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Había una vez un unicornio

El unicornio era muy, muy feliz.

Vivía en un bosque grande y verde con muchos arboles y animalitos y cositas por el estilo.
Era muy feliz, pero también era muy triste por una cosa: era el único unicornio del bosque.

Su madre había muerto cuando él era muy pequeño y nunca había visto a otros unicornios.

Pero aun así, vivía una vida muy tranquila y feliz.

Un día, todos en el bosque estaban muy excitados, la ardillita había traído la noticia de que afuera del bosque había llegado el hombre.

Nadie sabía como actuar, si confiar en aquel extraño animal o no, así que el unicornio fue a investigar.

Corrió y corrió varios días con sus noches, y al final, llegó a la aldea del hombre, una noche.

Con cuidado, pasó entre las casas dormidas, sin ver a ninguno de ellos.

Paseó y paseó, pero no vio a nadie. Así que cuando se cansó, decidió volver al bosque.

Pero cuando estaba a punto de salir de la aldea, una pequeña sombra se paró enfrente

Era diminuta y se movía lentamente.

Cuando salió a la luz de la luna, el unicornio se dio cuenta de que era un potrillo humano.

Se acercó lentamente, sin decir nada, hasta que el potrillo le agarro el cuerno. Sentir aquellas pequeñas y extrañas pezuñas de cinco dedos le provocó una extraña sensación, como si hubiera fuego en su interior.

Asustado, retrocedió rápidamente.

El potrillo se río con fuerza y empezó a perseguirlo.
El unicornio no quiso seguir con eso así que salto por encima de él y en un trote llego al bosque.

Los humanos eran extraños, pensó en la seguridad de la sombra de los arboles.

Se quedo allí, en el linde del bosque observándolos días y días.

No hacían mucho, construían grandes madrigueras, comían la comida de la tierra y la bebida de los animales y criaban a sus potrillos.

Después de unas semanas, decidió irse, convencido de que los humanos no eran una amenaza para el bosque.

Pero los ojos del cazador, agudos y grises, lo vieron.

El cazador era alto, con hombros anchos y arco y flechas siempre listos.

Una vez vio al unicornio irse, reunió a los hombres.
Les dijo: La gran bestia se ha ido, ya no tiene que cuidarse de la lanza en su cabeza.

Y los hombres al oírlo tomaron hachas y con voces y risas convocaron a su mas fuerte aliado, el fuego.

Y con él se adentraron en el bosque, talando arboles, usando el fuego para alumbrarse.

Y fueron tantos los arboles que talaron que el unicornio lo supo.

Enfurecido de su propio error, cabalgo como una furia hacia ellos.

Entro en su campamento de un salto y pateo los hombres y miro al cazador con furia e intento clavarle el cuerno, pero él fue mas rápido y se
apartó de un salto.

Ya se preparaba a poner la flecha en el arco, cuando vio como las pezuñas del unicornio se
prendían en fuego.

El unicornio no se dio cuenta y siguió cargando y pateando, mientras dejaba el fuego en las tiendas de los hombres.

Y el fuego, que era traicionero y ambicioso, empezó a comerse las tiendas y los pastos cuando llego a ellos.

Los hombres corrieron y gritaron, sin el poder para apagarlo. El cazador pudo haberlos reunido y quizás hubieran logrado apagarlo, pero su mirada gris era solo para el unicornio, que corría asustado sin saber
que había causado.

El unicornio, viéndose rodeado por el fuego salto y corrió por el bosque, dejando un rastro de fuego asesino por donde pasaba.

Mientras, el cazador le seguía de cerca. Muchas veces tuvo la oportunidad de lanzar la flecha, pero el fuego, caprichoso, le cerro el paso una y otra vez.

Corrieron y corrieron, el unicornio enloquecido y el cazador, frio y obsesivo, hasta que el fuego cerco por completo al unicornio, al tiempo que consumía el bosque entero.

Entonces el cazador miro al unicornio y el unicornio al cazador y por un instante, el instante que toma soltar la flecha en el arco, ambos vieron profundo en el alma del otro. Luego solo hubo el silbar del metal al rasgar el aire, un sonido, entre crujiente y húmedo y el unicornio cayó con dos cuernos en su cabeza, uno natural y otro de madera y acero.

Entonces el cazador se quedo quieto, parado, mientras el fuego se acercaba, lenta y crujientemente.

Se miro las manos y arrojó el arco al fuego. Se quitó las flechas y las rompió, dejándolas caer. También fueron comida para el fuego, insaciable. Caminó, con pasos pesados, hasta el cuerpo del unicornio, que yacía sangrante en mitad del claro de fuego, con la flecha clavada al lado del cuerno

Con manos temblorosas, la arrancó y sostuvo la cabeza entre sus brazos

A pesar de que, el humo, hijo del fuego, era todo el aire que se podía respirar, las lagrimas, las primeras, asomaron en los ojos del cazador, limpiándolos, quitándoles la niebla gris que los cubría, dejándolos de un limpio y brillante azul.

Mientras el fuego, indetenible, se acercaba y con sus lenguas amarilla, roja y naranja, lamia el cuerpo del unicornio, el cuerpo del cazador. Fundiéndolos, en medio del crepitar de la muerte del bosque, quemando los cuerpos, quemando las cenizas, quemando las cenizas de las cenizas.


Al final, el fuego consumió todo el bosque, dejando una zona negra y pelada donde antes brillaba la vida.

Con el tiempo, una hierba amarilla y reseca cubrió los campos quemados, como una mala falsificación de lo que anteriormente había estado allí.

Pero en un pequeño claro, donde la hierba amarilla no se atrevió a entrar, florecieron dos flores, una blanca y plateada y la otra gris y azul, entrelazadas, hasta que una mujer, que caminaba por allí, vestida de blanco y dorado, las arranco y las trenzó en su pelo. Después se miro en un espejo y sonrió, estaba hermosa.


Bueno, al fin y al cabo era el día de su boda.

Texto agregado el 22-07-2012, y leído por 229 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
22-07-2012 Inesperado final, interesante relato, si el cazador en su furia y en su mente que se cerró hubiera dejado al unicornio en paz, nada hubiese sucedido, pero el hombre en su ruindad aruina las cosas bellas. Spirits
22-07-2012 Te leí con interés. Me quedé esperando saber qué fue del unicornio. susana-del-rosal
 
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