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¡Ay, divina naturaleza cuya simplicidad no posee divinidad alguna más que la mera poesía de los hombres! ¡Eres tú y ninguna figura mítica la que ha dado al ser su maravillosa locura, excentricidad y necesidad de satisfacer sus deseos! ¡Deseos todos sembrados en cada hombre por ti misma! ¿Cuál es la tarea de cada individuo si no el satisfacerte?
Sí, la naturaleza nos dio una gama infinita de posibilidades de placer. Algunas comunes y corrientes como el coito vaginal o la sodomía, otras, más socialmente condenadas como la coprofilia o el sadomasoquismo, pero todas fuentes inagotables del más alto paroxismo de la sexualidad. Nombremos a nuestro héroe Abraham, no por que fuera judío, sino porque me agrada el nombre para hacerlo protagonista del siguiente hecho. Su práctica me resulta difícil de catalogar y la supongo dentro del género del fetichismo y el onanismo. Veamos el porqué.
Abraham era un asiduo asistente a ese aburridísimo pero solemne ritual que siguen los creyentes del dogmatismo católico y que llaman misa. Yo mismo de pequeño asistí tantas veces a esa tortura de la inteligencia, a ese insulto del pensamiento lógico, a esa ofensa a la evolución, mas una vez entrado en edad de tomar mis propias decisiones ideológicas no me quedo más remedio que aborrecer dicha práctica hasta sus más profundos fundamentos. Pero si bien yo asistía por obligación y costumbre impuesta por mis progenitores, Abraham, a sus veinticinco años, asistía por mero placer. Sí, mi querido lector, por placer, por muy difícil que pueda parecernos a nosotros que gustamos de banquetes más refinados. Pero, ¿hemos de juzgarle por ello sin antes conocer el motivo de su dicha? No, porque su placer no radicaba en el acto místico de la oración, ni en el sapiente sermón del cura ni en cualquier otra absurda creencia. ¿Habéis visto alguna vez los dolientes rostros de santos y vírgenes en las iglesias o los flagelados y esbeltos cuerpos de los mártires? Mejor aún, ¿habéis mirado a detalle el exquisito cuerpo del Cristo de Velázquez o de cualquier otro cristo pintado o esculpido deliciosamente clavado en la fálica cruz? ¡Oh, mis buenos amigos, sabemos cuánta belleza radica en esas efigies sacro eróticas que no podemos más que comprender como se debe al dulce Abraham! Mirar los místicos tormentos era el sublime placer de nuestro protagonista.
Bastaba con que Abraham entrara a la iglesia, tomara un asiento y recorriera una por una las santas pinturas y esculturas del sagrado recinto, para que su divino miembro comenzara a crecer y endurecerse cual romana columna bajo sus pantalones. Miraba cualquier santa en éxtasis e imaginaba ser él la causa de su orgásmica faz, entonces un chorro de cálido semen desbordaba impetuoso sobre sus calzoncillos. Pero no podría compararse aquél níveo riachuelo con la presa desbordada que significaba el imaginarse acariciando los ensangrentados pies del hijo del creador, deslizando sus manos lentamente por sus muslos hasta arrancar la blanca manta que cubría su inmaculado pene, para después colocarlo flácido y moribundo dentro de la boca ansiosa de Abraham y sentir como resucitaba poco a poco como el mismo Lázaro. La placentera erupción le venía a Abraham en el momento mismo que su poderosa imaginación le hacía sentir sobre su rostro el baño tibio del espíritu santo, en ese momento, no le quedaba más remedio que salir pronto de la iglesia antes de que el olor orgiástico fuera percibido por las mansas ovejas del señor. Mas no creáis que por ello Abraham era un loco sin alma, no, a él le llegaba un remordimiento terrible al salir de la iglesia con la fértil humedad en sus pantalones dada la educación mojigata que había recibido y en la cual negar la naturaleza de las pasiones es lo correcto (cosa que nosotros, sabios seguidores de Dionisos, repudiamos como repudiamos todo aquello que representa un execrable atentado a la razón natural), sin embargo, era algo que estaba tan firmemente arraigado en el ser de Abraham que era prácticamente imposible resistirse.
Así como cada orgasmo era exquisitamente disfrutado con cada una de las células de su cuerpo, también el remordimiento carcomía irremediablemente su conciencia. Pero, ¿qué se puede hacer cuando el impulso del placer es tan fuerte que se convierte prácticamente en una necesidad biológica más, como el respirar o el comer? La culpa en el corazón de Abraham era abrumadora. Llegaba a su casa temblando, oscilando entre el horror, la desesperación y el asco por sí mismo. Se duchaba lo más rápido y enérgicamente que le era posible, como queriendo lavar con el agua su lascivo pecado, expulsar el demonio orgiástico con una especie de nuevo bautismo. Pero jamás sobre sí llegó ave santa alguna que le librara de tan bizarra pasión.
