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El despertador suena. Son las seis y media de la mañana. El está en pie desde las cinco, y despierto desde las tres. Insomnio. Crudo, vacío, y cruel insomnio. Romántico, triste, y desesperado insomnio.
Lo acompaña una taza de café ya frío. La taza está a medias. Bebió la mitad sólo por capricho, una forma de matar la ansiedad de lo que acontecerá en este nuevo día. ¿Qué acontecerá en este nuevo día?
El escritorio muestra un envoltorio de chocolate suizo, producto de la ya conocida ansiedad. Una foto… ya saben que tipo de foto. Esa foto de los años juveniles de una pareja herida y separada. El tiempo ha hecho estragos, no en sus cuerpos, en sus corazones. Ahora solo queda parchar las grietas y recoger los pedazos que las palabras mandaron a volar, que las acciones desintegraron… recuperar lo que cayó al vacío.
El despertador suena. Son las seis y cuarenta y cinco minutos de la mañana. El no se mueve. Toda la noche sin poder dormir, atrapado por la ansiedad. El tren llegará a las ocho de la mañana (ocho y cinco para ser más preciso… bueno, como funcionan las cosas quizás llegue ocho y quince… retrasos imprevistos), y él debe ir a buscarla a la Terminal.
No tiene sueño, y no siente cansancio, pero hay una sensación extraña que recorre su cuerpo. Un peso ‘‘espiritual’’, y una pequeña migraña que acompaña a las mariposas en el estómago. ¿Mariposas? Pero no son las mariposas de la adolescencia que los unió hasta hace unos meses. Pero se asemejan.
Se levanta. Se dirige hasta el baño. Entra a la ducha. Se baña.
El agua lo relajó un tanto, pero decidió no quedarse mucho tiempo allí. Sale de la ducha. Se viste. Va hasta la cocina, pero no tiene hambre, es sólo la costumbre. Sale de la casa. Entra al auto. Enciende el motor. Parte hasta la Terminal.
La radio encendida reproduce un CD de The Used, pero al cabo de unos minutos la apaga. No es el momento para deprimirse aún más.
Conduce pensativo, la vista al frente, pero no está concentrado en el camino. Es un peligro al volante. La Avenida San Rómulo está congestionada como cualquier día de la semana a primera hora. Las micros pasan atestadas de estudiantes y trabajadores. Los taxis adelantan violentamente a los otros vehículos. La carrera comienza todas las mañanas por sobrevivir. Es la ley de la selva.
Quizás por gracia divina, el llega sano y salvo a la Terminal Central de Trenes. Estaciona el auto y se dirige hasta adentro algo impaciente. Aún faltan quince minutos para la llegada (veinte si somos exactos) del tren que se supone que ella tomaría. Atraviesa los pasillos principales atestados de turistas y viajeros casuales. La Terminal Central de Trenes es un punto de encuentro entre las ciudades, quizás uno de los métodos más rápidos y baratos de traslado hacia el resto de la patria. Algo así como los trenes en Europa.
Avanza hasta los carriles, al límite de lo que se le permite llegar, pero desde donde puede apreciar la llegada de las maquinas que acarrean a las personas. Se sienta a esperar.
Ansiedad. Nuevamente los nervios. Preguntas. ¿Qué dirá? ¿Cómo la recibirá? ¿Un beso? ¿Será apropiado? ¿Corresponderá?
Su despedida fue brutal e hiriente. Por supuesto que la culpa fue de ambos, pero él provocó que lo que pudiera ser una ‘‘linda’’ despedida… un simple ''adiós mi amor'', fuera una ruptura, un quiebre desastroso que arruinó sus vidas.
Así que estuvieron meses separados. Ella se fue lejos, quizás a dónde, quizás con quién, pero no importaba… podía irse al carajo, morirse, matarse… no importaba. El había encontrado ya (antes de que ella partiese) a otra.
Las cosas para el marcharon bien por un tiempo… pero claramente ella no era ella (espero que se logre entender el juego de palabras), y ella seguía en su corazón. No fui difícil para el deshacerse de ella.
Al cabo de unos meses volvió el contacto. El llamó. Ella contestó para su sorpresa. Pasaron varios días conversando a través del teléfono. Tres días para que al fin pudieran decirse que lo sentían y que se extrañaban y que nadie podía ocupar sus respectivos lugares en sus molidos, apaleados, quemados, arañados, apuñalados, pisoteados, y extremadamente alcoholizados y deprimidos corazones ''Cariño… no puedo reemplazarte''.
Entonces se dieron una fecha de encuentro. Tenían como dos semanas para ordenar todas sus ideas, sus desastres y arreglar cualquier problema con el mundo externo para poder volver a lo que alguna vez fue su vida feliz y apasionada. Hoy es el día y la Terminal el punto de encuentro.
Faltan aún cinco minutos para la hora acordada (diez minutos), así que, dada la ansiedad, decide comprarse un café. Se levanta y se dirige a una máquina. Compra un Mokaccino Expresso con cuatro de azucar y esencia de canela. Bebe un sorbo y se quema la punta de lengua, como es su costumbre. Vuelve a donde estaba sentado, pero ahora está sentada una chica morena de cabello crespo y negro. La observa. Es una chica linda y joven y también bebe un café de máquina. Así que se queda parado allí al lado del asiento. Podría pedirle un espacio en el asiento, que de hecho es para dos, quizás tres, personas. Podría quizás iniciar una conversación. Podría quizás pedirle el número… pero no.
