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DEDICATORIA

Esta es una versión corregida de la historia que publiqué hace siete años. He pretendido darle a la historia y a los personajes mayor realismo. Para ello no sólo he tenido que adentrarme de nuevo en aquellas vidas que dejé a sus arbitrio en el año 2005, si no que la credibilidad y la claridad de la narración, me ha exigido cambiar el nombre de los personajes.
El cuento lo dedico a los compañeros de la Página que me han acompañado en mi crecimiento personal y como escritora, a los copaginarios que me han leído y aportado sus críticas, a mis compañeros del círculo de lectura que me aportan y me seguirán aportando conocimientos y herramientas para escribir, pero sobre todo y especialmente lo dedico a nínive, mi amiga y mi maestra, referente de humildad y humanidad.



LA SOMBRA DE UN NOMBRE


“Ella había nacido un día después que lo hiciera Guzmán de Luna”.
Violeta escuchó hasta la saciedad la misma letanía de labios de su madre que la esgrimía ante cualquier motivo y ante cualquier circunstancia. Incluso cuando la arrullaba en su niñez canturreaba sin venir a cuento la historia del nacimiento de Guzmán de Luna. Tal era la obstinación que para Violeta resultaron más familiares los ecos de esa frase que los besos. Su madre era esquiva, de manos frías y mirada huidiza. Nombraba el nacimiento de Guzmán a la ligera como si temiera perder una batalla ante el olvido, hasta que sus palabras se filtraron como un viento frío por las rendijas de su naciente vida. Entre extraños arrullos y abecedarios, siempre se sintió fuera de sitio. Su cumpleaños se celebraba por duplicado, primero su madre soplaba las velas de Guzmán y al día siguiente Violeta soplaba las suyas con la cera ya derretida y chamuscada que su madre previamente ya había apagado, primero con su aliento y después con sus lágrimas. Más que un cumpleaños parecía una fiesta de fantasmas, abrían regalos imaginarios y su madre reía y aplaudía entre tanto. Violeta no pasaba un cumpleaños sin que la penetrara ese ya tan singular escalofrío, sin embargo fueron esos los escasos momentos en que pudo contemplar cierto mohín de alegría, en aquella emoción triste y silenciosa por la que transcurrieron uno a uno todos los días de la vida de su madre. Don Amado también participaba de aquella lúgubre pantomima. Era el médico del pueblo que se pasaba por la casa con cierta regularidad. Charlaban durante un buen rato. Después de las visitas su madre parecía tranquilizada, aunque sus ojos enrojecidos delataban el recorrido de sus lágrimas. Su cara ajada por falta de luz y de alegría, escondía aún rasgos hermosos, ojos negros y almendrados, boca carnosa y roja, que de no haber estado mordida por la constante pena, hubiera presentado esa voluptuosidad capaz de enloquecer a cualquier hombre. Violeta la miraba esperando respuestas, una siquiera, una palabra que le diera esperanzas para ayudarla a luchar contra sus lágrimas. Pero su madre no la veía, la miraba, pero era como si mirara a través de su rostro a otro rostro, como si ella fuera sólo sombra. Aprendió a vivir en la carencia con aquella madre que si bien siempre la cuidó fue parca en sus afectos y arisca en sus palabras.


