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Juanita Fernandez

Camina el Dr. Carrillo, camina, un paso tras otro, un paso sobre otro, sobre el camino de tierra, pisa cada tanto un terrón y lo desarma, camina, camina ligero, campante, lleva bajo el brazo una carpeta, lleva frente a sus ojos, montados en la nariz unos lentes de vidrios gruesos que destellan por el sol. Hace un calor que ahoga, por eso le cae una, o dos gotas de sudor, al Dr. Carrillo, por la frente y le bajan a la mejilla y él con gesto apresurado de la manga se las seca. Camina, camina, el escalón, otro escalón, abre la puerta, la penumbra del pasillo, no es un hospital, es una escuela. Es la escuela fábrica que se erige, con una solemnidad monumental, entre los cerros de la quebrada. Buen día, señor director, se asoma a la oficina y saluda y sigue su camino, por el pasillo, camina sobre las baldosas frías. A través del vidrio de la puerta escruta. Los pibes, sentados sobre los pupitres, o parados, charlando acaloradamente, risas, gestos, ademanes, abrazos. Los pibes volvieron a la escuela. El Dr. Carrillo volvió a la escuela después de los tres meses de las vacaciones de verano. Los pibes charlan, seguramente se cuentan del niño dios, del fin de año, del carnaval. El Dr. Carrillo los escruta a través de la ventanita de la puerta y los ve sonreír, el reencuentro, la mano sobre el hombro, el cuaderno nuevito sobre el pupitre, los ve sonreír y hasta vacila en entrar, porque sabe que cuando entre. Entonces entra y su presencia, como la de un gigante, imponente, y el silencio, y los pibes que se sientan.
Buenos días alumnos, el Dr Carrillo parado, la pizarra negra de fondo como un telón, las cabecitas de los pibes, les doy la bienvenida a este nuevo año lectivo, en esta clase, que como ustedes sabrán, será biología, el hombre se pasa la mano, dos sacudidas rápidas a la solapa del saco para sacar unas pelusas, el temario de este año, se lleva la mano a la boca, como si estuviera rezando, se queda así un instante, este año empezaremos estudiando la célula, su origen, su composición, las organelas, después explica que hay una célula con la que tratámos diariamente y muchas veces ignoramos que es una célula, ¡el huevo!, exclama, una sonrisa amplia y plena, en el transcurso del año y a medida que vayamos progresando estudiaremos los órganos como el hígado, el corazón, el cerebro, dice el cerebro impostando un poco la voz como para dar a saber la jerarquía que tiene ese órgano para él. Habla de los músculos, de las hormonas, y corona la charla con la mención del esqueleto y sus doscientos cinco huesos. Otra vez se lleva la mano a la boca, como si se estuviera mordiendo la uña del pulgar, o besándola; frunce después los labios; extiende la mirada por sobre los alumnos y dice como quien exhala tras convencerse de algo: el que me traiga un esqueleto real tiene la materia aprobada. Gira sobre sí mismo, agarra una tiza y comienza la clase. Y los pibes abren los cuadernos, empuñan los lápices, el dorso de la mano por la nariz, alguna risita, y hay dos, dos alumnos, Ramón y Chuña, le dicen Chuña por el ave, por las patas largas y delgadas, que se quedan pensando en lo del esqueleto. Lo imaginan, y se les cruzan los huesos del pollo, de las costeletas, una bandera pirata, las costillas del asado. Un esqueleto. Doscientos cinco huesos. La Reducción. El cementerio de la estancia de La Reducción. El monte. Ven al cementerio. Lleno de maleza, en medio de los árboles y arbustos y las plantas que en su caos y de la mano del tiempo lo invadieron, crecieron por sobre las lápidas, envolvieron las cruces, apenas si algunos bultos de tierra dejan ver donde están los cuerpos. En ese salón donde el Dr. Carrillo comienza la primera clase dibujando un redondel que será una membrana celular, Ramón y Chuña se miran, y se dicen todo.
