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Estas no son vacaciones



No te olvides del pago
si te vas pa’ la ciudad
cuanti más lejos te vayas
más te tenés que acordar.
Cierto que hay muchas cosas
que se pueden olvidar
pero algunas son olvidos
y otras son cosas nomás.
No eches en la maleta
lo que no vayas a usar
son más largos los caminos
pa’l que va carga’o de más.
Ahura que sos mocito
y ya pitás como el que más
no cambiés nunca de trillo
aunque no tengas pa’ fumar.
Y si sentís tristeza
cuando mires para atrás
no te olvides que el camino
es pa’l que viene y pa’l que va. (#)

Eso le recitó la madre, con ojos vidriosos, cuando lo despidió en la puerta de la casa. Le pasó la mano por la cabeza, acariciándolo, arrancándole vaya a saber uno qué, dándole una especie de bendición. El chico la besó en la mejilla, la envolvió con un brazo y le dijo algo al oído, en un susurro. Cruzó la calle. No se dio vuelta para mirar, como en un pacto contra el arrepentimiento. El pueblo flotaba en un calor

(#) Poema de Alfredo Zitarrosa.
indomable. Los árboles crepitaban. El piso de tierra resquebrajado. El silencio de la siesta. Los pasos, los zapatos del chico como suecos, golpeando. Se había cortado el pelo bien corto. Casi al ras. Las orejas morenas le sobresalían. No sabía cuando se volvería a cortar el pelo.
Caminó por el borde de la vía. Estaba feliz. Una de esas felicidades que llenan el pecho, que quiebran murallas, que aniquilan fantasmas y pesadillas. Se le cruzó Don Rogelio con el sulky, y el chico lo saludó con la mano en lo alto. El viejo le devolvió una sonrisa blanca y brillante a pesar del hueco de un diente que le faltaba. El sulky, el caballo trotando, pasaron por sobre la vía, bamboleándose, y se alejaron por una de las calles. El chico se detuvo en la esquina. El vendedor de diarios dormitaba con la cabeza caída sobre el pecho, la cara casi oculta por una gorra. El chico pegó un vistazo a la portada del diario. “Los militares del país divididos. Azules y colorados enfrentados.” ¿Azules y colorados? No tenía ni la más remota idea de que significaba eso, no estaba acostumbrado a los vaivenes del país, su pueblo parecía detenido en el tiempo, a un costado del camino. Miró el cielo, y supo que serían cerca de las tres de la tarde, a esa hora llegaría el colectivo que iba hacia la quebrada. Miró hacia el camino y vio la polvareda.

El colectivo era un hervidero; camisas sudadas, ojos cerrados de cansancio y noches en vela, gallinas en el pasillo, un chancho en el fondo. Olor rancio. Un mate yendo y viniendo. El chico se sentó en el medio. Un amigo le había dicho que era el lugar más seguro, si había un accidente no había modo de que te pasara nada si te sentabas ahí, en el medio, del lado de afuera de la ruta. El amigo se lo había explicado con probabilidades y justificaciones mecánicas, pero él no había entendido mucho ni preguntado tampoco, prefirió aceptarlo, como un acto de amistad.
Se puso el maletín sobre los muslos. Era negro y de cuero y tenía dos hebillas plateadas. Tres meses de lustrar zapatos a la salida de la misa había sido el precio. Respiró hondo, contuvo una sonrisa, se rascó la cabeza. Apoyó las manos junto a las hebillas. No llevaba mucho. Un jabón, un trapo, un cuaderno de espiral, dos biromes, y una camisa. Miró hacia afuera, la selva espesa, intrincada, el sol abriéndose lugar por los pequeños espacios que dejaba la vegetación.
Un tipo leía el diario. Esta tapa también hablaba de militares azules y militares colorados. El que leía, desviaba la vista del diario y hablaba con otro hombre. Nombraron a Perón. El chico se puso a escucharlos y se quedó dormido.
Cuando despertó era de noche. Despertó porque el colectivo se detuvo de repente, y se escucharon gritos y corridas. Miró hacia afuera y vio cascos y borceguíes y bocas gritando. Un soldado subió al colectivo y ordenó que todos descendieran. Uno detrás del otro, los hombres, las mujeres, el chico, bajaron del colectivo y formaron una hilera frente a un puñado de soldados que los inspeccionaban. Supo que eran azules por el ribete en el hombro. Recordó la portada del diario. Un soldado abría el equipaje de las personas y lo sacudía dejando caer las cosas al suelo. Eso hizo el soldado con el maletín negro de cuero. El jabón rodó hacia un costado y el chico lo detuvo con un pisotón. Cuando los borceguíes se alejaron, con paciencia y parsimonia, acomodó cada una de las cosas en su lugar, dobló la camisa y la puso sobre el cuaderno, ajustó las hebillas con dos movimientos del pulgar. No se enojó. No dejaba de ser una aventura. Eso esperaba.
Se quedó con la cabeza apoyada en el vidrio, mirando hacia fuera. La noche inmensa. La noche oscura. La noche de matorrales, cerros y acantilados iluminados por la luna. El colectivo avanzó por la ruta sinuosa. Solitario. El rumor de la mecánica cortando el silencio. Había un árbol, en el valle, el valle amplio, extenso, a la vista desde la ventanilla del colectivo. El chico observó el árbol. Era un árbol de copa redonda, como una manzana, como una ciruela, y se veía como una sombra, pero él lo imaginaba verde, con frutos amarillos, e imaginaba que era fresco, que bajo ese árbol, al calor del día, se estaría bien. Se quedó pensando en el árbol, se vio sentado bajo el sol impío de la tarde, a la sombra, se vio arrancando un fruto, uno de esos frutos amarillos y mordiéndolo, y era jugoso y rico y desconocido. Masticaba la fibra, la boca se le llenaba de una dulce melaza, y un pedacito de fruta se le encajaba entre los dientes. Él se hurgueteaba con la uña, y se lo sacaba, era un pedacito de fruta, como una pelusita, y con la lengua la devolvía a la boca y la tragaba. Veía como el árbol iba alejándose, quedando atrás, cuando otra vez se escucharon unos gritos, y el colectivo se detuvo.
Cascos. Corridas. Borseguíes. Los ribetes azules en el hombro. Gritos. Ordenes. Un soldado subió al coche.