Violeta fue creciendo, la locura de su madre también; su tristeza recomía su alma como el fango de las arenas movedizas hasta que se sumió en una grave melancolía de la que ya no pudo salir. Don Amado la visitaba por la casa con la misma periodicidad, pero ya no conseguía ni arrancarle las lágrimas. El médico llegaba renqueante apoyándose sobre un bastón de enebro, el paso de los años le habían dejado mella, aunque para Violeta siempre fue viejo. Su cara era adusta, sus ojos pequeños, su mirada vaga coronada por un ceño surcado de arrugas, sus pómulos enjutos como su figura larga y encorvada. Ya anciano, se sentaba en la butaca de la alcoba y la tomaba la muñeca de la mujer hasta que transcurría el tiempo que pasaba con ella, como quien vela un muerto. La conversación era parca, muda. Nada hacían sino contemplarse. Sus miradas se perdían en un mundo irreal que pareciera construido (o destruido) por ellos y que solo ellos acertaban a comprender. Tras las visitas, Violeta se quedaba como siempre con un sinfín de preguntas sin respuesta, sin la posibilidad de una espita para aliviar su pena. Nada sabía. No entendía aquellas visitas que el doctor hacía religiosamente y que a todas luces no podían costearse. Tampoco parecía que con ellas hubiera logrado el más mínimo retroceso en la enfermedad de la madre. Don Amado, esquivando las preguntas de Violeta, se dirigía hacia ella en tono afable, con una piedad casi culpable. Le llenaba la mesita de potingues y píldoras y le adiestraba en su administración. No tuvo en su vida ni una sola palabra para explicarle de dónde provenían los demonios que la devoraban, ni si contaba con alguna cura, ni si sus visitas tan puntuales los primeros de cada mes tuvieran algo que ver con aquel sobre que le entregaba a su paciente, y que su madre encerraba en el cajón de la cómoda con el llavín de plata que colgaba de su cuello, en cuanto el galeno se marchaba de la casa.



2

A pesar de las penurias que le deparaban la vida junto a su madre, Violeta tuvo al menos la suerte de conocerla. A su padre sin embargo, nunca lo conoció, fue para ella el gran ausente que nunca regresó de la guerra del treinta y seis. Violeta lo evocaba como a Mambrú, el soldado de la canción que con tanto fervor enseñaba la maestra cantado con su voz chillona de vieja almidonada. Su padre, Edmundo Ramírez, fue llamado a filas cuando su madre estaba saludable y feliz en estado de buena esperanza, y apresado durante su primera escaramuza en la fraticida guerra de España. Violeta supo de Edmundo por Soledad, la mujer del boticario a la que sirvió la madre de Violeta poco después de haberse casado con su padre. Ahora, con su madre enloquecida, era Violeta quien se encargaba de las faenas de la botica. Soledad pasó a ser a fuerza de la cotidianidad y del roce, la madre que no tuvo.
Cuando acabó la guerra, la mayoría de las mujeres habían quedado viudas. El pueblo respiraba pobreza y las madres con sus huérfanos emigraron a otros pueblos y a la capital, algunas para reunirse con la familia que aún les quedaba después del fratricidio, otras a buscar fortuna, es decir el pan, con el trabajo de sus manos y a veces de sus cuerpos. Las inclusas de la ciudad se llenaron de pequeños enclenques y sarnosos, unos abandonados por la muerte y otros por la miseria. La mayoría de sus hombres cayeron en la batalla, no así el marido de Soledad que fue fusilado poco antes de que los republicanos entregaran las armas. “Besó el barro junto a otros sesenta compañeros”, leyó desconsolada en la misiva justo antes de pasarla sobre la llama del candil. Las muertes de los otros fueron confirmadas a sus viudas por el cabo de la Guardia Civil, poco después de que el General anunciase el Día de la Victoria. Entregó en el cuartelillo a cada una de las viudas la notificación de la muerte de aquellos jóvenes, que no sólo significaba el dolor por la pérdida del amor y del sustento de sus vidas, sino que llevaba la arbitraria marca por la que serían perseguidas ellas mismas y sus hijos, caínes de una estirpe sobre la que un dios caprichoso había ejercido su justicia. Las mujeres desescombraron el cementerio y esperaron a sus muertos. Pero nadie llegó. Semana tras semana, la madre de Violeta conducida por el brazo seguro de Soledad, acudía al cuartelillo esperando noticias de su esposo. Pero Edmundo Ramírez no estaba entre los muertos ni entre los vivos, y engrosó como tantos otros la lista de desaparecidos. “La loca”, que así conocían por entonces en el pueblo a la madre de Violeta, se presentaba ante la mesa del alguacil con una mueca que quería parecer una sonrisa de poder, y en más de una ocasión hizo perder la calma al guardia de turno, se daba la vuelta descarada y chasqueando la lengua alardeaba día tras otro: “Debería saber que mi hija nació un día después que Guzmán de Luna”. Otra vez la consabida letanía esgrimida como un talismán, como si la sola repetición pudiera devolver a su marido sano y salvo, protegido por un encante, pero nadie hilaba en la rueca de la pobre loca y sus palabras caían en saco roto, todo lo más que conseguía era desatar la burla de los paisanos, hasta que finalmente después de meses de penosa peregrinación, el cabo le entregó el papel con la leyenda de “Cumplida muerte a los traidores” junto al nombre de Edmundo Ramírez.
Después de aquello se sumió aún más en su acostumbrada melancolía.



