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HOSPITAL

Creo haberlo dicho en muchas ocasiones, soy un personaje que rehúye frecuentemente a tres escenarios en este mundo: los hospitales, los cementerios y los hospicios. Pero, aún con todo, fobias y desganos de por medio, más de una vez me ha tocado poner ambos pies en lugares donde el sufrimiento es algo que te cubre, que te contagia, que se transmite. Y sí, cada vez se hace peor, me refiero a la obligación que surge cuando necesariamente hay que estar sin desear estar, ver sin querer mirar, convertirse en doliente y absorber todo tipo de manifestaciones de crueldad: la enfermedad, la desolación y la tristeza mermando a la vida misma. La vida que es tan preciosa, fugaz e incomprensiblemente ilógica, como solía decir mi padre cada que tomaba el diario o íbamos de viaje a la sierra. Como que voy caminando, recordándolo y a la vez, gritando por dentro que lo que aprecio no es real, no lo es, que sería mucho mejor ir yendo al bar de Pedro, a beber un martini, a comerse una aceituna verde, a estrechar la mano de algún conocido, ya que se acercan las seis de la tarde.

Contrariamente a lo que dije, me encantan y prefiero otros tres escenarios de este mundo; a saber: los bares, los hoteles y los museos. Ruego a usted señor lector, no vaya a tildarme de bohemio porque estaría equivocándose contundentemente. A pesar de sonar un poco burocrático en el lenguaje, debo decir en mi defensa que soy un simple periodista y, lamentablemente, siendo una característica de los sujetos que comemos de este oficio, la bohemia no es lo mío. La bohemia es secundaria, repetitiva, circular, innecesariamente envolvente. Una perla basta para conocer el collar, Jiménez, el de policiales de “La Crónica”, ¿es bohemio?, pero por supuesto que lo es, lo es hasta el rojo interior de sus descalcificados y jodidos huesos. La jarana, el alcohol y las amanecidas son su condimento casi diario. Repite, por consiguiente, los mismos lugares, siempre fiel, casero, conocido: la misma cantina, el mismo restaurant, el Roma Café a las 7 pm, el boulevar Barrantes para caminar, el mismo taxista para movilizarse desde hace años, el mismo color de saco (gris y sus variantes, gris rata, gris claro, gris casi plomo, gris sucio, gris a rayas, gris- gris), Paracas para vacacionar, pisco para beber, etc. Además, de recalar en la trova, la criolla o el bolero como música de fondo para cada uno de sus actos. Concluyo en que ser bohemio, acarrea el riesgo de llevar una vida repetitiva y, así, aún más ilógica de lo que me refería papá.

Un bohemio es una persona que no rehúye a hospitales, cementerios u hospicios. Un bohemio es también un doliente. Un doliente del alma, si se quiere. Un pesimista de la vida. Un alegre de momentos muy propios. Un constante anhelante de felicidad, efímera, claro que sí, a su manera, pero felicidad al fin y al cabo. Jiménez visita un hospital, fotografía un cadáver, conversa con los deudos o con la policía, con las enfermeras. Saca un cigarrillo barato. Aborda un taxi o un colectivo. Sigue buscando la noticia roja, criminal cuando más. Pero eso no le afecta en lo absoluto. Por el contrario, piensa en contar los contrastes y el trasfondo de la muerte que le ha tocado reportar, a aquellos amigos del bar, de la peña, del fin de semana que empieza muy pronto, el viernes a las seis de la tarde, caminando bajo los árboles de la alameda, con una botella de cavernet bajo el brazo. No le duele saber de muerte o crimen, por raro que parezca lo nutre, le da motivo para imbuirse en el espiral de casi todas las noches.

