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EL PESCADOR 942 palabras

El pescador se adentró esa noche en su chalana hasta el centro del río buscando descubrir el banco de peces para llevarlo al mercado del pueblo y poder subsistir con su familia.
Pero cada vez que lanzaba su atarraya, ésta se enredaba en el fondo y tenía que bajar a desatarla.
Cansado de esta dura tarea, se enfureció y dijo en voz alta:
—Hijos de Dios ¡…! ¿Por qué…? Les daré (…) para que digan a sus… lo siguiente: “…” y no les permito que… prometiéndoles…
Dicho esto, lanzó nuevamente su atarraya y esperó un determinado tiempo, al cabo del cual, la red empezó a moverse en círculos. El pescador haló y haló de la cuerda pausadamente hasta que empezó a caer dentro de la canoa un chorro de peces jamás visto por él ni por persona alguna. Estos eran; no sólo abundantes, sino de un tamaño descomunal.
Lleno de emoción por ver la chalupa desbordándose porque no cabían dentro, muchos se fueron por falta de espacio. Tomó el canalete y gobernó su embarcación hacia la orilla; Ya ahí, corrió a dar aviso a todos los moradores de la aldea. Éstos al ver el pequeño tancal que rebozaba de peces, se ambicionaron de tal manera, que saltaron a sus cachuchas dirigiéndose al sitio señalado. Después de tres días, regresaron sin un solo pez.
Le increparon al parroquiano tildándole de mentiroso, engañador y falaz, etc., amenazándolo con flagelarlo y hasta matarlo a palos si en otra ocasión les hacía perder el tiempo.
A los ocho días, nuestro boga, nuevamente salió rumbo al sitio ya conocido; pronunció la antes oración que ya era conocida; tiró su atarraya, esperó el tiempo determinado, llenando nuevamente su batel y salió rumbo a la aldea. Al llegar, sus vecinos lo tomaron de sorpresa; le dieron una zurra y le quitaron la mercancía dejándolo adolorado de tal manera que tuvo que tomar la cama para obtener un pequeño descanso. Lo dejaron sin fuerzas ni siquiera podía moverse. Su esposa e hijos, tuvieron que trasladarlo a la habitación.
Cuando los ladrones vendieron el producto del atropello, se dirigieron nuevamente hasta donde el martirizado pescador preguntándole dónde había conseguido tan buena pesca.
Este, temeroso de recibir otra zurribanda, les dijo que los había encontrado flotando y sólo tuvo que recogerlos.
Los envidiosos tomaron la senda del río en busca de pescados flotantes, regresando cuatro días después con sus cimbas vacías.
Nuevamente buscaron al aterrado parroquiano y le dijeron:
— ¡Si no nos revelas el secreto para pescar, mataremos a toda tu familia y luego vendremos por ti!
El aterrorizado ciudadano les dijo:
—Mi secreto, es la siguiente oración:
“Hijos de Dios ¡…! ¿Por qué…? Les daré (…) para que digan a sus … lo siguiente “…” y no les permito que … prometiéndoles …
Nuevamente éstos le propinaron otra solfa, ahora porque no le creían. Pero uno de ellos propuso:
—Nombremos una comisión para que le acompañe y así estaremos seguros de lo que nos dice.
Aceptada la propuesta, nombraron tres fiscales que irían de pesca con el acongojado hombre.
Al día siguiente salieron los cuatro sobre el río, al llegar al mencionado sitio, el hombre que aún estaba adolorido, invocó la anterior oración y esperó lo acostumbrado, y como siempre, al sacar la red, el producto no cabía dentro de la embarcación, y muchos pescados de gran tamaño, estaban desesperados por embarcarse, pero como no había cupo, tuvieron que regresar al agua.
Llenaron las cuatro dornas, regresando a la aldea; aquí, despojaron nuevamente a su guía de su cargamento, dejándolo sin recursos para alimentar a su familia. De allí, se dirigieron al pueblo, donde vendieron todo a buen precio, ya que esta alimentación escaseaba.
Al día siguiente, todos los habitantes de la aldea, habilitaron sus embarcaciones disponibles, no quedando sino la familia del anterior, que se componía de: la esposa, cuatro hijos, dos varones y dos hembras, y en toda la aldea, sólo quedaron unos cuantos pequeños, menores de cinco años, porque los mayores de seis en adelante, fueron para prestar ayuda en lo que pudieran.
Pensaban que traerían un gran cargamento, y que serían ricos desde entonces. Como en la aldea no podían vender la mercancía, la llevarían a las aldeas vecins que estaban necesitadas y sería bien pagada.
Llegaron al sitio conocido por los inspectores, el jefe de la tribu, se encargó de la oración y dijo:
—Hijos de Dios ¡…! ¿Por qué…? Les daré (…) para que digan a sus … lo siguiente “…” y no les permito que … prometiéndoles …
Esperó el tiempo estipulado, pasado este, sintió que la red se movía con rapidez y pesadamente.
Haló, haló y halo; pero esta estaba tan pesada que no podían los cinco que la estaban recobrando, pidió ayuda y todos se agolparon para rescatar las cuerdas con su preciada carga. Como eran tantos, la artesa se hundió con la carga humana. Seguidamente el banco de peces, encerró a los accidentados sin dejarlos salir a la superficie, estos se ahogaron.
Sólo quedó una niña de diez años que no alcanzó a llegar para unir sus pequeñas fuerzas a las de los demás.
Aterrada por lo sucedido, tomó una de las canoas y se regresó a la aldea llevando la triste noticia al deplorado y triste pescador,
Éste se dirigió al pueblo de donde vinieron las autoridades, constatando la verdad de lo dicho.

Parábola:

La envidia es la madre de los malos pensamientos y hechos

Reinaldo Barrientos G.

Rebaguz


Texto agregado el 19-03-2012, y leído por 98 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
19-03-2012 Una parábola muy certera, me encantó tu cuento.Saludos teresatenorio50
19-03-2012 ay, ay. ay....que mala y cruel ese mal sentir. Muy buena historia!gracias por traerla a nosotros!Saludos! caspion
19-03-2012 Real Reinaldo, la envidia se gana dentro del corazón y lo destroza.Excelente cuento , que te agradezco mucho****** shosha
 
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