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Me preparaba para una partida de cartas aquel día, había estudiado lo que yo creí que cubría todas las posibilidades para sacar una buena mano.

Había jugado desde niña y aunque al principio no entendía todas las posibles tiradas, conforme fui creciendo llegué a ser muy buena. Casi siempre le ganaba a todos con los que jugaba. Muchos se sorprendían y me aplaudían, otros hacían corajes entripados, ¿cómo era posible que una mujer les ganara?

Me llegó a gustar tanto este juego de azar que me volví un poco presuntuosa e irreverente con todo aquel que quería jugar una partida conmigo.

En mi afán de ser mejor, me puse a jugar con todos aquellos que alardeaban de ser buenísimos en las cartas. Con hombres interesantes y cultos que tenían por tradición este juego, con novatos que resultaron tener muy buena suerte, con vagos y patanes que tenían miles de jugadas sucias bajo la manga y el sombrero; y con tahures reconocidos de mucha y larga experiencia.

Debo admitir que me enseñaron muchas cosas que no sabía, a veces las mismas, pero desde otra perspectiva.

Haré mi orgullo a un lado para reconocer que un par de ellos me ganaron el juego y por aquellas experiencias, llegué a pensar que era muy mala en los naipes y comencé a quejarme mucho y a pregonar que realmente había tenido muy mala suerte en los juegos de azar y que aquel pasatiempo no era lo mío.

No fue hasta años después que pude darme cuenta que, en realidad, no era mala jugando, sólo me había convencido de lo contrario. Decidí arremangarme, hacer algunas respiraciones rápidas que me dieran valor de nuevo y comencé a jugar ese juego que descubrí desde niña y que tanto me había fascinado.

Descubrí que mi don no se había ido, quizá estaba un poco oxidado, necesitaba práctica, pero en cuanto comencé a ganar de nuevo, me aburrí un poco, este juego era muy fácil. No había cambiado mucho desde que lo abandoné y no me había encontrado con alguien que me retuviera en la mesa de juegos al borde de la silla.

Fue cuando encontré a alguien que me pareció podría tener una jugada interesante, aunque en el fondo pensé que le ganaría tarde o temprano.
Decidimos jugar, comenzamos a barajar los naipes, los repartimos, las primeras manos fueron bastante divertidas.
Lo miraba por encima de mis cartas y el me regresaba la mirada entretenido.
Me ganó un par de manos, le gané otras yo.

Luego, él comenzó a decir que siempre había tenido muy mala suerte en las cartas, cosa que me hizo bajar un poco la guardia, quise enseñarle un par de movidas que a mi me habían funcionado muy bien. Comencé a poner más atención en su juego que en el mío, por lo que me ganó varias manos. Me sentí un poco orgullosa por haber pasado mis conocimientos a alguien que lo necesitaba.

En algún punto del juego, me sentí realmente mal, no conseguía entender por qué mi ayuda no me daba la satisfacción que yo esperaba. Perdí más y más cartas, más y más manos…

Él me decía que no lo habría logrado sin mi ayuda, yo seguía más confundida cada vez, estaba dolida y asustada.

Hasta que oí una voz que me decía, “confía en ti, pon atención en tu juego”.

Me relaje un poco y me concentré en mis naipes, sólo así pude darme cuenta que mi contrincante guardaba algunos trucos y lo que yo creí que eran ases baja la manga…

Pero los tenía guardados bajo el pantalón, la camisa, el zapato, el calcetín y hasta en los calzones también, vayaa… ¡pero si además era muy bueno bluffeando!

De pronto, mi consciencia regresó y dije: “pago por ver”.

Él quedó muy callado y serio, se quejó, protestó, pero eran las reglas del juego, pago por ver.

Con una mirada de desprecio me dijo, “sólo lo haces porque crees que estoy engañándote, pero yo sería incapaz de hacerte eso”. Tenía una mirada de indignación y de dolor. Pensé que a pesar de haber visto ya todos sus trucos, quizá decía la verdad y yo estaba un poco sugestionada y enojada porque me había ganado varias manos ya. Qué injusta había sido. Volvió a ganar otra partida.
En la siguiente mano decidí hacer caso a aquella voz y le dije, “pago todo lo que tengo por ver”.

Finalmente tuvo que aceptar, con un suspiro que revolvía incredulidad con resignación, bajó los naipes y descubrió una a una su suerte.

Me sentí mareada, dolida, asqueda…

Vi aquel par de ases, buen comienzo, pero no era suficiente para ganar la partida. Después vi varios comodines.

Tenía 3 cartas más, con las que obviamente podría ganarme con facilidad.

Una era la manipulación, otra era la carta del dolor y la última, la de la compasión…
En ese momento mi aliento se congeló, me sentí enferma…
me tomó unos minutos para poder regresar a la realidad, a la mesa dónde habíamos decidido retar a la suerte.

No podía creer que me hubiera ganado tantas manos con un juego tan sucio.
Pero esta vez, no sería lo mismo. Podíamos intercambiar algunas cartas.

Yo no cambiaría ninguna, más que mi reina por su rey de corazones, pero él, él no tenía esa carta. La suerte había cambiado ya.

Texto agregado el 13-01-2012, y leído por 263 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
14-03-2012 pff.... grande! chicharo
13-01-2012 Original y bien estructurado relato ! ***** heraldo_negro
13-01-2012 E S P E C U L A R. Espectácular, quería decir. azucenami
13-01-2012 A veces, nos tocan unas cartas muy malas en el amor, felicitaciones! juaniramirez
 
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