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Inicio / Cuenteros Locales / Mariette / Brisingamen, el Futuro del Pasado: Capítulo 5.

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Capítulo 5: “Quién Soy y Quién Eres”.
El sol apareció por el horizonte este del Seminario, iluminando todas y cada una de sus instalaciones.
-¡Tenemos que saber a dónde se fueron!-dijo el rector del Seminario.
-Necesitamos saber a dónde partió ese chico-dijo uno de los sacerdotes que enseñaban.
-Ese chico tiene una maldición y lo sabes, es peligroso y por eso fue maldecido-replicó el rector.
-Y a ustedes qué con eso. Su paga por su osadía será luchar en el Ragnarök, huyó con esa muchacha y ustedes saben cuál es la función de esa chica, por eso maldijeron al joven, sólo será darle tiempo al tiempo-contestó una enigmática persona.
-Tiene sentido…-murmuraron los dos religiosos al unísono.
-Eres un genio-rió el rector, mientras que los otros se arrimaban en el rincón, tras una noche de desvelo.
A esa misma hora amaneció en los roqueríos en los que habían bajado del camión Esperanza y Arturo. El sol les pegó a ambos en la cara y el muchacho se levantó de un salto desde el suelo rocoso, a pesar de que no hubiese un miserable hueso en toda su humanidad que no le doliese.
-Arriba, hay que levantarse-dijo a Esperanza.
La muchacha, a pesar de haber despertado hacía rato con el choque de las olas en los roqueríos, recién se atrevió a abrir los ojos.
-Y a mí qué, no hay un maldito hueso que no me duela-confesó la muchacha tratando de darse vuelta.
-No maldigas, eso no es de Dios-replicó el muchacho.
-Entonces no hay un dichoso hueso que no me duela-corrigió la niña.
-Eso no es de gente educada…-indicó Arturo.
-¡Entonces no hay ni un solo hueso que no me duela!-corrigió otra vez la chica.
-Eso sonó mejor. Levántate y déjame examinarte-pidió el chico.
-Ni loca, todos los hombres son iguales-dijo la chica cubriéndose el vientre con las manos.
-No te haría esa clase de examen pecaminoso-replicó muy ofendido el muchacho.
-Está bien…-accedió la chica revolviendo los ojos y pensando “A éste qué bicho le picó”-. ¡Ouch! ¡Duele, duele!
-Te ayudo-ofreció Arturo.
Cogiéndola firmemente de ambos brazos la logró sentar en una roca y esperó hasta que ella dejase de quejarse y empezara a enarcar sus cejas en señal de un pensamiento de “¿Ahora qué?”.
-La blusa, fuera-solicitó-, o por lo menos ábretela.
La muchacha se abrió la blusa a la altura del abdomen dejando la zona pectoral completamente cubierta para la buena suerte de Arturo que lo último que quería era caer en la tentación o, en su defecto, en pensamientos pecaminosos.
Las heridas comenzaban a cicatrizar y bastante limpias para la pequeña limpieza con reducida agua y tiempo de hacía un par de horas. El muchacho sacó del bolso que había dado a Esperanza una pequeña botellita de agua.
Luego empapó un pañuelo de una medidita de agua y principió a pasar el trapo húmedo por todas las heridas, fuesen de látigo o no, de las que era acreedora Esperanza.
-¡Ouch!-se quejó la niña, arrugando la cara a causa del dolor y del ardor.
-¡Lo siento!-se excusó Arturo y siguió con su trabajo procurando ser más suave.
Cuando terminaron las dolorosas curaciones, le advirtió a la chica que las heridas cicatrizarían luego y, si seguían procurando tanto cuidado, bien. Pensaron inicialmente en salir de dicha cueva, pero apenas asomaron la punta de la nariz, el frío viento costero les dio en la cara y le obligó a retroceder, para desgracia de Arturo que lo único que deseaba ahora era estar lo más lejos posible del Seminario.
-¡Maldición!-murmuró Arturo.
-¿Qué no era que tú no maldecías?-se burló Esperanza.
-Y ahora pequé-bufó el muchacho, buscando entre sus ropas un crucifijo y lo miraba fijamente, no podía evitar sentirse completamente traicionado.
Una fría ráfaga de viento matutino entró por los roqueríos, inmediatamente ambos se acurrucaron sobre sí mismos, hasta que desapareció.
-Tengo frío-confesó tiritando Esperanza.
-Ven aquí-sugirió Arturo, alargando el brazo.
-No caeré en esa trampa, conozco ese juego-indicó astutamente la chica.
-Y prefieres congelarte ahí-dijo Arturo tratando de hacerla entrar en razón.
La táctica del muchacho dio resultado, pues la joven fue y se acurrucó en esos fuertes brazos, sintiendo como todos y cada uno de sus huesos se descongelaban lenta y seguramente.
-Dios, está mucho mejor aquí-confesó con una sonrisa.