¡Todos abajo!, gritó.

El chico agarró el maletín, salió al pasillo y caminó detrás de un hombre que olía a caña fermentada. La noche caía sobre ellos como un rocío tenebroso. Estaban todos de pie, en una fila, junto al colectivo. Un tipo gritaba, las gallinas alborotadas, el chancho rugía como si tuviera miedo. Un soldado, repitiendo el ritual, empezó a vaciar los equipajes. ¿Qué buscan?, preguntó en un susurro un hombre. Armas, contestó otro. El chico observó su maletín, pensó en una escopeta, trató de imaginar como haría para meter una escopeta en el pequeño estuche de cuero negro. El soldado abrió las hebillas y sacudió. El jabón volvió a rodar, la camisa cayó sobre la tierra, el cuaderno, las biromes, el trapo. El chico se mordió el labio. Miró al soldado con rabia, pero no dijo nada, puteó, pero en silencio, con la voz de la cabeza. Miró al soldado desarmar otra valija y se agachó para, otra vez, con minuciosa paciencia volver acomodar las cosas en su lugar.

Volvió a dormir el colectivo. El ronroneo del motor era una canción de cuna. El chico miraba hacia fuera por la ventanilla. Estaba suspendido en ese estado de conciencia previo al sueño. A la luz de la luna, veía un valle. Atravesado por el cauce pedregoso de un río ahora seco. Otra vez un árbol, a un costado. Era un árbol de madera negra que en la oscuridad de la noche era más oscuro todavía. Parecía haber padecido un incendio, consumido por las llamas, cubierto de cenizas y costras de madera quemada. Vio un pájaro. Venía volando desde un costado. Se apoyó en una de las ramas. Era un pájaro negro. Un cuervo. Movió la cabeza hacia un lado, y hacia el otro. Graznó. Graznó. El chico escuchó el sonido gutural, repugnante, abrió los ojos justo cuando unas linternas se veían a un costado del camino. Otra vez un casco.
Un soldado subió y antes de gritar observó el pasaje. Las gallinas. El chancho gruñía. ¡Otra vez!, murmuró alguien.

¡Abajo toda la gente!, gritó el soldado.

Bajaron otra vez en fila india. El chico puteaba por dentro, ya no era una aventura, o en todo caso una aventura que lo estaba cansando. Tenía el ceño fruncido. Esperó a su turno. El soldado llevaba un ribete colorado en la solapa de la camisa. Estos son los otros, pensó él. Unas manos bruscas le quitaron el maletín. Lo sacudieron. La camisa, el cuaderno, las biromes, el jabón, el trapo. Desparramados.

¿Por qué hacen esto?, preguntó el chico.

¿Algún problema, mozito?, contestó el soldado.

Él bajó la cabeza. Se agachó y metió las cosas dentro del maletín. Esta vez no las acomodó, las metió como venían, en el arrebato de bronca e impotencia.

