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“… y con el advenimiento de la tecnología GPS (sistema de posicionamiento global) los faros de todo el mundo se convertirán en anacrónicos monumentos de una era pasada de la navegación que nunca volverá…”
Suspirando, José cierra el álbum de sus recuerdos con nostalgia luego de leer el recorte arrugado del diario de Ushuaia, afuera ya de noche, llueve copiosamente, es hora de dormir.

Hijo de un marino mercante y de una descendiente de ingleses de apellido Lawrence, José vivió toda su vida entre cuentos de viajes por todos los mares del mundo, su padre, ya retirado le narraba historias de puertos, cartas de navegación, compases, faros y sirenas. Bastó que apareciera un aviso en el diario de Ushuaia para que José, con 25 años de edad no dudara en presentarse, el aviso decía:
“La Armada Argentina busca a ciudadano mayor de edad para el mantenimiento del faro Les Eclaireurs ubicado en la entrada a la bahía Ushuaia en el del canal de Beagle. Los interesados presentarse en…”
José ni lo dudó. Vivía en la estancia el Túnel sobre la costa del canal en las afueras de la ciudad, el faro estaba a solo siete kilómetros, o a menos de cuatro millas náuticas, como le gustaba decir a el. El puesto de guardafaros le fue asignado en menos de una semana.
José era un hombre inmensamente feliz y orgulloso de su trabajo. Corría el año 1965 y todos los días cruzaba los siete kilómetros del canal, en el “cormorán” su lanchón de madera propulsado por un motor Mercury de 50hp, fondeaba en una pequeñísima caleta del islote del faro, limpiaba la óptica y revisaba la provisión de gas acetileno, fuente de energía de la lámpara que emitía la poderosa luz.
El faro había sido puesto en funcionamiento en el año 1920 por la Armada Argentina y desde entonces, era la mejor advertencia para los barcos que entraban por el Canal de Beagle desde el Atlántico, para fondear en las tranquilas aguas de bahía Ushuaia. Su estructura cilíndrica se alzaba once metros sobre el islote norte de Les Eclaireurs, proporcionando una altura de más de veinte metros sobre el nivel del mar. Tenía tres franjas, dos rojas y una blanca, y una pequeña puerta en la base cuya llave solo José poseía. En su interior una escalerilla metálica circular permitía el acceso hasta la sala de maquinas y óptica, en ella también había una vieja sirena manual que emitía un fortísimo ulular y que José disfrutaba de hacer sonar como saludo a los barcos que pasaban por sus proximidades. José había tomado al faro como su segundo hogar, pasaba el día entero en el islote, afuera mirando el canal cuando el tiempo lo permitía, o en el interior del faro haciendo tareas de mantenimiento. En un pequeño cuarto, bajo la escalera metálica tenia herramientas, provisiones, repuestos y hasta un pequeño catre en donde, no pasó pocas noches asegurando el funcionamiento de su faro.
Todos los habitantes de la ciudad eran concientes de la importancia del Faro. La tragedia del Monte Cervantes, un lujoso barco de pasajeros alemán, el veintidós de enero de 1930, estaba instalada todavía en la memoria de los más viejos. Los restos del naufragio todavía hoy eran visibles. José se prometió que mientras el estuviera vivo el faro de Les Eclaireurs prestaría su importante servicio.
Apasionado por su trabajo, aprendió la historia de todos los faros Argentinos. Le causaba mucha gracia que los extranjeros que ocasionalmente visitaban su faro lo confundieran con el célebre Faro del fin del mundo. El explicaba con paciencia que el Faro del fin del mundo que inspiró a Julio Verne en su novela homónima, era el faro de San Juan de Salvamento ubicado al noroeste de la Isla de los Estados, que fue puesto en servicio por el Coronel de Marina Augusto Lasserre en el año 1884 y que, por muchos años fue el faro más austral del planeta. Justamente fue el faro de José quien luego lo destronaría del titulo. Pero esto tampoco fue por mucho tiempo. Nuevos faros fueron puestos en funcionamiento, un faro en el cabo de hornos se convirtió en el más austral, y nuevas tecnologías aparecieron.
Un día de Octubre de 1990, La Armada lo mandó a llamar.
José, temiendo lo peor, se presento temprano por la mañana. Luego de una breve espera, un oficial lo hizo pasar a su despacho y le comunicó que sus servicios ya no serían necesarios, que lo jubilarían y que el faro sería actualizado tecnológicamente con paneles solares, baterías y luz estroboscópica. Ya no haría falta un mantenimiento permanente, ya no se justificaba el puesto del guardafaros.
José, con 50 años, nunca había imaginado este final para su carrera, sin su faro la vida perdía sentido. Solo atinó a rogar que lo mantuvieran en funciones hasta que el faro fuera completamente actualizado.
A la semana siguiente las obras empezaron en el islote. José hizo de anfitrión a los ingenieros y técnicos que venían a instalar el nuevo equipamiento.
José no era una persona particularmente elocuente, pero, luego de convencer al oficial Ingeniero de que no convenía retirar totalmente el viejo equipamiento para instalar el nuevo, y de dejar el resto de las instalaciones tal como estaban, se sintió satisfecho. Cuando los técnicos terminaron la tarea le pidieron a José la llave de la puerta, el se las entregó. Nunca sospecharon que José tenía otra copia guardada bajo una piedra en la costa del islote.


