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EL PRIMERO EN NOTARIO fue el viejo Benedicto. Un ligero quejido traspasó la noche, como un filoso cuchillo, cortando nuestra respiración. Era un quejido que nacía de súbito, agudo y penetrante, para luego establecer una pausa de angustia que nos mantenía tensos.
El quejido se propagaba junto con un ligero viento, lastimando nuestros sentidos, golpeándonos el rostro como una gota de agua sobre la piedra.
Pero lo que determinaba nuestra tensión era la pausa entre cada quejido. Nos deprimía pensar que en cualquier momento estallaría desde algún rincón, para mezclarse con el silbido del viento.
—Me enerva —dijo el Jefe de Ventas—, es como si estuviera a mi lado.
—Es un gato —dijo un gordito recién transferido del Callao.
Le miramos asombrados. Hizo el intento de reír levantando los hombros.
—¿De dónde vendrá? —dijo el viejo Benedicto.
—Se le siente cerca —dije.
—Tal vez de uno de esos quioscos que venden comida —dijo el Jefe de Ventas.
Entonces se escuchó un nuevo quejido. Levantamos la vista y observamos que cuatro gatos corrían por la puerta de entrada de la sección mariscos.
—¿Ya ven? —exclamó el gordito haciendo un gesto con sus manos— ¡Son gatos en celo!
—¡Vámonos! —dijo el Jefe de Ventas—, hay que seguir trabajando. Acaban de llegar cinco camiones del Norte.
—¿Particulares? —pregunté.
—¡De los nuestros, jefe!
—Entonces, ni hablar, a trabajar —dije, soplando mis manos.
—Necesito a la cuadrilla que está en el colector —dijo el Jefe de Cámara—, de lo contrario no terminaremos de descargar.
—¿No crees que tienes suficientes hombres para la tarea? Deja a esa cuadrilla donde está.
—Pero Ingeniero—, debemos terminar antes de las siete y dejar el informe cuadrado. Usted sabe...
—Está bien... pero quiero toda la mercadería en la sección tres.
—¡A la orden, Ingeniero! Entonces, ¿llamo a la gente que está en el colector?
—¡Sí hombre, pero no me estés consultando todo!
Me retiré hacia la oficina. Antes ordené que verificaran el stock de las otras cámaras y me tuvieran listo un informe preliminar. Quería evitar contratiempos de última hora. No me acostumbro a este horario y menos el trabajar en un lugar como “La Parada”. Recordé Iquitos y mi ilusión de partir hacia el Brasil en algún carguero que quisiera un Asistente de Operaciones. Pero, Lima, aún con todo lo mal que hablaban de ella, también me atraía. Así que acepté intercambiar una vacante y probar adaptarme... “La Parada” fue mi destino y tal vez el único lugar que pudiera acoger a un provinciano transferido hacia el Pesquero.
Faltaban menos de tres horas para entregar el turno. Los compradores minoristas habían empezado a ingresar. Me saqué los guantes camino al cafetín y soplé mis manos. Pedí una taza de café bien cargado y unas tostadas. Me senté cerca a la puerta por donde salía el humo de la cocina. Me gusta su olor. No soporto el hedor que despide el colector cuando lo están limpiando.
—¿Ha escuchado Ud.? —preguntó la empleada que atendía el cafetín, poniendo su cara cerca a la mía.
—¿Te refieres a los quejidos? —soplé la taza, dejando que el humo flotara por su nariz—. Bueno, a ratos, cuando le pongo atención. ¡Son maullidos de gatos en celo!
—¿Por qué no ordena que remuevan esos puestos que están al frente? Sólo sirven de fumadero y de refugio de borrachos. Me mortifica. No me deja trabajar.
—Por la mañana tendrían un Asistente “ejecutado”.
—¿Pero es que usted no se ha dado cuenta? —dijo, con cierta brusquedad. ¡No dejan trabajar! Y mi gente piensa tonterías.
—¿Pero, por qué tiene que molestarle un simple maullido de gatos en celo? —pregunté. Mordí la tostada pero no le encontré gusto. Quería que se largara para saborear mi café.
—¿Es que usted no lo siente así? —volvió a insistir la empleada—. Es mala suerte oír tanto gato en celo. Pare las orejas. Deben estar en ese basural que está por el mercado “Tres de Febrero”.
—Con mayor razón: ese mercado tiene un colector de basura que sirve de refugio a tantos animales y vagabundos. ¿No es acaso una tragedia verlos durmiendo ahí, confundidos entre la pestilencia?
—¡Usted no tiene corazón!
—No se la agarre conmigo y salga a espantarlos. Total...
—Eso es lo que haré. Usted será el culpable si soy mordida por una rata.
Mientras iba terminando mi café, volví a escuchar el maullido estridente. Entonces, pensé en la mala suerte pregonada por la empleada del cafetín. Traté de afinar el oído pero no escuché nada más. Se sintió un vacío de angustia, un vacío deprimente. Moví la cabeza y apuré el café.
—¿No quiere acompañarme? —preguntó la empleada. Se había puesto un gorro con el fin de protegerse del frío. Le cubría la espalda un chal blanco. Se sonó la nariz con una servilleta, dejándola caer en el piso, para luego aplastarla con el pie.
—Tengo que terminar un informe. Apúrese antes que amanezca.
