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¡¡Thump!!...la figura humana dibujada en la retícula de mi mira telescópica, se arquea y cae para atrás. Busco a la otra persona, giro suavemente mi rifle a la izquierda, su cara mira a su compañero todavía asombrada; conozco la expresión, la he visto decenas de veces, faltan algunos segundos hasta que el miedo supere la sorpresa y el hombre busque refugio. La nueva bala ya está en la recámara, aprieto lentamente el gatillo, suelto el aire de mis pulmones, la cruz de la mira se centra en la nariz. ¡¡Thump!!. No necesito ver el resultado, recojo los dos casquillos, desarmo el rifle, primero el cortafuego y silenciador, luego desenrosco el caño y la culata, acomodo todo en el portafolios Samsonite que está sobre la mesa.
- Por Fabián - digo en voz baja.
Me ajusto la corbata, me calzo los lentes Ray Ban para sol. Y salgo del cuarto abandonado.
Ya en la calle, saco mi móvil, y llamo al trabajo.
- ¿Hola?, ¿Florencia?
- Sí doctor, buen día.
- Buen día Florencia, voy un poco demorado con los trámites del crédito del banco, podrá decirle a mi primer paciente que me espere unos diez minutos?
- Sí doctor, aún no ha llegado, cuando llegue le digo.
- Gracias Florencia, nos vemos en un rato.
- Hasta luego doctor.
Cuelgo sonriendo, y camino por Florida, en dirección sur, la mañana es espléndida, dejo unas monedas al ciego de siempre que pide limosnas.
- Gracias, señor.
- Por nada, buen hombre.
A lo lejos se escuchan varias sirenas. Mi mente viaja al pasado.

- Despacio hijo, despacio.
- Sí papá.
Hablamos en susurros, la aguada está a trescientos metros, caminamos agazapados, en contra del viento, la media luna apenas nos permite imaginar los bultos, y piedras en el sendero. Papá se detiene, levanta la mano. Me quedo quieto y agachado, me duelen las rodillas por caminar flexionado cargando con mi rifle 22. Los minutos pasan, papá parece una estatua en la oscuridad. De pronto señala un montículo medio cubierto por unos arbustos. Nos movemos lentamente cuerpo a tierra, mis rodillas y codos ahora duelen por las pequeñas piedras y ramas que se me incrustan en todo mi cuerpo. A mi lado papá no emite el menor sonido. Finalmente llegamos al lugar elegido.
Tumbado sobre el montículo y cubierto por el arbusto, fuerzo la vista y veo la aguada, todo parece quieto y en silencio. Miro a papá, me devuelve una mirada asintiendo y llevándose el índice a los labios. Esta es la tercera vez que venimos; por uno u otro motivo he arruinado las oportunidades anteriores, esta vez no sucederá.
Pasan los minutos, quizás horas, empieza a clarear, fuerzo la vista cada vez mas hasta que me arden los ojos, empiezo a imaginar cosas, ¿una piedra que se mueve?, ¿un arbusto que se desplaza?, de pronto una sombra desconfiada aparece husmeando alternativamente el suelo y el aire. Sacudo la cabeza para despejar la modorra. Es el jabalí macho, se mueve sospechando de todo, atrás la piara espera una señal de él. Está a ciento cincuenta metros, trato de localizarlo en la mira telescópica. La voz de papá en un susurro me dice:
- Tómate tu tiempo, apúntale a la cabeza, suelta todo el aire y aprieta lentamente el gatillo, que el disparo te sorprenda.
Lo he escuchado miles de veces, aún así, trato de no agitarme y que la ansiedad no me venza, esta vez no puedo fallar. Sigo con la mira la cabeza del macho, de pronto se detiene y mira en mi dirección. Los pulmones me arden, necesito respirar, jalo lentamente el gatillo… ¡Thump!. El jabalí cae abatido, la piara se aleja gritando asustada. El macho da unos últimos estertores. Me quedo mirándolo por la mira unos segundos, de pronto mi papá me toca el hombro.
- ¡Bien hijo!
Me levanto todavía aturdido y feliz. Acabo de cobrar mi primer presa, me doy cuenta de que acabo de matar por primera vez.
- Qué queda por hacer? – me dice papá
Me quedo mirándolo sin saber qué contestar. Papá me mira ceñudo.
Entonces recuerdo sus enseñanzas. “Nunca, jamás, se quita una vida sin razón”.
- Tenemos que faenarlo y llevarlo para comer, además esperamos que esta piara de jabalíes no destruya más nuestros sembrados.
- ¡Muy bien hijo, nunca se quita una vida sin razón!.


