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El dolor es insoportable, tengo miedo de perder el conocimiento, la chalupa se balancea rítmicamente con las olas cada vez más pequeñas, resabios del temporal que acabó con la nave y su tripulación. Pienso con tristeza que soy otro de los tantos que se suman a la larga lista de desaparecidos en el mar.

Tengo treinta años, soltero, he trabajado en oficinas toda mi vida logrando un buen pasar, adicionalmente soy un desconocido escritor amateur, pero mi gran pasión es la lectura. Mi fascinación por las historias del mar y en particular la del “Bounty” me llevaron poco a poco, casi como una obsesión, a seguir la ruta del mismo y tratar de vivenciar las experiencias de aquellos intrépidos marinos.
Ésta es, como todas las historias de mar, un compendio de noblezas, valor, coraje, temor, traiciones y tantas otras actitudes humanas, desnudadas y potenciadas al máximo por el efecto del mar y la fragilidad de los hombres en este medio.
El Bounty era un barco a vela de la Armada británica, que zarpó desde Londres el 23 de diciembre de 1787 al mando del capitán William Blight de treinta y tres años de edad, su destino era Tahití y su propósito, obtener las legendarias plantas que proporcionaban el fruto del pan. El viaje estaba previsto hacerse cruzando el temido cabo de Hornos, pero luego de más de treinta días de luchar en esa zona contra los vientos huracanados del oeste, Blight decidió cambiar de rumbo y viajar hacia el este cruzando el sur de África. Esta demora impidió llegar a la Polinesia en época de recoger los brotes de las plantas y debió esperar casi cinco meses para partir nuevamente con los mentados retoños.
En el transcurso la disciplina de sus marineros se había relajado, algunos de ellos habían establecido relaciones afectivas con las nativas; en particular su segundo, el primer oficial Fletcher Christian. En definitiva, el Bounty partió de Tahití rumbo al caribe el 4 de abril de 1789 pero, pocos días después, los marineros liderados por el primer oficial, se rebelaron contra el Capitán y lo abandonaron a su suerte en un bote con otros dieciocho marinos leales, algunas provisiones, una vela, un sextante y un reloj.
La historia cuenta que el gran marino Blight recorrió cinco mil ochocientas millas y llegó a Timor en la Indonesia, cuarenta y un días después con su tripulación casi intacta, mientras que Christian volvió a Tahití en el Bounty, buscó a las mujeres y a algunos nativos más y se refugió del “largo brazo del Almirantazgo” en la poco conocida isla Pitcairn.
Blight volvió a Inglaterra, fue juzgado y hallado inocente por la pérdida de su barco, y unos meses después fue restablecido en el cargo.
Christian y su gente nunca fueron encontrados por el mando inglés. Varios años después un barco norteamericano encontró la isla, y a algunos de los sobrevivientes del Bounty, con su descendencia: Fletcher Christian, ya había muerto.

Hace dos semanas tomé un vuelo comercial desde Córdoba con escalas en Santiago de Chile y llegué a la hermosa Papeete. Todo estaba planificado de antemano, renté una pequeña goleta para recorrer el archipiélago. Los paisajes de las islas, las barreras de coral y el mar azul son sobrecogedores. La tripulación del Albatros, un francés con su esposa y su hermano son muy atentos y el viaje se torna muy placentero.
Luego de visitar la isla de Pitcairn en el extremo sudeste de la Polinesia Francesa, en donde conocí a algunos de los descendientes de los marinos del Bounty, resolvemos volver a Tahití, dando un satisfecho fin a mis vacaciones. Pero el regreso a Tahití nunca ocurrió.
A mitad de camino entre Pitcairn y Tahití, cercano al atolón de Mururoa, lugar donde los franceses hicieron sus pruebas nucleares, nos sorprende una furiosa tempestad; los vientos huracanados del oeste rompen inmediatamente nuestro mástil que cae al mar, llevándose consigo todo nuestro sistema de comunicación. El riesgo es enorme, el palo con la vela sus obenques y drizas se han trabado bajo el casco, haciendo escorar al mismo en un ángulo muy peligroso. Con mucho trabajo conseguimos desprendernos del mástil que amenaza llevarnos al fondo del mar. En la operación, Pierre, el hermano del capitán del Albatros cae al agua, nada podemos hacer, en unos segundos lo perdemos de vista, por precaución me coloco el chaleco salvavidas. Decidimos virar y manejarnos con el motor cabalgando las olas a favor del viento, durante doce interminables horas corremos con el viento que cada vez arrecia más. Busco mi GPS portátil y trato de identificar nuestra posición, pero la oscuridad y la lluvia me lo impiden, resignado lo guardo en el bolsillo de mi campera. La sentina del barco está inundada, el agua entra por todos lados.
Sujetado en cubierta trato de ayudar en lo que puedo, pero de pronto el motor se detiene, estamos a merced de las olas, el capitán con su mujer valerosamente a su lado, me gritan que vea bajo cubierta qué sucede con el motor; provisto de una linterna bajo a la sentina y veo que el agua ha inundado todo el compartimiento del mismo. Súbitamente, un fuerte bamboleo sacude al barco, el golpe me empuja contra las cuadernas de babor, me golpeo con fuerza las costillas y pierdo el conocimiento.

