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Creo que nacieron juntos. Los dos son viejos, altos, esbeltos, serios y nobles.
El tío Diego es la persona que mas quería, casi tanto como a mis padres (y a veces más). Ya era viejo cuando lo conocí. Un hombretón alto y canoso, fuerte y elegante, podía ser el hombre mas serio que existía sobre el planeta y un segundo después desternillarse de risa con mis travesuras.
Tenía aventuras increíbles, que me contaba en su falda sentado, en el sillón donde transcurría buena parte de sus tardes. Nada me gustaba más que interrumpir sus lecturas con un:
- Tío, ¿cuéntame un cuento?... ¿si?.
El tío marcaba cuidadosamente su libro, lo apoyaba sobre la mesita ratona, al lado de sus cigarros cubanos, estiraba sus brazos y me ayudaba a treparme sobre sus rodillas.
- Bueno Adolfito, ¿te conté sobre esa vez que nos atrapó un temporal en el estrecho de Magallanes?...
Las horas pasaban solamente interrumpidas por el reloj de pie, un viejo reloj dentro de un mueble tallado de roble, que con sonoros “gongs” marcaba el paso de horas. El reloj de mi tío Diego.
Con cinco años, mi fantasía volaba con las ballenas en la proximidad de las Malvinas, con petreles y los lobos marinos en la isla de los Estados y con malvados cazadores furtivos, escondidos en caletas ocultas en el estrecho de Magallanes, con faros y olas gigantes, con tormentas y huracanes, con delfines, con costas abandonadas y con valerosos rescates de tripulaciones. Todas las tardes, había una nueva aventura, y, todas las noches las historias terminaban misteriosamente sincronizadas con el llamado de mamá a cenar.
El tío me ayudaba a bajar de sus rodillas, y yo me dirigía a lavarme las manos no sin antes asistir a la ceremonia. Había que darle cuerda al viejo reloj.
El tío se paraba al frente, abría la puerta de vidrio y cotejaba la hora con su reloj de bolsillo que extraía parsimoniosamente tirando de la cadena de oro de su chaleco. Normalmente asentía satisfecho, pero a veces fruncía el ceño. Cuando esto sucedía, empujaba cariñosamente la aguja del minutero hasta que quedaba conforme.
Yo aprovechaba la ocasión para espiar el intrincado mecanismo de rueditas, engranajes, ejes, resortes y levas de bronce que brillaban y se movían misteriosamente a distintas velocidades con una armonía fascinante. Un “tic, tac” monótono y reconfortante se escuchaba rivalizando con el movimiento de su gigantesco péndulo.
Entonces el sacaba mágicamente de su bolsillo una llave de bronce enorme con dos aletas, la insertaba en un orificio del reloj y contaba lentamente “uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis”. Seis vueltas en el sentido antihorario que yo siempre ayudaba a contar mentalmente. Después de la ceremonia me sonreía y me decía:
- Bueno Adolfito, el “ya comió” y ahora nos toca a nosotros.

¡Ay!, cuantas noches en vela soñando con los lejanos mares del sur y escuchando el pasar de las horas con el reconfortante “gong, gong...gong” del reloj de mi tío. Aprendí sin saberlo que eso era paz espiritual. Que mientras sonara el gong del reloj todo estaría bien.

Los años pasan felices y ya tengo doce años, a la vuelta del colegio de alguna manera la rutina se repite. Claro, ya no me siento arriba de sus rodillas, a veces le pregunto dudas sobre mis materias escolares, a veces jugamos ajedrez y otras simplemente nos sentamos los dos a leer. Cada gong del reloj me obliga a mirarlo. El lee serio y concentrado… “todo está bien” me digo.
Cada tanto lo sorprendo con un:
- Tío, ¿cuéntame un cuento?... ¿si?.
Hace por lo menos un par de años que hemos agotado el repertorio, es un secreto que yo escondo aunque sospecho que el ya lo sabe. El, marca el libro como siempre, me sonríe y me dice:
- Bueno Adolfito, te conté sobre esa vez que nos atrapó un temporal en el estrecho de Magallanes?...
- No tío – miento, y me apresto a soñar.

