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PROLOGO

"For ages and ages, the wheel of the gods has turned."

"Relentless and silent, it has guided the fate of the universe."

"Without it, we would be defenseless against the ancient enemies that once, long time ago, almost destroyed the creation."

"So why you, The Protector, Darion Deilost, Why do you want to destroy it?"





El viento hacia que las hojas de los arboles, plateadas bajo la débil luz lunar, chocaran unas contra otras. El bosque era extenso y el sonido castañeteante parecía universal. Debajo de los arboles, por un débil sendero entre la maleza, un pequeño caballo bayo trotaba. El jinete llevaba capa negra y botas marrones de cuero llenas de polvo por lo largo del camino. Iban con paso cauteloso, como si temieran una emboscada en cada tramo de maleza que atravesaban. En cuanto llegaron a un claro el jinete desmontó. Lentamente, le dio la espalda al caballo y miro la luna, trémula, como un ojo solitario en medio del cielo, un gigantesco paño negro. Si, definitivamente se acercaba la hora, la hora en la cual muchos sistemas se pondrían a prueba. La hora en la que muchos sistemas caerían. El jinete se adentro más y mas en el bosque, dejando al caballo, libre, atrás. El movimiento de sus piernas, rápido y sigiloso, dejaba ver el plateado brillo del acero colgando a su izquierda.
Después de un millar de pasos, se detuvo. Frente a él se alzaba un precipicio, una caída de 400 brazas, que terminaba en un intrincado pinar. El hombre, no más jinete, levantó la cabeza. El cabello castaño, cayendo liso a los lados de su cara, se adornó de rayos plateados mientras la luna le sonreía. Con aquel brillo blanco lunar en sus ojos negros, empezó a cantar. No fue un canto normal. Fue un canto puro y diáfano, que hizo que todo recibiera la luz con mas fuerza y callo a todos los animales muchos pies a la redonda. Fue un canto que fue escuchado mucho mas lejos, en lugares sombríos y profundos, cercanos unos a la Luna y cercanos otros al mortecino resplandor del centro de Ih – Dara, el Brillo Azul. Cuando terminó, el hombre bajó la cabeza. La luna, a quien iba dirigido el canto, le miraba con ternura infinita, ternura de madre. Entonces desde la sombra de los arboles, una voz, fría y monótona, asesino el silencio.

- Parece que has mejorado mucho, Rhezay.-

Rhezay, el hombre, no se volteo a ver la voz. Sabía perfectamente quien era. Era uno de los riesgos que había tomado al cantar.

- Ahora no hay tiempo para viejas enemistades, Norii.- Dijo quedamente.- El mensaje que porto ha de ser entregado. Esto es algo que sobrepasa las guerras de nuestro brillo.-

- ¿En serio? Bastante interesante ha de ser entonces, Rhezay.- La Voz pronunciaba el nombre del hombre de una forma estremecedora, arrastrando las silabas, alargando la sibilancia de la zeta y dejando que la "y" se desvaneciera en el aire.- Quizá no haya sido la guerra lo que me haya traído hasta aquí, humano, no al menos nuestra guerra.-

Rhezay se volteo, mirando a la oscuridad en los arboles. En medio de ella se advertía una figura enjuta y corpulenta. El tintineo del metal le acompañaba, así como el suave susurrar de una capa de piel de venado blanca. Bordadas en los bordes colgaban largas plumas de cuervo negras.

- Ni los Norii son tan traidores.- Dijo Rhezay. El miedo se translucía en su voz, Si la figura atacaba, no tendría ninguna posibilidad. No contra un Norii, no a mitad de la noche. Lanzó rápidas miradas a su alrededor, esperando encontrar nubes, cirros, hasta un delgado brazo de neblina. Pero el cielo estaba desnudo, vacío y negro con la luna en su regazo.

Ni una sola estrella.


El Norii sonrió y dio un paso hacia él. Rhezay, temblando y maldiciéndose, desenvainó la espada. Era de acero y el peso se hacia sentir en la mano. Sentirlo lo reconfortó. No todo estaba perdido, no todavía. El Norii a su vez desenvainó una cimitarra, larga y ancha, de hoja negra y despiadada.

- ¿De verdad piensas enfrentarme, Rhezay?-

- Pienso matarte, Norii.-

- Serias el primero, Rhezay. No te mereces tal honor.-

El Norii avanzo velozmente, con la capa blanca revoloteando a su espalda. La capucha sin embargo no se movió de su cabeza. Era leyenda que las capuchas de los Norii eran sus rostros y que quien las retirara vería la nada. También era leyenda que nunca nadie lo había logrado.

