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Mi abuela Mercedes, QEPD, en cada víspera del primero de noviembre nos reunía en su casa, y solía contarnos una historia o leyenda sorprendente, que según ella sabía desde hace mucho tiempo.
Toda la familia, primos, y tíos reunidos en aquella acogedora salita de muebles intactos y sin tiempo, de piso de madera crujiente, se acomodaban para dar inicio al relato.
Según ella,en cada celebración del día de Todos los Santos , en el cementerio de Calama, ocurría un hecho sin precedentes, y que hasta el ojo más incrédulo, de un modo u otro quedaba conmovido.
Se trataba de una procesión, sin igual. Un desfile realizado nada menos que por los muertitos como ella decía. Justo a las doce de la noche, salían de sus oscuras tumbas, nichos y sepulcros, aquellos habitantes de aquel mundo muerto, que alguna vez fueron parte de la vida cotidiana de Calama.
Así, con una precisión exacta, los finados se transfiguraban y salían de sus habitáculos, vestidos con sus mejores trajes, el último que mostraron antes de sucumbir a la oscuridad. Sin mayor desorden, todos estos semimuertos de la noche se disponían ordenadamente en cada uno de los intrincados pasillos del cementerio en dirección hacia la calle, a las afueras del cementerio. Algunos sólo con unas agotadas miradas se saludaban y hacían reverencias. Apenas unos tímidos gemidos, seguidos del continuo raspar del piso de tierra por el caminar cadente de aquellos seres, eran el único sonido que envolvía aquella extraña letanía.
Una vez afuera del campo santo, cada muerto se disponía en fila, tal cual se tratara de un desfile, o una litúrgica romería.
Según mi abuela, aunque no había orden exacto ni rango en aquella marcha fúnebre, generalmente en primera fila estaban los finados de las familias Abaroa, Fajardin, después los Yutronic, los Yang Lau y los Cutipa. En fin, un sin número de antiguos fundadores de la urbe Calameña. En cada fila se entremezclaban bancarios, prostitutas, mineros, profesores, músicos etc.
En aquel extraño desfile, no había banda ni público asistente, sólo aquel que pudiera aguantar la respiración y el asombro ante lo que estaba sucediendo.
Finalmente, el desfile duraba una pasada por en frente del cementerio, y luego cada muerto se despedía calladamente de su vecino y se dirigían a sus aposentos eternos e inmóviles. Esperando un año para recrear nuevamente este desfile en medio de la noche quieta.
No sé por qué, pero a veces me pregunto si mi abuela Mercedes habrá presenciado aquella ceremonia personalmente. Y a la distancia de los años, me imagino a mi propia abuela formando parte de aquella singular revista post mortem.
Cuando voy al cementerio en aquellos días desolados y nublados de Calama, sin gente, me asomo entre los viejos nichos y mausoleos, y veo hacia dentro captando cierta quietud, desbordada aún más, cuando el sol se cuela por una que otra ventanilla de aquellos lugares, y me figuro compartir una taza de té con ella, a eso de las cinco de la tarde, cuando se asoma de a poco esa brisa semi helada anunciando el abismal otoño que se viene.
(Dedicado a mi abuela Mercedes, y a todos aquellos Calameños que formaron parte de la historia cotidiana de nuestra Ciudad).

Texto agregado el 30-10-2011, y leído por 173 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
31-10-2011 Me resultó interesantísimo y muy bien narrado!!! ***** MujerDiosa
30-10-2011 Muy buen relato . autumn_cedar
30-10-2011 Me ha gustado mucho, sobre todo cómo recuerdas a tu abuela.***** granada
 
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