3

La infancia transcurrió para Violeta cotidiana entre la locura de su hogar y las obligaciones de un pueblo sometido a la miseria y a la parafernalia del poder. Los domingos iba a Misa con la cabeza cubierta por una mantilla blanca junto a un grupo de niñas que poco a poco, conforme el recorrido se acortaba hacia el montículo de la iglesia, cubrían la calle enfangada de la dula como un encaje de bolillos ruidoso y frugal. Los días de diario, a las cinco de la tarde, a la misma hora de las corridas de toros y el subastado en el café, las niñas y las mujeres acudían tras el escueto toque de campanas a murmurar avemarías y letanías en la Capilla del Rosario. El Ángelus la pillaba a caballo entre la escuela y la botica. Le gustaba el Ángelus porque podía rezarse (o no rezarse) en soledad, allí donde las campanadas del toque más alegre, te sorprendieran. Entre ausencia de madre y Soledad, Violeta fue creciendo hasta hacerse mujer. La rutina a fuerza de rutina le había hecho olvidar los agravios de su madre. Un día en el lavadero, mientras aclaraba las prendas de la botica de Soledad, escuchó Violeta a las comadres que chismorreaban a destajo, el relato de “la loca”, aquel vodevil que semana tras semana representó su madre en el cuartelillo del pueblo en los primeros meses de la equívoca paz. Escuchó de nuevo la historia que ya antes le contara Soledad, las idas y venidas hasta que por consejo de Don Amado dieron al desparecido por muerto. Pero esta vez las chismosas añadieron el nombre y el hecho. “Ella había nacido un día después que Guzmán de Luna”. La letanía de su infancia, el dolor de ser sombra de nuevo, volvió a ponerle sobre ascuas. Hacía años que su madre ya no decía nada y pudo así suavizar las aristas de su destino. Pero ahora volvía a escucharla entre las risotadas de las chismosas. Violeta rompió a llorar. A ella no le cabía duda de que ese nombre y lo que significara existió, intuía que era él el culpable de la locura y de las privaciones que recibió de su madre. Soledad, que la amaba como a una hija, no supo aclararle nada sobre Guzmán de Luna en el camino de regreso al pueblo y permaneció en silencio impotente ante sus lágrimas. Juraron no hablar más de ese nombre que tanto dañaba el corazón de Violeta. Pero Guzmán había reaparecido en su recuerdo para permanecer. Ya cerca de casa Violeta escuchó el relinchar y los resuellos acostumbrados del caballo de Don Amado los primeros de cada mes. Su corazón comenzó a latir sin control. El jamelgo de Don Amado estaba anillado en la puerta, sin que correspondiera la cita consabida. Comprendió que eso sólo podía significar una cosa, había dejado a su madre en cama antes de partir al lavadero porque desde la mañana estaba palidecida y la cabeza le estallaba, su madre había empeorado. Llegó sin aliento hasta la habitación, y allí, sumida en la fiebre, envuelta en compresas que diestramente el médico colocaba en su frente y en sus piernas, su madre deliraba. Deliraba, y sus palabras tanto tiempo cautivas, surgían torpes y empastadas por la saliva seca, pero llegaban claras y duras a los oídos de Violeta. “Guzmán, Guzmán…”. La muchacha, que comprendió la gravedad tras una mirada subrepticia del doctor, la cogió de la mano y se agachó a su lado.
—Guzmán, hijo mío…
Casi sin fuerzas desabrochó la cadena de su cuello y dejó entre sus manos el llavín de plata con el que había guardado celosamente su alma.
Violeta acompañó al doctor que más que despedirse huyó cuando vio a su madre exhalar el último suspiro.




