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- ¡Chicos!, ¡¡A dormir!!
- Mamá, por favor, ¿un rato mas?
- ¡No!, ni un minuto mas, bajen ya que es hora de dormir.
Mi primo y yo soltamos la escalera de cuerda y bajamos de la casita instalada en el árbol más grande del mundo.


Mis recuerdos se remontan a mi infancia con nostalgia. Han pasado casi cincuenta años desde que disfrutaba mis fines de semana y vacaciones aquí. La casa de mis abuelos en el campo era el mejor premio a los enormes esfuerzos y sacrificios de andar bien en la escuela primaria.
Mi Nonito y Nonita eran los mejores padres sustitutos que alguien pudiera tener, y a veces ¡mucho mejores que los verdaderos!, eran garantía de travesuras dulcemente reprimidas, sinónimo de postres con leche condensada, golosinas, olores de leña en la cocina, paseos a caballo e infinidad de aventuras imposibles de vivir en la ciudad. Solo llegar al campo, bajarme para abrir la tranquera y ver la casa y el árbol me causaba una felicidad tan grande que sentía que el corazón me estallaría. Allí, comer verduras no era una obligación, los horarios totalmente flexibles y los domingos… ¡desayuno en la cama!. Lo único que empañaba la felicidad era la ocasional presencia de mis padres y tíos con sus comentarios habituales a mis abuelos:
- Los están malcriando, no pueden hacer lo que les de la gana.
Pero ellos se las arreglaban para eludir el rigor de nuestros padres, y, con un guiño nos autorizaban en secreto para seguir con nuestras travesuras.
Pero el Árbol merece una mención aparte.
Para mis abuelos era El Algarrobo, y ya estaba cuando construyeron la casa. El Nonito nos contaba por las noches que tenía cientos de años y que era el rey de todos los árboles del mundo. Era el más fuerte y alto. Todos los pájaros de la zona venían volando para hacer nido en sus ramas. En la punta del árbol vivían unos horneros en su casita de barro, y todos los años tenían sus pichones allí.
Con mi primo lo bautizamos en secreto Rey Arturo. Mi Abuelo con mi padre y mi tío construyeron un verano la casita en el árbol. Mi abuela decía que era el nido de sus pichoncitos. Con mi primo la decoramos robando cosas de la casa para nuestro confort y comodidad. En las ramas bajas del árbol teníamos nuestras hamacas. De la casa no necesitábamos nada…. bueno, de vez en cuando bajábamos a saquear la cocina y volvíamos con nuestro botín a la casita en el rey Arturo.
Pero la madurez y responsabilidad llegan tarde o temprano. Se terminó la primaria, el campo dejó de ser atractivo, había otras cosas, fiestas, chicas, amigos, cines… y se acabó la infancia.
Estudié, tuve noviecitas y finalmente me casé y entonces, casi sin aviso previo un día se murieron mis abuelos. Tuve que enfrentarme a la muerte por primera vez. Si todavía existía un niño dentro de mí creo que se fue con ellos.
Pero la vida continúa.
La casa de mis abuelos se vendió, y yo tuve mis hijos que se criaron en la ciudad. Y los años siguieron pasando y a medida que pasa la vida uno descubre que los momentos de felicidad son tesoros tan escasos que raramente son completos y genuinos como los de la infancia.
Mis hijos ya son mayores están casados y me han dado nietos que ya tienen siete, seis y cinco años, y las vueltas de la vida me encuentra parado frente al árbol… pero lamentablemente el árbol ya ha muerto.