- Buenos días Florencia, alguna novedad?
- No doctor, Fabián lo aguarda en su consultorio.
- Gracias Florencia, después alcánceme el diario y una taza de té.
Entro en mi consultorio y reconozco al enfermero de la sala dos.
- Hola Jorge; buen día.
Jorge me mira con su malhumor habitual, me extiende una carpeta y murmura un “buenos días”. Me siento en mi escritorio, y saludo a mi paciente:
- Hola Fabián.
- ¿Cómo está doctor?
- Yo muy bien ¿y tú?.
- Mucho mejor, gracias a usted.
Le sonrío, y abro la carpeta, Fabián Rodríguez, diecisiete años, ingresado al centro privado de rehabilitación de adicciones hace dos meses. Paso las hojas, muchas escritas con mi letra, resultados de análisis, radiografías, ecografías, electrocardiogramas, finalmente, los resultados de los últimos estudios, concluyo que Fabián está físicamente recuperado.
Me cuesta reconocer al jovencito que conocí en ese mismo consultorio hace sesenta días. Entonces sus ojos estaban enrojecidos, sus pupilas dilatadas, su mirada huidiza, flaco, sus brazos cruzados y sus manos cubriendo el interior de sus codos (la típica forma en que el adicto intenta ocultar los pinchazos).
Como muchos otros jóvenes que llegan aquí, Fabián libró una batalla feroz por su vida, y como muchos de ellos, la ganó, pero fue sólo una batalla. Fabián está a punto de reinsertarse en la sociedad. Aquí es donde se libra la guerra. Aquí es donde muchos “Fabianes”, terminan volviendo luego de un tiempo. Los más afortunados a una nueva rehabilitación, los menos a la morgue.
- Fabián, voy a darte de alta. ¿Sabes lo que significa no?
- Sí doctor, lo hemos hablado muchas veces, le prometo…
- Fabián, no quiero de ti otra promesa de que me llamarás si estas en problemas ¿eh?
- Sí doctor. Tengo su teléfono.
Fabián se levanta y me estira formalmente la mano. Se la estrecho con afecto, y le deseo buena suerte...
Fabián sale de mi consultorio, y mira a Jorge de reojo. El enfermero lo mira salir y por primera vez veo tristeza en sus ojos, luego de unos segundos me mira otra vez malhumorado y me dice:
- Usted sabe que va a volver… doctor, ¿Qué, mierda estamos haciendo aquí?.
- Jorge, usted sabe mejor que yo qué hacemos aquí, lleva más tiempo en la clínica que yo, ¿por qué no se ha ido?
Jorge baja la cabeza y me mira.
- ¿No podemos hacer algo más?
- Jorge, estamos haciendo todo lo que podemos.
Jorge se retira refunfuñando y yo vuelvo a mi asiento en mi escritorio. La carpeta de Fabián todavía está abierta sobre la mesa. Leo distraídamente. "Diecisiete años". Mi vista se posa en un estante detrás de mi escritorio, sobre ella un trofeo de mi juventud.

Es la última serie del nacional de tiro. Sólo quedamos el rosarino y yo. Él tiene diecinueve años yo diecisiete, él acaba de realizar nueve de diez blancos, es casi perfecto, yo tengo encima toda la presión.
Llevo siete dianas, sólo faltan tres, las manos me transpiran, la vista se me nubla. ¡Bang!, ocho, una gota de sudor me hace arder la vista, salgo de posición, me froto los ojos con el dorso de mi mano y vuelvo a mi rutina, respiro, expiro ¡Bang!, ya estamos iguales: me permito un instante para mirar al rosarino de reojo, parece que esta mas nervioso que yo, sonrío suficiente pero entonces veo a papá que me mira ceñudo, definitivamente no aprueba lo que acabo de hacer.
Vuelvo a ponerme serio, cargo otra bala en recámara, y comienzo mi rutina, respiro, expiro, la vista se me nubla, el blanco se desenfoca, el gatillo ya está a mitad del recorrido, trato de serenarme, pero necesito volver a respirar, me concentro en el blanco y de pronto éste se vuelve nítido y claro. ¡Bang!.