-Dios siempre busca el lugar indicado para cada uno-filosofó el monje.
-Y tu caso fue un Seminario…-ironizó Esperanza.
-Nunca sabré por qué fui a parar ahí, pero sé que pasé los peores años de mi vida-confesó el muchacho.
-O sea, todos-replicó la niña.
-No, Dios me mostró un camino mejor a través tuyo y no lo abandonaré. Quiero acompañarte en tu aventura-dijo el joven, haciendo que Esperanza se sintiera extrañamente alagada-. Me gustaría saber por qué debes correrla, tienes trece años y sin ofender, pero no eres un ser de interés.
-Pero sí un ser mítico. Soy descendiente germana, de una diosa, Freya-confesó la muchacha quedándose a mitad de camino.
-Eso es mentira, pecado, herejía. Sólo existe un solo Dios y ese es el Altísimo-reclamó el monje.
-Los demás, de todas las otras mitologías, son inferiores a Él, quien rige todo. En eso tienes razón y no lo niego-concedió la talquina.
-¿Algo más?-quiso saber el joven.
-Debo evitar el Ragnarök, el fin del mundo…-.
-Sólo Dios sabe cuándo será eso-protestó Arturo.
-Pero los seres mitológicos pueden causarlo. Escucha, en la mitología germana hay gigantes, los llamamos Jothuns. Ellos son muy malos y siempre están en guerra con los dioses, por ende quieren controlar el mundo, quieren que acabe tal y como lo conocemos para poder regularlo. Para eso cuentan con la magia. Mi antepasada era dueña de un collar, el Brisingamen, ese collar te da las maneras de buscar lo que realmente deseas, así que debes saber muy bien lo que quieres. Ellos tienen ese collar para cuando consigan asaltar la morada de los dioses, así pedirán que se destruya el Árbol de la Vida. Por mientras, para que nadie evite lo que hacen, pidieron que la gente no pueda usar magia negra. Si no encontramos el collar, o si no lo encuentro, la magia les pertenecerá y podrán cortar el Árbol. ¿Dudas?-explicó lo más claro que pudo, Esperanza.
-¿Por qué fuiste a dar al calabozo del Seminario?-inquirió Arturo.
-Porque me delataste-razonó Esperanza.
-Quiero saber por qué me obligaron a delatarte, por qué les interesabas tanto-dijo Arturo.
-Ya te dije, soy la princesa del seid, la encargada de evitar lo que no quieren evitar, pues necesitan el control que perdieron hace años. La Iglesia no es para nada venerada ahora-dijo con aire desinhibido.
-Ahora entiendo por qué estoy maldito-confesó sin querer.
-¿Maldito? ¿Tú?-se sorprendió Esperanza.
-¿Caso nunca te preguntaste por qué estaba recluido a pesar de tener trece años en un Seminario? Esa es la razón. Mi padre tuvo una aventurilla, era un sacerdote, y yo fui el resultado de eso. Me maldijeron por ello, porque fui un pecado y eso me costó para purificarme vivir de monje en ese lugar. Pero realmente era porque quizás preveían que me debería encontrar contigo algún día y que iba a querer ir contigo a tu misión…-contó Arturo.
-Entonces fue por eso que me delataste-murmuró como para sí Esperanza.
-Claro que fue por eso, sino no habría dicho nada acerca de ti-confesó Arturo, al parecer la había escuchado-. Pero me arrepiento totalmente, jamás había visto a alguien tan mal como cuando entré en las celdas. Me obligaron a decir sobre ti, me pillaron en la cocinería, yo no quería, lo prometo.
-Descuida, al menos sé que fue sin querer, pero fuiste desleal… aún así eres buena persona, sino en tu condición jamás habrías ido a sacarme, a sabiendas de que te castigarían…-musitó ella, sin querer le había perdonado, en parte, pero le había perdonado al fin.
-Mi maldición es no dejarme ver, ahora entiendo el por qué. Sino caerían sobre mi enfermedades y heridas que yo mismo me causaría…-fue su sorprendente declaración.
Ambos se encontraban abrazados, como si se conocieran de toda la vida y para la eternidad. Metros más allá ancló un barco que tenía un cartel que decía “PARA REMATE”. Era antiguo, eso era cierto, del siglo XVIII, pero estaba en excelente estado pese a ser una antigüedad. Metros más lejos anclaron dos barcos de la marina chilena y una loca idea surcó como un barco pirata surca los mares caribeños en la mente de Esperanza, necesitaban hacerse de un barco sin dudas, la misión lo pedía.
-Dime, Arturo, ¿realmente quieres correr el riesgo?-fue la pregunta.

Texto agregado el 21-05-2012, y leído por 113 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
21-05-2012 ahora sí! Parece que nuestros héroes se amigaron y se viene lo mejor! Está muy entretenida la historia. Saludos! hugodemerlo
 
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