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Inicio / Cuenteros Locales / gui / ¿Y por qué no? (Parte II)

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En un recodo casi inexplorado de la isla, Suai, una hechicera que gustaba de vivir en la soledad de los roqueríos, encontró un guiñapo humano que se debatía entre las azules aguas. A dicho ser, le faltaban ambas piernas, las que parecían haber sido cercenadas de cuajo por una guillotina, carecía de un brazo, tronchado de la misma manera y su rostro había sufrido tal daño que era imposible reconocer su identidad. Lo cierto es que tan desafortunada criatura, milagrosamente, aún respiraba. La mujer, envolvió al hombre con unas mantas que ella utilizaba para dormir, y lo arrastró a su cueva. Allí, encendió una fogata, hirvió un cubo con agua y preparó algunas pócimas, luego de lo cual, vendó al desdichado ser, quien ya no tenía fuerzas ni para exhalar un quejido.

O bien, las artes de la hechicera habían sido lo bastante certeras, o el organismo del hombre aquel era sobrehumano, pero lo cierto es que al segundo día, éste murmuró con una brizna de voz: -Agua, déme agua por favor.
La mujer le acercó un pocillo a sus desfigurados labios y el hombre bebió con avidez.

Días después, el tipo, pudo hilar una fatigosa conversación con Suai. Su memoria se debatía en una nebulosa, pero recordaba algunas situaciones de su vida. Sabía que había sido un importante personaje en la TV, muy querido por los teleespectadores. La mujer, lo escuchaba en silencio, pensando que el hombre aquel, tras un horrible accidente, había perdido la razón. Después de todo, Suai era una bruja solitaria y poco o nada sabía de lo que sucedía en la civilización.

Semanas más tarde, el hombre ya se expresaba con mayor locuacidad. Sus heridas habían sanado milagrosamente y pese a perder la visión de uno de sus ojos y de carecer de casi toda su dentadura, reía con una musicalidad que atraía a la mujer.
-No sé que diablos me ocurrió, mujer, talvez fue un animal salvaje, una monstruosa máquina o la furia desenfrenada de un productor televisivo, pero el que me hizo esto, te juro que tendrá que responder, claro que sí- le decía el hombre, sin soslayar una sonrisa que aún tras esos labios destrozados, no carecía de gracia. Suai, sonreía con cierto agrado. No acostumbrada a la presencia de seres humanos, los pocos que la frecuentaban se juramentaban a guardar el secreto de su escondite. Pero, este hombre comenzaba a cautivarla, y ella trataba de indagar si era su voz, ese acento tan alegre, su locuacidad o su optimismo desmesurado, que hacía abstracción de su tragedia, para elucubrar hipótesis risibles...



(Finaliza)

Texto agregado el 10-01-2012, y leído por 160 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
11-01-2012 orale viejo libidinoso, eh? jodio, eh? escriba sin tanta vuelta eh? ahhh viejillo mañoso, eh? marxtuein
 
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