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La locura es el faro de la ignorancia.

La pantalla de la computadora. Una mujer abierta de piernas, una mano ahí mismo, en ese lugar, las tetas enormes, una mirada lasciva y provocadora. Santiago estaba en la silla giratoria, con el pito, fláccido, en la mano, cansado de sacudir sin sentido. Su mujer dormía en la habitación. En la pared el cuadro de Homero Simpson tomando una fría cerveza Buzz. A un costado la mesa, las sillas, los dos platos con los restos de la cena, la ensaladera vacía, el envase de Coca Cola con apenas un fondo de líquido. Más allá la biblioteca donde abundaban los tomos de medicina, y las obras completas de Roberto Arlt y Raymond Carver. Santiago hizo doble click en el mouse y la foto de la pantalla cambió a la de una negra de pezones inmensos y unos labios carnosos como ciruelas. Se miró el pito. Era una sensación extraña. Una excitación le vibraba en el pecho, en el estómago, en las piernas inclusive, pero el pito permanecía lánguido y apagado. A pesar de la masturbación, a pesar de los intentos de concentrarse profundamente. Si hubiera tenido la fuerza de Hulk, si hubiera sido Hulk, hubiera destrozado la pared de un puñetazo, pero no era Hulk. Se puso de pie, se subió el calzoncillo, doble click en la crucecita y cerró la página porno. Fue hasta la heladera. No había nada para tomar, en realidad agua, pero no quería agua, así que se vistió, agarró unos pesos, salió a la calle.
Las veredas estaban oscuras, apenas iluminadas por las lámparas naranjas del alumbrado público, veía su sombra prolongarse y acortarse a medida que avanzaba hacia la estación de servicio, único lugar que encontraría abierto a esa hora. Las sombras de los árboles, un auto pasando lento por la calle, ninguna persona, los carteles políticos en las paredes, un anuncio de mayonesa en el costado del edificio. Tuvo miedo, o no fue miedo, una especie de incertidumbre, de vacilación, como un deja vu, y que tal si las alucinaciones volvían. Eso se preguntó. Pero él sabía que no volverían, conocía lo suficiente de farmacología, como para saber que la Risperidona era lo suficientemente eficaz como para mitigar todo aquel delirio. Recordó una tarde, en que sentado en el colectivo, dos chicas detrás de él le decían que si no la ponía se le iba a caer. Recordó que ellas se reían, que lo provocaban, que sus voces eran viciosas, repugnantes, que lo humillaban. Pero claro, no eran sus voces, si un testigo pudiera relatar la escena de aquella tarde en ese colectivo, él diría que un joven de mirada perdida viajaba en el cuarto asiento doble, y que detrás de él, sí, había dos chicas, pero que si bien no podría decir de que hablaban, porque hablaban en voz baja, podría el testigo asegurar que nunca insultaron, ni nada por el estilo al muchacho. Ese muchacho que era Santiago, ese Santiago que ahora estaba sentado en el cordón, frente a la puerta de la casa, tomando del pico de una botella chica de Coca Cola. Usted tiene que volver a la medicina, le había dicho su psicólogo, y él que pensaba que iba a volver, que lo haría, a pesar de estar loco, a pesar de estar agobiado, a pesar de que no se le paraba, a pesar de todo. En otra época hubiera pensado: un trastornado como yo no puede ejercer la medicina, con la cabeza quemada como la tengo no voy a poder estudiar, no soporto más la vida sería mejor pegarme un tiro. Pero nada de eso importaba. No iba a pensar en eso. No iba a pensar en nada. El mundo seguía girando ahí afuera. Afuera de su casa. Afuera de su familia. Afuera de su mente. Nada tenía sentido. Nada era coherente. Nada. Que él, con el piro que tenía volviera a la medicina, a quién podía importarle, a quién mierda podía importarle. Pegó el último sorbo de la botella y la revoleó con fuerza hacía la boca calle. La botella reventó en miles de pedazos de vidrio. Hubiera sonreído, en otro momento, se hubiera avergonzado, en otro momento, pero no lo hizo, a quién mierda le importaba su vida si no era a él, y todo el mundo se podría haber ido a la reconcha de su madre que él, aún así, entraría a su casa, como lo hizo en ese momento, y pondría en el DVD la película de Patch Adams, y se sentaría frente al televisor, y se le cruzaría por la mente su pene muerto, y aún así seguiría mirando la película del médico payaso, como lo hace en este momento, y disfruta, enormemente, cuando Patch Adams menciona que tiene treinta años y recién empieza a estudiar medicina, porque claro, Santiago tiene treinta años y todavía le falta más de la mitad de la carrera para recibirse. Alguna vez dudó de si recibiría. Eso fue cuando estaba cuerdo, y neurótico, y pelotudo, ahora que parecía que su vida estaba toda apostada a ese único fin, a ese único proyecto, a eso solo, a recibirse, todo, absolutamente todo le chuparía un huevo.