A la noche, en plena oscuridad, apenas la luz azulada de la luna que entra por una ventana. El largo dormitorio donde se alinean dos hileras de camas cuchetas, hay dos voces que perduran hasta la madrugada, a pesar de los shhhhh, de los pueden callarse la puta madre, de las amenazas que también el sueño finalmente hace amainar. Las voces planean la conquista del esqueleto. Ramón y Chuña. Vamos en bici. ¿En bici?¿Por qué no a caballo? Mejor en bici. Y discuten incansablemente sobre las posibilidades, y los fantasmas, y el cuco del castigo divino, ¿y si Dios nos castiga?, pero por qué los iría a castigar si estaban todos bien muertitos ahí, encima abandonado el cementerio, y despejan dudas y miedos, aunque como cuando se habla de estos temas el miedo siempre vuelve y cuando llegan a pensar que pueden ir al infierno un pensamiento se les cruza, una realidad, un hecho, una necesidad, tenemos que aprobar biología. Y no quieren estudiar, eso no lo dicen, pero está implícito, lo saben desde siempre.

Quince kilómetros, quince habrá desde el pueblo al cementerio de la estancia de La Reducción. Y es un camino de tierra rodeado de monte el que lleva hasta ahí. El canto de los pájaros. El grito de los animales. Las lagartijas disparadas hacia los yuyos. Por ese camino van cuatro bicis, y sobre esas bicis van Ramón y Chuña, y dos amigos que se han sumado para ayudar, Cáscara de queso y el coya Nico. Pedalean, pedalean, la tierra, el calor que cae sobre sus cabezas, el sol enclavado en lo alto, radiante. Una de las bicis tiene un canasto, es la bici de Ramón, que a su vez es la bici del hermano El Ruso a quién se la ha pedido prestada. El canasto es amplio, es de tintorero, en otras ocasiones llevaría pantalones, camisas, sacos, pero ahora lleva una pala y un pico, sin los mangos, obviaron los mangos para no llamar la atención, y una bolsa llevan también, porque piensan traer algo.
Dos postes, alguna vez hubo ahí una puerta, pero ahora solo quedan las maderas erguidas entre los yuyos. Está lleno de maleza. Los árboles altos. Unas florcitas blancas salpicadas por todos lados. Es la entrada al cementerio de la estancia de La Reducción. Llegan los pibes en las bicis. Se quedan ahí parados, junto a la entrada, hablan, se distraen, saben a que vinieron. Cáscara de queso va a cortar unas ramas para los mangos de la pala y el pico, una especie de respeto, o temor, les hace postergar el ingreso, uno silba, el otro se come las uñas, entonces viene Cáscara con las ramas, largas, sólidas, y listo, ya no se puede esperar más, no se pueden hacer más los boludos.
Caminan por el sendero, angosto, que los lleva hacia donde están las tumbas. Van todos menos el Coya Nico que se queda paradito junto a los postes, de campana. El cementerio ya es lo que queda de él. Las lápidas están tapadas por los yuyos, las cruces oxidadas y torcidas, apenas si se distinguen los bultos de tierra debajo de los cuales están los cuerpos. Miran por acá, miran por allá. Juanita Fernandez tus seres queridos te recordarán eternamente. Esa. Esa misma será. Acá cavemos, dice uno. Juanita Fernandez. ¿Cómo habrá sido Juanita? Alta, morocha, de rasgos femeninos y sensuales, no, era una vieja, entonces canosa, con arrugas y los ojos grises de las cataratas. No saben cómo había sido. No importa. La primera palada, enérgica, se clava en la tierra y arranca el tarascón, y así, y así, palada tras palada, se turnan, un rato uno, un rato el otro. Los árboles alrededor, los yuyos por todos lados.
Voces. Se escucha un murmullo, alguien habla, es el Coya Nico.
