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Los caballos eran su pasión. Todos los domingos las emprendía presuroso hacia el Hipódromo para ver correr a esos veloces animales que llevaban en su grupa a un menudo y enérgico jinete y un atado de esperanzas que casi nunca se concretaban.
Osiel ya lo había apostado todo y todo lo había perdido, propiedades, amistades, esposa e hijos. Aún así, el ejercicio semanal de asistir a las carreras, parecía estar vinculado a su existencia como un extraño motor que insuflaba adrenalina en sus venas y entusiasta sangre a su irrenunciable corazón de apostador.

Los últimos cinco mil pesos permanecían arrugados en uno de los raídos bolsillos de su pantalón. Sus nerviosos dedos jugueteaban con el billete y era evidente que se producía una pugna con ribetes de gesta heroica en su mente alucinada. La décima carrera estaba por comenzar y los caballos se aprestaban a ingresar al partidor. Cada uno de estos briosos ejemplares, luciendo en sus ancas las coloridas sedas de sus dueños, simulaban ser míticos e híbridos seres, producto de la afiebrada conjunción de una primorosa yegua y un gallardo pavo real, a tanto alcanzaban sus ostentosas estampas en las que se destacaban sus músculos ahusados, modelados para competir a muerte por los laureles.

El billete pasó a engrosar la caja de apuestas y Osiel se encaramó en las graderías para presenciar la carrera y por supuesto para cautelar sus escuálidos intereses puestos en juego, apelando a toda la sangre fría de la que fue capaz. Puso en el asador de sus aspiraciones todo lo irremediablemente perdido: hogar, familia, cariños compartidos y un lugar en esa sociedad que le aceptaría de nuevo, previa renuncia a sus diletantes extravagancias. Bendijo las delgadas patas de Ariadna, una hermosa yegua que prometía demasiado para sus cortos años y que esa jornada pagaba muy bien. El destino de Osiel estaba en juego y dada la trascendencia de lo que pretendía, se personificó de nuevo en ese ser vociferante, suspendido en el tiempo para gritar con pasión y conducir mentalmente a ese punto rojizo que se visualizaba a lo lejos y que amenazaba con quedarse rezagado.

-Mil quinientos metros, Gregorio adelante por tres cuerpos, segundo Alfeñique, tercero Alemán…última Ariadna…ochocientos, siempre primero Gregorio, dos cuerpos…

Osiel hubiese querido encaramarse en la grupa de esa yegua traicionera que se burlaba de sus aspiraciones y haberle molido el lomo a rebencazos para obligarla a saltar a los primeros lugares. Desencajado, como si estuviese al borde del colapso, sudándolo todo, gritando hasta quedar ronco, alentaba con ciega furia a ese animal infame que se negaba a franquearle el paso a sus exuberantes días de gloria.

-Ariadna por los palos, Ariadna alcanzando, Gregorio a un cuerpo… Era el paroxismo, el non plus ultra. -¡Dale, dale, dale Ariadnita por Dios… De la garganta de Osiel luego ya no se produjeron palabras ni nada inteligible, sólo una secuencia de gritos de índole tribal que alcanzaron su grado máximo cuando la yegua se posicionó en el primer lugar. Un aullido espantoso se desgarró de su garganta poseída por los demonios de las apuestas, justo cuando el equino trotaba veloz en pos de la meta. La aterradora entonación distrajo a la yegua, la cual se encabritó, frenándose de golpe. Gregorio pasó raudo por su lado, los demás caballos hicieron lo mismo. Osiel quedó como congelado, sus manos agarrotadas detenidas en el aire, su rostro atónito, su garganta muda. Un poco más tarde, tibias lágrimas que brotaron desde muy adentro, tuvieron la virtud de entibiar su alma desolada. Sentado en la galería, con la cabeza entre sus manos, era un náufrago en ese ambiente de jolgorio. Comenzaba a oscurecer; se encendieron las luminarias para dar paso a las últimas carreras. Refrescaba. Osiel metió sus manos en los agujereados bolsillos. Escarbó maniáticamente con sus dedos ateridos ese paño desgastado y seboso, encontró una colilla de cigarro, guardada ex profeso para esas instancias, hurgó en procura de fósforos cuando de pronto…un arrugado billete de mil pesos se expuso a su ansioso examen y salió entre sus dedos como valiosa pesca. Faltaban cinco minutos para que se largara la penúltima carrera. Osiel pareció renacer, su boca se distendió en una sonrisa sublime. El aroma a tierra removida por los cascos de los caballos llegó a sus narices como un fervoroso himno. Mientras corría a la caja de apuestas, en la pista desfilaban los exuberantes caballejos, llevando cada uno sobre sus grupas a un enjuto y enhiesto jinete y una multitud de esperanzas prendidas a sus galopantes patas…






Texto agregado el 31-07-2004, y leído por 235 visitantes. (0 votos)


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