Rhezay levantó el acero y las hojas, blanca y negra, chocaron, una y otra vez en el borde del precipicio. La lucha se mantuvo pareja y Rhezay creyó ver un rayo de esperanza. Lo que contaban sobre los Norii no era para tanto, todas esas malditas historias eran solo cuentos para que los niños se fueran a la cama, pensó el. Pero no debo confiarme. Mi familia ha nacido para pelear, no para vanagloriarse. Aun en aquel momento el credo de los Hijos de la Niebla se mantenía en su corazón y su mente. Dio gracias encarecidamente a la Luna por eso.


En un momento dado, el Norii se apartó y bajó el arma, sonriente, con esa sonrisa propia de su raza que era más una sensación que otra cosa. Rhezay solo podía oír su propio jadear, pero aun así no bajo la espada. Miro a los cielos, esperando ver el rescate de sus hermanos. Solo la luna le ofreció su compasión.

- Y así como ha mejorado tu canto, también tú acero, Rhezay.- La voz del Norii no translucía cansancio en absoluto. - Quizá hubieras llegado a ser un gran espadachín, con el tiempo.-

- Si me matas, Norii, todos los Hijos cazaran a tu raza como a zorros.- Rhezay no pensaba intimidar al Norii en absoluto. Pero lo que decía era verdad, los Hijos de la Niebla no perdonaban ofensas.

- Tu orden, Rhezay, no es nada más que unos niños jugando a ver la luz de un brillo que nunca les perteneció. No tendríamos miedo de estas amenazas ni aunque el mismísimo estandarte del Lobo y el Dragón estuviera ante las puertas de Nori Ant'Eriu.-

Nori Ant'Eriu, la capital de los Norii, profunda en los valles de las montañas grises del oeste. Sobre ella no había Cuentos ni leyendas. No se canta sobre lo que no se ha visto. El Norii trataba de intimidarlo nombrando las antiguas leyendas. Rhezay estaba seguro de que Nori Ant’Eriu no resistiría ni una hora de cerco ante el estandarte de Heimdall. Mas que intimidarlo lo animaba. Presa de esa débil esperanza, Rhezay levantó la espada y se lanzo al combate.
El Norii respondió a su vez y los aceros siguieron cantando. Después de una ligera danza, el Norii se apartó, Rhezay se lanzo a fondo y lo atravesó. El Norii soltó una carcajada y giro a la izquierda, mientras la espada de Rhezay se deslizaba dentro de sus carnes como si estas fueran de humo. Rhezay, asombrado y aterrorizado se volteo a su vez.

Pero ya era tarde. Con un movimiento rápido y certero, El Norii le quitó el arma de las manos y lo siguiente que sintió Rhezay fue la empuñadura de la cimitarra clavándose en su barbilla.

Cayó, atontado, justo al borde del precipicio. El dolor le impedía pensar y el negro de la noche le llenaba los ojos, como una masa viscosa y espesa. Seguro había perdido más de la mitad de la mandíbula inferior.

Oyó los pasos del Norii, caminando lentamente, amplios y seguros. En el camino pateó la espada plateada de Rhezay al precipicio.

- Rhezay, te dije que no te merecías el honor- Rhezay intento responder, pero su boca llena de sangre no se movió.- Pobre muchacho, tan joven y vivo. Bueno, al menos serás de alguna utilidad.-

Se agachó a su lado y coloco su mano fría sobre su frente. Por la mente de Rhezay pasaron raudas imágenes, primero de su misión, su encargo, la fortaleza y el maestre Adrar dándoselo palabra por palabra. Luego pasaron imágenes de si mismo en la adolescencia y la infancia bajo el fuerte yugo del entrenamiento de los Hijos. Un muchacho escuálido, siendo apaleado día tras día, pero resistiéndolo con estoicismo. Un niño al que le han quitado todos los juguetes y los han remplazado por armaduras de cuero y espadas de madera, llorando solo en un cuchitril. Luego, al final solo estuvo la imagen de una mujer, de pelo largo y negro, con una sonrisa hermosa y unos ojos brillantes. Entonces todo se volvió negro y la luna volvió a aparecer. Rhezay vio al Norii levantarse y mirarla, con ojos diamantinos.

Lo sintió sonreír, sarcásticamente.

No alcanzó a ver como levantó la pierna, ni como la bota metálica se acercó con velocidad asesina a sus costillas, pero lo ultimo que supo Rhezay, Hijo de la Niebla, fue un fuerte puntapié en el costado, el viento aullándole como un loco en los oídos y agujas.

Agujas de pino.

Texto agregado el 10-07-2012, y leído por 90 visitantes. (0 votos)


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