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Inicio / Cuenteros Locales / Mariette / Brisingamen, el Futuro del Pasado: Capítulo 13.

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Capítulo 13: “Perdidos en la Tormenta”.
-¡¿Qué pasa?! ¿Qué son todos esos gritos?-preguntó Esperanza irrumpiendo en cubierta y tomando por sorpresa a Arturo, siendo su enojo lo único que no era una sorpresa.
-Esperanza, sólo mira el mar-contestó Arturo. Sus ojos eran unos espejos para ver en su alma y dentro de ésta el miedo del cual él era víctima.
-Cierto, el mar está confuso, batiéndose en sí mismo, algo va a pasar-dijo ella pensativa, mirando al mar que aparentemente estaba peleando consigo mismo, con su conciencia sucia de tantas vidas que en ese lugar se había cobrado.
-¡Estrecho de Magallanes!-el grito de Arturo fue lo único que se escuchó en el mar, que al fin y al cabo era la única cosa que los rodeaba.
Y, él sólo dicho la verdad, ellos estaban en el fin de los océanos, el lugar donde los dos océanos más grandes de la Tierra chocan: el Atlántico y el Pacífico. Ese lugar no podía ser otro que el temido Estrecho de Magallanes.
Pero, ellos estaban lejos aún de la verdadera aventura. A medida que proseguían camino el viento comenzaba a arreciar y eso que inicialmente no era una simple brisa, cuyo único trabajo era juguetear con los cabellos de quienes estuviesen dentro de ella. Las ráfagas comenzaban a bullir, a gritar dentro de sus oídos, los cuales pelaban sin piedad, amenazando con hacer volar lejos del navío a sus tripulantes.
Ahora, no sólo existía la cruel presencia de las fortísimas ráfagas, sino del frío que calaba los huesos de cualquiera que estuviese ahí. Lamentablemente, las únicas almas desafortunadas que estaban allí, más por el destino que por gusto, eran Arturo y Esperanza. Pasara lo que les pasara nadie acudiría a su llamado en caso de que consiguieran darlo, y así se unirían a los millones de marineros cuyas vidas habían encontrado el fin en el Estrecho.
Cadáveres por aquí, cadáveres por allá. Se acumulaban a granel en las playas de los islotes que emergían formando los fiordos del sur de Chile y esos eran los pocos que habían conseguido llegar a la costa.
Los naufragios de navíos de todas las épocas y características posibles eran ya unas nuevas islas contra las que el mar chocaba perennemente, haciendo que fuesen una nueva playa.
Ahí emergía ante sus ojos, el turbulento choque entre los dos océanos.
El mar repiqueteaba contra sí mismo, chocaba y las olas saltaban en una dirección completamente opuesta a la de origen, pero nada sólido había entre ambos océanos excepto su furia por aquella constante lucha de poderes que por escenario había tomado al Estrecho de Magallanes.
Y el Rosa Oscura avanzaba más y más, mostrando aquella rosa entre que negra y que café ante todo. Sin temor se acercaba al límite de los mares.
Ni lerdo ni perezoso, Arturo cogió uno de los cordeles que flameaban al viento como queriendo huir hacia el mar y afirmó con fuerza a Esperanza del brazo, sin darle tiempo para reaccionar. Luego caminó con ella hasta el mástil que estaba justo delante del timón y la ató. Si él no se salvaba de las marejadas, ella sobreviviría.
Tras atarla subió al puente de mando con el corazón partido en dos por traicionarla y giró el timón tratando de salir de aquella zona donde se unían y separaban al mismo tiempo ambos mares. Le dirigió una mirada triste que sólo fue contestada con furia.
-No tienes derecho…-farfulló enojada.
-Es por tu bien, entiéndeme, por favor-dijo él con los ojos arrasados en lágrimas.
No se dirigieron más palabras, el uno gemía y lloraba con fuerza, mientras que la otra echaba fuego por los labios y los ojos.
Arturo quitó su vista del mástil, no podía mantenerle la mirada a Esperanza. Se sintió luego un correteo por la escalerilla que conducía al castillo de popa y el joven volteó sin querer, sólo para darse de lleno con la chica que subía a paso seguro, dentro de lo que la ventolera se lo permitía.
-¿Cómo lograste desatarte?-preguntó asombrado.
