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Más de una noche, anocheceres, invisibles portentos que alguna vez imaginaron como feroces dragones los sabios de la antigüedad, soy víctima de la transformación. Ya no soy amo de voluntad humana, de músculos erectos y dóciles para trabajo de manos, de sentidos obligados por la razón. Regreso a ser criatura que gruñe ante el correr de los ríos, el chisporrotear de las estrellas lamidas de leche vacuna, el patio de la luna, el juego del insecto en la cueva del misterio, la cópula animal y envejecida de los árboles, el temblor del pez en la orilla, el huir de la presa entre los matorrales, el sueño profundo, ahogado y sentido en la espesura de la sangre. Soy una especie que vuelve al mundo afiebrado de la vida, resucitado el bramido de la naturaleza en cada hueso de mi costado. Soy la verga levantada del barro para reventar al viento y a la lluvia. En el recodo del camino se escucha mi transpirar lejano, distinto al de cualquier bestia, porque es el de resultado de mezclas ancestrales. Regreso en el follaje de las hojas y de la sombra al principio del mundo —para otros el fin del mundo— con un rumor paleolítico. El cuerpo-desnudez de mi corpulencia se asombra al contacto libre de la vida. Un arqueo de mi lomo en plena carrera rompe la línea de mi silueta, quiebra la simetría de la jungla. Avanzo con prisa porque el sol sale y aún no consigo a la virgen del templo. A esa que en sacrificio muchos sacerdotes ofrecen una y otra vez, atribulados en misiones perdidas. Sabía que lo hacían por el terror encajado en sus corazones cuando desde remotos confines llegaban las noticias de mis hazañas, de mis cadáveres amontonados en aldeas destruidas y de mis conjuros para otorgarle visiones de pesadillas a los sobrevivientes. Al fin doy con ella. A la luz de las antorchas, en el amplio círculo de llamas alzadas que rodean el altar de sacrificio, atestiguo con mirada prehistórica. El viaje termina en el momento en que mis mandíbulas hinquen en el pecho de la joven afiladas puntas, que habrán de ser bautizadas por la sangre de la fiel. Sólo que permanezco mirando la pose sumisa de la doncella y mis ojos reconocen el crimen. Un rugido rompe el manto de la noche. Horrorizados, los aldeanos huyen, alzadas y dispersas las teas, hacia sus cabañas, hacia la selva y el río, muy pronto sus tumbas. Una fuerza indescriptible hace que con un zarpazo acabe con la humanidad y el mundo sienta un incontenible frío de olvido y soledad. Únicamente sobrevive la mujer, la madre de las futuras especies, criaturas confundidas y despreciadas, descendientes de su marchita gravidez.

Texto agregado el 15-09-2012, y leído por 143 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
16-09-2012 Qué hondo rencor, tristeza y desesperanza percibo en el protagonista de tu texto. Para llegar a esos extremos debe haber sido muy lastimado. Te felicito, escribes renglones nada superficiales, que brotan de una mente muy perceptiva, sensible y humana. (5) ZEPOL
 
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