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Para no morir


- No se necesita la piedra filosofal. Tener cuentos por leer, es la única manera de no morir. El porvenir esta hecho de cosas sin hacer, de un vacío, de una pregunta. Esta constituido por el vicio humano del deseo.
No pensaba en las grandes cosas cuando reflexionaba sobre esto. Era solo eso. Un cuento por leer. No llego a esta conclusión por azar, ni luego de una larga cavilación siguiendo vertiginosos hilos mentales. A la mitad de la pacifica lectura de un cuento, un mensaje de texto le hizo abandonar todo y recorrer las doce cuadras que separaban su casa del extremo norte de Plaza Moreno. Cruzando la calle, un conductor despistado doblo en contramano en el exacto momento en que se disponía a bajar el cordón de la vereda. De no ser por su costumbre, adquirida a fuerza de olvidarse lo anteojos, de mirar demasiadas veces antes de cruzar la calle, hubiese terminado invariablemente el hospital. Repuesta de la apenas sorpresa - apenas, dado que ni siquiera había sido un susto, vio girar el auto antes de bajar a la vereda y luego cruzo la calle sin mas preámbulos - se le presento esa certeza con el peso de una sentencia. No podía ser de otra manera. Ella no podía morir, dado que había un cuento sin terminar en casa. El libro que había quedado abierto en el sillón o en la mesa de café, era una especie de ángel de la guarda con mando a distancia, que determinaba que nada podía pasarle. A pesar de no tener la menor lógica, era una verdad absoluta. Mientras tuviera un cuento a medio leer, no podría morir.
Era de esperarse. Desarrollo el habito de dejar un cuento a medio terminar antes de dormir. Se convirtió, paulatinamente, en su propia Sherezade. Cada noche elegía un relato al azar y, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, puesto que era una lectora ávida, cerraba el libro dos o tres hojas antes del punto final. Un plieguecito en el extremo superior de la pagina era la seña convenida para irse a dormir tranquilamente. No le molestaba en absoluto. Hay quienes rezan, quienes deben comprobar que la puerta este con cerrojo y quienes comprueban que la llave de paso del gas este correctamente cerrada. Todos hacemos cosas para no morir antes de irnos a dormir. Quien mas, quien menos - pensaba - todos tenemos la oscura convicción de haber encontrado el secreto para vivir un día mas. Mas o menos conscientemente, todos echamos mano de un artilugio (por lo demás, perfectamente inútil) para sentirnos ligeramente dueños de nuestro destino. Así, llego a la conclusión, de que el tarot, el horóscopo y las religiones mitigaban la incertidumbre del devenir de la vida. Mientras que el rezo, las obsesivas comprobaciones de seguridad o sus cuentos a medio leer, constituían un control sobre la muerte. Se rió ante la posibilidad de resbalar en la bañera o que le caiga una maceta desde un balcón o alguna otra forma de morir igualmente estúpida. Y el libro esperando en la mesa de luz- se dijo - nunca seria leído. Se rió con indulgencia de su propio habito y se dispuso a dormir. Al fin y al cabo, no era ni mejor ni peor que otros sistemas de supervivencia.
Era inevitable pensar en su eficacia. Ninguna, claro esta. Era parte del realismo mágico - y todo esto le hacia pesar enormemente los párpados - en el que vivimos. Como si una parte del ser humano adulto nunca superara la etapa de las creencias míticas de la niñez. Esa instancia egocéntrica en que el niño cree que la luna lo sigue mientras camina para que no se quede a oscuras. Hay algo de maravilloso y trágico en esa inocencia no perdida del todo. Gente grande (y monotributista) creyendo poder hacer algo contra el enormísimo misterio de la muerte. Pero no - pensó - era una ilusión sostenida a fuerza de voluntad, porque en el fondo todos estamos convencido de que es inútil. No es para detener la muerte, es para detener el miedo. Todos esos esfuerzos, por inútiles que fueran ante el impacto de un colectivo o un jodido cáncer de páncreas, eran sumamente efectivos contra el terror paralizante de poder perder la vida - por lo demás sobrevaluada - y su tranquila normalidad. Y funciona, que carajo. Y con esto, se durmió tranquila.
No se asomo ninguno de estos pensamientos a la mañana siguiente. Es sabido: esa clase de reflexiones no son propicias para las tostadas y el café con leche. Sin embargo, una noticia en el matutino le proporciono un acceso de risa incontenible: "Mas de ciento cincuenta heridos por el semi derrumbe de un teatro en calle Corrientes. Representaban "Las mil y una noches". Milagrosamente, no se lamentaron muertes".


MarMaga (alias: Marianela Daraio)

Texto agregado el 22-02-2012, y leído por 195 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
29-02-2012 Cábalas, artilugios y trucos que uno utiliza paa aferrarse a un tren con destino fijo... Pero Marmaga... lo pintas tan bien, con pinceladas de dramatismo y humor, que me quedo con el cuento inconcluso. nanchogalarreta
27-02-2012 Que los cuentos son anclas que nos sujetan a los vivos es cosa más que demostrada: ahí están los muertos que reviven cada vez que alguien les lee. Y si son autores como Cortázar o Borges, leídos y releídos con constancia, viven y reviven varias veces -quién sabe si cientos- cada día. Me gustó el texto por lo que tiene de ágil, de urgente y de provocador en el buen sentido, en el de que hacen surgir ideas. Genial ese final con Sherezade salvándoles como se salvó ella, con los cuentos. moebiux
22-02-2012 El recuerdo de aquel moribundo que me susurró una noche aciaga y mortal su desesperación por el arrebato de la muerte, cuando "tantas cosas aún quedan sin hacer..." Una reflexión convertida en cuento con mucho oficio. Otro botón de muestra de un estilo fluído y coloquial que no pierde compostura. Chapeu, amiga Marianela. Salú. leobrizuela
22-02-2012 todos tenemos cábalas... y sino las inventamos.. seroma
 
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