4



Los asistentes al funeral abandonaron el cementerio. La tierra recién removida olía a moho viejo. Violeta alisó con los pies los pequeños montículos de arena, y entregó al enterrador la cruz de madera que había tenido aferrada a su pecho durante el sepelio. El enterrador abandonó la pala y cogió un mazo. Con cuatro golpes secos, colocó la cruz sobre la tierra. Rezaban letras negras sobre el esmalte blanco: “Nicolasa Expósito Expósito, Descanse en Paz”. 1914-1959. Lloró ante el sencillo epitafio. Escuchó el silencio del atardecer, el silencio de Soledad, el silencio del pueblo. Escuchó su silencio. Su madre ya no la miraría más, ahora ya no era ni la sombra. Definitivamente huérfana para todos, sin más perspectiva que seguir atrapada al afecto de Soledad. Le asustaba el vacío. Sentía que ahora todo le pesaba, las paredes de cal descascarada de su casa, las manchas de humedades de los techos, las goteras que filtraban hace demasiado tiempo. Todo que le quedaba era descuidado y viejo, la casa destartalada, la cocina oxidada, los pucheros desportillados, la porcelana agrietada, los cubiertos de estaño deformados por el uso, todos ellos eran trofeos repletos de una pobreza digna y austera pero difícil de soportar en soledad. Sujetó con fuerza la pequeña llave de plata que ahora colgaba de su cuello. Una urgencia inexplicada la asaltó y terminó a carrera el resto del camino. Su pecho latía con fuerza. Subió las escaleras a pares y se precipitó sin aliento en la alcoba de su madre. El hueco descarnado del jergón la hizo vacilar. Su mano temblaba cuando encajó el llavín en la cerradura de la cómoda. Casi sin atreverse a mirar, extrajo el cajón de sus hendiduras y lo dejó en el suelo. Centenares de sobres sin remitente se mezclaban con extraños objetos que para Violeta carecían de significado. El polvo de la carcoma recubría decenas de cartas amarilleadas, sobres abiertos por los que asomaban Valores del Tesoro se abrigaban bajo telas de araña; otros sobres contenían billetes. No creía lo que veían sus ojos. Mientras sus manos ajadas de lavandera removían el contenido del cajón, se le acreció la rabia, maldijo la locura de su madre que había convertido su vida en un infierno, que la había privado de su amor, y que siendo rica no la había privado también de la miseria. Fotos sin nombre se mezclaban entre los papeles y el dinero. Arrancaba los enseres del cajón como si con ellos sorbiera la vida que le había sido negada, cacheaba los sobres con los dedos, algunos objetos los olía, otros los apretaba contra su pecho como si aquellos gestos ahora, tal vez ahora, con el hálito de su madre aún reverberante en la habitación, pudieran romper a hablar, redimirla de tanta amargura que rodeó su existencia. Tomó aliento en repetidas ocasiones hasta que sus hipidos se fueron diluyendo en un atisbo de esperanza, tal vez encontrara una hebra que pudiera hilvanar la madeja de su historia, hasta entonces enterrada tan honda y solitaria, como yacía su madre en la fosa del cementerio. Algunos chorretones de viejas lágrimas recorrían los sobres manoseados, surcos gruesos junto a tinta emborronada como una acuarela que acertara a perfilar un alma sometida a un sufrimiento intolerable. Apartó tres sobres en cuyo remite se leía “Nicoleta Expósito”, el papel era de distinta calidad del resto de los sobres que contenían el dinero. Tenían un timbrado en la parte superior que pertenecía al Ejército. Extrajo las cuartillas escritas de puño y letra, casi ilegibles desleídas de tantos años de oscuridad. Las firmaba Edmundo Ramírez, su padre. La última de ellas fechada en Agosto de 1939. Un amor casi desconocido para ella se filtraba entre las palabras, los deseos de abrazarlas, esperanzas de poder regresar pronto a su casa. Vivía de milagro, le explicaba en otro de los párrafos, porque ya habían fusilado al resto de milicianos que fueron apresados con él. Ya era la tercera vez que escapaba misteriosamente de un pelotón de fusilamiento. “Dios o la fortuna están conmigo”, escribía después de un escalofriante relato, “Todo indica que volveremos a vernos”. Violeta no puede contener el llanto ante las palabras de su desconocido padre, siente con gran intensidad la ternura que su misterioso Mambrú les profesaba y desea impetuosamente que aún esté vivo. Hay también en el improvisado baúl de los recuerdos, fotografías ligadas por una cinta roja de raso. En ellas, siempre un niño. Un bebé en brazos de un aya, un niño algo más crecidito que posa siempre junto al aya a distintas edades y en distintos edificios todos ellos de gran fastuosidad. Por fin conoce a Guzmán, constata la existencia del fantasma que robó la lucidez de su madre y que a ella le infligió una inmerecida tortura. Poco a poco toma cuerpo la propia sombra que fue su infancia. No puede evitar odiarle. Todas las fotografías tienen fecha, la última de 1946. Fue el año en el que celebraron su último cumpleaños. Esta vez Violeta sopló sus últimas nueve velas derretidas pues ya nunca más celebraron el cumpleaños de Guzmán.