El agua mezclada con el combustible entra en mi boca, toso con fuerza mientras trato de entender dónde estoy. Me incorporo con dificultad, palpo mi costado derecho y el dolor me paraliza. El barco está totalmente inundado, trato de llegar a cubierta en la oscuridad y con el agua a la cintura. A mi alrededor, utensilios de cocina, ropa, herramientas flotan por doquier. Finalmente alcanzo la cubierta y el espectáculo es dantesco, las olas golpean con fuerza en alguna rompiente baja donde seguramente hemos encallado. Del capitán y su mujer ya no quedan rastros. Estoy solo.
El casco escora cada vez más, observo un enorme rumbo a estribor por donde alcanzo a ver, asomándome desde cubierta, el interior del barco. La nave está perdida. Busco a popa la pequeña chalupa que milagrosamente todavía se halla colgando de sus cabrestantes. La observo con detenimiento sin ver daños aparentes, estimo que tengo pocos minutos, busco con dificultad los mapas que se encuentran en el escritorio del capitán, guardo en una bolsa marinera algunas botellas de agua y un poco de galleta húmeda. Luego de luchar contra el viento, el agua y los bandazos consigo poner a flote a la chalupa, salto arriba de ella y la desato del Albatros poco antes de que desaparezca de la superficie. Caigo rendido en el piso y enseguida quedo dormido.

Son las diez de la mañana, apenas puedo respirar, trato de sentarme y el dolor me ciega, respiro lentamente tratando de calmarme, el cielo todavía está nublado, me parece que ha pasado un siglo desde que viajábamos alegremente recorriendo las islas. Un pensamiento me asalta.
- ¿Dónde estoy?.
De pronto, recuerdo el GPS que guardé en mi campera, lo enciendo y en unos minutos me da mi posición. 24° 38’ latitud sur y 124° 07’ longitud oeste, la tormenta nos ha arrastrado más de ochocientas millas náuticas hacia el este. Navego con rumbo este-sudeste, trato de ver en la pequeña pantalla de cuarzo la costa más cercana en la dirección que llevo, es la isla de Pascua y se encuentra a casi otras ochocientas millas. Apago el GPS tratando de conservar al máximo posible las baterías.
Esforzadamente improviso un mástil y una vela con uno de los remos y la lona impermeable que cubría la chalupa, he tirado por popa un cabo de arrastre que permite mantener la nave orientada con la proa en dirección este. Por unos instantes pienso si William Blight aprobaría mis aparejos, desarrollo apenas unos cuatro nudos, a esta velocidad y si logro “acertarle” a la isla de Pascua, tardaré un poco más de ocho días; tengo agua para dos días y nada de alimento, voy a morir.
Trato de dormir lo más que puedo, me tiro a la sombra de la vela sobre cubierta, pero no encuentro posición, el dolor me marea y trato de no vomitar para evitar deshidratarme. Han pasado cincuenta horas desde que realicé los primeros cálculos, si bien a diario chequeo brevemente mi posición en el GPS (es el instrumento más valioso que poseo ya que no sólo da mi posición sino también mi trayectoria pasada y mi rumbo actual), debo confesar que estuve optimista. Por un lado he desviado recientemente mi rumbo ligeramente al sur y que ahora debo corregirlo, además la velocidad ha mermado producto del viento, prolongando aún mas el tiempo de viaje, sólo queda media botella de agua que raciono lo más posible. En breve todo habrá terminado.