El colectivo llegó al pueblo, en medio de la quebrada, tres cuartos de hora más tarde. El chico se bajó en la plaza. El ómnibus se alejó para perderse en la oscuridad del final de la calle. Él observó la plaza, los árboles, los bancos, las piedras de los senderos, las sombras de los cerros alzándose más allá del pueblo, las casas a lo largo de la calle. Todo era enorme, gigantesco, descomunal, y él tan pequeño ahí parado, con el maletín negro en el puño. Respiró hondo. Volvió a revisar el por qué del viaje, el por qué de la aventura. El hermano de un amigo le había contado que en la quebrada había una escuela fábrica donde se podía estudiar. Que te daban todo; para comer, para dormir, para leer. El único requisito era ser pobre y ser argentino. Otra vez respiró hondo y caminó por la calle. Era una calle vacía y silenciosa y sus pasos crujían sobre las piedritas del suelo. Hotel. Vio el cartel en el muro, sobre la puerta de madera verde.
No tuvo que golpear porque al apoyarse, la puerta se abrió. Un pasillo oscuro. Hacia el final podía verse luz. Lo atravesó. Llegó a una sala, había un mostrador, un jarrón de arcilla con líneas rojas y negras, un tapiz de lana colgado de la pared. El perro durmiendo en un rincón. Ninguna persona. El chico observó todo, cosa por cosa, como un jugador de ajedrez, tratando de decidir su próximo movimiento. Golpeó las manos. Tres veces. Cuando el silencio parecía nunca terminar salió de una puerta un hombre refregándose los ojos. El tipo lo observó extrañado, con cara de dormido, pero no parecía molesto a pesar de que lo habían interrumpido en su sueño.
¿Cuánto me cuesta pasar la noche?, preguntó el chico.
Y el hombre le explicó amablemente los precios: de la habitación individual, de la doble matrimonial, de la doble individual, de la matrimonial con una cama simple. El chico se dio cuenta de que no tenía sentido toda esa explicación pero el hombre debía de hacerla por el rigor de la costumbre. Así que escuchó con fingida atención.
Al final sacó de la media el rollito de billetes. Sonrió ante la mirada del conserje.
Nunca se pierde la plata si uno la lleva en las medias, dijo.
Pagó la noche. Anotó el nombre en un cuaderno que le ofreció el tipo e hizo un garabato como firma. Preguntó si había algo para comer. El estómago se le retorcía del hambre. El conserje lo hizo pasar a un pequeño comedor. Había tres mesas con manteles de color bordó. Se sentó a una cerca de la ventana. Esperó. Cascos, gritos, el colectivo, el chancho gruñendo, el maletín abierto una y otra vez, en eso pensaba.
Apareció el hombre, con cierto aire de solemnidad, traía un plato en la mano. El chico observó como el tipo depositaba el plato frente a él. Era blanco, perfectamente redondo, con un poco de arroz y berenjenas. Comió. Sintió los párpados pesados, así que se apuró para llevar a la boca lo poco que quedaba.

Se acostó al rato, la noche no tenía sonidos, pero había demasiado bullicio en su cabeza, así que le costó dormirse. La habitación parecía inmensa, el silencio era omnipresente, como si el mundo hubiera dejado de existir más allá de esas paredes. Se puso de pie y encendió la luz. Se miró en un espejo. Intentó reconocerse, descubrirse. ¿Quién era el que estaba haciendo ese viaje? ¿Quién era el que se había atrevido a semejante aventura? ¿Quién era el que estaba lejos, solo y sin saber bien lo que le depararía el destino? Y sintió lo implacable e imponente de la incertidumbre de los tiempos por venir. Volvió a acostarse y empezó a contar ovejas. A las doscientas sesenta y uno seguía contando pero ya no estaba en su cuerpo.

Se refregó los ojos. Entraba la luz del sol por la ventana. Le costó darse cuenta dónde había despertado. Miró las paredes, la mesa de luz, el espejo donde se había mirado la noche anterior. Movió los dedos de los pies. Sobre una mesita, el maletín, intacto. Fue hasta donde estaba y sacó la camisa. Arrugada. Se la puso y se observó. Demasiado arrugada. Caminó hasta la salita de recepción.

¿Puede plancharme la camisa?, preguntó al hombre que leía un librito.

El hombre se la quitó de las manos. Mientras esperaba el chico se metió en el comedor y se puso a mirar hacia afuera a través de la ventana. Más allá de las casas, los cerros se elevaban inmaculados y soberbios. Sonrió. Se pasó la lengua por los labios. Apareció el hombre con la camisa, el chico se quitó la remera, la misma con la que había dormido, y se abrochó la camisa con los dedos meticulosos.

