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Al día siguiente, Ana despertó sobresaltada. Un enorme camión había llegado a la casa del lado y los trabajadores descargaban las piezas, que chocaban unas con otra, provocándose una sonajera de padre y señor mío. La mujer se levantó y contemplo con desánimo dichas faenas, que durarían toda la mañana. Se fijó en las muecas que hacían los operarios, señalando hacia su ventana, pero nada hizo: su educación le impedía demostrar la furia que en esos momentos la asaltaba. Sólo atinó a hacerse de un libro de poesías y leer algo al azar.

Esa tarde, entre combazos y agudos chirridos provocados por las esmeriladoras y soldadoras, Ana ensayó un solo de piano de Liszt, abstrayéndose de las estridencias de su alrededor. Lo suyo era pasión, salvaje si se quiere, desnuda y fervorosa, pero aún así, contenida. Las notas se mezclaban con las bastardas estridencias y semejaban ser el fatigoso braceo de un náufrago en medio de un océano tumultuoso. Fue la obra más dolorosa, la interpretación más cruel y visceral de un Franz Liszt, que si bien, no era asesinado, parecía desfallecer en medio de la particular contienda.

Esa noche, Ana se decidió. Abrió todas las ventanas y luego se instaló frente a su piano para teclear con furia, con odio, desgarrando su alma en esa interpretación suya, nacida más bien de la impotencia que de la pauta creada por alguna celebridad musical. Esa descarga suya, ese desliz de su elegante investidura, reinó en el silencio de las sombras hasta que fue interrumpido por un vozarrón de hombre:
-¡Termine con ese escándalo, señora! ¡Tengo que dormir!

Ana se detuvo de inmediato y se asomó al ventanal. Abajo, con sus brazos en jarra, el vaquero la miraba desafiante. Ella, sonrió triunfante, cerró la ventana y se arrojó, en un gesto que no era para nada suyo, sobre un sofá que la acogió con blandura. Más tarde, antes que el sueño la venciera, se sintió culpable, no por las molestias ocasionadas al vecino y una vez más se juramentó visitarlo para conversar con él, conocerlo y tratar de llegar a un acuerdo, que se veía muy difícil por el momento.

III

La carta que sostenía entre sus manos la embargó de felicidad. Uno de sus hijos regresaría pronto a Chile, luego de terminar un año más de estudios. Estaba tan radiante que ensayó un aria de Verdi, luego, una zarzuela y mientras terminaba de vestirse, sintió el timbre de su puerta. Se arregló sus cortos cabellos, abotonó su blusa de fina seda, se dirigió a la puerta y miró por el ojo mágico. Su corazón dio un salto: ¡Era el vaquero!


CONTINÚA














Texto agregado el 27-09-2012, y leído por 140 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
28-09-2012 oye gui...algo tremendo esta por surgir...!...me encanta esta hiustoria! ana_blaum
27-09-2012 Arrebolado de limpidas imagenes, hasta pude "oir" la música... ¡¡bravo!!, muy bien escrito, Espero la continuación. Un abrazo!!!! 5* musicales yar
27-09-2012 Bella imagen dejaste para hacer el corte, ella en silueta de seda, en un atrevido contraluz que deja ver sus contornos. Y él con la postura yarrogancia que ya sabemos atrae. NeweN
 
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