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Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
(Joaquín Sabina)

Roberto salía por la mañana de su casa.

Todos salen de su casa, pero su ritual; su manera de caminar y de poner cada uno de sus pasos; con parsimonia, como quien no espera nada o casi nada; con cierta llamita de angustia en el rostro. Iba a cualquier lugar público, cualquier antro, cualquier lugar donde pudiera enfiestarse por el resto de la noche al mundo y salir lo suficientemente ebrio, olvidarse de sí y despertar al otro día, con el sentimiento de culpa; y la frustración marcada en sus manos, en las manchas de su cama, en el escudriñar, buscando algo de su ego: y escribir, escribirlo todo, decía él.

No hay poéticas gastadas/ retazos en la punta de mi lengua/ y la tentativa infinita,/ porque todo es una tentativa de eso o de aquello/ y hay que callarse.

A las diez de la mañana se levantaba, encendía su computadora: luego de algunos segundos de espera, el procesador de palabras delineaba lentamente las líneas de los versos que escribía, como siempre lo decía a sus amigos, a esas tipas pintarrajeadas y coquetas de los antros, a esos meseros hastiados de gente como Roberto, a esas putas que frecuentaba.

Y si sentimos y nos gastamos/ el verso y la carne en un gesto/ y mis tentativas hiladas en el dedo de Teseo/ y Ariadna dejando migas a Hansel.


Es diez de septiembre, hace dos noches que no ha escrito una sola línea. Durante las últimas noches de la fiesta anterior ha sentido un poco la culpa por no tener nada hecho, era como traicionarse, sentado frente a su computadora, deletrea la primer palabra. “Solo,”, lee, siente algún tipo de vergüenza, como tratando de disminuir sus posibilidades. “Solo, la noche se ha puesto como sol;”, su verso es magnifico, lo cree él, una sugestiva imagen de noche y soledad, tristeza mezclada con cierto halito de esperanza, una noche que es sol. “Solo, la noche se ha puesto como sol;/ una vendaval que golpea mi ventana”, vendaval, le gusta esa palabra, un poco como poética y científica, ¿cómo una ventana puede ser golpeada? se ha preguntado, pero ha dejado rápidamente esa pregunta para dar paso a la lectura silenciosa y furiosa de sus dos versos. No hay sentido.

Solo, la noche se ha puesto como sol;/ una vendaval que golpea mi ventana/ y la sangre triturándome los huesos contra la piel/ la fuga de Bach que retumba allá lejos/ entre escombros y vacío.

Borra las dos líneas escritas, queda estático frente al ordenador. A lo lejos una canción de Antonio Aguilar interpretada por Vicente Fernández lo saca de su casi trance. Caballo de patas blancas, con herraduras de acero; estúpido, se dice, una rima absolutamente fácil, una sencilla manera de versificar, sólo se necesita un poco de paciencia, yo no soy de esos arquitectos del lenguaje, ni soy de esos versificadores a cambio de dólares. Las líneas de la mano de la bruja/ el pedazo de hielo enterrado en el pecho,/ un poco de la lujuria que nos marca la vida; el dios del desprendimiento. Por ahí dicen que la muerte me anda siguiendo los pasos… Aunque me den de balazos canta el coro de mariachis de medio pago: necesito un trago, tan sólo uno. Apaga la computadora. Sale a la calle. Roberto entra a una de las cantinas de su barrio. En una pequeña mesa se sienta y pide una botella de aguardiente.


Tengo una impresión pegada al pecho/ una fijación de muerte y de líneas de mis manos/ de pedazos de vidrios que se incrustan en la noche/ y de tiempo dilatado en las pupilas de un pequeño niño.

Llamas encendidas en mi pecho/ llamadas de la noche a lo lejos un perro/ un poco del lujurioso ego/ incendiado en el pecho del fénix./ ¡La vida apagada de todos los demás.


Cuando despierta, son las siete de la noche. Ve a su lado un plato de comida, un vaso de aguardiente regado sobre el suelo. Su cama con un profundo hedor a orines, su mano aún pegajosa, la huele, semen. Una vez más, ha pensado en que se ha masturbado. Camina al baño. Vómitos. Siente asco. Boca abajo, se mete dos dedos en la boca trata de vomitar.

No escucho el viento soplando/ porque el horror está tocando a la puerta;/ siempre toca a la puerta/ cuando me siento solo, cuando tengo miedo.

Después de quince minutos de estar encerrado en el baño, sale con la mirada perdida y siente asco hacia sí mismo. Se desnuda y pone sus ropas sobre la cama, recorre el cuarto casi a tropezones y recoge los trastes sucios, los pone en la mesa en el centro de su cuarto y toma la escoba, barre la basura y sus restos de vómito, los mete debajo de su cama, se sienta en la cama, se acaricia la verga, trata de pensar en alguna mujer, ni un solo nombre se le viene a la memoria.

Pienso mucho en ti,/ en esas palabras que dices cuando callas/ y finges un poco de ti para mi,/ en que de pronto te retuerces sin un poco de placer;/ sólo por fingirlo, sólo por fingirme/ que estoy montado sobre ti.