He tomado mi último trago de agua, lo he hecho con muchísima culpa y para peor no lo he disfrutado, apenas he logrado humedecer mis labios y mojar mi garganta, tengo la sensación de que el fin se aproxima inexorablemente…
- ¿Seguirá flotando mi barca hasta tropezar con el continente?.
- ¿Qué pescador chileno la divisará?.
- ¿Podrán identificar mi cadáver?.
- ¿Se estrellará contra algún acantilado de la costa chilena o por el contrario encallará placidamente sobre alguna playa?.
Las horas pasan con lentitud, la noche trae algo de paz y frescura sobre mi cuerpo llagado por el sol.

El chillido de las gaviotas me despierta. En el horizonte al frente, se alza una isla de claro origen volcánico, las cercanas rompientes señalan la entrada a una laguna interior; sacando fuerzas de donde no tengo, desarmo el aparejo de la vela y remo con dificultad alineando mi barca a la peligrosa entrada.
Las horas transcurren lentamente, estoy exhausto, finalmente con un último esfuerzo, traspaso la entrada a la bahía remando contra la marejada, cuando por el rabillo del ojo veo una figura humana nadando a mi encuentro, caigo rendido al piso del barco, recuerdo haber escuchado antes de desmayarme a una voz femenina que preguntaba.
- ¿Señor, señor, está bien?.