¡El Coya Nico! Se tiran al piso, todos. No pueden verlo, pero aguzan el oído, lo escuchan. El Coya habla con alguien, parece una mujer, una vieja, ¿y que haces por acá, chango? Estoy esperando a mi tía, venimos a ver a mi abuelo que está enterrado acá. Ahhh, yo pensé que ya nadie venía al cementerio. Sí, sí, nosotros venimos seguido a ver al abuelo. Bueno, chango, voy a seguir con mis cosas, nos vemos prontito. Cáscara de queso se arrastra, furtivo, chist, chist, el Coya Nico se da vuelta, lo ve. Pregunta Cáscara con el mentón. Ya se fue, dice el Coya, y Cáscara suspira, y vuelve, y otra vez la pala, se hunde, arranca la tierra, está hondo, no aparece nada, era verdad lo del metro ochenta.
Ya no se ve la cabeza del que cava. Sale la tierra desde el hoyo como lanzada por un espíritu hacia arriba. El castigo de Dios, la venganza de los ángeles, la virgen, el demonio, las almas en pena, la misma Juanita Fernandez. No pueden evitar pensar en esas cosas, y se comen las uñas, y se mastican el labio, y piensan. Todos tomaron la comunión, a todos se les enseñó lo que está bien y lo que está mal, saben lo que es un pecado, y aquello tiene sabor a pecado, mortal para colmo, y se les van las cabezas, las mentes, las conciencias por el cielo pensando en esas cosas. El peso sobre los hombros, en medio de la frente, pero después cuando sienten los pies sobre la tierra, cuando se piensan volviendo a la escuela, nadie quiere estudiar, es así, nadie quiere.
Chuña, las paladas, las paladas de Chuña son mezquinas, apenas si se hunden en la tierra y arranca unos pocos terrones ¿Qué pasa, Chuña? ¡Dale con ganas! Chuña mira hacia arriba, los pibes lo escrutan, es que estamos cerca, dice. Cáscara salta al foso, le arranca la pala, dejame a mí, se pone a palar, enérgico, con ganas. Se clava la pala. Algo duro. Cáscara se arrodilla, observa, ¡La cabeza, la cabeza!, con la mano descubre el cráneo. Cáscara parece ser el único al que el frío no le recorre el espinazo. Se ven los huecos de los ojos, el orificio de la nariz, los dientes desparejos, la redondez del cráneo. Cáscara sonríe y se da vuelta, orgulloso, para mirar a los pibes y la sonrisa se contagia y todos sonríen, y los fantasmas se dispersan. El sol caliente de la tarde sobre las espaldas, se ponen a terminar el trabajo, y se turnan, y lo sacan, sacan los huesos de los brazos, y las costillas, tratan de no desarmar la columna, la cadera, las piernas, los pies no los sacan. Se hace tarde, ya no quieren cavar más. Dejan los pies enterrados, los pies de Juanita Fernandez dirán que ella alguna vez estuvo ahí. Vuelven la tierra al foso. Queda formado otra vez el montículo de tierra, arrojan ramas y yuyos, piedras, y se vuelven para el pueblo. El esqueleto está en la bolsa, en el canasto de la bici de Ramón.
Por el camino de tierra, vuelven las cuatro bicis. Los pibes charlan, recorren lo sucedido, la ilusión, ahora casi la certeza, de aprobar biología, sin estudiar por supuesto. No piensan en el alma de Juanita Fernandez. No piensan en los muertos vivos. Por lo menos por ahora, ni en el castigo de Dios, ningún espíritu se les cruza por la mente. El que se les aparece es Benito, el viejo, a caballo, ¿Chicos, qué andan haciendo por acá? Los pibes que se miran, vacilan, Cáscara con ímpetu que dice, fuimos a cazar, Benito, ¿Y agarraron algo?, sí, un corderito, a ver, a ver, ¿me lo muestran?, no, no, Benito, no, es que vamos apurados, otra vez será, otra vez será entonces, adiós Benito, chau, chau, chicos. Y las bicis que vuelven a andar y se alejan, se pierden allá en el horizonte donde el camino parece terminar.

