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Mientras fumaba un cigarrillo y veía por la ventana lo poco que podía; un edifico de oficinas, frío, mecánico y desolador; unos techos de casas envejecidos y un cielo nublado, oscuro y solitario, Alfredo vio pasar a una mujer por una de las ventas que tenía en frente y recordó a Perla, la morena que le carcomía la mente, esa mujer que llegó de la nada a su vida y así mismo se fue… dejándole quizás el mejor recuerdo y el más vívido de su existencia.

Aspiró profundo, miró hacía su habitación; vacía, desordenada, solitaria, como su vida misma; y empezó a recordar lúcidamente la noche en que Perla entró por primera vez a esta misma habitación para llenarla con su luz y su alegría, con su sonrisa incomparable, con todo ese derroche de vida que ahora sólo estaba en la memoria y los deseos de Alfredo.

Continuó con la mirada perdida en su habitación, más en los recuerdos de su habitación que del lugar en sí, la vio entrar por la puerta con sus jeans ajustados, botas de tacón y chaqueta roja; el pelo suelto, largo, liso y negro; sus labios gruesos resaltados por el labial rojo que hacía juego con su chaqueta y la luz tenue de la habitación.

Perla encendió un cigarrillo, se sentó en la cama, mandó sus botas a volar, se puso cómoda sobre la cama y pidió que le sirviera un trago de tequila, su trago favorito, encendió la televisión en un canal musical y miró a Alfredo de arriba abajo y luego directo a los ojos, directo al alma, lo miró como nunca antes nadie lo había mirado…

Alfredo se acercó, le pasó el trago y brindaron, brindaron por la compañía, por la noche fantástica, por las buena charla y por ella, brindaron una y otra vez, encendieron el reproductor de música, bailaron, se besaron, se perdieron en una noche para dos, para los amantes, una noche de nunca olvidar…

Sus ropas se regaron por toda la habitación, la desnudez los envolvió, se abrazaron en medio de la desnudez, se tocaron y se besaron una y otra vez… besó su cuello, sus orejas, su boca, sus mejillas, sus senos, tragó cada centímetro de su abdomen, lamió sus piernas, su espalda, respiró su pelo y se perdió en su sexo, mientras el cuerpo firme y joven de perla se estremecía, temblaba y explota a cada movimiento de su lengua, de sus dedos, que navegaban en su vagina chorreante de excitación…

Se amaron desesperadamente, se follaron, se tiraron, se penetraron sin medida, sin respiro, dejaron que sus cuerpos y sus almas volaran sin límites entre orgasmos jadeantes, entre espasmos y gemidos, hicieron el amor hasta quedar inconscientes, rendidos y refundidos en la más fascínate aventura, de sus vidas.

Sonó el teléfono, Alfredo regreso pasmoso de su sueño, de su recuerdo, apagó la colilla de cigarro, que se había consumido mientras el vagaba en su memoria, en la fantasía de los recuerdos, dio una mirada vaga al horizonte, hizo un recorrido nostálgico con sus ojos a la habitación y salió taciturno a contestar la llamada, con la vaga esperanza, menguada por el paso del tiempo, de escuchar al otro lado de la bocina la voz de perla.

Texto agregado el 07-12-2011, y leído por 149 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
12-05-2012 hijole! voy por un pucho... nikova
08-03-2012 Su protagonista sufre la soledad en que lo dejó sumido, uno de sus más grande e inolvidable amorl. Muy triste********* pithusa
08-12-2011 La habrá escuchado? aziiDDroiid
 
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