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YERRO


Un ladrido cercano lo despertó, pero no quiso abrir los ojos y mirar a su alrededor, pues temía al no saber diferenciar entre lo alucinado y lo que se decía ser real más allá de su cuarto. Incluso notaba la pérdida de nitidez del tiempo circundante. Podría haber pasado horas, días, incluso meses acostado en su cama en tinieblas, pero su situación no habría cambiado.

Las circunstancias de su vida se convertían en insoportable carga, exigiéndole cada vez mayores esfuerzos para lograr un alivio sordo. Pero, ¿cómo había llegado a ese punto sin cordura? De pronto todo comenzó ir cuesta abajo, justo cuando el orgullo y los nuevos compromisos consigo mismo hacían reforzar el temperamento, y la dignidad relucía frente a sus pares tras merecer el éxito en altas competencias y abstracciones. Sin embargo, todo lo que gustaba, o tan sólo le agradaba, ahora lo debía estropear. Esa era su nueva ley esencial del diario vivir, recordada con cada mirada misericordiosa de quienes alguna vez sintieron respeto, orgullo, envidia, miedo y hasta recelo por su persona.

¿Fue acaso un traspié dentro de sus aparatosos pensamientos, algún chispazo capaz de trastocar el entrañable refulgente andamiaje de sus procesos mentales, o un mal juego inconsciente que se amalgamó y pervirtió de la noche a la mañana? Pero le era estúpido pensar eso: ningún ser tiende a su propia destrucción. Además, él fue poniendo cada vez más energía y atención en sus acciones. Entonces ¿qué o quién sería capaz de desarticular sus aspiraciones?

Esa despreciable duda se fue confundiendo con la idea de pérdida en sus actos, diluyéndose todo a una sensación sombría que daría pronto fin al sano juicio. No era la pena derivada de la compasión lo que degeneraba su autoimagen, sino la aparición de un concepto condenado de su lenguaje que empezó a escucharlo entre labios indescifrables y miradas plenas de misericordia... Había comenzado a sospechar, para luego creer y después desesperar, que detrás de esos murmullos se ocultaba el asco que se siente ante un descabellado concepto: el fracaso.

Pero él no se consideraba un fracasado, y obviamente era imposible hacer ver esto a los que lo rodeaban.

Al principio trató de no oír la voz de la piedad; luego, pidió que dejaran de murmurar y guardaran silencio; después, se escondió de la acusación; y el último tiempo se había esforzado por buscar al malhablado: tal vez aplastándolo lograría retomar sus metas y continuaría la búsqueda del sitial individual del honor.

-¡Fracasado...!- escuchaba y corría hacia la voz... prestaba atención y aguardaba; pero ahora se oía (fracasado, fracasado) desde otra habitación. Se abalanzaba hacia ese lugar y reinaba entonces el silencio...

-Fracasado... fracasado... fracasado...- ¡Ahí estaba otra vez! Ahora sí conocería al individuo sin pudor para silenciarlo por siempre... Y al final, por más que corriera, por más que pusiera atención, nunca lo atrapaba.

Con el tiempo se había hecho sensible a los murmullos siendo capaz de despertar en mitad de la noche, saltando de la cama apenas lo escuchaba y recorriendo la casa en silencio para no ahuyentar al origen de la angustia. Entonces los días se tornaron rutina: un “fracasado” irrumpiendo de la nada para luego correr a un lugar y darse cuenta de que el sonido venía de otra parte. Así, a diario... “fracasado”, correr, nada, “fracasado”, correr, nada, “fracasado”, correr, nada...

Pero esto debía acabar. Decidió estar despierto durante la madrugada.

Y esperó.

(Fracasado)

Partió en su búsqueda. Pero no lo encontró...

De nuevo, a la habitación...

A la noche siguiente tampoco logró resultados. Sin embargo, persistió en su idea y siguió aguardando.

Falló una vez más... ya comenzaba a regalar reales motivos para que la gente lo llamase así, después de tantos intentos, persecuciones perdidas y encierros en su cuarto de día y de noche...

Una y otra vez se equivocó o no llegó a tiempo para capturarlo. Pero seguía esperando...

Hasta que al fin, en una de esas noches tan semejantes unas de otras, logró dar cuenta que la acusación provenía de afuera. Ya sentía la cólera erizando sus vellos y cerrando los puños, henchido de sangre y gritos victoriosos desde lo más hondo de su insatisfecho corazón.

Buscó el expectante cuchillo carnicero para la ocasión dentro del velador, salió al patio tan pronto se sintió dispuesto a corregir aquellas palabras y escuchó atento...

-Fracasado...

No cabía duda, alguien se escondía temeroso detrás de las malezas crecidas.

-Fracasado...

Se acercó con la determinación del silencio eterno sobre el filo de su cuchillo, y lleno de frases recriminatorias contra aquel individuo sin rostro definido pero repudiado por su lengua temeraria, se abalanzó para encararlo de una vez y para siempre.

-¡Fracasado! ¡Fracasado!

Y qué sorpresa se llevó al notar que su desvergonzado acusador yacía desnudo y orinado, crispado y desafiante mostrando su amarillenta dentadura, para luego gritar una y otra vez su himno impetuoso y sencillo contra el amo.

-¡Fracasado! ¡Fracasado! ¡Fracasado!

Era obvio, ni siquiera el “mejor amigo del hombre” podía ser amigo suyo.

-¡Con que eras tú, vil mierda!- gritó -No me importa lo que creas, ¡sólo cállate!- le ordenó.

Pero el intenso enemigo lo miró con sus vidriosos ojos y, abriendo su mandíbula, ladró sonoros y constantes “fracasados”.

-¡Cállate!- le ordenó otra vez.

-¡Fracasado!- le respondió.

-¡No soy un fracasado, estúpido!- negó enfurecido.

-¡Fracasado! ¡Fracasado!- ladró incansable.

-¡Calla o te mato!- amenazó el amo -¡Calla o te mato puto animal!- le volvió a gritar.

Y aún así, se lo reiteró:

-¡Fracasado! ¡Fracasado! ¡Fracasado!

De un solo puntapié entre las costillas creyó hacerlo callar, pero luego del triturar de un par de huesos y un largo alarido, el animal insistió en su opinión y reforzó ésta con una nueva idea:

-¡Fracasado! ¡Fracasado y cobarde! ¡Cobarde!

Cobarde...

Notando su propia inferioridad y lo humillante de la escena, decidió amenazarlo para que se retractara por lo dicho.

-¡Calla o te degollo!

-¡Fracasado y cobarde!- le respondió con un tono seguro que le pareció burlesco para su amo.

-¡Calla, no te voy a escuchar más! ¡No te quiero escuchar nunca más!- gritó levantando amenazante el cuchillo.

-Fracasado y cobarde... cobarde...- volvió a gemir, ya algo agonizante.

-¡No te voy a escuchar más!- gritó mientras se cortaba desde la muñeca hasta un poco antes del antebrazo -¡No quiero escuchar nada más de ti!- gritó mientras repetía la acción pero ahora con el otro brazo -¡No voy a escuchar a nadie más!- alcanzó a decir antes de que el cuchillo penetrara por entre sus costillas y se desangrara en el patio de su propia casa.

Texto agregado el 03-08-2004, y leído por 131 visitantes. (0 votos)


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