Tuve que ir a visitar a Maximiliano el viernes pasado, pero lo postergué. Pude disponer todo, y es más todo estaba dispuesto para que me conduzca hasta allá…y lo postergué. Maldita manera de posponer lo que en realidad se debe hacer. Lo cierto es que hoy debo bajarme del auto, olvidarme un poco de lo mucho que me provocaría irme de aquí y avanzar hasta el pabellón donde estará esperando sus visitas. Ingreso y las caras se tornan conocidas, con un denominador común de gestos y pensamientos que se pueden advertir, imaginar. Maximiliano, mi buen amigo y compañero de aventuras. Cómo poder saber que por dentro el cáncer deterioraba tu cuerpo, sin que se notara, sin que te alejaras de tu inigualable forma de ser. Jovial, risueño, optimisma…emprendedor. Ahora visitarte es como ir a ver a alguien desconocido, o ver lo que queda de ti. Los médicos han hecho un buen trabajo, me había adelantado Jiménez, el otro día. Estaba convencido de que no te derrotaría la enfermedad, aunque su mirada decía una cosa distinta. Pero la mirada de Jiménez es engañosa. Es la mirada perdida en tantas madrugadas. Es la mirada tras el humo del cigarrillo y delante del monitor del computador. Trató de ser amable y esa misma actitud quiero tener ahora que me acerco hasta donde está Maximiliano.

Lo encuentro viendo televisión, está solo esta tarde. Es una habitación pequeña pero confortable, con ventana al estacionamiento trasero del hospital. Me detengo un poco antes de ingresar. Suelta el control remoto y abre los brazos. Sonríe. ¡Hola, hermano! Un abrazo fuerte. Se incorpora a medias. El cabello ha comenzado a caérsele, pero no le incomoda como se ve. Hablamos de fútbol. El tema se extingue en dos minutos. No me reclama que haya pasado más de dos semanas sin volver a verlo. Lo noto tranquilo, con esa tranquilidad de cuando uno aborda un vuelo y sabe que éste será largo y, antes de desesperarse por la duración, se agencia de medios de distracción para hacer menos intenso el desagrado de aguardar. Me muestra unos libros y un cuaderno donde ha escrito unos poemas. Los repaso de refilón. Me comenta que Jiménez pasó por ahí y dejó oliendo a tabaco la habitación sin siquiera haber fumado (tampoco hubiera podido, claro). Reímos. Ayer vino su hijo y jugaron ajedrez; se dejó ganar. El silencio entrecorta nuestra conversación y sirve para organizar lo que queremos contar. Yo le muestro un recorte de periódico, una foto de Mariah Carey en bikini. Guiña el ojo, contento, hasta que los quejidos de una anciana me hacen recordar que estoy en un hospital con enfermos –en su mayoría- con cáncer terminal. Maximiliano, tú debes salir de esta, me digo. Lo pienso, por poco y en voz alta. Cálmate, me dice. Aquí es así. Al final te acostumbras. ¿Quieres ver algo en la tele?

Me reconforta el hecho de que Maximiliano no esté triste. No se sienta solo. Espero que sean las siete y me despido con el mismo afecto con que él me recibió. Hoy la visita al hospital, gracias a su actitud, me ha salvado de retirarme como un miserable cobarde. Antes, sucedía que el irme, casi significaba quedarme. O, más bien, era mi mente que se quedaba con el recuerdo fresco de lo visto, de lo convivido en los sitios que suelo rehuir. Me imagino cómo será el momento en que me toque estar dentro, como paciente, enfermo. Cómo será la primera noche, la segunda madrugada, el tercer día, la cuarta semana. ¿Qué se siente ser visitado cuando estás postrado? Podré tener rezagos de alegría o entusiasmo como Maximiliano. Tal vez. Cobarde, repito, lo pienso. Creo que un bohemio no es un cobarde, para estos menesteres. Lo digo, sobre todo, porque el bohemio es un doliente. Al final, esto podría ser un buen tema, para mi columna en el diario.

Texto agregado el 15-01-2012, y leído por 130 visitantes. (0 votos)


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