Despierto extrañando el movimiento de la barca, abro los ojos parpadeando y observo en la penumbra que estoy en una choza fresca, el cuerpo extrañamente no me duele, me palpo y noto curiosamente que no me quedan secuelas del golpe. Las llagas de mi cuerpo ya no arden, busco alrededor y encuentro una de mis botellas de agua llena a mi lado, bebo por reflejo y pruebo incorporarme, una voz a mi lado dice:
- Bienvenido amigo, me alegra que se encuentre bien.
Giro sobre mis talones y me encuentro con una figura reclinada en un lecho de hojas.
- Hola, ¿dónde estoy?.
- Estás en la isla Caracol, y anticipándome a tus siguientes preguntas, llevas dos días durmiendo, mi nombre es Fernando Ruiz, soy médico de nacionalidad Cubana.
Extiendo mi mano saludándolo y le digo:
- Roberto González, ¿tu curastes mis costillas?.
El hombre sonríe enigmáticamente y contesta:
- No… se curaron solas.
- ¿Cómo?, ¿En dos días?.
- Si.
Lo miro perplejo y continúo con mi interrogatorio.
- No recuerdo el nombre de isla Caracol, ¿está cerca de la isla de Pascua?.
Fernando suspira profundamente y dice:
- A los efectos prácticos podría estar en las antípodas.
- ¿Cómo?.
- Acompáñame, te presentaré al resto de la gente.
Salimos de la agradable cabaña de paja y vemos a un grupo de personas vestidas con andrajos sentados cómodamente a la sombra de un bosque de palmeras cercano a la playa de la laguna. Fernando me explica sonriendo:
- Toda esta gente llegó a esta isla como náufragos. El problema es que no encontramos explicación a tu pregunta, ya verás.
Y dirigiéndose a la comunidad me presenta
- Gente, les presento a Roberto González, él es….
- Argentino de Córdoba - contesto sonriendo.
Fernando continúa:
- Y naufragó en…
- El Pacífico sur, al sudeste de Tahití - Agrego completando la oración.
Todos me miran, una mujer joven dice:
- ¡Gané!, ¡Gané!, Por un año no trabajaré.
Algunos refunfuñan, otros sonríen divertidos, yo en cambio, me encuentro cada vez mas confundido.
Fernando me aclara en voz baja:
- Hace años que apostamos de donde provendrá el próximo náufrago, es un juego de la isla.
- Pero, ¿no vienen todos del Pacífico sur?
- En absoluto, solo tú y Jaques desparecieron en el Pacífico sur, yo lo hice en el Caribe, Diana en el Pacífico norte, Brigitte, la ganadora de la apuesta, naufragó en el Mediterráneo, cerca de Ibiza, James en el Índico cerca de las Seychelles, y así cada uno de los veintitrés y ahora contigo, veinticuatro habitantes de la isla Caracol.
Creo que voy a desmayarme, sólo atino a preguntar:
- ¿Esta isla se mueve?, ¿Cómo?.
Fernando sonríe comprensivo y me contesta:
- Aparentemente no sólo se mueve sobre la superficie del mar sino también viaja en el tiempo.
- ¿Quéee?, ¿están todos locos?.
- Permíteme que te lo demuestre, ¿Cuándo naufragaste?.
- El 14 de mayo del 2008.
Fernando dirigiéndose a una de las muchachas de unos veinticinco años de edad le pregunta.
- María, ¿cuándo te perdiste en tu kitesurf?.
La muchacha sonriendo contesta:
- En las costas de Brasil cerca de Florianópolis el 24 de enero del 2021.
Me siento en el piso totalmente mareado.
- ¡Cómo puede ser, si eso aún no ocurrió!.
- Oye, te entiendo, yo me perdí a los veintisiete años, huyendo del régimen de Castro, al cruzar en balsa a los cayos de la Florida, un 3 de agosto de 1968.
Lo miro incrédulo:
- Entonces tienes… ¿sesenta y siete años?.
Fernando, que no parece superar los treinta me sonríe y me dice:
- ¿Tú que crees?.
- Que me he vuelto loco.
- Cálmate Roberto, es demasiado para un solo día.
Pienso que Albert Einstein estaría feliz en esta isla, miro a esta gente preguntándome cuándo se acabará la broma, cambiando de tema les pregunto.
- ¿Como se alimentan?
Veo a Fernando por el rabillo del ojo que hace una seña al resto. Jaques, un francés de unos cuarenta y cinco años, se para y desafiando a Fernando dice:
- Fernando, más vale que lo sepa todo de una vez.
Y dirigiéndose a mí me contesta:
- Roberto, si bien tenemos una pequeña manada de cabras salvajes, cocos, bananos, peces, mariscos y una hermosa fuente de agua dulce, alimentada por una vertiente que viene de la montaña, no necesitamos comer ni beber; en realidad a veces lo hacemos solo por el placer de sentirnos humanos, o para simular una reunión de amigos, pero no nos hace falta para vivir. Tampoco nos enfermamos, en realidad algunos de nosotros llegamos con graves enfermedades y heridas que sanaron en la primera semana.
- ¿Cómo?, ¿no pueden morir?.
- Si, aunque solo tuvimos un caso - Disimuladamente mira hacia un promontorio coronado por una pequeña cruz. Sigo su mirada y vuelvo los ojos a Fernando que me informa:
- Es Jack, un Canadiense que se suicidó hace menos de un año.
Todo esto es demasiado, mi mente se resiste a creer lo que escucha pero mis costillas sanadas, mi piel bronceada sin quemaduras, y una vieja dolencia de muelas que siempre me aquejó y que mágicamente está sanada me dicen que lo que ocurre aquí es verdad.

Han pasado más de dos meses desde que llegué a la isla y la he recorrido de punta a punta, el nombre de Isla Caracol se lo puso el más antiguo de los habitantes, James, que lleva más de diez años en la isla, aunque curiosamente, se perdió en el 2007, solo un año antes que yo. Explica que el nombre obedece a la forma de la laguna interna casi en espiral y que se comunica con el mar abierto por el pasaje por el que entré yo.
La parte externa de la isla tiene forma de una “u”, o mejor una “o” con una pequeña abertura. La parte más alta coronada por una pequeña montaña se encuentra en el extremo opuesto a la abertura de la laguna. A los costados de la montaña descienden suavemente unos valles con bosques tupidos donde abundan los bananeros, la parte más ancha de la isla, a la altura de la montaña tendrá unos siete kilómetros de ancho y el perímetro exterior de la isla supera los treinta kilómetros. Las dimensiones de esta isla hacen imposible que no figure en las cartografías modernas, sobre todo las satelitales.
No hemos visto barco ni avión alguno en todo el tiempo que llevo, aunque mis nuevos amigos ya me lo habían anticipado. Todas las noches, un nuevo conjunto de estrellas surca el firmamento.
Acostumbro a caminar todas las mañanas por la playa de la laguna, casi siempre en compañía de María, la brasileña practicante de kitesurf, ella aún conserva el pequeño paracaídas-barrilete, el mismo llama mi atención porque tiene los colores de mi cuadro de futbol argentino, azul, amarillo y azul. De igual manera mi pequeña barca también está intacta, todos los días la reviso y mantengo en perfectas condiciones, aún no he decidido si la volveré a necesitar. Demás esta decir que probé varias veces el GPS, aunque nunca logré que el instrumento detectara los satélites de posicionamiento, era de imaginar; antes de agotar las baterías, las he retirado y las conservo en un lugar fresco y a la sombra, para posibles usos futuros.

