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El pecado de la inocencia


No me correspondía pensar. El pensamiento mismo era pecado y si no, seguro, que lo que yo pensaba no valía un comino. Todo lo que pudiera pasar por mi cabeza era irracional, así que no tenía que darle más vueltas, mejor callar y allá con mis dudas y con mis miedos. El uso de la razón como decían el catecismo y mis padres, me llegaría a los seis años, y hasta entonces todavía me quedaban muchas hojas del calendario por rellenar. No entendía muy bien como transcurría el tiempo, pero mi hermana mayor que estaba a años luz de mí, ya disfrutaba del uso de la razón desde hacía algún tiempo. Sentía cierta curiosidad por ello, porque tal vez entonces Dios y los mayores comenzaran a tomarme en serio. Sin embargo, por más que me esforzaba en comprender que había de diferente entre mi hermana y yo, no alcanzaba a entenderlo. Era gritona y bulliciosa como cualquier otro niño de menor edad, y mi madre según la cual no hacíamos nada bien la cacheteaba y gritaba con la misma frecuencia que a mí, así que lo del uso de la razón no valía para mucho, todo lo más para darle otra mano de ventaja a Dios para cobrarse los tropiezos. No podía tampoco ir molestando a nadie con mis tonterías, ¿qué pensarían mis padres si les soltara todo lo que maquinaba mi cabeza?, ¿y si no estuvieran a la altura y no pudieran protegerme de mis miedos o de Dios? Escalofriante. Porque el que más me asustaba por aquel entonces era Dios, era el ser más capacitado para producirme dolor, en sus manos estaba mi felicidad y mi destino y nada podía hacer para esconderme de él. Me parecía un personaje malévolo que vigilaba todos mis pasos y adivinaba mis entresijos desde su gran ojo triangular e iridiscente con su sempiterno rayo dirigido siempre sobre mi cabeza. Desde la segunda Lección del Parvulito me perseguía la frase de “Dios lo ve todo”, así que de nada me servía esconderme. Lo cierto, es que por aquel entonces tampoco sabía muy bien lo que era el bien o el mal, y no entendía qué es lo que podía estar haciendo para que los mayores parecieran tan obstinados en adiestrarme constantemente en lo que sí y en lo que no podía hacer, ni entendía quien era yo para que Dios se tomara tanto trabajo con mi vigilancia. El demonio siempre estaba alerta para robarle las almas a Dios, y eso sí, yo aún no sabía muy bien quien era yo, pero ya si sabía que tenía un alma. A pesar de que el diablo se manejaba muy bien en todas sus artes, Dios parecía muy interesado en hacer el trabajo de su antagónico “Demonio”. Comencé a sospechar que los dos debían ser harinas del mismo costal. Tanta preocupación me llevaba a repasar una y mil veces cada cosa que hacía, no fuera que ésa fuera la causa precisa por la que crepitaran mis dientes y ardiera para siempre en las llamas eternas del infierno. Admiraba a mis padres que parecían vivir al margen de tan pesada obligación. Sin duda ellos debían ser buenos para Dios, y yo rezaba por ello, rezaba el Jesusito de mi vida, las cuatro esquinitas con sus Ángeles, que en lugar de apaciguarme me despertaban tal angustia que después me resultaba difícil conciliar el sueño. Por aquel entonces ya sabía más del infierno, de los pecados, y del destino final de los hombres, que de los cuentos infantiles de Hans Christian Andersen. Tal vez fuera que los cuentos a pesar de sus brujas y de sus hadas, de sus príncipes azules y sus ranas y aquella caperucita desobediente y confiada que provocaba que el feroz lobo se zampase golosamente a la abuelita, me parecían sólo eso, cuentos, un entretenimiento fantástico en los que no podía distraerme demasiado dada la gravedad que el destino me vaticinaba por ser hija de Dios. Por eso mi madre me dormía siempre con los rezos en lugar de con los cuentos. Creo que mi madre también tenía miedo, pero lo disimulaba muy bien. Lo que realmente me aterraba era el día del Juicio Final, con sus trompetas y sus Ángeles, porque dada la frágil idea que del tiempo tenía en aquella corta edad, me hacía temer que tal vez mañana, o el miércoles, o cualquier día de una bonita primavera, se rasgara el cielo y aparecieran posados sobre la tierra o sobre las nubes todos los muertos, los innumerables seres que me habían precedido, en cuerpo y alma, abandonados los gusanos y el polvo definitivo, y nos cogiera de sorpresa a los que todavía no habíamos tenido ni la oportunidad de vivir ni la desgracia de morir, vivitos y coleando, sorteando a trancas y barrancas los pecados veniales y mortales con el firme propósito de servir a Dios y sin posibilidad de enmienda para hacerlo como era debido. Se me hacía que el día del gran Juicio comenzaba con una falla de base en el sentido mismo de la justicia. Me sobrecogía ver al Todoporoso con el manto púrpura sobre los hombros presidiendo el trono sobre los cielos rodeado de sus Ángeles y Arcángeles, decidiendo por las buenas aunque con toda la sabiduría que le caracterizaba, el destino de mis seres queridos, separándonos sin piedad a unos hacia el infierno en sus llamas eternas, a otros al purgatorio con esa dualidad en el posible destino final y a otros hacia el cielo, y que de ese modo pudiera separarme de mis padres, hermana, primos, tíos y abuelos, los perros, y hasta de las pobres cabras y ovejitas que mi abuela tenía en el pueblo (cuyo destino no acertaba a imaginar), separarme de todos aquellos que eran los seres más amados por mí, con lo cual, aunque yo hubiera conseguido ser buena a los ojos de Dios, pudiera verme apartada para siempre y sin opción de aquellos a los que amaba mi corazón, si el juicio del Todopoderoso no fuera benévolo con ellos. Definitivamente aunque me daba miedo pensarlo, Dios no me caía bien y terminaba angustiada, con una tristeza difícil de explicar, con el dolor de miles de alfileres clavados en mi garganta mientras trataba de tragarme las lágrimas y no demostrar preocupación a los que me rodeaban. Definitivamente, todo lo que pudiera pasar sobre mi cabeza debía ser irracional. ¡Qué ganas tenía de cumplir los seis años de edad!

Texto agregado el 16-08-2012, y leído por 277 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
29-09-2012 Me vi reflejada en tus letras. Soñé desde muy pequeña con ese fin de mundo que imaginaba lleno de llamas. Muchas veces me sentí mala,pensé que muchas cosas eran pecado y aún ahora cuando escucho hablar a personas que asisten a misa seguido pienso que estoy en deuda con Dios y prefiero no cuestionarme. Me repito que Dios es amor****** Victoria 6236013
17-09-2012 Muy bien dicho, las angustias irracionales de las fábulas de Dios son más tenaces, en sus miedos, del lobo que se papa a la abuelita y la caperucita. Puras amenazas rodean la infancia con esto del buen Dios, que nunca dijo una palabrita en favor de las cabras y ovejitas de la abuela. Algo no va bien en tanta bondad amenazadora. Me gustó esta historia, reflexiva y certera. remos
07-09-2012 me identifico totalmente... seroma
16-08-2012 Y si... la religión es aterradora a esa edad. ANLIN
16-08-2012 Hay cuentos que nunca deben ser leídos o contados a los niños, cuentos de terror y de religión, que poseen la misma base: EL Miedo. Por una parte el castigo, y por otra la recompensa por seguir la conducta deseada. Y hay tantos que se quedaron en los 5 años. NeweN
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