TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / cao / No me llames

[C:490856]

Los haces de luz artificial entraron cercenados por la irregularidad del cortinaje. Antonio dormía sin sobresaltos dándole la espalda a su mujer. El torso desnudo se destacaba entre las sombras. A los pies del catre la televisión apenas murmuraba en la penumbra.

Entonces el fuelle toráxico de la pareja era quieto y regular como el leve oleaje de un lago, pero sólo hasta que sonó el teléfono.

Al principio los campanilleos se confundieron entre los sueños, luego ya no.

Ella despertó antes, dando un salto fuera de la cama y apurando el paso para alcanzar a llegar. En el trayecto se abrigó con un lanudo chal. Lo inusual del llamado a deshoras, la vino a preocupar con algo de furor –“algo le pasó a mi madre”- fue lo primero que pensó.

Tendido sobre el lecho, Antonio –medio aturdido todavía- vio cómo ella avanzó hacia el comedor con errático pero sostenido paso, hasta perderse entre las sombras de la noche. El inquietante llamado clausuró su modorra y por lo mismo, se apresuró en pedirle a Dios que no fuera nada malo. Antonio la siguió pesquisando el sonido de sus pasos hasta escuchar que contestaba. Al principio quiso entender que ella no alcanzó a llegar a tiempo debido a que su ‘aló’ inquisitivo y emplazador no registró respuesta al otro lado de la línea, pese a repetirse unas cinco veces y en orden creciente de tono. Segundos después ella colgó.

De vuelta, al cruzar el umbral, la silueta de la menuda mujer gesticuló quietud y parsimonia. Antonio por su lado, aferró los brazos a la almohada como si se tratase de una febril enredadera y hundió sus mejillas en un claro intento por retomar el sueño trunco.

Nadie dijo nada, sólo hubo gestos y un racimo de susurros por el malestar.

La segunda vez la cosa fue distinta. El campanil sonó burlesco, ofensivo, intimidatorio. Una vez estaba bien, digamos que en plano de lo normal, pero dos veces ya era mucho. Peor aun considerando que le tocaba el turno a don Antonio. Esta vez el hombre corrió al teléfono para impedir toda excusa ante una eventual tardanza. No importó el escándalo de muebles interpuestos en el camino con tal de contestar. A diferencia de la primera vez, la mujer se incorporó turbada y encendió la luz del dormitorio. Su cara ya no era la misma de antes. Tampoco la de Antonio. Menos todavía cuando levantó el auricular. Pese al insistente requerimiento de respuesta, al otro lado de la línea, sólo pudo sentir un resoplido quejumbroso y solapado que terminó por alterar todo: nervios, conciencia, estado de ánimo y la poca compostura que hasta entonces le iba quedando.

¿Quién podría ser?

¡Contesta hijo de la gran puta! – vociferó nervioso antes de dejar caer con estruendo el auricular sobre su pesebrera. “¿¡Qué sucede viejo!?” – inquirió ella desde el fondo de la habitación. Su tono denotaba miedo. El arco de sus cejas se vino abajo; las mejillas se le derrumbaron por la conmoción y la incertidumbre de no saber qué pasaba. Algo extraño acontecía, ya no cabía duda.

La tercera vez la pareja se quedó mirando frente a frente como queriendo cada cuál encontrar una respuesta en el otro. Sería don Miguel quién, minutos después, jalaría el cable de su sitio para desactivar el odioso comunicador. Lo hizo con la perturbación de un acosado, de alguien que es víctima de una pésima broma, una del peor de todos los gustos.

Más tarde, al intentar recobrar el sueño, la desconfianza pudo más y le jaló la espalda como si se tratase de un intempestivo asalto. También el pánico. ¿Quién era, quién diantres se atrevía a llamar a esa hora? ¿Sería la loca del trabajo; o tal vez el infeliz del marido que se gastaba? Por primera vez en harto tiempo el hombre manifestaba su arrepentimiento. “Donde se come no se caga” –recordó con amargura los consejos de su fallecido padre-. Entonces miró la nuca de su mujer que –minutos después del extraño incidente- yacía inerme a su lado. La paranoia que le provocaba a Antonio la idea de perderla y de perderlo todo, se lo tragaron y regurgitaron una y otra vez en plena noche. Peor aun considerando que se aproximaba la fecha del aniversario de su matrimonio.