Ya debería estar aquí el tren… (Aun quedan cinco minutos) pero sabe que siempre hay retrasos… imprevistos. Los nervios lo hacen pasearse de un lado para otro, y la chica morena lo observa sonriente. Ella sabe por qué el lo hace. Sabe que es un enamorado que espera a su enamorada. Que bien que no conoce el contexto de la historia.
Afuera, al aire libre, ha comenzado una leve llovizna. Dentro de la Terminal no se aprecia la temperatura externa por la calefacción, sin embargo el ambiente es frío.
Al cabo de un par de minutos (trece quizás) llega el tren. Los rieles tiemblan y la mole de hierro tras un leve estruendo se detiene, abriendo sus puertas, dejando en libertad a sus pasajeros. La chica morena se levanta y se aproxima hasta la salida de pasajeros. Allí se encuentra con su novio, que la saluda cariñosamente con un abrazo y un beso. El los observa y se sonríe. La chica morena se voltea y le devuelve la sonrisa tiernamente.
El la busca entre la muchedumbre. Baja mucha gente. Atento, la busca entre las cabezas, entre las maletas, algo agobiado por la imposibilidad de encontrarla. ¿Miedo?
No quedan más pasajeros. El tren está por partir y no hay rastro de ella. Una extraña sensación se apoderó de él. Sacó rápidamente su teléfono celular y la llamó. Apagado. Ella tiene el maldito aparato apagado. ¿Qué carajo pasó entonces?, ¿Por qué no llegó en el tren?
El tren parte. El no sabe qué hacer… o qué pasó.
Debe esperar, quizás se le pasó aquel tren, llegó tarde… se levantó tarde, se quedó dormida, no le extrañaría que se hubiera pasado. En cuanto al teléfono, quizás se le descargó… quién sabe. O se lo robaron, o se le perdió, o se quedó sin saldo. Debe esperar al siguiente tren.
Mira los horarios. El siguiente tren llegará en dos horas más. Se arma de paciencia. Se sienta. Bebe lo que queda del café. Espera impacientemente. Recordando, inventando, pensando, creando, destruyendo, amando, peleando, llorando, gritando, riendo, besando, golpeando, jugando, maldiciendo… esperando.
Recuerda una canción que se asimilaba a su estado actual. Sitting On A Platform, del británico, James Morrison. ‘‘Still sitting on a platform. Just incase you change your mind. We can share my wine. I kept a little back. But it's getting kinda hard to leave’’, dice la canción en la segunda estrofa. Un tipo que espera eternamente a su amada en la estación de trenes, pero ésta nunca llega. ‘‘They know I'm just another fool. Wasting all his love’’. ¿Será otro tonto desperdiciando su tiempo en un amor que no volverá? A el le gusta atormentarse. ‘‘Maybe you took the plane. Maybe you don't remember. Maybe you just don't give a care. For some guy sitting on a platform’’. Quizás ella tomó un avión... quizás solo se quedó dormida… prefiere quedarse hasta ese pensamiento… hasta esa posibilidad.
Se mantiene en el asiento y ahora el sueño comienza a tomar posesión de el. El peso del insomnio. Las ansias no le ganan al cansancio. Cierra los ojos. Duerme.
Sus ojos están cerrados, pero percibe el movimiento de su entorno en la Terminal. Los pasos, las voces por los alto parlantes, las conversaciones, las ruedas de las maletas, lo niños llorando, lo teléfonos sonando, los otros trenes en otros rieles, la policía entrando rápidamente por la puerta con las fuerzas especiales… ¿policía?, ¿fuerzas especiales?
Se despierta de golpe al escuchar los pasos acelerados de una multitud avanzando tras las órdenes de una voz ronca y firme. Se voltea y observa como un pelotón entero de policías especiales cubren el perímetro de la estación mientras lo civiles huyen del lugar. Un policía lo toma y lo saca del lugar a empujones. No entiende qué está pasando.
Se dirige a los policías, pero nadie le responde. Avanza hasta los guardias de la Terminal, pero no lo toman en cuenta. Su corazón se acelera. ¡Qué demonios pasa!
Los civiles son evacuados de la Terminal Central de Trenes, llegan ambulancias, bomberos, y más policías. ¿Un incendio?, ridículo, los policías estarían de más. ¿Un ataque terrorista? Carajo. ¡¿Qué pasará?!
Divisa a un trabajador de la Terminal y se acerca rápidamente. Lo toma de los hombros y le pregunta qué está pasando. El hombre le informa que acaba de haber una masacre en el tren 58, el que llegaría a las diez y media… el tren que llegaba en unos minutos más. Alguien abrió fuego contra los pasajeros y el personal del tren.
Siente como se le helaba la espalda, como le corre una rata por la espalda, como el estómago se le revolvía.
Y si ella estaba allí, en ese tren… no puede ser, no podía ser esto, es imposible… ella no puede ir en ese tren… no…
Toma el teléfono y comienza a llamar…
- ¡Contesta, maldición! – gritaba, pero inútilmente, el teléfono sigue apagado.