Han pasado dieciocho años desde que José perdió su trabajo, guarda su álbum de recuerdos y, como todas las noches antes de dormir se dirige a la ventana que mira al sudeste, no se acuesta si no ve el parpadeo de la luz de su faro.
Pero esa noche algo iba a ocurrir.

La enfermería del barco está atestada, El capitán del crucero Gaviota barco de turismo perteneciente a la compañía Mares del sur, se encuentra en graves problemas, más de un tercio de sus ciento cincuenta pasajeros y tripulantes se encuentran intoxicados desde el mediodía. El barco es un caos, el capitán maldice a los burócratas de la empresa que cambiaron los proveedores de suministros a último momento por otros más baratos, sin verificar la calidad de lo que entregarían. El capitán ha desviado su rumbo original al Cabo de Hornos y ha enviado mensajes de radio a Ushuaia solicitando asistencia médica al hospital. El hospital se comprometió a esperarlos en el puerto con todas las ambulancias disponibles. Solo restan algunas horas de navegación nocturna por el canal de Beagle para finalizar con esta pesadilla.
- Verdaderamente hoy no es mi día de suerte - le dice el capitán a su segundo, mientras sigue la ruta de su barco por el GPS.

Ya es tarde y afuera llueve torrencialmente, José se asoma a su ventana para ver el faro. Los segundos pasan y José no puede dar crédito a sus ojos:
-¡Carajo!, ¡Y ahora que hago!
El faro ha dejado de funcionar.

- Capitán, me temo que tengo más malas noticias.
- Que puede ser peor que esto? Hay mas enfermos?
- No señor, ha caído un rayo sobre el mástil de comunicaciones, el GPS está fuera de servicio.
El capitán no puede creer lo que le esta ocurriendo, rápidamente sopesa sus posibilidades. Puede fondear el barco y esperar a que cambie el tiempo, pero eso hará que sus enfermos empeoren y quizás alguno muera. Puede seguir a ciegas por el canal, al fin y al cabo solo restan unas quince millas hasta los peligrosos islotes de Les Eclaireurs. Con el faro a la vista y las cartas de navegación del Beagle no habrá problemas para entrar a Ushuaia.
- Continúen con rumbo 280° a media máquina, avísenme cuando avistemos el faro.

El viejo José, calzado en su antiguo impermeable y botas ha logrado poner en marcha al “cormorán” luego de varios intentos. Con el viento, las olas y la noche cerrada calcula que la travesía, de no terminar en tragedia, durará unos veinte minutos. Se acomoda la capucha para evitar el agua que cae de todos lados y sonriendo se dice a si mismo.
- ¿Que estoy haciendo?, ¡soy un viejo de 68 años cruzando el Beagle en una lancha en medio de una tormenta!, - luego de unos segundos continua
- ¡Si, yo se porque!

