conocidos solo eran dislates ridículos e incómodos de leer, frases vanas, que el cínicamente respondía; arroba amigo mio jajajaja disfruta tu estadía en el baño, no te esfuerces mucho. Arroba amiga linda me alegra que te llegara la regla ¿yo nada que ver supongo?
Un mundo de ciento cuarenta caracteres; mira la pantalla e imagina mil y una formas de ser agudo, gracioso, informativo o simplemente simpático, leía a otras personas y sus comentarios de actualidad, sus chistes graciosos, y hasta información de última hora, de agencias noticiosas, acerca de problemas geopolíticos; guerra en Ruanda, crisis en Sarajevo, hambruna en Somalía, genocidio en Armenia. Se rió, o sea también hay noticias aquí, pero a quién chuchas le interesa conocer tanta desgracia ajena y en lugares que uno ni conoce, dónde quedan esos países, existirán o serán invenciones periodísticas. Mejor no pensarlo, no quiero amargarme el día, yo uso mis caracteres para mostrar a los demás mi vida, mis minutos, mis vicios, mis intenciones, y por qué no, hasta mis deseos íntimos. Conjeturaba, de afiebrada manera, cómo sería tener miles de seguidores, leyendo su vida cada pocos minutos. La fama al fin lograda, sin necesidad de hacer nada importante ni provechoso, algo así como lograr reconocimiento por mostrar un par de pechos enormes. Lo pensó poco, se hizo seguidor de la tetona de turno, famosa por su belleza y por lo inconsistente de sus frases, pero putas que es rica la tonta, pensaba mientras la veía desnudarse rápido por televisión, mientras su mano toqueteaba distraídamente los genitales de su esposa. Twiteo tierno para la bella de la tevé; linda, feliz cumpleaños. La tetona le responde a sus seguidores rápida y dulcemente. La mujer de Gustavio quiere ser única, cambia de canal y le pide coquetamente que elimine el twiteo enviado a la tetona. La mira y le dice que lo hará; más vale teta en mano que medio litro de silicona inalcanzable.
Por motivos familiares —murió una de sus tías— durante casi nueve horas Gustavio estuvo incomunicado, offline, sin conexión, muerto virtualmente, invisible ante sus contactos, amigos o seguidores. Llegó alterado a su casa, encendió el computador y enchufó su celular descargado; al cabo de un eterno minuto pudo encontrar los retazos de las actividades de los otros, encontrando la voyerista secuencia de vida perdida: uno llegó atrasado a su trabajo, otro tomó dos tazas de café y andaba nerviosito, alguien reclamaba desde un paradero de buses: ¡no me para! Gustavio no supo si hablaba del sistema de transporte o de alguna disfunción eréctil. Entró a Facebook, en su estado apuntó; twiteando un ratito y en twitter escribió: chateando en face. Sonrió satisfecho; estaba feliz de poder comunicar tan bien y de forma tan instantánea su existencia cotidiana, narrada breve pero eficientemente, aunque el juicio factual le posteaba todo lo contrario, con mensajes invisibles, sin página ni contactos.

Texto agregado el 24-08-2011, y leído por 115 visitantes. (1 voto)


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