-Con el ingenio del cual tú careciste a la hora de atarme. ¡¿Qué derecho tenías tú de amarrarme a ese mástil?! ¡Dime!-demandó furiosísima.
-Era para protegerte-se excusó él, a sabiendas de que ese pretexto barato no le serviría de nada a la hora de tener que hacer frente a la furia de la muchacha.
-¡Ni que protegerme ni que nada! ¡Maldita se!...-.
-No maldigas, por favor-pidió él.
-¡Si maldigo o no maldigo eso no importa! ¡Dime! ¡¿Qué demonios de derecho tenías tú para quitarme mi libertad?!-demandó ella a gritos.
-Si yo caía con la marejada tú no serías arrastrada por la marea-trató de explicarse el muchacho.
-Y no pensaste en que si caías, no podría guiar el rumbo pues estaría atada y que al fin y al cabo igual moriría a la deriva-dijo ella.
-El mascarón te conduciría a otro barco…-dijo él.
-¡Ahora crees en él!-espetó ella. Para serenarse dirigió una mirada al mar y eso le arrancó más dudas-. ¿Hacia dónde demonios llevas el barco?
-Lo suficientemente lejos para que no tengamos que entrar en la zona de unión-dijo él.
-Sabía que no creerías en el mascarón por mucho tiempo-replicó sarcástica.
-Es obvio. Seguiremos otra ruta, iremos por el África-indicó él.
-Y nos demoraremos un siglo en llegar al Asgard-bufó ella.
-Sólo nos demoraremos un poquito-indicó él, repitiéndose hasta que se lo creyese aquella falsedad.
-El Ragnarök no espera a nadie, mucho menos si es para evitarlo-dijo ella y luego, tomando por sorpresa una vez más al chico añadió:-¡Dame el timón!
Uniendo acción a la palabra, cogió con sus propias manos la rueda y trató de torcerla para ir a dar de lleno en el Estrecho, pero Arturo era de lejos más fuerte que ella y conseguía mantener el rumbo que él mismo había fijado.
-¡No, no lo haré! ¡Ésto es por el bien de nosotros!-dijo.
-¡Quítate de en medio!-pidió ella, o mejor dicho ordenó.
Y así, con un movimiento de caderas logró sacar al chico del timón, quien cayó al lado de la muchacha completamente despatarrado. Luego, aprovechando la situación ella movió el timón lo necesario para volver a la ruta que ella había determinado. Pero, el joven le hizo una zancadilla aprovechando que estaba en el suelo, y afirmándose de las piernas de la chica se puso en pié, no sin antes pedir perdón un millón de veces por tocar las extremidades de su compañera. Pero, no alcanzó a poner las manos en el timón cuando ella le señaló un punto imaginario, él volteó y tras soltar el timón ella se aprovechó y siguió con su ruta. Y así, entre empujones y zancadillas fueron destruyendo su rumbo, aportillándose egoístamente el uno a la otra y la otra al uno.
Tan enfrascados estaban en su lucha de poderes que ni cuenta se habían dado que se habían salido de la ruta, o que quizás estaban demasiado inmersos en ella. Como el timón girase a límite entre ambos océanos había seguido todo el tiempo ese rumbo, pero sin embargo las variaciones que Arturo había dirigido habían hecho girar el barco a tal punto que habían llegado completamente confusos al Estrecho de Magallanes, tomando mal la ruta a seguir y dejando que la turbulenta corriente los arrastrase de un punto al otro.
Eran las diez de la noche, mucho rato después de que nuestros protagonistas se perdieron en el sur de Chile. Un tanto más al norte, en Talca, en la casa de Rosario, la mamá de la muchacha veía las noticias mientras que su hija estudiaba para la prueba del día siguiente.
Ross era lo opuesto a Esperanza en lo referido a exámenes y la escuela. Rosario era estudiosa, podía pasarse noches enteras estudiando para el mismo examen aunque éste fuese para un mes más, tenía buenas notas en todos los ramos, incluso en los que tenía que exponer en público, pues los maestros al verla tan buena alumna decidían darle una que otra ayuda. Pero, no sabía nada más que lo que veía en la escuela, nada más que los libros de estudio y las tareas.
