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Victoria



Pablo se había ido. Aún resonaban en sus oídos los
jadeos y los besos. María volteaba en la cama tratando de evadir un
vahído que la excitaba en el recuerdo, que llegaba y huía de
forma fugaz a su estómago prolongando su goce. Le apetecía
saborear un café, poner fin con un sorbo a aquella noche victoriosa.
Mientras se desperezaba, comenzaron a tomar forma sensaciones que al
principio atribuyó a los efectos de la orgía, se alegraba de
que por fin Pablo el inaccesible hubiera sucumbido a sus encantos, que las
manos de aquel hombre por todas deseado hubieran transitado hábiles
sólo para su cuerpo y sobre su cuerpo, que aquella cerrazón
de después de ella, la sublime, que le mantuvo en el más
estricto celibato, retirado de la vida mundanal, hubiera llegado a su fin.
Era ella la causante del brillo en sus ojos, de la sonrisa de dicha que
había visto en su cara mientras se vestía para regresar al
trabajo. Con el sol encendido ya traspasando las ventanas, el recuerdo de
la noche le traía a la memoria sensaciones extrañas, gemidos
que no eran suyos, o que siendo suyos penetraban en sus oídos como
provenientes de afuera, tal vez un eco, y aunque recordaba claramente el
dibujo de sus manos sobre su cuerpo, el tacto de su piel se le iba de la memoria
como si no hubiera saboreado su roce, como una caricia fantasmal.
Sacudió la cabeza para desembarazarse del estremecimiento de no
sentir la emoción que hasta hace unos minutos sólo a ella le
pertenecía, sin duda pensó era el aturdimiento después
del placer. Se dirigió al aseo para abrigar con el albornoz el
cuerpo que tantas horas había permanecido desnudo bajo las
sábanas. Pequeñas gotas de sangre eran testigo de su virginidad triunfal. Le sorprendió la agilidad de
sus piernas, nada parecía atestiguar los empujes del miembro de
Pablo arrasando su virginidad. Cuando volteó la puerta el albornoz
no estaba, su descuido la contrarió, pero la mañana era suave
y el sol arropaba, eran minucias que no menguarían su total
felicidad, no podía permitírselo. Se decidió por fin
bajar a la cocina con su desnudez estrenada y seductora, su cuerpo
grácil perfumado cien por cien de mujer. Algo había en el
aire que a pesar de su obstinación por el disfrute total de lo que
ella consideraba su victoria, le turbaba el espíritu. El olor a
mujer la extrañaba, ese olor tan nuevo para ella, no
podía ser otra cosa, pensó, que su propia presencia ajena a su presencia
iniciada. Cuando llegó a la cocina un gemido largo rugió en
su garganta, sus ojos incrédulos reposaban sobre su propio cuerpo
recubierto con un albornoz blanco, maculado por pequeñas gotas de
sangre, mientras ella, la otra, tarareaba feliz preparando un café.

Texto agregado el 22-12-2011, y leído por 306 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
11-04-2012 Una dicotomía magistralmente expuesta y mejor desarrollada. ZEPOL
08-03-2012 He leido tus tres ultimos trabajos. Veo un denominador que los vincula: la soledad. la impotencia del ser ante los estragos de la soledad y también la esperanza. Un espacio pequeño, pero si, hay lugar para la esperanza en tus historias. Bien hilvanadas, bien contadas...como se espera de una escritora. lindero
04-02-2012 buen texto y con final sorprendente... seroma
03-01-2012 Está muy bien llevado, para mí la revelación final se inserta bien en el desarrollo del texto. loretopaz
27-12-2011 Me quedo con la desnudez de ese cuerpo embriagada en el goce de los sentidos. Afortunado el tal Pablo. El final me pareció desconectado de la historia. Una opinión, simplemente. qoele
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