Entre el revoltijo del cajón, aún quedan centenares de sobres, hay sobres de peor calidad de los que contenían los Valores del Tesoro, todavía cerrados. El contenido la sorprende, son papeles en blanco del tamaño de los valores. Reconoce los sobres que el doctor llevaba a casa en los últimos tiempos los primeros de mes. Vuelve a dilatarse la rabia. Esta vez presiente un engaño que ella se propone desvelar. Irá a casa de Don Amado tan pronto despunte el alba. Ahora que ella es dueña de parte de la historia, el médico ya no podrá callar, ahora ya no podrá excusarse en preservar el bienestar de su madre.

Cuando llegó a la casa del médico con todo el contenido del cajón en una vetusta maleta, el hombre hacía ya un buen rato que esperaba su visita.


5


El salón estaba en penumbra; chisporroteaban los leños en el fuego bajo. Ráfagas naranjas y amarillas iluminaban el espacioso salón. Había una botella sobre la mesa y varios cercos pegajosos que hablaban también de su soledad. El doctor le hizo un gesto con la mano para que tomara asiento y ambos lo hicieron en sendas butacas, una enfrente de la otra al lado del fuego. Violeta que había sido educada en el respeto a la autoridad se sintió desvalida y empezó a arrepentirse de su atrevimiento. Venía con dudas que aunque a la luz de su razón sólo él podía aclararle, no eran más que conjeturas de una muchacha atormentada por su pasado y sorprendida por una pequeña herencia, que dejaba al descubierto hechos de su vida que ella misma desconocía. Pero más que a su improbable cólera, temía que el médico se atrincherara en el silencio al que ya la tenía acostumbrada. Un sinfín de dudas le asaltaban. Sin embargo, las palabras de don Amado al abrir la puerta, la sumieron en la más absoluta perplejidad: “Pasa, Violeta, hace horas que te esperaba”. Contrariamente a la arrogancia que pocos minutos antes le atribuyera en su pensamiento, su voz temblaba y su aliento desprendía también cierto tufo de alcohol. Animado por el calor del fuego y el brandy de su copa, la tomó de la mano con calidez y le murmuró su pésame. Una calidez que le llegaba tarde, como todo en su vida. La actitud del doctor le hizo comprender que no eran necesarias ninguna de sus preguntas; que los secretos y las culpas que el médico escondía no demorarían más en la intranquilidad de su alma. La muchacha dispuesta a beberse todas sus palabras, se recostó en el sillón, entornó los ojos para protegerse del cansancio de las últimas horas y se dispuso a escuchar.