El trofeo dice, Campeón Nacional Juvenil 1978.
Florencia entra con el té y el periódico del día. Parece que hoy mi secretaria está particularmente comunicativa.
- Vio doctor, otros dos muertos, en pleno centro y hace menos de una hora. Lo acaban de anunciar en la radio.
- ¿Ah sí? - Digo desinteresadamente.
Florencia me mira reprochando mi falta de interés en sus comentarios, y agrega un:
- El reportero dijo que se parece a los otros casos de ajustes de cuenta entre grupos de la mafia.
Sigo mirando el diario, ante mi indiferencia, se retira molesta sin agregar más comentarios, pero antes de que llegue a la puerta le digo:
- Florencia, me encanta como le queda ese vestido.
Me mira sorprendida y me pregunta tímidamente.
- ¿En serio, cree que me queda bien?
- Sí Florencia, está muy linda así.
Mi secretaria me devuelve una cálida sonrisa de agradecimiento y sale feliz cerrando la puerta.
El diario tiene las noticias de siempre, no es que busque nada en particular, mis ojos pasan por los títulos con velocidad. Hay uno que me llama la atención. “Inglaterra rechaza nuevo pedido de soberanía sobre las Islas Malvinas”. Leo el artículo con cierto interés, yo estuve allí.

El viento azota despiadadamente la pista de Puerto Argentino (Stanley) en la tarde del 8 de Abril de 1982. Nuestra unidad el BIM5 (Batallón 5 de infantería de Marina), con base en Río Grande, es uno de los mejor pertrechados y preparados.
Rápidamente nos asignan la defensa sur de Puerto Argentino, y nos ubicamos ligeramente al oeste del Monte Tumbledown. Yo pertenezco a la unidad médica del batallón, ya que la conscripción me sorprendió en el segundo año de mi carrera médica. A pesar de ello recibí un entrenamiento tan duro como el de los otros conscriptos, y mi conocimiento sobre armas y mi propia capacidad me llevó a solicitarle al Capitán de fragata Robacio mi paso a una de las tres compañías de tiradores.
La mañana del 12 de Junio de 1982 me encuentra en una loma similar a aquella de la aguada con mi padre, he logrado que me asignen un arma de francotirador con una buena mira telescópica. Estoy en el extremo oeste del monte Tumbledown, ligeramente alejado de mi unidad. Con una tela de arpillera he cubierto el caño y la boca de mi rifle, no tengo intenciones de delatar mi posición.
A las diez de la mañana comenzó el bombardeo británico desde tierra y mar. No había mucho que hacer salvo rogar que las bombas erraran sus objetivos, cosa que no hicieron. Para la noche estábamos diezmados, entonces los británicos lanzaron su ataque. Primero fue el regimiento galés, prácticamente puedo ver de noche, apunto sin pensar a piernas y caderas, acierto más de la mitad de las veces. Por horas nos atacan y por horas los rechazamos, no tengo la menor idea de cómo va la batalla, sólo alcanzo a cubrir con mi vista una parte de la misma.
Por la madrugada del día 13 se retiran los galeses y un regimiento de escoceses toma su lugar, esta vez llegan prácticamente hasta nuestras líneas, se producen enfrentamientos cuerpo a cuerpo y yo sigo seleccionando con precisión matemática caderas, piernas y cuando los veo más cerca disparo a sus cuellos. Por la tarde empiezo a preocuparme por las municiones.
Finalmente el regimiento escocés se ha retirado. Cuento mis municiones mientras nos avisan por radio que el regimiento nepalés de ghurkas se aproxima desde el suroeste.
Cae la noche, hambre, sed y sueño, todo junto a más caderas, piernas, y cuellos. Al mediodía mis compañeros me avisan que están sin municiones. La radio nos indica que la guarnición ha caído, debemos rendirnos, todavía me quedan cinco balas, elijo otras cinco caderas nepalesas, ¡Thump!, ¡Thump!, ¡Thump!, ¡Thump!, ¡Thump!, cinco soldados ghurkas caen inmovilizados al piso. Todo ha terminado. Lloro desconsoladamente.