La angustia se apodera de él. Se toma la cabeza, se mueve de un lado a otro, no sabe qué hacer, cómo comunicarse con ella… a dónde ir. Se irá a casa. Si. Verá las noticias. Esperará. No puede hacer mucho allí en la Terminal.
Sube al auto y sale de prisa. No está en si. No está bien. Angustia, remordimiento, dolor… incertidumbre. Casi choca en tres ocasiones, y casi atropella a una vieja, pero a penas se dio cuenta. ''No puede ser, no puede ser''
Conduce rápidamente. Suena su celular. Casi suelta el volante por completo para contestar. ¡Es ella!

- ¡Amor, eres tú!, ¿estás bien, estás bien?
- Hola mi amor – responde con su tibia y dulce voz – si… lo siento por no contestar… había olvidado encender el teléfono… y me quedé dormida, así que voy en el siguiente tren…
- ¡Oh, gracias a Dios que estás bien!, casi me dio un infarto… pero cómo…
- Voy entrando a un túnel… - la comunicación se cortó.

Llegó a su casa intentando llamar otra vez. Se bajó del auto. Se encontró con dos oficiales de policía fuera de la casa. Su corazón se aceleró.

- Disculpen… ¿puedo ayudarlos en algo? – preguntó
- A si, disculpe señor... – los oficiales mostraron sus placas – no sé si se ha enterado de los sucesos en el tren 58…
- Si, si…
- A bueno… por causalidad… ¿quién le enseñó a su esposa a disparar?

Texto agregado el 14-09-2011, y leído por 186 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
19-09-2011 Los humanos somos angeles y demonios, somos la síntesis del bien y el mal, de lo divino y demoniaco... carelo
15-09-2011 espero la tercera parte ¬¬ jotaykaiser
14-09-2011 Me encantó tu creatividad. Saludos teresatenorio50
 
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