El Capitán esta en el puente, la lluvia impide ver la costa, los esporádicos rayos solo aportan una negrura mas profunda a la noche.
- El faro ya debería estar a la vista.
- Si señor, según mis cálculos ya estamos a menos de cinco millas, es extraño…

José ha logrado amarrar a duras penas la lancha, en la operación se ha lastimado la mano. Desciende al islote y con la linterna busca en medio de la lluvia la llave escondida de la puerta. Todas las piedras parecen iguales, luego de probar varias veces la encuentra y agitado sube por el sendero al faro.
La puerta se abre con un rechinar que se pierde entre el ulular del viento. Todavía esta su viejo farol de kerosén, lo enciende y revisa el cuarto, todo parece intacto.
- Manos a la obra!.

- Capitán, el faro no aparece, me permito sugerirle que fondeemos aquí.
- No podemos, no quiero lamentar victimas fatales en mi barco.

José trabaja apresuradamente, ni intenta reparar el sistema actual, no lo entiende, pero el puede operar el viejo sistema a gas acetileno con los ojos cerrados, verifica la existencia de gas en los depósitos, satisfecho sube trabajosamente por las escaleras metálicas repasando sus siguientes pasos. Al llegar a la sala de maquinas se dirige a la llave de encendido de la vieja lámpara. Por el rabillo del ojo una imagen en el ventanal lo sobresalta, a menos de una milla al este un enorme barco todo iluminado se dirige directamente hacia las rocas sumergidas de los islotes del faro. Un temblor helado le recorre todo el cuerpo. Toma la llave de encendido pero la misma parece trabada, usando ambas manos lo intenta nuevamente, la sangre de su herida corre por sus brazos. Finalmente, muy lentamente la llave gira.
- Señor!, te lo ruego!. Haz que la lámpara encienda!!.

Los parabrisas del puente del barco muestran la noche oscura. El capitán esfuerza sus ojos por ver adelante, el riesgo de varar su barco convertiría todo en tragedia, en las frías aguas del canal de Beagle la expectativa de sobrevivir son solo de unos pocos minutos. De pronto:
- ¡Señor! ¡A proa, una luz!
- ¡El Faro!, ¡ pero esta a menos de media milla!.. ¡Todo el timón a estribor!.
El barco cambia lentamente de rumbo, al cabo de unos eternos minutos logra ubicarse sobre el cauce del canal dejando al faro a babor. Al pasar a la altura del faro una vieja sirena resuena estridente en medio de la tormenta.
Otros minutos después el peligro ha pasado, las luces del puerto de Ushuaia ya están a la vista.
El capitán todavía nervioso grita sonriendo:
- ¡Ahora, quien es ese tarado que se le ocurre hacer sonar una sirena!

José baja las escaleras con dificultad, busca unas vendas en su viejo botiquín, se venda la mano herida y satisfecho se derrumba en el catre. Antes de dormirse mira las paredes circulares de su viejo y querido faro.
- Una promesa es una promesa… estás funcionando.
Con su conciencia en paz, José se cubre con su manta y cierra los ojos sonriendo. En seguida cae en el más hermoso de los sueños, el sueño de dormir de vuelta en casa.

Texto agregado el 25-04-2012, y leído por 270 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
03-05-2012 !Como entretiene la historia del Faro que has relatado con tanto detalle! El mundo del mar tiene sus encantos. Que gusto leerte y encontrar fluidez en cada frase. inkaswork
01-05-2012 Ante la sabiduría, ningún GPS es superior. Dramática e impresionante historia. Contada con el corazón y documentada para no dejar nada al azar. Eso es lo que hace un buen narrador de este tipo de relato: demuestra madurez en sus escritos. Te felicito Musitas. Gratificante, leerte. Un gran abrazo. SOFIAMA
29-04-2012 Hace dos años tuve la suerte de conocer el Canal de Beagle, el faro y la ciudad de Ushuaia. Tu relato me llevó de nuevo por esos maravillosos lugares. Muy linda historia, me encantó el personaje. Felicitaciones, 5* sara_eliana
28-04-2012 !cuantas cosas sabes!¿¿ El relato por una parte, excelente la información por otra. el conocimiento de la zona, el menejo de términos náuticos hacen de este relato una delicia completa. Te felicito Yvette ninive
28-04-2012 ¡Muy emotivo! Manejas un lenguaje de auténtico navegante. Son tan bellos los faros, el final de esta historia fue glorioso. Mis***** girouette
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