“Nicoleta fue la primera joven que conocí a mi llegada al pueblo. Tu madre tendría por aquel entonces dieciocho años. Era huérfana. Creció en la inclusa de la ciudad hasta que los señores de Luna la contrataron para servir en el palacete de verano que la familia tenía a las afueras del pueblo. Eran los marqueses de Aramar, y por ese nombre eran conocidos por los habitantes de la villa, los apellidos de los marqueses no eran revelados para su mayor seguridad…

…Yo era recién escudillado, sólo diez años mayor que tu madre y fortuitamente acabé siendo el médico de la familia. Una indisposición del señor hizo que me vinieran a buscar a altas horas de la madrugada. Ella fue quién me franqueó la puerta y quien me condujo a la habitación del enfermo. Me prendó su belleza, la dulzura de su voz, el modo con el que cogió mi abrigo y me invitó a seguirla. En aquel instante supe que algo le había sucedido a mi vida. No podía dejar de mirarla, y cuando lo hacía me precipitaba en un vértigo difícil de controlar, supe que me había enamorado de esa forma tan inverosímil que relataban las novelas. Nicoleta se convirtió en una obsesión. Nunca me cupo la duda de que la amaba hasta la desesperación, sin embargo no fui noble con ella…
… me pudieron los celos y la ambición. Por ello he sido y soy un hombre atormentado”


Violeta abre los ojos y le mira con asombro. De todo lo que esperaba oír esa mañana, éste era el relato más extraño que esperaba escuchar. No imaginaba a su madre, ausente y perturbada, capaz de despertar ninguna pasión. Sin embargo en unas horas había descubierto que era amada febrilmente por dos hombres. Comprendió entonces que no sabía nada de la mujer que había sido pertrechada a su infancia. Esperaba que el doctor descubriera sus secretos, pero los derroteros de las palabras del médico, que parecían más bien una confesión, la conducían al descubrimiento de una mujer, que antes que una madre desapegada y lunática, había tenido una vida a todas luces normal y había sido digna de de respeto y de ser amada. Trató de increpar a Don Amado inquiriéndole con una de las muchas preguntas que iban y venían en el desconcierto de su interior, pero la actitud contrita y derrotada del médico, la disuadió de ello.