¿Y si el Dr. Carrillo lo decía en broma? ¿Y si cuando le llevamos a Juanita Fernandez nos denuncia a la policía? Juanita Fernandez, el esqueleto, lo metieron en una caja, y lo tienen ahí, a los pies, sentados en el patio de la escuela. Si vamos en cana estamos fritos. Mis viejos me matan. Se quedan en silencio, mirando la caja, que no cierra bien porque el hueso de la cadera sobresale, ancho, no deja calzar bien la tapa.
Deciden Caminar hasta el arroyo, y piensan, se imaginan en un calabozo, frío, oscuro, compartiendo la soledad con algún otro preso, un asesino, de mirada severa. Se imaginan la vergüenza de ser los ladrones de cadáveres. El cura los excomulgaría. Profanadores. La familia los miraría con desprecio. El honor de los padres venido a menos. Arrojan el hueso de la cadera al arroyo y ven como se hunde y después sale; flota, flota en la correntada y se aleja. Hasta que alguno se atreve a temer: ¿Y si encuentran el hueso ahora? La culpa los somete a un insaciable pensamiento que les corroe el alma.
Cáscara y el Coya Nico, se lavan las manos, después de todo ellos son alumnos de segundo año, no necesitan el esqueleto, han ayudado por la amistad, pero ahora. Chuña, ¡Que yo debajo de mi cama! ¡Ni loco!. Ramón, se resigna, no quiere estudiar, Juanita Fernandez va a parar debajo de su cama. Cuando los otros pibes del dormitorio preguntan que hay en la caja. ¡Un muerto!, exclama Ramón, y la verdad desnuda que entonces se oculta, como suele suceder, porque ninguno le cree que en la caja hay un muerto. De cualquier modo nadie se atreve a abrirla.

En la oscuridad, Ramón tiene los ojos abiertos como dos melones. Y lo mira a Chuña, que unas camas más allá ronca como un porcino. Ramón intenta conciliar el sueño, pero la presencia del esqueleto, parecería flotar ahí abajo, levantar el colchón, transmitirle una especie de temperatura, de calor, que a él lo hace dar vueltas y vueltas y los ojos abiertos. Ramón piensa en la cagada a pedos de los viejos si se enteran de que afanaron un esqueleto del cementerio. No se anima a entregárselo al Dr. Carrillo. Se les clavó la idea de que el doctor no hablaba en serio. De repente se descubre que tiene un muerto debajo de la cama, instalado, sin salida, por que tirarlo al arroyo también les da miedo. Una muerta debajo del colchón. Condenado, él, condenada, Juanita Fernandez. Y la puede ver. Primero imagina a los huesos corporizándose, rodeándose de carne, de piel, llenándose los huecos de los ojos, creciéndole él pelo. En algunos instantes de lucidez Ramón se da cuenta de que eso es imposible. Pero después la oscuridad, el silencio, y durante noches la ve a Juanita Fernandez salir desde debajo de la cama y deambular por el dormitorio incansablemente, en un eterno desasosiego, perturbada. Ramón ya no puede distinguir la pesadilla de la realidad, no sabe si la sueña o realmente la ve. Y lo escucha a Chuña roncar. Y le tiemblan las rodillas. Y más de una noche un lagrimón le cae por la mejilla. Hasta que se decide.

