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Aquella mañana Te vi correr descalza calle abajo, con un vestido ligero y cabellos desordenados surfeando sobre el viento frío que se deslizaba desde la montaña. Parecías una fuente de energía desbocada que me estremeció con una descarga poderosa apenas pasaste a escasos metros de mí. Intenté seguirte, pero te abriste paso improvisando un camino entre las matas para luego perderte entre la muchedumbre que comenzaba a poblar la plazoleta luego de finalizada la misa del domingo.

De inmediato te alojaste en mi cabeza, y contigo vino el deseo irrefrenable de domesticar tu rebeldía, de sosegar tus bríos y llevarte a descansar sobre mis sábanas blancas que parecían hechas para tu reposo. Te había esperado durante tanto tiempo, y te había esperado con tanta ansiedad, que pude reconocerte a pesar de no haberte visto antes.

Desde ese día volví a encontrarte un par de veces más, siempre con tu paso acelerado, demasiado vigoroso para este viejo de pies cansados. No logré acercarme a ti, pero creí notar que me mirabas de reojo y hasta adiviné dibujado en tu rostro de jovencita la mitad de una sonrisa que me pertenece. La sola idea de que hayas notado mi presencia eleva mis pulsaciones que me estallan en la cien como fuegos artificiales en una noche de feria.

Es una lástima que todas esas veces nuestro encuentro haya sido tan público, en medio de tanta plaza, mercado y gente. Hace ya muchos años que dejé de ser aquel depredador de acecho rápido y requiero de tiempo, maña y soledad para poder domarte.

Pero en su complejo e incomprensible funcionamiento el universo siempre encuentra la manera de que las piezas de su exacta maquinaria engranen a la perfección. Son las tres de la mañana y no logro conciliar el sueño, así que me he servido un poco de vino y salido hasta el sillón de la entrada con mi vieja guitarra, que ha aullado tu ausencia y ha contado el dolor de este cuerpo que quiere despojarse de ti.

Y entre acordes, arpegios y cuerdas asfixiadas por mis dedos, en medio del silencio de la madrugada, te vi atravesar el patio. Llegaste cuando quisiste, dócil y serena. Te sentaste a mi lado, tan cerca que pude respirarte, beberme tu aire tibio y exhalar los demonios que revoloteaban en mi cabeza. Desabotonar tu vestido y deshojar los misterios que te arropaban. Conocerte, construirte.

Ya no fuiste más musa, más idea. Extendí la hoja blanca y te invité a derramamos sobre ella, amasando letras hasta parir una historia.

Maracay, 16 de Septiembre de 2012

Texto agregado el 16-09-2012, y leído por 301 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
24-02-2013 Me encantó. La musa, la historia, la narración, todo me gustó, amigo. elpinero
10-02-2013 ¡y qué historia! bravo por la musa, bravo por ti. 5*S Shou
03-01-2013 Muy bien! De lo mejor, escrito con oficio y el alma. rigoberto
03-10-2012 Cuántos suspiros arrancan tus letras de mi pecho... Son como espinas que salen a la luz, la más aguda fue la surgió al leer "...el dolor de este cuerpo que quiere despojarse de ti." Ojalá se disipe este dolor, y los otros también. 5* -preciosa-
16-09-2012 Tienes gran talento para expresar artísticamente con palabras. Felicidades. (5*) umbrio
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