“Iba a menudo por la casa ante cualquier excusa, aunque no me faltaban motivos reales para acudir. La marquesa era una mujer débil y enferma. Esos momentos en que como médico visitaba a mi paciente fueron los momentos que como hombre me depararon mayor felicidad.
Tu padre no tardó mucho tiempo en aparecer en nuestras vidas e interponerse a mis planes. Llegó buscando trabajo. Era joven, fuerte e inteligente. Venía desde Madrid escapando de una situación personal que supo guardar a su recaudo, y aunque hubo ocasiones en que demostró con creces ser un hombre instruido, se quedó en la casa para hacerse cargo de las cuadras, de las cuadras, y como yo supe desde el primer momento, de Nicoleta. El romance entre Edmundo y tu madre surgió como algo previsible. Ella era hermosa, él dispuesto y ambicioso. Mis tímidos intentos para seducirla no surtieron efecto, y tuve que ver ante mis propios ojos, como tu padre compraba una vieja casa y le pedía matrimonio. Se casaron poco antes de que comenzara la guerra. Su reclutamiento coincidió con el embarazo de Nicoleta. Cuando tu madre ya había cumplido el quinto mes, recibió la noticia de que Edmundo estaba preso a manos de los nacionales. La pena pudo con ella, empezó a desmejorar hasta caer enferma. Poco le había durado la libertad y la alegría. Para colmo el parto le venía de nalgas. Yo sabía que en esas circunstancias y en las condiciones sanitarias del pueblo no podrían sobrevivir. Temía por sus vidas. El hospital quedaba lejos e inaccesible por los avatares de la guerra. Creí actuar con rectitud cuando solicité a los marqueses de Aramar que admitieran en el palacete a su antigua sirvienta, valiéndome de mi influencia y haciendo hincapié en el peligro que corría la vida de Nicoleta. La marquesa de Aramar, después de muchas vicisitudes se había quedado preñada y se encontraba también cercana al parto. En la casa todo se había preparado con pulcritud. Dispusieron una habitación que superaba las condiciones de cualquier hospital, y contaban con una matrona y una enfermera. Aceptaron. Nicoleta les había servido desde que era casi una niña. El parto se produjo dos días después de ser trasladada a la casa. Nunca nadie supo de ese viaje. Yo hice correr la voz en el pueblo de que estaba con gripe en casa bajo mi cargo y mis cuidados. Dentro de las dificultades todo se desarrolló con normalidad, y tanto la madre como la criatura superaron la situación. Nació un niño fuerte y precioso.”



El doctor calla y el silencio se corta. Violeta deja escapar por sus mejillas tímidas lágrimas. No está sorprendida. Pero la violencia de la verdad, aún sospechada por los acontecimientos recientes y por la historia que iba desgranando el doctor, deja su dolor al descubierto. El desamparo que sintió durante su infancia, es sólo una brizna del abandono que siente ahora. La rabia le desborda. El sentimiento de orfandad adquiere una dureza difícil de soportar. Abandonada en su nacimiento por su verdadero padre, privada de su madre y de sus derechos, y dejada al arbitrio de unos desconocidos que le tocaron en suerte. Escucha ahora con atención casi infantil, como Don Amado, con una voz desprovista de toda inflexión, relata el parto de la señora de la hacienda. Todas las complicaciones que él previera en el parto de Nicoleta, ocurrieron con ella. Finalmente, la niña y la madre salieron bien paradas, pero la marquesa ya no podría tener más descendencia. Así se explicaba el doctor con el señor De Luna, mientras la parturienta aún permanecía postrada e inconsciente. La trama se urdió con rapidez. La herencia del marquesado exigía un varón, y su hermano menor ya contaba con hijos varones, por otro lado, amaba con locura a su esposa, y nunca se separaría de ella. Le sobraban razones para obrar así. Nadie tendría por qué saber, ni aún su propia esposa, que había dado a luz una niña.


“Cuando fuimos a hablar con Nicoleta, ya todo estaba dispuesto. Tu madre, la de Guzmán, amamantaba al niño. Era la imagen viva de la ternura. Yo titubeé ante aquella estampa, pero la disposición del señor era en firme. Mi obligación era convencerla y consolarla, o ambas cosas. Yo saldría beneficiado con el intento y perjudicado si no cedía a sus pretensiones. Las palabras habían dejado implícita la amenaza. Me conseguiría el nombramiento como médico titular de la “cabeza de partido” y para asegurarse mi silencio, en el pacto incluiría para mí la propiedad de la hacienda que abandonarían para siempre los marqueses tras los precipitados acontecimientos, y una considerable suma de dinero. A Nicoleta le brindaba una vida holgada, la manutención y la educación de la niña hasta el matrimonio, hasta asegurarle una vida feliz y cómoda. Ella se negó, pero nada tenía que hacer ante la mano del poder, el mal siempre tiene previstas todas sus bazas. El señor conocía la situación de Edmundo apresado por sus correligionarios y la manejó con destreza. Él podía hablar con el Alto Mando y hacer que su esposo saliera con vida o no de la cárcel y con fortuna de la guerra, pero precisaba de su sacrificio y de su silencio. Conforté a tu madre como pude durante horas y al final logré un consentimiento más que forzado, sometido, sola ante la vida, le pudo más el miedo a las represalias que el marqués no se molestó ni por asomo en esconder tras su mirada iracunda. Por lo que al marqués se refería su esposa había parido un hermoso varón. En el certificado de nacimiento que redacté constó tu nombre, Violeta Ramírez Expósito, nacida el veintitrés de Marzo de 1937, veinticuatro horas después del nacimiento de Guzmán de Luna, situación que le garantizó a Nicoleta vuestra manutención, la supervivencia de su esposo y el final de su cordura. Unas horas después, cuando regresé a su habitación, sus ojos ya habían comenzado a perderse, sollozaba bajito y en la cuna se escuchaba tu llanto, sordo a su corazón. Aquel otoño, fue el último que los marqueses de Aramar pasaron en la hacienda de Villahermosa que pasó a ser de mi propiedad. Yo tampoco regresé nunca más por allí”.