Por eso le chuparía un huevo, meses más tarde, cuando los profesores de clínica dirían que la materia se aprueba solo estudiando el total de la materia, en profundidad, letra por letra, tema por tema, que en los exámenes se preguntaría exhaustivamente, ningún tema librado al azar. Si hubiera sido Hulk, si hubiera tenido la fuerza de Hulk, le hubiera reventado la cara de un puñetazo a esos profesores. Porque no era así. No era así. ¿Por qué mentían de ese modo? Después ibas al examen y te preguntaban dos o tres cosas, siempre los mismos temas, tampoco era para tanto, no era para tanto. ¿Por qué mentían de ese modo? ¿Por qué psicopateaban a los estudiantes de ese modo? Unos meses más tarde Santiago no estudiaría ocho horas por día, ni siquiera cinco, solo dos o tres, y si bien años antes, cuando era más pendejo, más neurotico, más pelotudo, se hubiera sentido culpable por estudiar tan poco, ahora le chupaba todo un huevo porque sabía que eso era suficiente para un tipo inteligente como él. Entonces se dio cuenta que siempre la vida había sido muy fácil para él, y que tal vez por eso, sólo por eso, ¿Por eso?, había insistido en complicársela una y otra vez, una y otra vez, hasta el agobio, hasta la locura.
Retrocedió la película para escuchar otra vez a Patch decir que tenía treinta años y que recien empezaba a estudiar medicina, retrocedió una y otra vez, y cuando le entró bien en el cerebro ese alivio de que todavía podía ser grande como Patch, que también había estado loco, que también había estado en un psiquiátrico, que también había estado atado a una cama pidiendo a gritos, desaforadamente que lo desataran. No. En la película no mostraba a Patch atado a la cama en un psiquiátrico. Pero él sí lo había estado, Santiago lo había estado, y no le importaba nada. Solo volver a la medicina, ser médico, costara lo que costara. Usted tiene que volver a la medicina, las palabras del psicólogo, eso recordó. Y también recordó cuando le dijo que no había estado atado tres días, como él cree, sino solo unas horas. Pero él sabe que fueron tres días, lo sabe, y también sabe que el psicólogo le miente por piedad, por vocación, por solidaridad, por compasión, por deber terapéutico. Y por momentos lo odia al tipo. Pero ya no, basta de odio, basta. Apaga la televisión.