Por su parte, Espe no estudiaba jamás, odiaba la escuela con todas sus fuerzas, ni siquiera cogía los libros de texto. Tenía pésimas notas, aunque de vez en cuando era capaz de sorprender a más de alguien sin tener ni la más mínima de las facilidades de parte de sus profesores, que consideraban que ella era una pesadilla hecha realidad. ¿Cómo lo conseguía? ¡Simple! Tenía un método en el que cabe mencionar su capacidad autodidacta, ella era su propia profesora y absorbía como esponja todo lo que sus amigos de la calle pudiesen decirle, por eso sabía cosas que nadie tenía idea que eran posibles, como por ejemplo la mitología nórdica. Era excelente músico y nadie lo negaba, ni siquiera la profesora.
-¡Rosario, ven!-dijo la mamá desde la pieza de estar.
-Sí, mamá-dijo ella, tan solícita como siempre.
-Ven y siéntate a ver la televisión conmigo un rato, Rosario-pidió la madre.
-No puedo, mamá, tengo que estudiar-se negó la muchacha.
-Rosario, la prueba es dentro de dos semanas, mañana es sábado y ya te lo sabes todo de memoria, ¿por qué no vienes a pasarla bien un rato?-trató de persuadirla.
-Es verdad, estamos comiendo cabritas, la película va a empezar-se le unió el padre.
-¿Qué película es?-preguntó Ross.
-Entraste a dudar…-rió la hermana de dieciséis años-. Piratas del Caribe, ¿te suena familiar?-se burló la hermana mayor.
-No, no puedo, nunca se sabe si me quedo en blanco y…-dijo la chica.
-Siéntate-dijo la mamá tirándola de la manga de la blusa de colegio.
-¡Así se hace!-celebró la hermana mayor.
-Es tú película favorita, Rosario, sabemos que te mueres de ganas de verla-dijo el papá con ojo crítico.
-Ya, vale-dijo la chica haciéndose un lugar en el sillón.
En ese preciso momento se acabó la tanda de comerciales y el periodista, pues todavía estaban dando noticias, indicó que una tormenta estaba azotando desde Chiloé hasta los últimos confines del sur de Chile. La sola mención a la isla relampagueó como un rayo en la mente de Ross, eso sólo le recordaba a Esperanza, sin querer la mencionó.
-¿Has sabido algo de ella?-inquirió la madre.
-No, nada, sólo he hablado con ella aquella vez en que me dijo que estaba en Chiloé-dijo ella cortando la conversación.
Y luego, el locutor indicó en medio de poesía barata que había un navío perdido en el Estrecho de Magallanes y procedió a mostrar las imágenes que hasta ese momento el satélite meteorológico había captado. De inmediato Ross supo que se trataba de su mejor amiga y a pesar de que sus ojos estaban viendo una representación del Caribe de los años de la Edad de Oro de la Piratería, no pudo verla bien porque su alma estaba muy lejos de allí, no en Talca, no en Port Royal: en el Estrecho de Magallanes.
Pero, volviendo a nuestros protagonistas, a eso de las doce de la noche el panorama no se les hacía nada alentador.
Obscuridad por todos lados, no había ni siquiera media estrella en el firmamento, menos se podía contar con la presencia de la luna, llámese luna llena, luna menguante, luna creciente o cómo sea. Tampoco era un lugar habitado, eso está de más decirlo, ni siquiera estaban las comunidades Onas ni Yaganas que por milenios habían vivido en los islotes del sur de Chile. Nadie, no había nadie, ni pingüinos, ni aves ni gente, ni siquiera el crepitar del fuego que durante muchos años había congregado a los aborígenes chilenos. No había ni siquiera un haz de luz, ni siquiera una forma de seguir camino sabiendo hacia dónde se iba.
A bordo del barco no había ni siquiera una lámpara encendida, ni una vela, nada que les ayudase a dirigir su propio destino. Las pocas velas que había en cubierta estaban sin su fuego, pues el viento hacía horas que lo había barrido todo sin piedad y bajo cubierta, todo era un completo desorden.
El viento arreció con más fuerza y la lluvia siguió cayendo aún con mayor intensidad que antes. El temporal no tenía ni la más mínima intensión de amainar.
-Dijiste que dentro de cuatro horas se calmaría-protestó Arturo, volando de un punto a otro en cubierta cortesía del cordaje que trataba de amarrar.
-O que empeoraría, estamos en esa opción-dijo ella voz en cuello con las manos tan firmes como podía en el timón.
-¿Y hay un rumbo?-preguntó Arturo desde el otro extremo de la cubierta, sujetándose de lo que pudiese sujetarse primero.