La rutina del reloj se mantiene intacta. Todo sigue igual hasta ese día en que el tío cayó enfermo.
Recostado en su cama pasamos las tardes juntos, leemos, charlamos, hasta jugamos ajedrez, y por supuesto cada tanto, el me cuenta un cuento hasta que llega mamá con la bandeja de comida. Entonces el saca su reloj de bolsillo de la mesita de luz y la llave de bronce. Me mira y me dice:
- Adolfito, ¿sabes que hacer?...
Bajo las escaleras y me paro frente al reloj. Ejecuto la ceremonia con la misma solemnidad de mi tío, cuento lentamente “uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis”.

Tengo quince años, esta noche el tío me sorprende cuando voy a devolverle el reloj de bolsillo y la llave diciéndome:
- Me parece que va a ser más práctico que los tengas tú.
Lo beso como todas las noches, la tristeza me embarga, hoy lo veo más viejito que nunca. Esta vez me dice.
- Adolfito, te quiero como a un hijo, el hijo que nunca tuve, siempre te voy a querer. ¿sabes?
- Si tío – le contesto preocupado.

No puedo dormirme, estoy atormentado, las horas pasan y el cansancio finalmente me vence. De pronto me despierto sobresaltado.
- ¡El reloj no ha sonado!
Me levanto disparado sintiendo que algo grave ha ocurrido, corro a la habitación de mi tío. Por un momento respiro aliviado, esta durmiendo. Me acerco a darle un beso, y quedo paralizado. Mis labios detectan el frío en sus mejillas, la realidad me pega como un mazazo. Grito de terror. Mis padres se me unen en la habitación del tío.
“Yo se que hacer”, me digo. Bajo las escaleras llorando, tiemblo al abrir la puerta de cristal, el reconfortante “tic,tac” no se escucha, miro aterrado hacia abajo, el péndulo yace inmóvil. Un frío me recorre el espinazo, ambos “relojes” están detenidos. Tiritando intento insertar la llave en el reloj, finalmente lo logro, las lagrimas me impiden ver bien. Empiezo la cuenta “uno, dos…”, aterrorizado me doy cuenta de que la cuerda no ofrece resistencia, la llave gira sin sentido… Si, mi tío ha muerto.

El relojero me explica que el mecanismo esta totalmente destruido, desgastado imposible de reparar.
- Es inexplicable – dice – parece como si todas las piezas se hubieran roto al mismo tiempo.
Miro al reloj desarmado sobre la mesa del taller, la última vez que lo vi estaba impecable brillante y funcionando, las agujas todavía marcan las 3:30 hs. Con lágrimas en los ojos le pido que lo vuelva a armar.

Tengo cuarenta años. El reloj de mi tío hoy está en mi casa, en un rincón, quieto, inmóvil, solemne. En mi mesa de luz guardo su reloj de bolsillo y la llave.
De vez en cuando, por las noches, creo oír entre sueños al viejo y querido gong y siempre me despierto llorando y susurrando en voz baja.
- Tío, ¿cuéntame un cuento?... ¿si?.

Texto agregado el 23-01-2012, y leído por 251 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
21-10-2012 Que maravilloso cuento. Es el próximo, no dejes de escucharme ¿Si? Aplausos avefenixazul
07-02-2012 Hermoso regalo, hermoso cuento. Abrazos.***** esclavo_moderno
28-01-2012 Hermoso.Felicitaciones. pantera1
24-01-2012 Al comienzo busqué al otro personaje, ese que tal vez había nacido al mismo tiempo que Diego, luego empecé a olvidarlo, y solamente al final vine a encontrarlo. Bello y conmovedor relato. loretopaz
23-01-2012 Entrañable y hermoso cuento, lo del reloj un puntazo.**** senoraosa
23-01-2012 Hermoso y conmovedor cuento, un placer =D mis cariños dulce-quimera
 
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