Fue un día en que pasando frente a la puerta de la iglesia, Abraham no pudo resistir el llamado de los deliciosos mártires y entro de nuevo al santo recinto. Al entrar vio que la iglesia se encontraba ocupada casi en su totalidad por los fieles puesto que habían llevado a bendecir una figura, probablemente de yeso, de un Cristo excelsamente esculpido que serviría como patrón en alguna fiesta de esas a las que el vulgo es adepto. Dio de frente con esta flagelada figura y de inmediato sintió cómo la sangre inundaba su miembro haciéndolo ponerse tan firme como un ariete capaz de hacer caer de un golpe hasta el último cimiento toda la basílica de San Pedro. Con la mente nublada por tan repentina excitación, en lugar de salir a toda prisa, no pensó más que en ocultarse dentro del confesionario. Sobre su rostro culpable y excitado la luz que se filtraba le formaba figurillas de rombos y cruces. Temblaba. Sus pupilas se encontraban tan dilatadas que prácticamente eran negros sus ojos y no lo verdes que solían ser. Por uno de los diminutos rombos de la puerta del confesionario, Abraham divisó una escena de la pasión, aquélla donde el Hijo está siendo clavado al madero, y sin darse cuenta se sacó la inflamada verga y comenzó a masturbarse frenéticamente al resguardo de la cámara del perdón. Hubo terminado la misa en honor a la nueva artesanía bendita y a hombros algunos fieles se dispusieron a llevársela de la iglesia con rumbo a su nuevo hogar de veneración, cuando en el trayecto de salida dio la imagen directamente con la mirada enardecida de Abraham y este hubo expulsado hasta la última gota de semen ante la repentina y excitante visión. Sin embargo, en el espasmo inevitable del orgasmo, un puntapié abrió la puerta del confesionario revelando a nuestro héroe. ¿Puedes imaginar, amigo lector, semejante escena: Abraham con el alfanje empuñado escurriendo por doquier la vital y nívea sustancia viscosa mientras una muchedumbre fanática le mira atónita, todo enmarcado en tan imponente escenario como es cualquier casa de dios?
Abraham no se da cuenta del funesto accidente hasta que un grito le trae de nuevo al mundo:
-¡Pero qué puerco es este!
Y a partir de este primer insulto se vienen tras de Abraham cientos y cientos de nuevas injurias y él no repara en qué hacer.
-¡Dios mío, qué pecado tan más terrible!
-¡Profanar así la casa del señor!
-¡Puerco, diablo maldito!
-¡Que pague con sangre su pecado!
Entonces se abalanza contra Abraham la furiosa multitud y le arrastran fuera de la iglesia. “¡Piedad, piedad!” grita desesperadamente el miserable Abraham mientras es empujado, golpeado, escupido e insultado. Una incesante lluvia de golpes cae sobre todo su cuerpo. Saborea su sangre y le sabe a la inminente e inevitable muerte, crujen sus huesos y escucha en ellos su réquiem. A poco y dolorosamente se le escapa la vida siendo más débil cada vez su petición de “¡piedad, piedad, en el nombre de dios, piedad!”. Borrosamente mira a lo lejos la imagen del redentor y un último esbozo de placer se dibuja en su rostro ensangrentado antes de exhalar su último aliento.
Así murió el buen Abraham.
¿Esperas acaso alguna moraleja o enseñanza que sea capaz de retribuirte el tiempo gastado en semejante narración? Pues esperas en vano, mi amigo. Tan solo diré, que pocos hombres han gozado tan pura y sublimemente como Abraham ante la presencia del señor.

Texto agregado el 27-04-2012, y leído por 97 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
27-04-2012 (MI COMENTARIO, PARTE 1) Tu texto, excelentemente escrito, podrá ofender la sensibilidad de algunas personas, y no me extraña en absoluto, porque entiendo que ese entorno de desviaciones sexuales no forma parte de sus conocimientos y menos de sus experiencias. Pero esta parafilia sexual es mucho más común de lo que la gente supone. ZEPOL
27-04-2012 (MI COMENTARIO, PARTE 2) Su nombre técnico, “hierofilia” consiste en la atracción sexual provocada por lo religioso y lo sagrado. ¿Te recuerdas de la película “El exorcista”? En una escena, la chica supuestamente “poseída” por el demonio (¡Eso no existe!) se masturba con un crucifijo. ZEPOL
27-04-2012 (MI COMENTARIO, PARTE 3) De igual forma muchas personas se excitan al imaginarse tener relaciones dentro de un templo, sobre el altar, en las sacristías, con las imágenes de santos, o con las personas relacionadas con el culto, monjas o sacerdotes. ZEPOL
27-04-2012 (MI COMENTARIO, PARTE 4) Casi siempre (casi) al inicio de estas desviaciones está la represión sexual criminal que se han autoimpuesto por la forma en que la religión, históricamente, ha tratado lo relativo al sexo. Lo sexual es bello, natural y si lo quieren poner en contexto religioso, es hasta “santo”. ZEPOL
 
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