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Vinicius, revisaba y volvía a revisar su cartola de pagos. Algo muy extraño, prodigioso y preocupante a la vez, estaba ocurriendo. Ese mes, debía cancelar la letra correspondiente a un costoso producto que había adquirido, pero, curiosamente, el monto ya había sido cancelado ese mismo día. Pensó: ¿Habrá pagado mi hija? ¿Mi hermano? ¿Quién y por qué?

Consultados ambos, negaron absolutamente haber invertido un solo peso para pagar sus deudas, lo que sumió a Vinicius en el más completo desconcierto.
–Si no fueron ellos, ¿quién lo hizo? ¿Algún amigo? ¿Alguien que no conozco? ¡Que situación más absurda!

Preocupado, pero sintiendo en el fondo un profundo alivio, ya que el dinero que adeudaba no era poco, creyó que todo podía deberse a un error en el sistema y que pronto sería notificado de aquello. Por lo que, guardó su plata y se planteó desentenderse del asunto.

Esa mañana, se aprestaba a comprar el periódico cuando sonó el timbre de su puerta. Era un funcionario de La Prensa, el diario que él leía, quien le extendió el ejemplar del día, notificándole que estaba suscrito por un año.
-¿Queeeeé? Yo no he solicitado nada.
-No se preocupe señor. Alguien lo ha hecho por usted. Usted no tiene que pagar nada.

Y así sucedió con todo, las cuentas de luz, agua, gas y mercadería para el mes. A fines de esa semana, Vinicius tenía sus bolsillos repletos de un dinero que todavía no podía gastar y su mente enloquecida tratando de dilucidar esta incógnita.

Un año después, nuestro hombre vivía en la más absoluta comodidad, sin deudas y con todo lo que deseara a su alcance. Acaso por probar y sólo por probar, se le ocurrió una idea descabellada. Esa misma tarde, fue a la distribuidora de autos más connotada y pidió presupuesto por un vehículo de lujo. Con los documentos bajo el brazo, regresó a su domicilio y se dispuso a soñar. Esa noche, durmió como un lirón y sólo despertó cuando sintió el timbre de su puerta. Al abrir, un elegante señor le extendió unas llaves.
-Son las de su formidable Marcius- le dijo el hombre y le mostró el modelo que aguardaba reluciente enfrente de su casa. Los documentos estaban a su nombre, con patente cancelada y listo para ser utilizado. La alegría más extrema iluminó el rostro de Vinicius.

Esa sería la escalada de una serie de peticiones, cada una de ellas más estrafalaria. Vinicius se sintió el Rey Midas, poseedor de inimaginables tesoros, a los cuales podía acceder con sólo desearlo.


(Continúa)











Texto agregado el 23-03-2012, y leído por 142 visitantes. (0 votos)


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