Ramón y Chuña. Pantalones cortos hasta las rodillas, zapatos sin lustrar; nadie lustra los zapatos en la escuela, solo para los actos y las ceremonias. La caja en los brazos de Ramón. Chuña escolta. Después de todo sabe que su amigo convivió las últimas semanas con Juanita Fernandez y que entre ellos hay una relación en la que no desea entrometerse. Hasta en un momento piensa en decirle a Ramón que vaya él sólo, que le entregara él el esqueleto al Dr. Carrillo y aprobara la materia. Pero no. No puede ir Ramón solo, una porque Chuña, después de todo, también quiere aprobar la materia, sin estudiar, claro, y además porque si al fin y al cabo el temor acerca de que el doctor los mandara en cana se hace realidad. No puede hacerlo caer preso a Ramón solo.
Y mientras caminan hacia la oficina del Dr. Carrillo un ímpetu colosal los impulsa. No piensan en el castigo de ningún Dios. No piensan en el cura ex comulgándolos. Ni en las familias, ni en el pueblo culpándolos de sacrílegos, ni en un calabozo frío y oscuro. Ramón sabe, por lo menos él lo sabe, que peor es pasar la noche con el muerto debajo del colchón.

Señor, están los dos parados frente al escritorio del doctor, le trajimos el esqueleto. El Dr. Carrillo que en un principio apenas les presta atención, sin despegar los ojos del libro que lee, levanta la vista. Ladea la cabeza. Los mira incisivamente. Mueve los labios. Ramón y Chuña, saben que ése es el momento, que sus destinos dependen de lo que el doctor diga a continuación. La humillación, el calabozo oscuro y frío, no pueden evitar volver a pensar en eso, ese instante. Respiran profundo como el que espera un golpe. ¿El esqueleto?, dice, y en sus ojos hay cierta placidez, grata sorpresa. El que dijo que había que traer para aprobar la materia. Una sonrisa amplia y sí, definitivamente es de entusiasmo, en el rostro del doctor. A ver, muéstreme, dice. Y Ramón le extiende la caja. El hombre la destapa y le brillan los ojos. Toca los huesos. Saca uno, lo levanta en la mano, lo observa. Mete las dos manos en la caja y saca los dos huesos de las piernas. Tiene un fémur en cada mano. Los alinea. Esta era una mujer, dice el doctor. Sí, Juanita Fernandez, dice Chuña. El doctor despeja lo que hay en el escritorio, arroja al piso papeles, libros, lapiceras. Ayudenme a armarlo, dice. Y se ponen a armarlo. Los tres, como si fuera un rompecabezas. Terminan. Obra casi finalizada porque, le faltan los pies, dice el hombre. Se nos hacía de noche, dice Ramón. El hombre sonríe, hay satisfacción en su cara. Le pasa la mano por la cabeza a Chuña y le guiña un ojo a Ramón, después se pone serio. No quiero saber de donde lo sacaron, dice. Abre un cajón, saca una carpeta, recorre una lista con el dedo. Ramón usted tiene un cuatro a esta altura del año, y usted, mirándolo a Chuña, tiene un tres. Pésimos, dice. Pero avezados, y sonríe. Están aprobados. Cierra la carpeta, la guarda en el cajón. Vayan ahora, no se habla más del tema, no le cuenten a nadie. Entonces los dos, Chuña y Ramón pegan media vuelta y se van. Caminan por el pasillo, y los fantasmas de la vergüenza desaparecen, no habrá ningún calabozo, ni cagadas a pedo, ni curas amenazantes, y los padres estarán contentos que aprobaron biología, y ellos están contentos porque fue sin estudiar, y el suceso es bueno al fin y al cabo. Y salen ahora al patio, el sol radiante les pega en la cara, y Ramón piensa que por fin volverá a dormir, a no pensar nunca más en Juanita Fernandez. Es una buena historia, recapacita, es una extraordinaria aventura, y no sabe por qué, se le ocurre, que alguna vez se la contará a sus hijos, y se pone a correr, se mezcla entre los pibes que en el patio juegan a la pelota, y corre.












Texto agregado el 22-11-2011, y leído por 149 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
22-11-2011 Vean como baila el esqueleto! todo se menea por completo! marxtuein
 
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