Entra de nuevo al baño, evita mirar al sanitario, esta sucio, enciende la regadera y se mete abajo, se masturba, no piensa en ninguna mujer especifica, sólo trata de hacer que sus pensamientos coincidan en el momento final con alguna en especifico; pero sabe, que ese ejercicio no lo llevara a eso, cuando el líquido viscoso de pronto se mezcle que con el agua, se dará cuenta que nunca ha amado a nadie, que nunca ha deseado a nadie con total soltura como lo hace consigo mismo.

Aunque a veces quisiera no fingirlo/ como lo vienes fingiendo desde siempre;/ y de pronto resplandeces de una pequeña fijación mental/ o una sombra que cruza el viento/ de esta noche tan callada,/ tan llena de cadáveres y siluetas que mueren.

Se pone ropa y sale a la calle. Viste una camisa negra y un pantalón negro. Piensa en los dandis del XIX, sólo falta en su mano un bastón y en su cabeza un sombrero de copa. Camina por los barrios bajos, entre putas y maricones. No quiere pensar en lo que escribe, sólo busca emociones que su espíritu no entienda.

Abrazar a la humanidad y el gesto/ que todo lo ha dicho y olvidado,/ porque siempre quedaron sobras de este cuerpo,/ sombras que los chacales se han comido y entre podredumbre, respiran de mí/ y de esas marcas en mi piel.

Durante largo rato ha caminado entre los carros viejos y las ventas de comida. Entre ladrones de poca monta y niños que, entre la sombra, miraban con sus ojos brillosos, pequeñas fieras, chacales dispuesto a arrancarle la piel. Siente una especie de angustia, miedo de ser perseguido por esas miradas.

Y dejar los brazos al tiempo/ y elevarse entre la polvareda y el humo/ en que rompe el espectador/ y la gota de lágrima inútil que se retuerce como hule en el fuego/ y el lento respirar,/ que se me agota, que se me hunde en el cuello.

Camina casi corriendo, empieza a huir. Las miradas lo persiguen, los ojos son los demás había leído en Sartre, tanto tiempo atrás, tantas miradas atrás. No supo cuando o en que momento empezó a correr, el desfile de ojillos brillosos lo perseguía por aquella insondable avenida. Por momentos sintió que no corría, que debajo de él no había más que aire o nada. La calle se empezó a inclinar en una magnifica montaña, pero él, Roberto, no avanzaba.

A veces sólo querría tentar al futuro/ y roer los minutos con mis dientecillos/ persiguiendo sombras ausentes y recuerdos inventados/ que se pierden entre la herrumbre de misterios,/ y el delirio, y la tentativa de dejar todo,/ todo.


En un momento sintió como si aquellas miradas no iban a dejarlo de perseguir nunca. Ya no escribiré, ya no escribiré, se encontró diciendo en voz alta mientras caía en un profundo sopor. No supo cuanto tiempo durmió o cuanto tiempo quedo tirado en aquel diabólico lugar. Cuando abrió los ojos, sólo vio los ojillos brillosos y chillantes que se acercaban a él, que empezaban a clavar sus dientes en su piel, en sus huesos, en su carne.

No hay silencio sin el silencio/ y la distancia que todo lo guarda/ en el bolsillo derecho de un pantalón roído por las ratas/ que entrecierran los ojos/ y lamen mis heridas/ mientras el sueño lo vence todo/ y la nada bajo mis pies, bajo mis pupilas y el enrejado y el silencio que queda.

Todo fue silencio. Al despertar el martes o miércoles estará seguro que hay cosas que no son lo que son o hay cosas que nunca deben ser, en su caso, nunca debió fingir que escribía. Roberto a la tarde irá con sus amigos y beberá cerveza, seguramente, ya muy noche tratará de escribir cualquier verso o terminará acostado en la cama con la verga en la mano, pensando en nada, en cualquier mujer o podrá simplemente dormir y despertar al siguiente día con la culpa carcomiéndole los huesos, preguntándose qué pasó o qué está mal esta mañana. Hay Robertos que nunca debieron nacer, se dirá al despertar y tratar de ubicar sus zapatos entre los vómitos y el charco de aguardiente.

Texto agregado el 22-09-2011, y leído por 341 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
30-05-2015 Sat 30 May08:18 madrobyo No tenés puta idea de lo que es trolleo, putita mejicana. PrincipeNegroMx
20-01-2012 O Roberto es tu maricón o tu gafe... pésimo, 1* FOGWILL
14-10-2011 roberto tirititi!! ja ja moreira
23-09-2011 Se supone que uno escribe para despejarse, no para atormentarse... Encuentro agradable el que hayas intercalado esos versos. ¿Son tuyos? Muertelenta
22-09-2011 Vale, supiste plasmar ese hastio y desesperanza en la vida, entremezclada con esa voz poética... Pero hazme un favor...Deja de lado tu parte de roberto por una vez... Acabarás por deprimirme nomegustanlosapodos
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