Tiene una pierna cruzada sobre la otra, y puede ver la planta de su pie, se le esta desprendiendo la piel, serán hongos, recuerda, se le viene a la cabeza la imagen de un pintor, un pintor que pintaba con los pies. Si un tipo sin manos puede pintar, si uno puede ser pintor sin manos, con los pies, por qué él no iba a poder ser médico. Por qué no. Por qué. Sintió la necesidad de salir otra vez a la calle, caminar por las veredas oscuras, recordar cuando esa noche en un bar, leyendo el diario, Zidane puso a Francia en la final, y él había pensado que él mismo era Zidane y que tenía que ponerse en la final, final de qué, no lo sabía, en ese momento no lo sabía, pero si conseguía llegar a otro bar, y abrir el diario, ahí estaría la próxima respuesta, la próxima clave. Delirio. Delirante. Delirium. Lithium. Risperidona. Si Santiago hubiera respondido a esa necesidad de salir a la calle a buscar otra Coca Cola hubiera recordado eso. Pero no saldría a la calle. En cambio se prendería un pucho. Se sentaría frente a la computadora otra vez y no abriría una página porno. No. ¿Para qué? Para ver como su pito no se paraba. A pesar del manoseo. A pesar de las sacudidas. No. No pondría una pagina porno. En cambio, doble click, Paris Review, entrevista a Raymond Carver. En inglés. No importaba. Tantas cosas no importaban, le chupaba todo un huevo, ni siquiera sintió orgullo por saber inglés. El cuerpo y las emociones. Escindidos. Según algo que había leído alguna vez sobre hinduismo, el cuerpo no debía ser manejado por las emociones. Las emociones distraían, demoraban, desenfocaban, desentonaban, todo esto último no lo decía el hinduismo. Esto lo pensaba él. Se imaginó cortándose el pelo al ras, pelándose, rapándose, lustrándose la pelada y dejando crecer un lindo bigotito, como Ghandi, don´t let the emotions control you, eso pensaría. Tiraría todos los pensamientos a la mierda, todas las vacilaciones a la mierda, todo a recontra mierda, si la vida era fácil para él, era inteligente, siempre lo había sido, siempre le había ido bien en la vida. Y tuvo que complicársela. Odiar, destruir, golpear, morder, catapultarse a la más remota de las pelotudeces para terminar suicida y delirante, caminando por el parque escuchando voces y viendo a gente del pasado llorar en los bancos a la sombra de los árboles. Lo supieron admirar por ser inteligente. Ahora le chupaba todo un huevo. El mundo podría hundirse como el Titanic que él seguiría tocando el arpa a babor, y que se hunda, que se fuera todo a la mismísima mierda. Él iba a ser médico. Costara lo que costara.
Ahora Santiago vuelve a concentrarse en la entrevista a Raymond Carver. Raymond tenía, tiene para Santiago, porque mientras lee la entrevista puede escuchar la voz de Raymond, aunque nunca la escuchó, Raymond tiene el pelo tupido y una mirada cruda y triste y oscura, de hombre al que le retorcieron el espíritu con una tenaza. Le gusta eso de Raymond. Santiago se ve en esos ojos, y se ve Santiago sentado, en una tarde de tormenta, mientras el cielo se cae a pedazos sobre el mundo, se ve sentado en el asiento de un auto estudiando medicina, en realidad Raymond escribía cuentos porque en su casa su mujer, los chicos, los vecinos, los perros, ladraban o gritaban, hacían ruido. Rompían las pelotas. Como rompe todo el mundo. Con su constante y maldito cuchicheo de mediocridad y chismería. Por eso Santiago se veía, adentro de ese auto, aunque el cielo se destrozara en pedazos, estudiando medicina, a pesar de tener treinta años y todavía estar en la facultad, y ser mantenido por los padres, y haber estado delirando por un mes, y atado a una cama en un psiquiátrico, y haber odiado, y golpeado, y mordido, y reventado todo tanto. Volvería a la medicina, usted tiene que volver a la medicina, las palabras del psicólogo, y nada importaba ya. Como a Raymond. Porque Raymond dice en esa entrevista, Santiago puede escucharlo, dice que hay una parte de su pasado que prefiere olvidar, que siente como que fue vivida por otra persona no por él. Freud, alguien, algún mentalista pedorro diría que eso es negar, que el síntoma aparecería por otro lado. Todo me chupa un huevo. Eso sentía Santiago. Eso quería sentir. Pensar. Creer. Que toda esa mierda había sido vivida por otra persona. Y que pronto todos lo olvidarían. Hasta él. Que la vida no era para tanto. Que a todos al fin y al cabo le chupaba todo un huevo. Que volviéndose loco, el único pelotudo que se había cagado la vida era él. Que sino se la hubiera complicado. Que todo hubiera sido más facil. Que si hubiera podido tomarse la vida. Cagarse un poco más de la risa de la vida. Que no era para tanto. Que no era para tanto atrasarse un año, dos tal vez, que no era para tanto rendir mal un par de materias, que toda esa verdura de excelencia y erudición y exámenes imposibles eras verduras que vendían los profesores para que estudiaran, para que los pendejos estudiaran. Claro. A él no le hacía falta. Porque él ya era lo suficientemente obsesivo como para no necesitar eso psicopateo para ponerse a escribir, que en cambio ese psicopateo en él, en vez de estimularlo lo saturaba, y lo bloqueaba y. Si se hubiera cagado más de la risa. Si se hubiera tomado todo más a la chacota. Chaco. Concha. Si hubiera mandado todo a la concha de la lora. Por lo menos una vez al día. La cara de ojete del mundo. Y ahora, quién le devolvía el tiempo perdido. El tiempo de locura. A quién mierda le importaba que él se había vuelto loco. El mundo seguía girando ahí afuera. Con él, sin él, con él loco, sin él. Si hubiera sido Hulk, si hubiera tenido la fuerza de Hulk, si hubiera destrozado un par de paredes, un par de piñas a quien se lo merecía, si hubiera tirado abajo un par de columnas de la facultad. Pero no lo hizo. Todo chupaba ahora le chupaba un huevo. Volvería a la medicina.
