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Diremos que se llamaba Lupita, ya que el largo tiempo transcurrido ha desmembrado su verdadero nombre en los recovecos de mi memoria. Ella era una mujer joven, sólo que a mis cortos años, se me antojaba un vejestorio de marca mayor. Ocupaba una pieza que arrendaba en la misma casa en que vivíamos nosotros y su carácter alegre y desenfadado gustaba mucho a los hombres y ponía una gran cuota de desconfianza en las mujeres. A menudo, escuchaba yo, casi invisible entre las faldas de las señoras que habitaban esa casona, los reproches de estas hacia la “mujerzuela aquella” que les hacía ojitos a sus maridos con evidente desvergüenza y “quizás con qué oscuros propósitos”.

Dicha desconfianza alentó mi curiosidad de niño, ya que, a mi modo de ver, la mujer aquella debía ser una bruja que intentaba hacer el mal a todos los que se le acercaran. Ya había huido de su lado una vez que me tendió los brazos para acariciarme. Pero, la curiosidad de un infante es siempre mayor que todos sus miedos, por lo que una noche en que la oscuridad era absoluta, caminé a tientas por el patio hasta dar con la puerta de la mujer aquella. Por la cerradura se escapaba un rayito dorado de luz, así que acerqué mi ojo y vi algo que me asustó de sobremanera: Lupita estaba completamente desnuda y parecía sonreír a la abertura. Corrí como creo que nunca lo había hecho y entré a nuestra habitación, me saqué la ropa, me metí en mi cama y me tapé hasta las orejas.

Supe más tarde, que la Lupita bailaba cha cha chá y mambo, muy ligera de ropas en una boite cercana, y eso, porque mi madre se enteró que mi viejo había acudido a ese lugar, lo que no se hubiera sabido si no es por el boquisuelto del Ramón, que lo delató. Mi padre se puso rojo de vergüenza, ya que era un hombre muy tranquilo y esa incursión lo había dejado muy mal parado.

La Lupita comenzó a sufrir la más rigurosa ley del hielo de las esposas, quienes ardían de celos frente a las sinuosidades de su anatomía y la desenvoltura de su carácter. Después supe que la mujer aquella era codiciada por toda la cuadra y ello la ponía en lista negra frente a todas las mujeres. Ella, llegaba por las mañanas, nos sonreía y se dirigía a su pieza. De allí no salía hasta la media tarde, ataviada con un vestido ceñido y su cabello ensortijado, “de tan mal gusto”, según mi madre.

El escándalo estalló una noche en que una de las vecinas de la casona, descubrió a su marido besuqueándose en el fondo del patio con la Lupita. Hubo gritos, insultos y agresiones entre ambas mujeres, acudiendo todos los demás ocupantes de la casa para intentar restablecer el orden. La Lupita terminó con las uñas quebradas y su cabello aún más desordenado, el marido debió huir de aquella casa, ya que fue perseguido por los hermanos de su esposa para hacerle pagar la traición y, en el fondo, cobrársela por haber osado hacerse antes que ellos del objeto de sus deseos.

La Lupita fue echada de aquella casa y nunca más supimos de ella. Lo único que recuerdo es que cada vez que mi madre la mencionaba en la mesa, mi padre se ponía rojo. Quizás fuese el reflejo de una lascivia larvada que aún rondaba dentro de él.

Ya nos habíamos cambiado hacía mucho tiempo de aquella casona, cuando supimos que la Lupita había muerto apuñalada por un amante ebrio y celoso. Yo recordé aquellas curvas tras el ojo de la cerradura y no sé por qué, sentí una extraña comezón. ¡Que diablos!, hacía mucho tiempo que ya no creía en brujas…






























Texto agregado el 22-09-2012, y leído por 142 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
22-09-2012 Una vez más,disfrutando de tus textos.Me gustó.Te saludo. edu485
22-09-2012 Excelente relato Gui, de un imborrable recuerdo de la niñez. necoperata
 
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