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Debe haber sido allá por el año ochenta u ochenta y uno, Pavel ya no se acuerda muy bien. Por aquel entonces Felipe acababa de recibirse y estaba dando clases de filosofía en una preparatoria privada, pero le pagaban una miseria. Luz por su parte trabajaba medio tiempo como secretaria en un consultorio dental y además se dedicaba a cuidar de Pavel. Felipe y Luz eran los papás de Pavel, pero preferían que él les hablara por sus nombres de pila. Llamarles mamá y papá hubiera sido un anacronismo pequeñoburgués inaceptable.
En el minúsculo departamento en el que vivían no había tele para no fomentar la penetración del imperialismo yanqui, pero en cambio los estantes estaban llenos de libros de la editorial Mir Moscú, en los que Pavel aprendía a deletrear sus primeras palabras. Claro que había muchas cosas que todavía no entendía, pero igual se aprendía de memoria algunas frases que resonaban con un dejo sobrenatural en sus oídos infantiles como “capitalismo monopolista de estado” o “dictadura del proletariado”. Por otra parte, cuando en verdad tenía ganas de ver caricaturas, siempre podía pedir permiso de ir a jugar a casa de algún vecinito.
Cuando estaba en casa, Luz se amarraba un paliacate en la cabeza y se ponía a hacer su quehacer. A Pavel le gustaba arrimarse una sillita a la cocina cuando Luz lavaba los platos para que le contara historias como la de la toma de la Bastilla, el asalto al cuartel Moncada o la huelga de Río Blanco. Las historias de Luz le recordaban un poco a la guerra de las galaxias – que Pavel acababa de ver en casa de uno de sus vecinos – y lo llenaban de emoción. Luz decía que algún día iba a haber otra revolución y que Pavel debía estar preparado para ella, pero que ese era un secreto del que no tenía que hablar nunca, por que si no les iban a pasar cosas malas a él y a sus papás. Pavel entonces se sentía muy orgulloso y al mismo tiempo con muchas ganas de llorar.
Felipe llegaba a la casa hasta muy tarde y casi siempre encontraba a su hijo durmiendo. A veces a Pavel lo despertaba una pesadilla en mitad de la noche y entonces aquel hombrezote barbudo y malencarado lo cargaba con la ternura de un oso. Sus camisas gastadas olían a una mezcla entre tabaco y sudor que había terminado por ser algo así como el indicador más confiable de su presencia. Luego, para que el niño se durmiera otra vez, Felipe le leía unos versos muy bonitos que estaban en un libro negro y que decían cosas como “nana niño, nana, del caballo blanco que no quiso el agua” o “mi verso es un surtidor que da un agua de coral” y cosas así, hasta que se le volvían a cerrar los ojitos.
Y luego estaban los otros niños que vivían en el edificio y con los que Pavel jugaba por las tardes. Podía notar que eran distintos a él, pero no estaba muy seguro por qué, aparte de que la mayoría de ellos sí tenía tele. Un día, a uno de los vecinitos se le ocurrió preguntarle si creía en dios. Pavel no tuvo que pensarlo ni dos segundos, la sola idea de que hubiera un señor más barbudo que su papá viviendo en el cielo se le hacía tan ridícula que era obvio que su amiguito bromeaba. Por eso se sorprendió cuando luego todos los niños de la cuadra, que hasta antes de eso se llevaban tan bien con él, comenzaron a corretearlo a pedradas y durante varias semanas no pudo bajar a jugar a la guerra de las galaxias.
Durante el periodo que tuvo que quedarse encerrado en su casa por el repudio de sus compañeritos, Pavel tuvo tiempo de observar a sus papás. A veces, cuando Felipe no se iba todo el día a trabajar, invitaba a señores con cara de tristeza y bigotes manchados de amarillo a la casa y Luz preparaba café cargado. Se podían estar horas discutiendo en voz baja sobre el partido y los compas y si Pavel trataba de quedarse a escuchar, Felipe le decía que fuera con su mamá a pedirle diez centavos de tenmeacá y tenía que irse. Después Luz le explicaba que todos los señores que iban eran gente muy buena y trabajadora que estaba tratando de arreglar el mundo, pero que no podía contarle a nadie que habían estado ahí por que había gente mala que quería que se murieran. Un día, en una de esas reuniones, apareció la compañera Silvia como salida de la nada.
La compañera Silvia era muy delgada y hablaba con acento raro. A Pavel le daba un poco de desconfianza su forma golpeada de pedir el azúcar para el café, pero Felipe y Luz estaban demasiado interesados en seguirle la plática como para darse cuenta. De repente, en mitad de la conversación bajaba la voz y se le nublaba la mirada, luego soltaba un par de palabrotas al aire, encendía un cigarro y seguía hablando de lugares en los que Pavel no había estado jamás, pero que por su nombre debían ser muy cálidos y llenos de plantas. Lo malo es que, fueran como fueran los lugares que mencionaba la compañera Silvia, no podía regresar allá, por lo que había tenido que quedarse una temporada en casa de Pavel y sus papás.
Como el departamento era muy chiquito, la compañera Silvia había tenido que acomodarse en un catre de campaña en mitad de la sala. Pavel, que dormía en el único cuarto con sus papás, se preguntaba si no le daría miedo estar sola en lo oscuro. A veces, cuando Felipe y Luz creían que Pavel estaba dormido se ponían a discutir. Felipe hablaba siempre del deber y Luz terminaba llorando quedito para no despertar al niño. Pavel se quedaba con los ojos cerrados para que creyeran que seguía durmiendo y trataba de pensar en batallas fantásticas y sables de luz.
Finalmente un día, mientras Luz estaba en el trabajo, Felipe se decidió a hablar con su hijo. Le dijo que tenía que irse a la selva con la compañera Silvia a luchar, pero que no podían acompañarlo. También le dijo que ahora él era el hombre de la casa y que tendría que portarse como todo un pionerito, como un soldado pues, y cuidar a su mamá. Luego, le dio un beso y un abrazo que le lastimó las costillas, tomó sus cosas y se fue. Pavel se quedó pensando que nunca se había fijado que la compañera Silvia era más bonita que Luz.

Texto agregado el 25-01-2012, y leído por 94 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
10-11-2012 Me ha encantado su forma de narrar. Lo felicito por este y cuento. elpinero
 
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