TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / elclubdelapaginaazul / Círculo de lectura: "La noche de los feos" de M.Benedetti

[C:494917]

La noche de los feos. Mario Benedetti.

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo
hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la
operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura
feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de
justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse
a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los
míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o
ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio.
Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más
apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente
por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla
a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos
examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue
donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas
soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran
auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a
saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo
ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin
curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la
garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no
se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi
inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin
barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no
podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir
su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su
lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del
rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido
siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para
mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos,
de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no
puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me
pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera
tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la
mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y
luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la
impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos
un rato en un café o una confitería. De pronto
aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó
una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras
espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están
particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese
inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente
simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada
intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar
murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado
tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas
constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos
que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a
uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el
mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también
me gustó para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su
lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla
cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para
justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto
ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que
amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de
la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un
rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a
pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa,
irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad,
¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como
quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra.
En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea,
donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió
súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró
preguntándome, averiguando sobre mí, tratando
desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la
doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración
afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora
estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano,
hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión
estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos
también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla)
de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado
fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No
éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano
ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de
horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En
realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente
serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó
a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo
liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y
descorrí la cortina doble.



Texto agregado el 02-03-2012, y leído por 359 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
12-03-2012 Un gran acierto la idea de La pa´gina azul de parte de la propulsora.Felicitaciones por incentivarnos a la lectura y al análisis de textos. Será de enorme ayuda para los que transitamos el camino del aprender a escribir. Mi afectos de siempre. filiberto
04-03-2012 Me gusta como escribe B,Gracias por compartirlo.Tiene su fondo. blaum
03-03-2012 bonito natis17
03-03-2012 Magnífico cuento.con el característico estilo del gran Benedetti. Me alegro de haber encontrado este espacio. pithusa
03-03-2012 La cortina doble con la que tapamos nuestras vidas, el reconocimiento y por fín la aceptación de nuestras vidas. Qué se puede decir de Benedetti... granada
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]