- ¿Doctor?
Miro sorprendido al intercomunicador…
- Sí Florencia?
- Ha llamado su primo, dice que no tiene crédito en el móvil que si puede llamarlo usted.
- Ok, ya lo llamo.
- Ah… y otra cosa, ha llegado un nuevo paciente anoche a la clínica, dice el médico de guardia si se pude acercar.
- Ok, Florencia, dígale que voy para allá.
- Sí doctor.

No tengo ningún primo. En realidad ya no tengo parientes en este mundo.
Cuando terminé mi carrera me casé con mi novia de años de estudiante y tuvimos una hija, Mercedes. Pero ella hace cinco años murió.
Era la mejor alumna de la secundaria hasta que conoció a Olga. No me pasó inadvertido que mi hija había cambiado de comportamiento, traté por todos los medios de entenderla y hablar con ella, todo fue inútil. Tarde me enteré que el padre de Olga era traficante de cocaína, tarde descubrí que Mercedes aspiraba droga, tarde, sí, fue una noche tarde que tuve que ir a identificarla a la morgue.
Mi matrimonio se destruyó en el acto, mi mujer me abandonó. Y una tarde, esperé al padre de Olga en el estacionamiento. Todavía estaba sentado en el volante de su automóvil cuando me vio. Seis rápidos tiros en la cabeza. Guardé mi revolver en el bolsillo, y me retiré sin que nadie me viera.
Me acosté en mi cama a esperar, no sabía qué, no sabía cómo seguir, de pronto me dormí abrazado a la foto de mi hija. No salí del departamento por tres días, hasta que sonó el timbre. No tenía la menor intención de atender a nadie, pero el timbre insistió una y otra vez. Dejé la foto de Mercedes sobre mi almohada y me dirigí a la puerta.
Mirando por el visillo vi la figura de un hombrecito de finos bigotes, una importante calva contrastaba con unas tupidas cejas negras.
- ¿Quién es?
- Detective Romano, ¿puedo hablar con usted?
Todo ha terminado- me digo- mejor así. Abro la puerta y el detective me pregunta- ¿puedo pasar?.
Le indico con mi mano el camino, el hombre se sienta en el sillón y me espera.
- Usted es el doctor…
Asiento con la cabeza. El hombre me mira estudiándome de arriba abajo.
- Hace tres días en el estacionamiento de la calle…
Lo interrumpo con un gesto.
- Inspector Romano, soy la persona que busca, si me permite busco un abrigo y…
Esta vez es el hombrecito el que me interrumpe.
- Efectivamente usted es quien busco, pero no por lo que usted cree...- el hombre mira alrededor y viendo un cenicero me pregunta. - ¿puedo fumar?.
Asiento intrigado, el inspector enciende un cigarrillo y me dice:
- Usted y yo tenemos mucho en común, permítame que le cuente una historia.

Una semana después me reintegro al trabajo. A fin de mes me postulo para una vacante en el centro privado de rehabilitación de adicciones y para fin de año ya estoy trabajando en dicha clínica.
En enero le digo a Florencia, mi flamante secretaria que me alquile un departamento frente a Playa Grande en Mar del Plata.
Tenía todos los datos del narcotraficante que fue el causante de la muerte, entre tantas otras, del hijo de Romano e indirectamente del posterior suicidio de su esposa. Somos almas gemelas. Lejos de arrestarme, ese día sellamos un pacto simbiótico. Él investiga, yo mato.
Tres días después de llegar a Mar del Plata me traslado vestido de plomero al departamento elegido. Los inquilinos están en la playa, no tardo en abrir la puerta con una ganzúa, y busco el balcón que da al mar.
Tengo identificada la carpa del “narco”, es solo cuestión de esperar. A la hora una figura rechoncha se dirige al mar, asocio la figura con la foto, la bermuda color rojo lo hace más fácil de seguir entre la gente. Unos pocos minutos y esta metido en el agua hasta la cintura, moviéndose como un elefante marino.
Tengo el arma preparada, espero el momento entre ola y ola, inspiro, expiro, ¡Thump!, una flor roja aparece en el centro de su pecho. El hombre mira sorprendido su propia sangre y cae hacia atrás, el mar a su alrededor se tiñe de rojo. Una señora próxima lo mira con sorpresa. Mientras guardo mis herramientas digo:
- Por Roberto Romano.
Desde ese día el Detective Romano es mi “primo”, pobre Florencia, si supiera que lo más parecido que tengo a un pariente es ella misma.