Con María tenemos una hermosa relación, estamos enamorados, aquí en la isla todo es perfecto y feliz, sólo yo no termino de acostumbrarme. La curiosidad por saber qué ocurre, la necesidad de saber dónde estoy y en qué época, me sigue volviendo loco, adicionalmente extraño mis libros.

- María, perdóname, no puedo seguir viviendo así.
- ¿Por qué Roberto?, ¿no me amas?.
- Mas que nada mi amor, solo que creo que voy a perder la cordura.
- Acéptalo como es, mi vida, Dios nos ha creado un paraíso terrenal.
- ¿Por qué?, ¿Cómo?, ¿Dónde?... ¿Me entiendes?, estas preguntas no me dejan dormir.
- ¿Y qué pretendes hacer?.
- No lo sé, creo que partiré nuevamente en mi barca.
- ¿Hacia dónde?, si no sabes dónde estamos ni en qué fecha...
No tengo respuestas, la amo con locura, pero necesito saber qué nos ha ocurrido. Sé que probablemente la perderé si abandono la isla, quizás tampoco sobreviva en el mar, pero la curiosidad terminará enloqueciéndome. Decido hablar con Fernando.
- Fernando, necesito partir.
Fernando me mira con comprensión.
- Te hemos observado, te ocurre lo mismo que a Jack.
- ¿El canadiense?.
- Si.
- Qué le ocurrió?.
- Lo mismo que a ti, sólo que nunca tuvo ni los medios ni el coraje para partir, un día simplemente enloqueció y se quitó la vida saltando del risco.
- ¿Y a ti no te ocurre?, ¿no te preguntas qué hay mas allá?
Fernando me sonríe y me dice:
- Roberto, no soy un místico ni un gran creyente, pero creo que por algún motivo éste es mi destino, trato de no preguntarme tanto, de mantener mi vida simple, mi consejo es que intentes calmar tu curiosidad.
- No puedo Fernando, ayúdame a partir si no terminaré como Jack.
Fernando suspira resignado y me pregunta:
- ¿Se lo dirás a María?
- No puedo, no lo resistiría.
- ¿Cuándo quieres partir?.
- Esta noche.
- ¿Qué necesitas?.
- Agua y alimentos, todo lo demás ya lo tengo oculto en la barca.
- Ok, cuenta conmigo.

La luna llena ilumina con una extraña fosforescencia la salida de la laguna. Los seis meses pasados en la isla me permitieron mejorar la vela y el timón, una importante cantidad de bananas, cocos, y las mismas botellas plásticas llenas de agua, yacen en el piso del barco. El viento sopla del este, oriento mi chalupa en esa dirección, mi destino es incierto.
Han pasado casi seis horas, comienza a amanecer, la isla aún es visible en el horizonte, aunque una extraña bruma comienza a cubrirla. Trato de descansar.
El sol del mediodía me despierta, una vieja sensación se apodera nuevamente de mi cuerpo, es la sed, bebo un sorbo de agua y prendo mi GPS, los segundos transcurren como horas, el mensaje de “buscando satélites” titila silenciosamente, de pronto, el sistema capta los satélites y finalmente aparece el mapa, me pongo a llorar… 34° 57’ sur, 51,31 oeste. Estoy en el Atlántico sur a nada más que 128 millas de la costa del Uruguay.

