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¿Pocho, te vas a la colimba?

La botella de vermouth sobre la mesa. Las paredes sudan. El aire denso, caluroso. La mesa de madera, astillada, pálida, en el centro de la cocina. Una lámpara colgando. Los muchachos, los vasos llenos van y vienen, chorrea el vermouth por la comisura de alguna boca, un eructo, hay maní también, las cáscaras, el masticar, escupir las cáscaras del maní. Ramón, Melito, Cáscara de queso, Chuña, Puchero. Las manos ávidas manotean los vasos, es la segunda botella, fuman, el humo es una máscara, charlan, gritan, carcajadas. Una cucaracha les pasa entre los pies, sube por la pared, un manotazo, Ramón la aplasta. El bicho le ha quedado pegado a la mano, las tripas y un líquido baboso blanquecino chorrean. Ramón sacude la mano, el bicho cae al piso y el muchacho lo vuelve a pisar.

¡Bueno, che!, dice Cáscara de queso, apenas si puede tenerse en pie, un brindis por Ramón que se va para Palpalá.

Los muchachos se ponen de pie, chocan los vasos, fondo blanco, y vuelven a servirse ese vermouth exquisito. Siguen así cuando los pájaros dejan de cantar y comienzan las ranas, y cuando las ranas callan y los pájaros retornan están ya tendidos en las sillas, dormitando, balbuceando palabras sin sentido.

El estómago de Ramón es una tripa que se retuerce, se enrosca sobre si misma, ondulante, sube, baja, regurgita, una acidez llena la boca, envuelve la lengua, baña los dientes. Ramón va en el medio. Con los brazos sostiene la panza. Derechito. Mira al frente. La cabeza sudada. El que maneja es Chicho, y al otro lado junto a la ventanilla va Melito. El remolque del camión va lleno de cañas de azúcar. Cada tanto alguna cae al camino. El camión tiembla, el oxido cubre los guardabarros, y la insignia plateada de la marca, en la trompa, se encuentra gastada por el tiempo. Salta en los pozos, se inclina en las curvas, vacila en las subidas. Ramón ve el mundo girar alrededor. El sol fuerte. El camino zigzaguea, el espejismo del agua en el horizonte. Ramón siente que no está en el cuerpo. Unas puntadas le revientan las sienes. Dolor de panza. La acidez que sube y baja y la boca del estómago candente. Una neblina blanca lo envuelve, todo blanco, blanco, blanco. Ramón se inclina a un costado, empuja a Melito, atina a decir: correteeee… pero nunca lo dice y vomita. Vomita en la espalda de Melito. El olor a jugo gástrico y vermouth llena la cabina.

¡La puta madre, Ramón!, grita Chicho, el hermano.

Ramón cae desmayado sobre el vómito y Melito, enchastrado, chapucea sobre el nausebundo caldo. Chicho gira a un costado, detiene el camión junto a la banquina. Bajan a Ramón, inconsciente, lo apoyan sobre la tierra. El sol es una lanza ardiente sobre las cabezas. Con una botellita Chicho hecha agua sobre la cara de Ramón. Un minuto. Ramón abre los ojos, las bolitas negras se mueven caóticas. Eructa.

Pocho se va a la colimba…, dice y vuelve a desmayarse.

El padre ha llegado a la casa, entra y el silencio se hace contundente como una opresión en el pecho. Tiene la mirada profunda y severa como si alguien estuviese azotándolo, o apretándole las sienes o la memoria. Parece a punto de estallar, una granada sin el seguro, un cielo de nubes negras, una avalancha. Chicho minucioso, silente, sale al patio, Pocho lo sigue, Mabel cuando escuchó que abría la puerta ya había salido, y Ramón que lee un Patoruzito atina a ponerse de pie y escapar.

¿Adónde vas?, dice el padre.
El muchacho no responde. Silencio. Queda detenido, como congelado en el acto de querer caminar. Se da vuelta para mirarlo.
El padre lo llama de un manotazo. Le ordena sentarse.
El padre lo mira, la mirada ardiente, enrojecida, vidriosa. El muchacho lo mira pero no ve nada, espera, expectante, como si su cabeza estuviese bajo la daga afilada de una guillotina, al borde de un abismo, envuelto en la bruma de una catarata.
Pocho se va a la colimba, dice el padre.
Ramón asiente.
Vos vas a tener que manejar el camión. Hay un viaje, el lunes que viene, con calabazas.
El padre se levanta, va hasta la canilla, se sirve un vaso de agua, toma. Sale a la calle. Ramón todavía sentado. Los pulmones se ensanchan, vuelve a entrar aire en el pecho, la bruma espesa, las nubes oscuras se dispersan entonces Ramón sale al patio.

¿Pocho, te vas o no a la colimba?
Pocho lo mira, de reojo, no dice nada por un momento.
No voy al final.
Decile al viejo que no vas, yo me tengo que ir a Palpalá, a la escuela.
El horno de barro, el árbol de mangos, las gallinas que van y vienen.
Pocho no dice nada, Pocho dice, con el silencio, que no le va a decir nada al viejo, que no existe esa posibilidad.
Pocho hacete cargo del camión, me tengo que ir el lunes, dice Ramón
Pocho mira la tierra, el sudor le marca los sobacos, no dice nada.
Chicho y Mabel miran también en silencio.
Anda a la mierda, dice Ramón y entra en la cocina, y atraviesa la cocina y sale a la calle y entra en la noche y camina.