Cuando entro a la guardia el médico me saluda y me indica que lo siga.
Una niña de doce años, yace en terapia intensiva, los ojos cerrados, el pulso apenas se percibe.
El médico de guardia comenta:
- Sobredosis de heroína, aparentemente en la casa de una amiga.
Pregunto mirando a la niña.
- ¿Familiares?
- La madre, está afuera en la sala de espera.
- ¿Pronóstico?
- Tendremos suerte si pasa la noche…
Me retiro a hablar con la madre.
Ella llorando me da todos los datos que necesito. Al despedirme me toma la mano y me ruega:
- Doctor, por favor haga algo.
- Se lo prometo señora, haré todo lo que esté a mi alcance.

Mientras salgo de la guardia y vuelvo a mi consultorio llamo al numero que sé de memoria.
- ¿Primo, qué se dice?
- Nada, se sigue hablando de ajustes de cuentas entre bandas narcotraficantes, la policía mira para otro lado.
- Aha, ¿y tú tienes algo para mi?
- Sí, te tengo la información.
- Ok, yo también te tengo un nuevo caso ¿dónde nos vemos?
- En el barcito de San Telmo, ¿te acuerdas?
- Claro, ¿a qué hora?
- A las once.
- Ok, nos vemos

Tres semanas después estoy listo frente a la ventana. El blanco que busco aún no aparece, la mira de mi rifle la busca en la habitación del hotel al frente. Un zumbido silba en mi oído izquierdo y un golpe en la pared suena a mi espalda, en el acto sé de que se trata. Busco afanosamente con la mira, dos pisos arriba de mi blanco veo el cañón de un rifle y la óptica de una mira telescópica.
Esta vez yo soy el blanco, detrás de la boca del cañón veo una figura conocida, su calva, sus cejas y su fino bigote lo hacen fácilmente reconocible. Es mi primo, parece que ya no le hago falta ni a él ni a la policía. Una chispa brota de la boca del rifle. Por acto reflejo jalo el gatillo y cierro instintivamente los ojos esperando el impacto. Mientras un relámpago estalla en mi cabeza, siento la voz de mi padre que también decía.
- El que a hierro mata...
A setenta metros en una oscura habitación el inspector Romano caía muerto con un negro orificio de bala entre sus pobladas cejas.

Texto agregado el 11-07-2012, y leído por 178 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
12-07-2012 Muy bueno!!!, das clase de cómo se debe contar, un placer =D mis cariños dulce-quimera
12-07-2012 Muy bueno amigo mio! una gran historia, la verdad que el primo tendría que haberlo dejado seguir, si tiene que matar a todos los narcos se jubila a los 100 años! pobre tipo también que vida le tocó! te felicito, impecable como siempre! hugodemerlo
11-07-2012 1. Amigo, me has dejado sin respiración. ¡Qué historia! Inimaginable su final, jamás, lo hubiese pensado. La narrativa es excelente, de una excelencia admirable. Cuenta con todos los aspectos y recursos de una narración de calidad: la introducción del relato que motiva, (Continúa…) SOFIAMA
11-07-2012 2. las situaciones planteadas que desconciertan -por momentos- y que sirven de recurso literario para mantener al lector, en vilo. Las acciones que se suceden de manera admirable y que se refuerzan -inteligentemente- para darle a la intriga la solidez que distingue a las buenas historias y a las narrativas bien escritas. SOFIAMA
11-07-2012 3. La intriga, reforzada con descripciones de una pluma bien pulida y nutrida. Cuando digo nutrida, quiero decir que no se deja nada al azar. Todo fríamente calculado, como un buen tirador. Sólo que en este caso no fueron balas, sino palabras seleccionadas a consciencia y bien situadas, una frente a la otra como las piezas de ajedrez. SOFIAMA
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