Me levanté y avancé hacia la oficina. El bullicio de la gente que ingresaba iba opacando los quejidos lastimeros. Media hora más y serían las seis de la mañana. En cualquier momento el Jefe de Operaciones estaría exigiendo el informe aproximado de la oferta del día. Me apuré. Vi al Jefe de Cámara y le llamé.
—Rebaza, ¿terminaron de limpiar el colector?
—Con dos personas que me dejaron dudo que termine antes de las ocho. Pero no se preocupe, Ingeniero. La imagen de la empresa no se vendrá abajo.
Se sonrió.
—Recuerda que hay un periodista que está fregando.
—¿Volvió a la carga?
—¡Sí! Se hace pasar por un comerciante y fisgonea a su regalado gusto. Ahora está tratando sobre la mafia que, según él, opera en el Pesquero.
—¡Es preocupante! ¿Oh no, jefe?
—¡Claro que es preocupante!
—Con razón el Jefe de Seguridad está con la cabeza gacha.
—En eso tiene razón el periodista. ¿Cómo pudo ingresar si no poseía un documento del Pesquero?
—Bueno, el Jefe de Seguridad sabrá como...
—Ese periodista, ¿no será comunista?
—¡Bah! No vengas con tonterías.
—La primera vez que vi la foto de Secretario del Sindicato en el diario, sonriente y mostrando sus credenciales, le tuve lástima. El pobre posó, ante al fotógrafo, ingenuo, como un benefactor. Al final le pusieron la leyenda: “Cabeza de la mafia de revendedores”
—¡Ja, ja, ja ... ! —Se acercó, riéndose, el Jefe de Ventas— ¡Esa fue buena!
—¡Cuidadito, muchacho —le advertí—, que puede aparecer por ahí reventando Jefe de Ventas.
—Estoy limpio Ingeniero.
Volvimos a reírnos.
—Oye, antes que me olvide, hazme el favor de enviar a alguien para que acompañe a la empleada del cafetín por los alrededores. Es por esto de los gatos en celo. Cree que le traerá mala suerte. No vaya a ser que esté en lo cierto.
—Pero ya está amaneciendo.
—De todas maneras.
—Está bien —dijo—. Pero es una tontería
Subí a la oficina. Antes de llegar, por los parlantes anunciaron mi nombre: llamada telefónica. Pensé que sería el Jefe de Operaciones reclamando su informe diario. Busqué entre mis bolsillos los apuntes aproximados de mis cálculos y corrí a contestar la llamada. Por la ventana, a lo lejos, llegando a la sección Mariscos alcanzo a distinguir un barullo desacostumbrado: alguien yacía en el piso mientras el viejo Benedicto, agitando sus manos, gritaba: yo lo sabía... yo lo sabía. Sentí que la mañana se enfriaba un poco más.
Mientras buscaba entre mis apuntes calculé que el Jefe de Operaciones debía estar renegando, esperando escuchar mi voz para soltar sus absurdos comentarios en torno a mi tardanza en alcanzarle el informe.
—Cuelga el teléfono —ordenó el Jefe de Ventas. Le di una mirada como dándole a entender que no estaba para bromas—. Tenía razón la empleada del cafetín: era mala suerte esto de los maullidos. ¿Quieres verlo?
Sentí ganas de vomitar. Vomité. Después me puse a gritar golpeando la pared con mis puños, tratando de librarme de una culpa que no entendía. Lo habíamos escuchado desde que empezamos el turno y yo, terco como una mula, perdido en mis labores... ¡Dios mío! Seguí vomitando y golpeando la pared, por espacio de no sé cuánto tiempo.
El gentío empezó a elevar sus oraciones, mientras algunos se persignaban. Uno de ellos alcanzó a prender una vela
—Pero no puede ser. ¿Te das cuenta?
—¡Sí! —dijo, agarrándome de la camisa.
—¡Malditos! —grité.
—Olvídate ya, hombre. Ven, salgamos de acá, esto apesta, en cualquier momento llegará la policía. Te invito a tomar algo caliente.
—No tengo ganas de tomar nada.
—Tú no conoces la vida de esta gente, menos a los de “La Parada”. Este es el mejor turno para que conozcas un poco del país... Deja de pensar hombre —dijo removiéndome la cabeza.
Dimos dos pasos y dije que aceptaba un café bien cargado, completamente cargado, pero lejos del Pesquero.
—¿Sabes que debe tener como dos meses de nacido?
—¡Ya cállate!, ¿quieres?
Me di un poco de aire tratando de despejar esa sensación de angustia e impotencia que tenía en mí. Marcamos la tarjeta de salida y enrumbamos en busca del primer cafetín lejos del Mercado. No tenía ganas de hablar, así que no contesté el saludo que los muchachos del siguiente turno me dirigían. Por la puerta principal distinguimos que el Jefe de Operaciones se apresuraba en llegar. Recordé su informe. ¡Al diablo! No hicimos caso de él. Seguimos de frente, tratando de evitar el barullo que seguía en torno al colector de desperdicios...

Texto agregado el 06-04-2012, y leído por 148 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
07-04-2012 El final abierto es lo mejor del relato, que además está muy bien trabado. sombrabl
06-04-2012 Espectacular-10 filiberto
 
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