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VI
Nunca tocó mejor Ana que después de aquella maravillosa velada. Su piano era el diapasón fiel de la exaltación de su espíritu y dejaba desgranar las diversas notas, que navegaban entre lo sublime y lo tempestuoso, tal si fuese el ímpetu de una mujer que intentaba diluirse en esa sonata. Lo amaba, sí, lo había resuelto desde el mismo momento en que Roberto había cubierto la fina trama de su piel con sus manazas de dedos fuertes y vitales. Luego, había besado sus pechos y su boca, y se había dejado llevar por los embates del deseo, correspondido aquello por sus manos, blancas y prudentes, que de pronto habían perdido el timón, quedando a la deriva, como dos palomas ebrias.

No es fácil describir a dos amantes subyugados por la pasión. Y es que esos seres pierden el norte, se desconectan de todo, sobrepasan la tesitura del encanto, se transforman en un par de niños que ha descubierto un secreto inconfesable. Ana, vivía sus días en medio de la delectación y en estado de delirio, suspiraba por ese hombre que había hecho blanco en su recato, lo había hecho mil pedazos y ahora, ella era una esclava suya, alguien que lo habría abandonado todo por sentir esa voz tan suya resonando con dulzura en sus oídos. Roberto, en medio de la faena, resuelto a no olvidar a esa mujer que poseía una sensualidad embriagante tras tu apariencia delicada, se empeñaba en realizar sus labores, pero, no era igual, ahora parecía ausente y eso lo habían notado sus subalternos, los que festinaban entre ellos e indicaban disimuladamente hacia el balcón vecino. No era difícil, además, darse cuenta que algo había cambiado en Roberto, sobretodo si el hombre vociferante e implacable, ahora parecía poco menos que un alma en pena.

Varios meses después, el romance continuaba, sin que la sed de ambos enamorados se apaciguara en lo más mínimo. El hijo de Ana había llegado de Europa y si bien no comprendía esa loca pasión de su madre, se reservaba su opinión. Después de todo, esa soledad de la que ella tanto gustaba, podría terminar por dañarla. Pero, a Tomás no le cabía en la cabeza que habiendo ella conocido a tantos hombres cultos, elegantes y distinguidos, todos ellos con un futuro brillante, se hubiese fijado en un tipo que no reunía ninguna de estas características. El trato de ellos era frío, aunque Roberto, es menester reconocerlo, intentaba lograr un acercamiento con el muchacho, por lo menos para mantener una armonía que satisficiera a Ana. Ella, aún embobada con este trance amoroso, sólo soñaba con viajar a lugares paradisíacos con su amado.

Convinieron que vivirían juntos, pero esto sólo lo concretarían cuando el muchacho regresara a Europa. Era tanta la felicidad de ambos, que algunas tardes iban al teatro, a cenar en algún restaurante céntrico o simplemente a caminar por algún parque que cobijara ese sentimiento que los desbordaba.

Pero, cierto día apareció Tomás con alguien que conmovió a su madre. Se trataba de Rubén, un antiguo pretendiente, que después de enviudar ella, había llegado a su casa para intentar consolarla por la desgracia acaecida. Algunos avances hubo, si bien a la mujer le molestó la impostura de él, además de su carácter autoritario, tratando siempre de imponer su punto de vista. Por otra parte, el tipo gustaba de la vida disipada, de las fiestas y las carreras, al punto de vivir siempre con lo justo por su gran despilfarro. Rubén había heredado por ese tiempo varias propiedades y después de ello, desapareció de la casa de Ana, lo que más bien fue un gran alivio para ella.

-Tu belleza continúa siendo la misma de entonces- dijo Rubén a la mujer, la que se descompuso ante su presencia, pero lo disimuló haciendo un gran esfuerzo. Verlo de nuevo en su casa precisamente en ese momento, cuando ella estaba tan comprometida sentimentalmente con Roberto, le produjo una enorme molestia, pero aún así, le brindó una cortés sonrisa.
-¿Cómo es que estás de nuevo por estos lados, después de desaparecer sin más ni más?- preguntó ella, con voz calma, aunque su sentimiento era hostil, obviamente.
-Ha sido tu hijo Tomás quien me ha encontrado. Y vaya que se lo agradezco.
El hombre sonrió, mirándola con deleite.
Ana no pudo reprimir una mirada de enfado, la que dirigió a Tomás, quien sonreía con cinismo.
-Espero tomar el té con ambos- repuso el hombre. Ve a buscar los pasteles al auto, muchacho.
Ana recordó que Roberto llegaría pronto a su casa, por lo que le dijo al tipo que no era posible aquello.
Rubén hizo un gesto de enfado, pero no perdió la compostura. -Pues bien, no tengo problemas. Sabes bien que sé esperar.
Se despedían en el hall de la casa, justo en el momento en que ingresaba Roberto.

CONTINÚA




































Texto agregado el 02-10-2012, y leído por 134 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
17-10-2012 ooooooohhh!!!que suspenso!!!! ana_blaum
02-10-2012 Interesante... solido relato, veremos en que continua. Saludos!!! 5* yar
 
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