Una pregunta, ¿Dónde queda la escuela fábrica?

Acá en frente, cruzando la calle en diagonal, dijo el hombre sonriendo, el chico hablaba con gestos de adulto, un pequeño hombrecito.

Salió a la calle y vio la escuela. ¿Cómo no la había visto la noche anterior? La tierra de la calle se partía del calor. Empezó a caminar, le temblaban las rodillas, y las cosas le dieron vueltas por un momento, se detuvo, respiró profundo, apretó fuerte el puño que llevaba el maletín. Llegó frente al colegio. Caminó por un sendero de piedras que se abría a través de un jardín. Había un busto de Belgrano entre unas flores. Llegó junto a la puerta, era de metal, con una manija de bronce, el chico se pasó la mano por el pelo, se refregó los ojos, se metió el dedo en las orejas. Tocó el timbre. Esperó. Silencio. Silencio. El sonido de los pájaros. Miró hacia arriba, un tanque de agua, “El general cumple” se alcanzaba a leer a pesar de que las letras estaban borroneadas. Silencio. Silencio. La punta del zapato golpeaba frenéticamente. La puerta se abrió, con reticencia se asomó un hombre, vestía un delantal azul. El chico carraspeó, después dijo:

Quiero hablar con el director.

El hombre lo miró frunciendo la boca, apretando un ojo.

¿Y usted, jovencito, qué desea?

Vengo a estudiar.

El hombre sonrió. Abrió la puerta ampliamente y le dijo que entrara. Caminaron por un pasillo, era un ambiente fresco, doblaron por otro pasillo a la derecha, hasta el final, una puerta vidriada que decía “dirección” en letras negras. El hombre abrió la puerta, hizo pasar.

Espere acá, le dijo y se fue.

Un escritorio inmenso. Una lámpara. Papeles. Un almanaque. No había una silla detrás del escritorio, eso le llamó la atención. No había cuadros. La pared completamente pelada. La puerta se abrió levemente, como empujada por una brisa, y entró un gato. Gris. Peludo. Gordo. Con la cola en alto y curvada. Escuchó un sonido, como el roce de algo en el piso, unos pasos, la puerta se abrió del todo y estaba el hombre que lo había recibido, el del delantal azul, empujando a otro en una silla de ruedas. Supo que era el director.

Bienvenido, le dijo y le alargó la mano.

El chico se la estrechó sin poder dejar de mirar el pantalón arremangado que ocultaba unas piernas que no tenía. El hombre se metió un dedo en la nariz ganchuda. Rascó. Tenía el mentón prolongado hacia adelante. El tipo del delantal azul condujo al director hasta colocarlo detrás del escritorio. El chico lo miraba sin quitarle el ojo de encima a cada movimiento. Quedaron frente a frente.

¿De dónde viene?, le preguntó el director.
Fraile Pintado.
Caluroso y húmedo…, dijo el hombre sonriendo, acá es seco, se soporta más.
¿Y qué viene a buscar acá?
Quiero estudiar.
¿Estudiar?

¿No le parece demasiado aburrido?
Quiero ser técnico. Me dijeron que acá se puede estudiar, que te dan de comer y un colchón para dormir.
El hombre se llevó un dedo a la boca, mordió una uña, la escupió a un costado. Movió la lengua entre los labios.
Le aclaro una cosa, jovencito, acá se viene a estudiar no son unas vacaciones. ¿Entendido? Si no lo entiende yo me voy a ocupar personalmente de que vuelva al calor sofocante de Fraile Pintado.
El chico movió la cabeza, asintiendo.

¡Nuevo!, grito uno de los pibes.
¡Nuevo! ¡Nuevo!, sonaron otras voces.
Eran cuarenta y dos. Sentados por todos lados en el largo dormitorio. Sobre el piso frío, en las camas cuchetas, en la ventana. El chico apareció en la puerta, un colchón envuelto que empujaba rodando, y una muda de sábanas bajo el mismo brazo en que llevaba el maletín negro. Mirando el piso avanzó entre los muchachos. Algunos se acercaron a saludarlo. Otros simplemente lo miraban. Él dijo su nombre. Vino uno y le sacó las sábanas, otro empujó el colchón y lo metió en una cucheta. Le armaron la cama.

Bienvenido, dijo uno de los pibes y le dio un apretón en el hombro, y él tuvo ganas de abrazarlo pero no lo hizo, se sentó en la cama y empezó a sacar las cosas del maletín.



















Texto agregado el 22-11-2011, y leído por 86 visitantes. (0 votos)


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