-¡¿Qué?!-preguntó ella tan fuerte como pudo desde el timón, no escuchaba nada que no fuese el viento y el repiquetear de las olas en el casco de su viejo navío.
-Pregunto caso hay un rumbo-aclaró él, subiendo trabajosamente la escalerilla que conducía al castillo de popa.
-¡¿Tú crees que con esta oscuridad puedo ver siquiera dónde estamos?! ¡No, no hay rumbo, Arturo!-replicó furiosa.
El resto todo fue silencio, entre comillas. El viento arremolinó sus cabezas y a Esperanza comenzó a hacérsele más trabajoso mantener el rumbo en lo que creía que era lo correcto. La lluvia caía fuertemente por sus cabezas y el frío les calaba los huesos. El mar tenía diferentes corrientes que llevaban con fuerza entre una y luego la otra a cualquier cuerpo que estuviese sobre él.
Estaban empapados, de proa a popa, el barco comenzaba a inundarse desde las cubiertas más bajas, pronto zozobraría. Habían chocado innumerables veces contra islotes y rocas a causa de la corriente, de la tempestad que la vieja cubierta era una plaga de boquetes en una podrida madera y el agua entraba a raudales hacia el navío.
La lluvia los hacía tropezar y les volvía dificultosa la visión. Además que si seguían cogiendo ese frío pronto se enfermaría, de eso no cabía ni siquiera media duda. Y el viento los llevaba como marionetas de un punto a otro. Aún así, siguiendo las pocas corrientes que era capaz de ver o sentir con sus oídos, Esperanza conseguía llevar el rumbo y trataba de hacer que la nave no se hundiese.
Las marejadas cada tanto tiempo barrían con la cubierta ante la más mínima orden del mar y los tripulantes casi no conseguían mantenerse en pié gracias a las fuertes ráfagas, pero aún así no se iban con la marea.
El viento siguió arreciando cada vez más, de cara a ellos, si el velamen seguía en esa posición seguirían a merced del viento y si lo volteaban pronto se romperían las velas. El agua les daba en el rostro.
-¿Crees que el velamen siga resistiendo?-inquirió Arturo.
El muchacho seguía aún en el castillo de popa, abrazando fuertemente a Esperanza, cubriéndola con sus brazos contra el timón, aferrándola y así evitando que la corriente, la lluvia o el vendaval los llevase en el camino que la naturaleza quería. Y a su vez, la ayudaba a guiar el rumbo, con doble fuerza era más fácil.
-¡Lo dudo!-dijo ella voz en cuello-. Ve a hacer algo útil y ponlo en diagonal, si no quieres que seamos comida para las ballenas-ordenó ella.
-A la orden-dijo él.
Así, bajando con el mismo esfuerzo que al subir, Arturo alcanzó la cubierta principal, para luego ir al palo mayor y así ayudar a seguir el rumbo que Esperanza tenía en mente. A pesar de estar en una tormenta, ella había conseguido mantener la cabeza fría y todas sus tácticas habían funcionado hasta el momento.
-¡Esperanza!-se sintió de repente la voz de Arturo.
Ella encendió la única linterna que les venía quedando de las diez que habían comprado en Chiloé. Recorrió con aquella tenue luz blanquecina toda la cubierta, pero no vio nada. Dejó el timón y corrió cuán rápido pudo a la barandilla de estribor, no vio nada en la marea. Volvió a correr, pero esta vez hacia babor, dirigió la luz hacia el agua y allí vio a Arturo flotando a duras penas.
-¡Esperanza!-repitió él con los brazos en alto para no ahogarse.
Ella, rauda como el viento de aquella tormenta, descolgó uno de los botes salvavidas que había en la baranda y se lo lanzó al muchacho, pero la corriente llevó al náufrago a un destino completamente diferente: un islote.
-¡Ya voy!-gritó ella.
El mascarón había hecho al bajel girar hacia el mismo islote. Sin pensar, la muchacha avanzó hacia la dirección que el mascarón quería y con la fuerza del viento hizo al navío encallar.
Luego, descolgó otro bote y se lanzó a salvar al náufrago.
Cuando alcanzó la costa con el muchacho y el bote, ya amanecía. Entonces, por el cansancio, todo se volvió oscuridad para ambos…

Texto agregado el 06-08-2012, y leído por 144 visitantes. (5 votos)


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