Doble click, cerró la entrevista a Raymond Carver. Corrió los platos de la mesa. Abrió el tomo dos de medicina patológica. El cáncer es causado por anormalidades en el material genético de las células. Estas anormalidades pueden ser provocadas por agentes carcinógenos, como la radiación (ionizante, ultravioleta, etc), de productos químicos (procedentes de la industria, del humo del tabaco y de la contaminación en general, etc) o de agentes infecciosos. Cáncer. Cáncer del marote. De la cabeza. “La locura es el faro de la ignorancia.” En eso pensó. Esa frase le había dicho un amigo. Un gran amigo. El amigo y sus oídos, porque ese amigo sabía escuchar, siempre tenía las palabras justas, La locura es el faro de la ignorancia, y Santiago no había entendido bien la frase pero le gustaba, le gustaba, sonaba bien, inteligente. Y cuando le había confesado a su amigo que no la entendía, su amigo le dijo, pensá en Patch Adams, en su compañero de cuarto en el psiquiátrico, ese que le mostraba cuatro dedos y le preguntaba cuantos dedos veía. Hay que mirar más allá, decía el loco en la película. Mirar más allá, le decía su amigo en la vida real. “La locura es el faro de la ignorancia.” No pensó más nada esa noche. No pensó en medicina, en volver a la medicina, en las columnas de facultad que hubiera destrozado si hubiera sido Hulk. No pensó en la cara de ojete del mundo. No pensó en nada. Sólo esa frase resonaba en su cabeza, La locura es el faro de la ignorancia. Hasta tuvo ganas de rezar, pero no, se acostó junto a su novia, pudo sentir el calor que su cuerpo tibio irradiaba, pudo sentir ese placer, como un abrazo, a pesar de que no cruzó su brazo sobre ella. La locura es el faro de la ignorancia, La locura es el faro de la ignorancia, La locura es el faro de la ignorancia, estaba quedándose dormido, cuando sonó la alarma de su celular. Hora de tomar la pastilla. Abrió la mesa de luz. Con la presión de dos dedos despojó la pastilla del blister y con un movimiento certero se la metió en la boca. Tragó. Apago la luz y cerró los ojos. La locura es el faro y se quedó dormido.















Texto agregado el 21-12-2011, y leído por 216 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
22-10-2012 por qué tanto tiempo sin publicar nada ? ********** pintorezco
06-10-2012 Me adhiero a girouette. MARIAELENA
07-04-2012 La lectura es el faro de la ilustración. (5) ZEPOL
15-03-2012 es ineresante y bien narrado tu relato lo que no fue de mi agrado es la cantidad de malas palabras que empleas yosoyasi2
07-02-2012 Buen relato, amigo Nazareno, pero eso no me sorprende. He leído muchos de tus textos, y tu especialidad es la narrativa descriptiva. Lo haces re bien. En cuanto a tu personaje, bueno, qué decirte. De “Santiagos” está el mundo lleno, y creo que el título de tu obra, recoge al dedillo todo el corolario de tu escrito. Me encantó amigo. Ahhh… No vuelvas a borrar tus escritos que tienen tanta sabiduría de vida. Un abrazo. sofiama
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