La mujer empuja el pedal, y el pedal sube y baja, y la aguja sube y baja, y el hilo pasa de un lado a otro, pasa de un lado a otro, y la costura se extiende pareja y concisa. El pie derecho hace fuerza sobre el pedal, va y viene, más arriba una pollera blanca con flores azules cubre las piernas. Las manos acompañando la tela. El sonido vibrante de la máquina. Los ojos atentos. La trenza sobre la espalda.
Ramón aparece en la puerta. Los hombros caídos, el silencio en la cara, el gesto contenido, los ojos al suelo. La mujer sigue en la máquina, el traqueteo de la aguja perforante, el chirrido del pedal. Ella se detiene para tomar aire y lo ve, a Ramón, parado, observándola. La mujer lo mira, con esos ojos que miran las madres.
¿Qué te pasa, Ramón?
El muchacho frunce la boca.
¿Qué pasa, hijo? Decime…
Tengo que ir a la escuela el lunes.
La mujer se pasa la lengua por los labios. Se rasca la frente.
Y el viejo no quiere…, dice ella.
Quiere que haga un viaje con el camión porque Pocho se va a la colimba.
Un silencio.
Pero Pocho no se va a la colimba, agrega Ramón.
La mujer lo llama con un gesto de la mano. El muchacho se acerca y ella lo abraza.
Andá igual a la escuela, le dice en un susurro al oído.
Pero el viejo.
Algo se te va a ocurrir, vos sos inteligente como tu madre, ella sonríe. Arreglatelas y andate.
El muchacho le da un beso y se va a la pieza. Abre la ventana y ve el cielo estrellado. Es un cielo azul oscuro y estrellado. Inmenso. Vasto. Tiene el rostro relajado, la boca, la mirada, el cálido abrazo de la madre todavía le late junto al corazón.

Y llega el lunes. Y el viejo está ya de temprano revisando las gomas del camión. Se detiene a atornillar un foco que colgaba.

¡Ramón!, se asoma a la casa y grita.

Ramón corre hasta la puerta.
El viejo se le acerca. Con un mapa le explica el camino. Habla seco, conciso, tajante, le indica la ruta, el cruce donde debe doblar, la estación donde debe cargar combustible, el recodo donde encontraría el galpón para la carga.
Pocho toma mate en el patio, en silencio.
El viejo le da el mapa a Ramón, después va al patio y toma un mate que le pasa Pocho.
¡Chicho!, llama Ramón.
Chicho se asoma a la calle.
¿Me vas a acompañar?
Chicho asiente con la cabeza.

Ramón va hasta la pieza, busca el bolso donde llevaba los libros, algunos cuadernos, lápices. Sale y mira para ver que el viejo no lo vea. Sube al camión y esconde bajo unas lonas el bolso. Chicho lo mira. Lo mira. Lo mira. No dice nada. Ramón se sienta detrás del volante. Apreta el embriague, gira la llave, ruge el motor, el camión tiembla, el humo negro escupido desde el escape, el ronroneo, va apretando el acelerador y soltando el embrague y el motor ruge y hace fuerza y el camión ya está andando, en marcha.

Estás raro Ramón, dice Chicho.
Ramón lo mira sonriendo. La mirada es vidriosa, brillante, dañina, como la de un preso o un prófugo.
El camión avanza por la calle de tierra y levanta polvo y deja una estela marrón flotando en el aire mientras avanza, junto a la plaza, por la escuela, el correo, la iglesia, varias cuadras más y llegan a la ruta y el camión se detiene, Ramón ha pisado el freno con todas las ganas del mundo.

Hasta acá llego yo, dice Ramón.
A Chicho se le ponen los ojos como dos paltas.
¿Adónde vas Ramón?, exasperado. Le tiembla la mandíbula.
Me voy a la mierda. Me esperan en la escuela, en Palpalá.
Pero Ramón, el viejo, te va a agarrar, te va a matar cuando se entere, le tiemblan los labios a Chicho, le tiemblan las palabras. El corazón le asoma en la garganta.
Me voy Chicho, me voy.
Ramón saca el bolso del escondite, abre la puerta y salta. Chicho sigue mirándolo, como si viera a Dios mismo, o al diablo en todo caso. Ramón se aleja caminando. El sol es colosal. La tarde esplendorosa tarde. Ramón se da vuelta, lo ve a Chicho todavía mirándolo, pasmado, estupefacto. Entonces Ramón vuelve trotando. Se sube apenas al escalón del guardabarros.

Chicho, ahí en el mapa, Ramón señala con el dedo, tenés marcado por dónde ir, adónde ir.
Chicho tiene los ojos llenos de lágrimas.
Mandale saludos a la vieja, dice Ramón, y vuelve a saltar al piso, y se aleja caminando, ya no le queda más nada que decir.

Texto agregado el 22-11-2011, y leído por 127 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
08-12-2011 Esta obra, al igual que otras fueron leídas y comentadas. Supongo que las bajaste y las volviste a subir. Fue eso? SOFIAMA
22-11-2011 Ese pocho es gay!! ya todos lo saben eh? marxtuein
 
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