Epílogo

Eran las primeras horas de la tarde cuando Violeta abandonó la casa del doctor. Sentía una intensa lástima por Nicoleta, su madre, que fue siempre en su corazón la madre de Guzmán y un odio abismal hacia el viejo que acababa de abandonar en sus remordimientos. Los gestos de piedad del médico, que continuó entregándole los sobres rellenos de papeles en blanco, cuando por desconocidas razones la familia de Edmundo cortó toda su relación con la suya, fueron sólo banalidades en el grueso de una vida que había destruido a conciencia. Y no sólo destruyó la vida de Nicoleta, sino su propia vida, no tuvo piedad para con ella cuando la vio sometida a la ignominia de la soledad y de la miseria. Ni una palabra de consuelo, ni una palabra de esperanza, ni un gesto de afecto. Qué decir hacia su padre, aquel hombre que la desheredó de la vida por el mero hecho de no ser útil a sus ambiciones, habiendo nacido mujer. Le sobrevino un deseo urgente de reparación. En esos instantes comprendió que nada la demoraría en un lugar donde había vivido una historia mentida. Contaba con una riqueza material inesperada, y un espíritu vengativo. Se dirigió a casa, se enjaretó su ropa de domingo, recogió sus bártulos en la vetusta maleta que atesoraba los bienes de su vida y salió a esperar el autobús. Preguntó dónde quedaba la hacienda de Villahermosa y allí se apeó. El chofer la miró con extrañeza, La hacienda había sido dañada por los bombardeos de la guerra, allí sólo quedaban ruinas, le explicó. Ella hizo oídos sordos, Por la mañana retomaría su viaje desde ese mismo peaje, para continuar su rumbo hasta la ciudad o hasta dónde su corazón la guiase.
Contaba con las escasas luces de un ocaso a punto de expirar para llegar a la hacienda. Un camino apenas perceptible por la broza crecida la conducía al lugar donde nació. Estaba haciendo el camino de regreso veintitrés años después a un lugar del que nunca debió salir. Sentía un dolor consciente y una nostalgia que sólo existía en su imaginación. Ya sólo había sombras cuando vio el palacete. Ruinas dentro de ruinas, el esqueleto de un inmenso animal devorado por los buitres, como ella. Cuando llegó al porche, todavía cobijado por un techo impaciente, se recostó sobre la maleta. No cabían en su espíritu más sentimientos ni en su cuerpo más cansancio. Al cobijo del espejismo de un hogar, se durmió profundamente. Soñó que lloraba. Una madre de cara desconocida, la cogió en sus brazos y la amamantó a su pecho.


Texto recreado en 2012.

Texto agregado el 16-04-2012, y leído por 229 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
16-04-2012 Excelente. Me parece que tienes una habilidad especial para adentrarte en la personalidad de los actores y plasmar su pensar y su sentir. 5* ZEPOL
 
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