Hace unos meses que, con mi esposa, decidimos mudarnos al campo. Nos subimos al auto y salimos conversando animadamente de nuestro último proyecto de vida. Somos abuelos y no nos queda mucho tiempo para ser felices, a los dos nos gusta el campo y la vida de granja. Manejo sin darme cuenta, entusiasmado con la conversación, mi mujer debe suponer que yo se a donde vamos. De pronto me detengo frente a una tranquera. Digo para mis adentros emocionado:
- Parece que un niño estuvo guiando el auto.
Mi mujer me mira extrañada.
Desciendo del auto y toco la vieja campana de bronce. Un anciano sale a recibirnos. Le cuento lo que estamos buscando, por esas razones inexplicables de la vida nos comenta que está demasiado viejo para seguir viviendo en una casa tan grande y que está interesado en vender.
Rápidamente nos ponemos de acuerdo. No necesité ver que compraba, mientras el dinero me alcanzara la hubiera comprado a cualquier precio.
Al mes el anciano se mudó a la ciudad y comenzamos con la refacción de la vieja casona. Plomeros, electricistas, albañiles y jardineros se han dado cita. El jardinero me pregunta
- ¿Que hacemos con el viejo algarrobo seco, lo tiramos abajo?
- ¡No!, déjelo como está.
- Mire que el árbol lleva muerto muchos años, lo conozco porque era el jardinero del anciano que vivía aquí.
- ¿Y porque no lo tiró el? - le pregunte curioso
- Solo me dijo que el árbol era un viejo igual que el, y por mas que estuviera muerto le había tomado cariño.
Me paro frente a el y los recuerdos me vienen en aluviones, conozco cada una de sus ramas, el viejo árbol todavía conserva las marcas de las sogas de las hamacas, mas arriba todavía veo las muescas que dejo la vieja casita de mi niñez. Al tope todavía subsiste un nido de hornero abandonado.
Hace una semana que nos mudamos, y he pedido licencia en mi trabajo para hacer una tarea especial.
Con mis herramientas de carpintería, unas maderas, sogas y una larga escalera, pretendo volver a hacer la casita en el árbol. Se lo debo a mis abuelos, mis padres, mis nietos y a mí.
-¡Ha quedado perfecta! - dice mi mujer sonriendo irónicamente.
-Solo falta que los nietos la aprueben esta primavera.
Y la primavera llegó.
Los niños estaban encantados, gritaban y chillaban de alegría. Trepaban y bajaban del árbol con esa facilidad que solo tienen los niños. Corrían a su alrededor abrazando el tronco rugoso, se columpiaban a las carcajadas. Sonrío de felicidad, todo vuelve otra vez.
A principios del verano, un día recibo una llamada de mi esposa al trabajo:
- No vas a poder creer lo que tengo que contarte, me dice emocionada.
- ¿Que? – pregunto - ¿Los conejos tuvieron cría?, ¿Empezó a salir la lechuga en la huerta?
- No - Me dice mi mujer claramente conmovida. - ¡El algarrobo esta todo brotado!
- Se me llenan los ojos de lágrimas, pido permiso en el trabajo y manejo el auto perdido en mis recuerdos. Cuando llego veo que sus viejas ramas están cubiertas de tiernas hojas que empiezan a crecer. Levanto mi vista al cielo y observo a una pareja de horneros refaccionando la vieja casita de barro.

- Abue, ¡¡Contanos de el Árbol!!.
Miro a mis nietos, los hijos de mis hijos, los abrazo lagrimeando y empiezo:
- Se llama Arturo y es el rey de todos los árboles del mundo…

Texto agregado el 16-01-2012, y leído por 260 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
24-07-2012 Entrañable, sublime, lleno de magia! Viajé en el tiemo a través de la pluma de Gustavo hacia Caruhe, a la casa de mis abuelos, de pronto aparecieron imágenes y olores de un tiempo en que fui tan feliz como Gustavo! Te felicito! Me quedo con este cuento toda la tarde, quiero recordar! hugodemerlo
25-03-2012 Me encantó y me recuerda que yo también tuve mi árbol más grande del mundo. filiberto
16-01-2012 Has escrito una historia maravillosa, nostálgica y bella, muchas gracias **** senoraosa
16-01-2012 Hermoso; me trajo muchos momentos alegres de mi vida en provincia.Gracias. pantera1
16-01-2012 Gracias por los recuerdos, vos. Sino es que me interrumpen me pongo a llorar.***** esclavo_moderno
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