A la noche del día siguiente, llego a la costa en la playa sur de Cabo Polonio, necesito urgente saber la fecha. Me deslizo como un “hippie” en el pueblo, en un diario sobre el mostrador de un bar leo, “Diario el Este, Rocha, Jueves 15 de Febrero de 2018”. Sonrío pensando, - Podría haber sido peor, sólo han pasado 10 años.
Hice “dedo”, crucé la frontera oculto en un camión, seguí haciendo dedo, pidiendo ayuda, ropa, comida y más “dedo”, hasta que, cinco días después llego a Córdoba y busco la casa de mis padres.

- ¡Roberto!, hijo, ¡estás vivo!, ¿pero cómo?
Mamá llora y llama a los gritos a papá, felizmente ambos están vivos solo que un poco más viejos.
Luego de una larga sesión de besos y abrazos, cuento la historia ya ensayada, mi barco zozobró, llegué a una isla, sobreviví nueve años en ella hasta que, un carguero japonés fuera de ruta detectó el humo de mi fogata, me recogieron, abandoné el barco como un polizón en Valparaíso, crucé la frontera oculto en un camión ya que no tenía documentos, y luego llegué a dedo hasta aquí. Papá me observa detenidamente, de pronto interrumpe mi relato y me dice intrigado:
- No has cambiado nada en diez años.
Sonriendo le contesto.
- Debe ser la vida sana…

Extraño con locura a María, luego de muchos trámites y merced a algunos documentos que mamá todavía conservaba, vuelvo a ser un ciudadano “normal” de cuarenta años. También consigo trabajo a pesar de mi ausencia en el mercado laboral por diez años, pero después de la primera semana empiezo a tener sueños recurrentes, en ellos María siempre me acompaña paseando por la playa de la Isla.
Con la ayuda de Internet he logrado identificar a casi todos los integrantes de la isla. Fernando, Jaques, Diana, James, Brigitte, hasta Jack el Canadiense, todas sus desapariciones en el mar fueron noticia en su momento, todo lo que me dijeron es verdad.
Fernando tenía razón, no he encontrado las explicaciones que buscaba y he perdido el amor de mi vida. Me ha faltado simpleza para recibir lo que se me daba, ¡Maldita curiosidad!. Mi amigo Carlos Martini escribió una vez que la distancia y el amor se semejaban a la brisa y el fuego, si el fuego era débil, como el de una vela, se apagaba, si era firme como brasas ardientes podía incendiar un bosque, cuanta razón tenía, solo podría agregar que el tiempo, en esta metáfora, significa la lluvia persistente que finalmente apaga cualquier fuego.

En estas vacaciones del 2021, he planificado todo con mucho cuidado. Me he despedido de mis padres con un cariño especial, tratando de que no se dieran cuenta que es para siempre. He viajado en avión a Florianópolis y allí he hecho las averiguaciones necesarias. He llegado con tiempo, aún faltan quince días. Aprovecho a practicar mejor este deporte en el que cada vez soy más diestro. La mañana, del 23 de enero, veo con mis binoculares desde la orilla, un kitesurf particular, sus colores, azul, amarillo y azul lo distinguen del resto. Espero paciente en la playa, al caer la tarde una hermosa mujer llega a la costa.
- ¿Usted es María?.
- Sí.
- Me han dicho que le gusta aventurarse mar adentro, ¿podré acompañarla mañana?.
- Claro, ¿cuál es su nombre?.
- Roberto.
- Lo espero a las 10 en la playa Roberto, hasta mañana.
- Hasta mañana María…


Este cuento fue finalista en el X Certamen Literario Tierra de Monegros, en la Comarca de Monegros, España, 2008. Premio accecit.

Texto agregado el 19-05-2012, y leído por 202 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
23-05-2012 Lo cuentas tan real, que parece que es una quien lo está viviendo.Asusta la cantidad de palabras pero se leen de un sorbo.Felicitaciones una vez mas.Ah, y por la nominación tambien. pantera1
20-05-2012 Grandísimo cuento. No tan sólo te entretiene sino que además te transporta a ese lugar de misterio y suspenso, un lugar que cada autor crea con su obra. Cinco estrellas y respetos. MF01
19-05-2012 Felicitaciones, tienes con que... (º_u) =D mis cariños dulce-quimera
19-05-2012 Excelente, te felicito godiva
19-05-2012 No era para menos este cuento. llegar a finalista en un Certamen Literario. Intrigante trama, agilidad en el relato, suspenso. simasima
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