Ella en cambio, se refugió tras los párpados. El delgado y diminuto horizonte blanco que formaban sus pupilas, colaba las imágenes borrosas del velador justo frente a sus narices. Hacía como que dormía pero cavilaba como una condenada a muerte. Las hipótesis acerca de la llamada en cuestión, bordeaban los senderos de la moralidad. Se sentía sucia, invadida, desbordada. ¿Qué pensarían sus hijos si se llegasen a enterar? El traqueteo del reloj pendido sobre la pared del dormitorio, era un alfiler que se clavaba en las sienes. De pronto su cuerpo había quedado tieso por el pánico e intentaba por todos los medios no llamar la atención de Antonio. Para ello invirtió esa fuerza silenciosa, tensa, casi epiléptica de los bandidos con tal de pasar desapercibida ante los ojos de su acompañante. Por eso, inconcientemente cerró las piernas como queriendo proteger su vulva, sintiendo el ardor del roce en la junción de las rodillas, y así se quedó: tullida. “¡¡Loco de mierda, cómo podía ocurrírsele llamar a esas horas!!” –pensó-. “¡¡El alcohol, seguramente ha sido por un arrebato de alcohol!!” –intentó justificarlo. Él tenía su edad, y también el control de sus tripas. Era atento, chistoso, muy preocupado, le llevaba el tono a sus sentimientos, y a la soledad del climaterio.

Como si tratase de un inmoral paseo, en el otro extremo, Antonio recordó al barman de la noche anterior, ese que le dio a probar la cocaína. Quizás él….pero no, cómo podía él saber el número del teléfono, era imposible, a no ser que la copetinera en algún descuido…o cuándo accedió a su solicitud del teléfono celular para llamar al traficante que conocía…o cuando dejó sus pantalones en el asiento trasero del auto mientras…no lo creyó, imposible no darse cuenta, un viejo minero del cobre siempre actúa con viveza. Como en un acto instintivo, Antonio alargó su brazo hasta el punto del velador donde yacía el teléfono móvil con el objetivo fijo de revisar los mensajes. Sin embargo no se encontró con nada nuevo. Lo hizo con el mayor de los sigilos posibles con tal de no despertar a su acompañante. Entonces un bufido de alivio se desplegó en la bóveda de la ataviada noche. “¡Nunca más, nunca pero nunca más, lo juro por diosito!” – reiteradamente Antonio sin cansancio, murmuró lo mismo. Los restos del estimulante que aun permanecían en las narices aceleraron sus latidos. Un sudor helado cubrió frente y manos.

“¿Y si se tratase de la loca de la oficina de cobranzas de la multitienda?” – pensó la señora. La desgraciada había sido tan insistente en los últimos días que no sería nada extraño que también osara llamar a deshoras. Nada preocupante, si no fuera porque en el estado de la cobranza habitualmente se acompañaba el detalle de las compras. ¿Cómo justificaría la máquina de afeitar eléctrica si su marido era más lampiño que un codo? Se recriminó con auto flagelo por haber usado la tarjeta para adquirir el regalo de cumpleaños de su amante. “La calentura, no había otra explicación para tal torpeza” -así pensó mientras una leva de perros ladraba tras las murallas. “Mañana sin falta iré a pagar esa cuestión” –se dijo. Luego giró para quedar de espaldas sobre el colchón con la mirada apuntando al techo. ¿Y si se tratase de alguna enemiga que quisiera delatarla? “Ojala que mi pobre viejo nunca llegue a enterarse, se moriría de la pena, mañana a primera hora debo lavar mi ropa interior”- masculló con culpa antes de volver a hundir la húmeda frente en el almohadón de plumas.

En plena noche la ciudad entera se congela, ya no hay vuelta atrás. El reloj marca el tiempo inútil. El destino se tranca indefectiblemente para caer en la cuenta que casi todo ha sido en vano. Ella reza un rosario; él en cambio, enrosca su conciencia como chanchito de tierra hasta enmudecerla. Un escalofrío los atraviesa.

Bien entrada la noche entre cantos de grillos y el silbido lejano de un tren, ambos se trenzan en un abrazo silente, urgido y penitente, hasta conciliar nuevamente el sueño.

Texto agregado el 15-12-2011, y leído por 220 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
02-10-2013 Que buen cuento! me da tanto gusto leerte, un abrazo. Gracias por compartirlo hache
10-09-2013 Tiene el ritmo del suspenso, muy buenas imágenes viejito, me recordaste un cuento de Raymond Carver cuyo argumento gira también en torno a una llamada telefónica (el cuento se llama Quienquiera que hubiese dormido anoche en esta cama); salud por el viejo obrero minero, siempre tan cabrón. quilapan
24-08-2013 "Ella en cambio, se refugió tras los párpados." Solo_Agua
24-08-2013 Es complicidad.***** Solo_Agua
01-12-2012 Me gustó por ser una historia que te atrapa y te ves envuelto en el misterio de la llamada y la cara oculta del matrimonio. Muy bueno elpinero
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]